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Resguardos indígenas: confinados por el horror

  • Los nativos conservaron las vainillas de los rafagazos del Clan del Golfo. FOTO manuel saldarriaga
    Los nativos conservaron las vainillas de los rafagazos del Clan del Golfo. FOTO manuel saldarriaga
  • Vista aérea del caserío de la comunidad Chajeradó, ubicado a tres horas por río del casco urbano de Murindó. Lo habitan 230 personas. Manuel Saldarriaga | Enviado especial a Murindó
    Vista aérea del caserío de la comunidad Chajeradó, ubicado a tres horas por río del casco urbano de Murindó. Lo habitan 230 personas. Manuel Saldarriaga | Enviado especial a Murindó
  • Los indígenas denunciaron que temen salir al monte a sembrar y cazar. FOTO manuel saldarriaga
    Los indígenas denunciaron que temen salir al monte a sembrar y cazar. FOTO manuel saldarriaga
Nelson Matta Colorado | Enviado especial a Murindó | Publicado el 15 de octubre de 2019
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niños están desescolarizados por miedo de sus padres, en la comunidad Chajeradó.

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desplazados permanecen en el casco urbano de Murindó, de los 62 que habían llegado.

Cuando los tiros despertaron a todo el mundo en el caserío, y las ráfagas de los fusiles iluminaron la noche en medio de insultos demenciales, los niños comenzaron a llorar en los tambos. “Mi hijo me preguntaba si eso eran relámpagos. Las comunidades vecinas creían que había empezado la guerra entre el Eln y los gaitanistas, ¿pero a dónde correr en esa oscuridad, si nosotros por ‘pobresía’ no tenemos linternas? Nos aguantamos dentro de las casas, no corrimos por el miedo a las minas”.

Mientras el indígena recordaba la aciaga experiencia, los demás miembros del resguardo, sentados a su alrededor en la caseta comunal, se llevaban las manos al rostro o miraban los casquillos de bala acumulados en el piso de tabla, como evidencia de la incursión de los grupos armados.

Por la acción de los criminales, 2.122 indígenas están confinados en la selva del municipio antioqueño de Murindó; llevan cinco semanas sin poder salir a cazar, pescar o cosechar sus cultivos. Son de la etnia emberá e integran 11 comunidades pertenecientes a los resguardos Chajeradó y Murindó, ubicados a una distancia de tres y siete horas por agua desde el casco urbano de la localidad.

A esta comunidad se llega navegando el río Chajeradó, una de las vertientes del Atrato en Antioquia. FOTO: Manuel Saldarriaga.
A esta comunidad se llega navegando el río Chajeradó, una de las vertientes del Atrato en Antioquia. FOTO: Manuel Saldarriaga.

EL COLOMBIANO ha sido el único medio de comunicación en llegar a la zona (octubre 1 al 3). La ruta inicia en el pequeño muelle de Murindó, donde nos embarcamos en una panga por el río Atrato en dirección al norte.

Con la primera lumbre del Sol, el único ruido que se oye es el gorgoteo del motor. El Atrato pasa sigiloso bajo nosotros, arrastrando botellas y platos de icopor, el rastro de los hombres que hace décadas se enclavaron en las riberas.

Tras una hora de trayecto, el marrón de las aguas del Atrato le da paso a un color verdoso, en señal de que abandonamos el cauce principal y nos internamos en el Chajeradó, una palpitante arteria de selva. Aquí ya no baja basura, sino troncos de árboles vencidos por el tiempo.

Los residentes cocinan en fogones de leña y no tienen acceso a los acueductos veredales ni agua potable. FOTO: Manuel Saldarriaga.
Los residentes cocinan en fogones de leña y no tienen acceso a los acueductos veredales ni agua potable. FOTO: Manuel Saldarriaga.

La corriente se estrecha y a lado y lado observamos jungla en su estado primigenio, sin la intervención del machete, y a diferencia del silencio del Atrato nos recibe la bulla de las aves. Esta es la entrada al mundo indígena y la señal de celular desfallece, pues no pertenece a este reino.

