Economía

Un turista extranjero gasta al día US$160 en El Poblado, ¿dolarización?

El Poblado es uno de los sectores más visitados. Si a eso se suma que cada turista extranjero gasta 160 dólares al día, hay una realidad que cambia la economía en la zona. El dólar manda en ciertos espacios.

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Comunicador Social y Periodista. Reportero en las regiones. Escribo sobre microeconomía y macroeconomía. Disfruto el café, la cerveza artesanal y el rock.

hace 2 horas

A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a esconderse, ocurre todos los días el mismo éxodo de ciudadanos locales. Por la calle 10 de El Poblado, como una columna de hormigas que desciende metódica hacia el metro, los antioqueños abandonan el sector. Van de regreso a casa, a Robledo, a Aranjuez, a Belén, a San Javier... Se marchan los meseros, los artesanos, los vendedores de gafas, los empleados de los cafés. Y entonces, la noche en Provenza, el Parque Lleras y el resto del sector pertenece a los extranjeros y a la fiesta.

El Poblado se ha convertido en una especie de centro comercial al aire libre pensado para los extranjeros que llegan buscando el paraíso que venden las canciones de los reguetoneros. Los números respaldan esa imagen: en 2025, el Aeropuerto José María Córdova cerró con una cifra histórica de 2.059.183 pasajeros internacionales, lo que representó un crecimiento del 11,7%. Más de la mitad de los viajeros que pasaron por ese terminal vinieron de otro país. La ciudad está de moda. Y con ese flujo masivo de visitantes llegó también una pregunta, ¿se está dolarizando El Poblado?

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“Hola, mister, a la orden”: el rebusque habla inglés

Rafael Restrepo lleva años apostado a las afueras de la Estación Poblado del Metro con una exhibición de gafas deportivas, de sol y de moda. Tiene el don de la conversación fácil y el instinto del vendedor que sabe leer a sus clientes con una sola mirada, así identifica “al gringo”. Cuando llega un extranjero, Rafael activa su protocolo. Primero, el saludo. “Hola, mister, a la orden”, dice con el calor humano del paisa, y cuenta que eso basta para que el turista se ría, se relaje y empiece a revisar la mercancía.

Pero lo que le sigue al saludo es lo que revela la transformación económica del sector. Rafael vende en dólares si es necesario. Las gafas tienen un precio en pesos, pero él ya sabe hacer la conversión de memoria y sin calculadora. “Dos dólares estas de tenis”, dice, y aclara que siempre pone el precio a la vista para que el extranjero no piense que le están cobrando de más. “Ellos en el celular buscan cuánto vale en dólares, y si ven que es una vaina posible, dicen okay y se llevan dos”, relata. Hasta tarjeta acepta, algo que él mismo reconoce como un aprendizaje obligado. “Uno como ambulante tiene que aprender”, dice con una sonrisa.

Rafael no habla de política monetaria ni de tasas de cambio. Habla de supervivencia y adaptación, que en el fondo es lo mismo que los economistas llaman ajuste del mercado.

El cuero, las esmeraldas y la economía del rebusque

Unos metros más arriba, donde la calle 10 comienza a volverse empinada, Leonardo Ariza exhibe bolsos de cuero de chivo con incrustaciones de piedras que él mismo cose a mano. Cada bolso es una pieza única, un trabajo de horas que él valúa entre 150 y 200 dólares dependiendo del diseño. En pesos colombianos, eso equivale a unos 700.000 pesos, una suma que muchos locales considerarían elevada pero que los visitantes extranjeros reciben con naturalidad. “Con mi celular, tarjeta o lo que tenga”, resume Leonardo sobre cómo suelen pagar sus clientes.

A medida que se avanza por la calle 10, se respira más el ambiente extranjero: fachadas comerciales con nombres que parecen copiados de la Quinta Avenida de Nueva York y vitrinas que incluyen precios en dólares y en pesos colombianos, efectos de la gentrificación, dicen los expertos y las canciones de Alcolirykoz.

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Más adelante está Willy, que lleva cuarenta años vendiendo cuarzos, esmeraldas y joyería artesanal en El Parque Lleras, que en las mañanas pertenece a los comerciantes y artesanos y en las noches a la prostitución. Willy, a sus 57 años, habla con la calma de quien ha visto “de todo”. El artesano confirma que los pagos en dólares son una constante. Un cuarzo puede valer entre 30 y 100 dólares, dependiendo del tamaño y la calidad. Las pulseras de filigrana con raíces de esmeralda las vende a 50.000 pesos, unos quince dólares al cambio actual. “Siempre llegan extranjeros, sobre todo de Estados Unidos”, dice, y agrega que los trabajos manuales los hacen apreciar más el producto. “Ellos valoran más porque ven que es hecho a mano”, confiesa.

Estos vendedores informales son, en cierta medida, el reflejo más honesto de lo que está ocurriendo en el sector. No tienen departamentos de mercadeo ni asesores financieros. Solo tienen el instinto del mercado y la necesidad de vender para llevar el pan a la mesa.

