Medellín

Serie sobre la vida de tres ‘parceros’ de Medellín se estrena en History Channel

En el canal internacional, Marcela, Juan Sebastián y Alejo Henao contarán desde hoy cómo han sido sus vidas al límite y lo que han hecho para salir del hoyo.

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28 de abril de 2026

“Siempre hay una historia y una realidad peor que la tuya, te puedes sentar a lamerte las heridas pero, como dice mi madre, hay que lamerse las heridas mientras se sigue caminando”.

Las palabras son de Juan Sebastián Orozco, conocido con el nombre artístico de Raíces, pero podría representar también a Marcela Cuesta y Alejandro Henao, los otros dos protagonistas del documental Parceros, que se comienza a transmitir para América Latina hoy 29 de abril en el canal internacional de televisión History.

Los tres fueron escogidos porque, de alguna manera, sus vidas reflejan las luchas de los jóvenes de las barriadas de Medellín que han estado caminando por el filo de la navaja, y han logrado darle una vuelta de tuerca a sus vidas para convertirse en ejemplos de que sí es posible salir del hoyo, siempre y cuando haya voluntad de superación.

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Han sido beneficiarios del programa de la Alcaldía de Medellín que lleva el mismo nombre de la producción, el cual busca prevenir el reclutamiento de jóvenes por parte de estructuras criminales a través de brindarles oportunidades de formación, generación de empleo y acompañamiento psicosocial.

Como narrador y presentador actúa Michel Brown, el actor y cantante argentino conocido por sus papeles en telenovelas y series como ‘Pasión de Gavilanes’, ‘Pálpito’ y ‘Amar a muerte’.

Y como dijo Brown en la presentación del documental, estos son jóvenes “que estuvieron a punto de perderlo todo”; son “tres vidas atravesadas por decisiones límite, tres voces que gritan por ser escuchadas”. Además, se pregunta si se puede cambiar una vida que está destinada a la violencia y si se puede planear un futuro cuando se carece de todo.

Luego da una posible respuesta: “A veces es solo una oportunidad la que te salva del destino que parecía inevitable”. Es lo que cuentan Marcela, Juan Sebastián y Alejo. Acá sus historias:

Así recuperó a su hijo

Si alguien dijera que la vida de Marcela Cuesta se parece a un jardín de rosas sería por las espinas, no por los colores.

Ella tiene hoy 25 años de edad; nació en Urrao (Suroeste antioqueño) y siempre vivió con su abuela porque la mamá se desentendió de su responsabilidad. Luego rodaron a Chocó y de ahí las desplazó la violencia hacia Medellín, donde les tocó dormir varias noches en aceras mientras que el Municipio las acogió en un albergue temporal como víctimas del conflicto que eran y después les dio otros seis meses de arriendo.

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De ese lugar salieron igualmente a defenderse como pudieron, con lo que ganaba la matrona trabajando en casas de familia, cargando arena o haciendo lo que le resultara.

Escasamente le alcanzaba para el alquiler.

Marcela relata que como fue víctima de maltrato –“No por mi abuela, sino por otras partes”, enfatiza– fue a dar a un internado donde hizo los primeros años de escuela y le enseñaron algo de manualidades. Después se fue de nuevo con la abuela, a quien le asignaron una casa como desplazada en el sector alto de Robledo. “El mundo de la calle lo conocí como a los 17 años, cuando me fui de la casa; allá todavía me cuidaban pero ya no sentía ese cariño”, dice dándole énfasis a los que eso significa para alguien que ha sufrido depresión.

Dormía donde le cogiera la noche, incluso en parques, hasta que conoció a un hombre que dizque le iba a llenar el vacío de amor. Pero no fue del todo así porque la maltrataba y humillaba. Para entonces ya consumía marihuana y lo hacía con él.

La situación empeoró cuando quedó en embarazo y dependía más de ese sujeto. “Él se volvió un poco irresponsable, nos tocaba aguantar mucha hambre”, hasta que ella se empleó en un restaurante, de noche y lo dejó; después vino la rutina como modelo webcam que la hacía llegar tarde y el papá del niño se aprovechó para reportarla ante el ICBF, supuestamente porque ella no lo atendía ni le daba lo necesario, que no tenía un trabajo estable y consumía droga. El pequeño contaba entonces con cuatro años de edad y se lo quitaron.

Para estabilizarse y recuperarlo comenzó a vender “cositas” (mecato) en El Poblado y, ocasionalmente, ofrecía su cuerpo. Sentía que nada le salía bien y no niega que hasta pensó en acabar con su existencia.

En esas estaba cuando la contactaron del programa Parceras (la modalidad femenina de Parceros), que según ella dividió su vida en un antes y un después porque le ayudaron a recuperar a su hijo y le han colaborado para conseguir empleo superando incluso las trabas por no contar con una formación académica más allá de la primaria. Ha trabajado en la subsecretaría de Espacio Público y, en el último tiempo como gestora de seguridad, lo que le permite la estabilidad para que no la vuelvan a separar de su pequeño.

“Esto me cambió la vida porque si no hubieran llegado... hubo momentos en que pensaba en tantos problemas sin salida, uno ya no estuviera de pronto acá... ya uno se hubiera rendido; me pasaban muchos malos pensamientos por la cabeza”, apunta.

Se enorgullece de haber sido elegida para el documental y espera que le abra puertas para cosas más grandes.

Se reconoció como líder

Alejandro Henao piensa igual, aunque dice que la transformación de su vida no se dio tanto por las enseñanzas teóricas sino por el contacto con “los parceros”, los otros partícipes del programa, porque le ayudaron a descubrir su condición de líder natural.

Y también sobre el documental piensa que lo proyectará y abrirá puertas para transmitir su mensaje a millones de personas, ser una voz de aliento y esperanza.

Su historia es, a su manera, tan vertiginosa como la de Marcela.

Cuenta que a los 14 años era “muy plaga”, ya fumaba marihuana y tenía malas compañías, justo en tiempos en que en Puerto Boyacá, donde vivía, aparecieron los grupos de “limpieza” de las Águilas Negras.

Cuenta que, sin razón, su mamá lo denunció por violencia intrafamiliar y lo metieron a una correccional de Tunja, donde aprendió lo necesario para empezar a robar y extorsionar cuando quedó libre a los seis meses porque se acogió a los cargos que le imputaban, aunque se consideraba inocente.

Un día se metió a robar a la casa de un paramilitar y como lo descubrieron se vino a Marinilla para librarse de la venganza, pero fue peor porque se contactó con el hampa local que manejaba el comercio de drogas y contaba con armas, con apenas 15 años.

Después su mamá se vino a Medellín y él se le unió, pero lo echó de la casa al saber que continuaba consumiendo drogas.

Acá montó una barbería que a la vez servía de punto de operación del microtráfico para una zona del nororiente de la ciudad y bodega de drogas y armas.

Para bien o para mal, todo cambió un día en que se alebrestó y amenazó con un arma a un vecino. Lo capturaron y logró salir, pero eso lo hizo reflexionar porque vio que hubieran podido incriminar a la pareja que vivía con él y por esa vía quitarles a la hija de esta. Después ambos tuvieron otra hija. La fortuna fue que llegó Parceros a mostrarle otro camino posible.