Surcamos las curvas que la naturaleza diseñó, sus glorietas y autopistas fluviales, hasta que a las dos horas arribamos a la playa cristalina que brinda acceso a la comunidad Chajeradó.

En el caserío habitan 230 personas en 30 kioskos; hay una tienda y una escuelita de tres aulas con pizarrón de tiza. Alrededor crecen los cultivos de maíz, arroz, plátano y coca, mezclados con la frondosidad de una selva tan vasta como alcanza la vista. Así es el edén que los delincuentes han venido a perturbar.

Con el tradicional pilón de maíz producen bebidas, sopas y medicamentos. FOTO: Manuel Saldarriaga.
Con el tradicional pilón de maíz producen bebidas, sopas y medicamentos. FOTO: Manuel Saldarriaga.

“No vayan al monte”

Los emberá tienen una manera particular de contar historias. Se reunieron en la caseta comunal, gentes de diversas edades, formando un círculo en el que todos se miran. Solo algunos están autorizados para hablar en español y articular el relato central, pero los demás les aportan anécdotas en su lenguaje ancestral, para que estos las traduzcan e incorporen a su narración. De esta forma, con un entrevistado de 40 cabezas, conocimos los horrores que los agobian.

El 27 de agosto llegaron varias escuadras del Eln. Venían de la comunidad vecina de Turriquitadó Llano, donde fueron hostigadas por enemigos del Clan de Golfo, o como ellos se denominan, Autodefensas Gaitanistas. Traían una advertencia: “No vayan a salir al monte, porque les pusimos minas a esos paracos. No salgan después de las 6:00 de la tarde y no caminen solos, sino de a dos o tres personas juntas, porque no respondemos”.

Debido al confinamiento, siete niños de las zonas más alejadas de la comunidad Chajeradó están desescolarizados. FOTO: Manuel Saldarriaga.
Debido al confinamiento, siete niños de las zonas más alejadas de la comunidad Chajeradó están desescolarizados. FOTO: Manuel Saldarriaga.

Ese mensaje golpeó el ánimo de los lugareños. Su supervivencia se basa en la caza de animales que solo se encuentran en lo profundo de la manigua, como venados, guaguas, tatabras (especie de cerdo), conejos y armadillos; también pescan sábalos, mojarras y barbudos en la parte alta del afluente.

Al día siguiente los temores se hicieron realidad, en la cercana comunidad de Chibugadó. Una joven en embarazo caminaba con un marrano, cuando el porcino se adelantó y detonó una mina quiebrapata. “Tenemos miedo de salir y varias cosechas se están perdiendo”, se lamentó uno de los oradores.

El 31 de agosto a las 4:00 p.m., según las fechas que tienen apuntadas en un cuaderno rosado, aparecieron en Chajeradó 70 gaitanistas con uniformes camuflados. “Nos reunieron aquí en el tambo dos horas, dijeron cómo debíamos comportarnos y que si había alguno que trabajara con los elenos, tenía que dejar eso, porque ahora ellos iban a mandar en la zona”.

Los indígenas recuerdan con frustración el paso de los grupos armados ilegales por su caserío. FOTO: Manuel Saldarriaga.
Los indígenas recuerdan con frustración el paso de los grupos armados ilegales por su caserío. FOTO: Manuel Saldarriaga.

Entre los invasores había dos indígenas de poblaciones lejanas y cuatro desertores del Eln que se unieron al bando contrario. Estos últimos reconocieron a un muchacho de 15 años del caserío, que tiempo atrás fue su compañero en la guerrilla.

“Hacía tres años el Eln lo había reclutado, cuando él apenas tenía 12. Ese día trataron de llevarse a varios, pero los papás lograron rescatar a tres; se fueron con el niño y dos mujeres de Chibugadó. Tiempo después el padre lo recuperó y lo regresó a Chajeradó. Como aquí está prohibido irse con esa gente, la comunidad lo castigó con cepo y trabajos forzados. Él ya cumplió y hace parte de la comunidad otra vez”, explicó un residente.

