Medellín

El órgano de la Catedral Metropolitana está en riesgo de morir: repararlo cuesta $2.500 millones

Su operación estaba reducida y quedó casi perfecta con los arreglos que le hizo ese mes un organero; pero si no se somete a trabajos de fondo, la joya de los antioqueños arriesga morir. Restaurarlo costaría por lo menos $2.500 millones, que no hay.

Loading...
hace 4 horas

En las eucaristías que se celebran en la catedral Metropolitana de Medellín, el órgano de tubos retumba como el rugido de un león y llena de solemnidad el escenario religioso que de sí, ya es majestuoso. Nadie pensaría que este instrumento musical está enfermo y que hace apenas unos días tuvo que someterse a los cuidados de un “doctor” para aumentar su capacidad, que estaba bastante reducida y quedó más o menos en el 80% de su capacidad; pero el diagnóstico dice que fueron pañitos de agua tibia, porque la intervención solo corrigió una parte de sus males.

El maestro organero Luis Enrique García, el experto que se encargó del trabajo, es tajante en advertir que el instrumento requiere una restauración profunda y de no hacerla se podría perder una verdadera obra maestra que ya hace parte del patrimonio de los antioqueños.

No obstante, al preguntarle también al párroco de la basílica, padre Leonardo Martínez, reconoce que por lo pronto es algo que está por fuera del alcance de un templo que a duras penas sobrevive. Serían, a mano alzada, más de 600.000 euros, que al cambio de hoy se traducirían $2.000 ó $2.500 millones.

Le puede interesar: El paisa que recorre el mundo al ritmo del canto de las ballenas jorobadas

Como punto de referencia, García cita que el arreglo de la Catedral Primada de Bogotá, en la cual él también estuvo, costó 900.000 euros en el año 2016.

Fue necesario desarmarlo todo, actualizar el mecanismo general, anexarle como 500 flautas nuevas y cambiar la consola, que es la parte más visible del mecanismo y estaba maltrecha. Lo malo es que tiene un problema de origen y es su ubicación en el costado derecho, una característica que le resta calidad acústica, algo en lo que lo aventaja su “primo” de Medellín.

Si bien el órgano de tubos de la Primada se considera el más grande del país justo por esas piezas que le anexaron hace ocho años, el de la capital antioqueña le supera con creces en el sonido y ni imaginar cómo sería si estuviera al ciento por ciento de su potencial.

García no duda en calificar a esta joya paisa como “grandiosa”, solo que no es valorada lo suficiente por el común de la gente, tal vez porque si bien se puede apreciar su “vozarrón”, al estar resguardado en el Coro, en el segundo piso de la parte posterior del templo, los feligreses no pueden verlo y menos palparlo.

“No hay dos órganos tubulares iguales, cada uno tiene su personalidad, pero este sí que es especial; para muchos, es el más gustoso de tocar y escuchar”, añade García.

Maraña de piezas

EL COLOMBIANO presenció parte de la tarea del maestro García entre el 12 y el 16 de enero pasado. No más subir al Coro, que formalmente es el segundo piso, pero que en altura puede igualar a un quinto nivel de cualquier edificación corriente, ya era un privilegio.

Lea también: La paisa que nació en Belén, en Medellín, y hoy es la cazatalentos para Google en 3 continentes

El acceso se hace a través de un malacate dotado de un mecanismo mecánico. Este fue el primer elevador que hubo en la capital antioqueña, según explicó el párroco, y permanece funcionando como “una uva” aun con su antigüedad, pues fue construido para estrenar la Basílica. Vale la pena recordar que la Metropolitana se comenzó a levantar en enero de 1890 pero solo se inauguró el 12 de agosto de 1931 convirtiéndose en el templo de adobe a la vista más grande del mundo.

El órgano, justamente, fue hecho a la medida. Un rótulo en papel en la parte interior de su estructura recuerda que fue “montado por el señor Oskar Binden durante los meses de marzo a junio de 1933”.

El maestro García explica que la calidad de su sonido proviene de un sistema complejo que combina señales sincronizadas de tipo eléctrico, neumático y mecánico.

Cada que se toca una tecla con los pies o con las manos se activan estos mecanismos. Al pulsar se hace un contacto eléctrico que activa un electroimán, el cual a su vez acciona una válvula y esa válvula impulsa un golpe de aire a través de unos tubillos de plomo (similares a pitillos) que se insufla en el fuelle. Posteriormente ese fuelle abre otra válvula para que un impulso fuerte de aire, proveniente de una cámara a presión, cree la onda sonora en los tubos que también son llamados flautas.