Provenza: la zona que se adaptó

Para nadie es un secreto que tras la degradación y la prostitución del Parque Lleras, la fórmula fue construir un espacio más seguro y exclusivo para los visitantes extranjeros: Provenza, el corazón gastronómico y nocturno de El Poblado. Estiven, empleado de uno de los establecimientos que se identifica como cofundador del sector, lo dice sin rodeos: “O te adaptas o desapareces, son las únicas opciones”. En su negocio, el 90% de los clientes son extranjeros. La carta, los precios, el entrenamiento del personal en inglés y hasta la disposición de las mesas están pensados para ese público. Un cóctel oscila entre 40.000 y 55.000 pesos, unos doce o trece dólares, y una botella de aguardiente ronda los 90.000 (30 dólares), un precio que, según él, está acordado de manera informal entre los establecimientos del sector para evitar guerras de precios.

Si tú no eres extranjero y te sientas en una mesa y no consumes como un extranjero, te maluquean”, admite Estiven, con la franqueza de quien ha aprendido a leer ese lenguaje no verbal que existe en los negocios de sitio.

Lo cierto es que los negocios formales “se cuidan en salud” al momento de recibir dólares en efectivo. La mayor parte solo recibe pagos en tarjetas e instruyen a los extranjeros para que se dirijan a las casas de cambio y obtengan la moneda local.

En el restaurante El Social Maestro, también en Provenza, Edinson Ruiz, jefe de servicio, matiza la imagen. En su establecimiento el porcentaje de extranjeros es de alrededor del 65%, y dice que cerca del 40% de los pagos se hacen en efectivo, pero todo en pesos, no reciben dólares. La mayoría paga con tarjeta de crédito o débito. Reconoce que los extranjeros dejan propinas generosas, y que un mesero bien posicionado puede llegar a recibir hasta 200 o 250 dólares semanales solo en propinas. Él mismo llegó lavando platos a los 21 años a El Poblado y hoy, a los 37, después de pasar por cocina, bar, mesero y bartender, gana alrededor de tres millones y medio de pesos mensuales, sumando sueldo y propinas.

El debate de la dolarización

Para la Secretaría de Turismo y Entretenimiento de Medellín, el debate sobre la dolarización del sector debe enmarcarse en la normativa vigente. Ana María López, cabeza de la dependencia, sostiene que cualquier establecimiento que reciba dólares de un extranjero está obligado a presentar copia del pasaporte y justificar el origen de esa divisa ante la Dian, es por esa razón que muchos comercios formales se abstienen de recibir pagos en moneda extranjera. “Decir que hay una dolarización parcial en el sector sería incorrecto. Lo que hay es recepción de divisas por actividad turística, pero la economía de la ciudad sigue siendo en pesos colombianos”, anotó.

Desde la academia, sin embargo, el análisis es diferente. Jaime Alberto Ospina, docente e investigador del Grupo de Coyuntura Económica de Eafit, prefiere hablar de una “dolarización parcial y localizada o de pequeños espacios dolarizados de facto” antes que de una dolarización generalizada. “Lo que está pasando en Provenza no es que Medellín se dolarizó, sino que hay una burbuja muy específica donde el dólar se usa mucho”, indicó. Los negocios formales siguen cobrando en pesos o por tarjeta, pero varios vendedores informales sí reciben dólares en billete y, en algunos casos, fijan precios pensando directamente en esa moneda. No es comparable con países donde casi todo se cobra y se ahorra en dólares, pero tampoco es un fenómeno menor o irrelevante.

Las cifras respaldan esa lectura. El gasto promedio diario de un visitante extranjero en Medellín, con datos actualizados a abril de 2026, es de 160 dólares, distribuidos principalmente en alimentación (40,6 dólares), alojamiento (35,1 dólares) y transporte (26,1 dólares). Eso supera ampliamente los 163 dólares diarios que gasta en promedio un turista nacional. El 67% de los huéspedes en los hoteles de la ciudad son extranjeros, y el barrio Laureles lidera la ocupación con 70,1%, seguido de El Poblado con 68,3%.

La ciudad que se reinventó y no para de crecer

La gentrificación de El Poblado no es un fenómeno nuevo, pero sí se ha acelerado. Estiven, desde el mostrador de su negocio, lo cuenta con la perspectiva de quien vivió la transformación desde adentro: todo empezó cuando la música urbana y el reguetón comenzaron a popularizar la ciudad en el mundo. Los turistas llegaban preguntando por lugares que mencionaban canciones o artistas específicos. “El extranjero lo obliga a uno a adaptarse, no es que uno quiera”, dice. Con esa adaptación vino un cambio en los precios, en los idiomas, en los menús y en la forma de entender el negocio.

El resultado es una zona que funciona como una economía paralela dentro de la ciudad, con su propio ritmo, sus propias reglas informales y su propio idioma de facto: una mezcla de español, inglés precario y el lenguaje universal de las tarjetas de crédito. Una economía que está lejos de dolarizar toda la ciudad, pero sí ha creado pequeños espacios donde el billete verde manda la parada.

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