Los gaitanistas sometieron al adolescente a un brutal interrogatorio, con golpes e improperios, a pesar de los ruegos de la población. En el sitio apenas había cuatro guardias indígenas en proceso de formación que, con bastones de mando, nada podían hacer contra las ametralladoras.

Once familias de la comunidad Chajeradó se desplazaron hacia el casco urbano del municipio de Murindó. FOTO: Manuel Saldarriaga.
Once familias de la comunidad Chajeradó se desplazaron hacia el casco urbano del municipio de Murindó. FOTO: Manuel Saldarriaga.

“Aquí mandamos nosotros”

A las 7:00 p.m. de ese día los forajidos entraron a la tienda y pidieron comida y licor. Tenían de rehén al menor de edad y lo obligaron a beber con ellos, mientras lo amedrentaban y le derramaban cervezas en la cabeza. A la mujer que atendía el negocio le ordenaron que pusiera música, enseñándole un celular, el cual conectó al bafle con un cable.

“Empezaron a sonar las canciones de esos señores, que hablan de muertos y balaceras. Una decía que ‘antes eran guerrilleros y ahora son gaitanistas’. Otra era del cantante Francisco Gómez, que decía ‘abran paso que esto es mío y al que no le gustó que se aguante’”, recordaron los nativos.

Mientras devoraban lo que había en la despensa, invitaron a dos mujeres jóvenes a que se sentaran a tomar con ellos. El líder del cabildo local tuvo que intervenir, diciéndoles que eso contradecía las normas y que si ellas accedían, así fuera contra su voluntad, serían castigadas. Los tipos cedieron a la petición.

Las autoridades de Murindó están buscando cupo en el colegio local para los niños indígenas desplazados. FOTO: Manuel Saldarriaga.
Las autoridades de Murindó están buscando cupo en el colegio local para los niños indígenas desplazados. FOTO: Manuel Saldarriaga.

A la 1:00 a.m. se pararon de la mesa, borrachos a rabiar, y al son de los corridos hicieron disparos al aire, gritando “¡guerrilleros correlones, malparidos!”, al tiempo que vaciaban los proveedores. Los tiros y la juerga se prolongaron hasta las 2:00 p.m. del 1 de septiembre. Nadie pudo dormir en el caserío ni en las comunidades vecinas.

En esta parte de la historia, los niños iban trayendo a la caseta bolsas de mecato, repletas de vainillas de fusiles calibre 7,62 y 5,56. Formaron un montoncito y en total había 89 municiones, una de ellas sin percutir.

Los gaitanistas acamparon durante tres días a un costado de las viviendas. Antes de partir dejaron 4 millones de pesos en la tienda y anunciaron que le pagarían un millón al que quisiera unírseles.

La Gobernación de Antioquia anunció ayudas humanitarias para los afectados, que serán enviadas por aire y río. FOTO: Manuel Saldarriaga.
La Gobernación de Antioquia anunció ayudas humanitarias para los afectados, que serán enviadas por aire y río. FOTO: Manuel Saldarriaga.

Entre la espada y la pared

Once familias, conformadas por 62 personas, se desplazaron de manera forzada de Chajeradó al casco urbano de Murindó. Se arrumaron en una casa de tablas de dos pisos, soportando las nubes de mosquitos que parrandean entre la basura que escupe el Atrato.

Una comisión de funcionarios de la ONU, Defensoría y Personería viajó a los resguardos y confirmó las denuncias; incluso se topó en el camino con los gaitanistas. “Estaban tan bien uniformados que pensé que eran del Ejército, pero apenas les vi el brazalete supe que eran de los otros”, dijo la personera, Érika Machado.

Clementina Machado, enlace municipal con la Unidad de Atención a Víctimas, explicó que el 6 de septiembre les entregaron las primeras ayudas humanitarias a los desplazados y “les estamos buscando cupo en el colegio a ocho niños, porque sus padres manifestaron que todavía no iban a retornar”.