Siga leyendo: Las peripecias que hace el padre Leo para sacar a flote la Catedral Metropolitana de Medellín

Pero además, todo el sistema es alimentado por un generador de aire inmenso con una turbina y un motor de aproximadamente un metro cuadrado, y gracias a ello se produce la potencia como para colmar las torres de la Metropolitana con las notas del órgano en las misas que se celebran diariamente.

¿Bajarlo al primer piso?

La parte visible, es decir la consola donde posan sus manos y pies los cinco coristas voluntarios que actúan en las liturgias y actos especiales, muestra una presencia ya de por sí monumental, pues a lado y lado hay dos columnas hechas de tubos gigantes que se asemejan a las torres de un castillo y dominan la panorámica posterior de la Metropolitana.

Pero lo más interesante viene cuando uno entra por una puerta lateral y aparece lo que es en sí la esencia del mecanismo que se asemeja al de un reloj suizo por la precisión pero multiplicando su tamaño en un millón de veces. Meterse en el intestino de una ballena debe ser igual de fascinante.

Una estructura totalmente hecha de madera caoba, en un estado tan perfecto que pareciera haber sido de este año o del año pasado, sin abolladuras, sostiene la multitud de piezas que llenan aproximadamente 120 metros cuadrados, en tres pisos. A ese “monstruo” fue que se tuvo que enfrentar el maestro García durante una semana laboral.

Aunque dice que solo es un “aficionado” porque su real profesión siempre fue la de profesor universitario y escritor de textos de psicología y lógica, él es reconocido a nivel nacional como uno de los pocos expertos en este tipo de menesteres y solo hizo una pausa en su vida de jubilado para atender a una necesidad que parecía urgente.

Para esta labor, además de poseer buen oído musical que facilita detectar dónde puede estar el daño con ejecutar una nota, hay que conocer al dedillo la mecánica del órgano.

El primer día fue para diagnosticar los daños y el producto fue una planilla en papel cuadriculado que solo saben descifrar los entendidos. Esta tiene señaladas en casillas las fallas encontradas en las 3.500 flautas del órgano y de sus pequeños fuelles —ya muy deteriorados— que las activan; el lío es que así como muchos componentes están a la mano, otros reposan dentro de cajas y para llegar a ellos hay que hacer un desbarate similar al que toca cuando en un automóvil se daña un pistón o el árbol de leva, y para reponerlo no hay otra alternativa que desarmar todo el corazón del carro. Cada casilla marcada con X correspondía a una parte que no funcionaba.

El segundo día fue para trazar una estrategia, dando prioridad a intervenciones que, siendo puntuales, resolvieran simultáneamente varios problemas. Y de ahí en adelante vino la acción, que implicó numerosos fuelles y ajustar otros mecanismos.

El organero apunta que para componer un tubo en otros órganos —y habría que hacerlo en este— le ha tocado desmontar hasta 400.

Para intentar resolver una nota pegada, alguien que desconocía exactamente qué hacer produjo un daño cuya solución exigirá desmontar toda una sección de tubos y, por lo pronto, García tuvo que ingeniar un solución “machetera” aunque efectiva y reversible.

En la intervención profunda que urge, esa que por ahora parece fuera del alcance del presupuesto del padre Leonardo, lo ideal sería cambiar todos los fuelles por unos de mejor calidad y remover una maraña de tubillos de plomo, como palillos de decenas de metros que llevan impulsos de viento —lo que se usaba hace 100 años— y que ahora deben reemplazarse por cableados eléctricos. “Es vital hacer estos cambios porque permitirían que el mantenimiento futuro sea más sencillo y no dependa de conocimientos tan especializados”, recalca el maestro organero convencido de que aunque los más puristas podrían decir que el instrumento perdería algo de originalidad, sería la manera más segura de que perdure con salud y con el buen sonido que le caracteriza.

¿Vale la pena? García no duda en responder que sí, no solo porque si lo fueran a comprar nuevo el órgano costaría unos dos millones de euros (casi $8.500 millones a la cotización actual), sino porque su valor es además artístico, cultural e histórico.

Tras las cinco jornadas, el maestro García –que además de ser organero es organista– ofreció un mini concierto ese viernes 16 de enero a plenas once de la mañana, como colofón de la misa de 10:00 a.m. y motivó el aplauso de los contados feligreses que escucharon el espectáculo. Él tiene la idea loca de que sería mejor bajar la consola del órgano al primer piso, donde luzca más; porque tal vez así se exaltaría más su valor y resultarían dolientes dispuestos a pagar lo que cuesta la restauración y el mantenimiento adecuado.