Los habitantes de Chajeradó viven en tambos de madera, alrededores de los cuales cosechan sus cultivos. FOTO: Manuel Saldarriaga.
Los habitantes de Chajeradó viven en tambos de madera, alrededores de los cuales cosechan sus cultivos. FOTO: Manuel Saldarriaga.

Tres familias no se amañaron en el albergue y regresaron por sus propios medios. La personera añadió que el 7 de octubre llegaron 48 toneladas más de ayuda humanitaria, en coordinación con la Gobernación de Antioquia. Podrían tardar más de dos semanas en distribuirlas entre las comunidades más alejadas, pues además de sendos viajes en lancha, calculan que se necesitarían al menos 36 vuelos en helicóptero para abastecer a los necesitados.

En el territorio continúan los criminales. Fuentes de Inteligencia aclararon que por parte del Eln está el frente Manuel Hernández El Boche, que desplegó una comisión al mando de “Yonatan”; en cuanto al Clan del Golfo, por allí se mueve el frente Carlos Vásquez, comandado por alias “Pueblo”.

Su interés en la zona está ligado al narcotráfico, pues hay cerca de 500 hectáreas de coca, laboratorios de droga y rutas fluviales y selváticas para transportar la mercancía hacia el corredor del Darién y el Golfo de Urabá. “Uno ve mucha gente extraña en el pueblo, que no es de aquí, pero uno ni pregunta porque a la vaca brava se le conoce porque no se junta con las demás”, acotó Wilfer Torres, secretario de Gobierno de Murindó.

Tropas del Ejército patrullan la zona para evitar el regreso de los grupos armados ilegales. FOTO: Manuel Saldarriaga
Tropas del Ejército patrullan la zona para evitar el regreso de los grupos armados ilegales. FOTO: Manuel Saldarriaga

Señaló el funcionario que el 12 de septiembre hubo un comité de justicia transicional, en el que les propusieron a los indígenas que permitieran el ingreso a los resguardos de los expertos en desminado del Ejército, pero se opusieron, invocando su derecho a la autodeterminación. Temen que se produzcan enfrentamientos de las tropas con los ilegales y que haya daño colateral de los civiles.

Once gobernadores indígenas firmaron un comunicado que reza: “Prohibimos el paso del Ejército y actores armados al margen de la ley en nuestro territorio”. Su propuesta es que el desminado lo hagan organizaciones civiles internacionales.

A pesar de la petición, desde finales de septiembre pasan por los caseríos varios pelotones de la Brigada 17. Los soldados, acampando en las afueras de Chajeradó, indicaron que estaban protegiendo a la comunidad y que hasta el momento no habían encontrado campos minados. Su presencia, sin embargo, intranquilizó a los indígenas.

El 8 de octubre en un consejo de seguridad en la Gobernación se planteó la posibilidad de establecer un cordón humanitario para que los militares desminaran bajo supervisión. Por ahora las partes no han llegado a un acuerdo.

Los indígenas están entre la espada y la pared. Quisieran que ningún grupo armado, legal o irregular, entrara a su territorio; y al mismo tiempo anhelan recuperar la libertad de andar en el monte, sin que una mina les recuerde que esa selva dejó de ser su paraíso.

Contexto de la Noticia

PARA SABER MÁS cuatro municipios afectados

La Organización Indígena de Antioquia (OIA) denunció que no solo en Murindó hay comunidades confinadas por acción de los grupos armados; también en Dabeiba, Urrao y Frontino. Son 1.000 familias de la etnia emberá eyábida, repartidas en estos municipios. La situación se agudizó desde agosto y ha generado que 500 niños indígenas no hayan podido asistir a clases. “Aumenta el riesgo de las comunidades, al ser afectadas por la siembra de minas antipersonal, confrontaciones armadas, acceso limitado a servicios básicos, riesgo por posible reclutamiento forzado, confinamiento, limitación a las prácticas organizativas y de autonomía indígena, así como la estigmatización de líderes indígenas”, informó la OIA.

Egresado de la U.P.B. Periodista del Área de Investigaciones, especializado en temas de seguridad, crimen organizado y delincuencia local y transnacional.

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