Los colores de la montaña, de Carlos César Arbeláez

Sin cola ni cabeza

Por: Mauricio Sarmiento


Dos universos que se enfrentan. Violencia e inocencia. De ellos se desprende una desgarradora radiografía de la situación campesina en Colombia. Logrando una delicada y contundente cosmovisión del conflicto armado colombiano.

Es por medio de una latente violencia que magistralmente ha sido capturada, siempre en un segundo plano visual o sonoro y/o activando el fuera de campo. ¡ese fuera de campo que no deja en paz a las personas envueltas en el conflicto, es decir, a todos como colombianos!.

“Usted tiene miedo que le pase lo mismo que a su papá” le dice Mirian (madre de Manuel) muy sabiamente, casi que presagiando la constante guerra que ha azotado al país, circular, sin cola ni cabeza, que no deja escapar a nadie. Pueden huir claro está, ¿pero hacia dónde? Es por ello que Ernesto (actuación excepcional de Nolberto Sánchez / ¿Bill Murray?) no se quiere ir.

A medida que discuten sobre si Ernesto debe asistir a las reuniones citadas cada ocho días por grupos guerrilleros, Manuel, la gran alma del film, solo se enfoca en dos o tres cosas. La primera, el fútbol, gran deporte que mueve todas las aspiraciones de estos niños. O una segunda, la pintura, en la cual se ve un Manuel interesado en algo más particular, de ahí sale su sensibilidad (no dejando por alto la intención de llamar Palomo a su res).

Y una tercera que está puesta bajo varias capas de narración, pero que para mí vendría a ser la más especial, saltando en el último plano. Es la de Cecilia, la amiguita que le da el color amarillo, la primera en desaparecer de la escuela y la que vuelve a “aparecer” de forma infantil cuando Manuel juega con los muñequitos que ha hecho su Mamá. “Una amiguita que me prestó un color amarillo que no le pude devolver”. ¿Será su primer amor?

Julián, muy alegremente, lo molesta por ello, pero la película no le da un segundo de esperanza a ese pequeño gran romance que pudo ser. Y es que esta película no es más que una muestra onerosa del maldito encierre de la guerra colombiana, de cómo las ilusiones se acaban. Pero vuelvo al último plano donde, por alguna magia (ya sea a lo Kiarostami en A través de los olivos), en dónde no sabemos qué va a pasar, si le depara algo bueno o malo. El plano contraplano de él y la niña, puede que los una o puede que no. No importa, es un pequeño aire a esa herida.

Solo actores naturales, fue la intención planteada por Carlos César Arbeláez. La búsqueda fue intensiva, pero el logro contundente. Y es que no hay una forma más bella y humanizante que haya esa “ilusión” de realidad jugando con la realidad. Ya Fellini lo había hecho, Vittorio de Sica y nuestro referente por excelencia Víctor Gaviria. Es verdad que hay dos que no son actores naturales, son el caso de la maestra (que en realidad me sorprendió porque su actuación parecía más la de un actor natural) y la de Ernesto.

Tres niños: Manuel, Julián y Poca luz, este último para mí tiene algo de misterio, no solo por elegir a un albino en medio de la cordillera de los Andes, sino porque es él quien siempre está expuesto a la muerte: “Me voy a morir”, “¿Muchachos, sí estoy vivo?”. Es el único de los niños que repite y reitera que se va a morir, quizás sea él, en un marco algo más metafísico, quien nos recuerde lo expuestos que están, lo fugaz y azaroso del destino.

Es la inocencia de estos tres la que nos sumerge en la mirada infantil de la guerra. Un simple balón se convierte en el detonador de una tensión escalofriante. Es el futbol, el campeonato que nunca les tocó, el que hace merodear ese conflicto.

El exceso de fundidos no lo entendí, como muchos de los travellings, pero sí encontré una visión en todo el film. Se nota una búsqueda de un tratamiento documental, pero a la vez se irrumpe todo el tiempo con los fluidos y bellos travellings que por partes me abstraían un poco. Pero, de alguna manera, forma y contenido se articulan para mantener un ritmo certero, no hay escena de más y no hay escena de menos. Es justo.

Los colores de la montaña es una muestra de inteligencia para aproximarse a un tema como el conflicto. Son muchas las películas que lo tratan pero nunca dejan de acentuar clichés y repetir las mismas enseñanzas “morales” que tratan de imponer, como por ejemplo: la guerra es mala, la guerrilla es mala, los grupos al margen de la ley son malos, los militares son malos, etc.

Son pequeñas muestras sutiles del horror, ese magno problema del que las imágenes han sido puesta en tela de juicio. Lanzmann, con su vasta obra Shoah (1985), planteaba una teoría muy clara y es que las imágenes filtran el horror, ninguna imagen puede mostrar el horror, y creo que es ahí junto con algunos postulados de Godard en su vastísima obra Historias du cinema, en dónde trata de forzar a las imágenes a mostrar lo que no se filmó.

Bueno, son los colores, esos mismos que van perdiendo su saturación a medida que va pasando la película, los que muestran y merodean ese horror. Pero para ser más preciso, quisiera recordar tan solo tres imágenes justas y necesarias. La primera y más obvia, es la del padre de Julián (“hijo guerrillero, padre guerrillero”) que con tan solo un cadáver llevado en el lomo de un caballo abre ese salvajismo. La segunda, es del orín que cae del pantalón e Manuel. ¡Ohhhh! No hay palabras. Y la tercera, que vendría a ser la más poética, es cuando Manuel está en la habitación de noche y llueve fuertemente afuera. La ventana se abre por culpa de un fuerte ventarrón y los sonidos de aquellos partidos en la cancha de futbol comienza a sonar haciendo hincapié a una alucinación auditiva, a una alucinación de vida arrasada por la miserable violencia que transgrede el curso natural de cualquier vida.

Hay muchos momentos memorables, por ejemplo, la parte en la que Julián le muestra su colección de balas de distintas armas a Manuel. También cabe resaltar la sutil e inteligentísima forma de meter a la religión. El catolicismo está ahí pero se salva de caer en el cliché. Solo con la imagen de la virgen en frente de la casa de Julián, con un simple escapulario, con un momento en la iglesia, aprovechando que ya bajó al pueblo y, por último, tomando el cuadro de Cristo y guardándolo entre el equipaje para partir. Pocas imágenes suficientes y contundentes.

La exploración y los nueve años que le llevó a Carlos César Arbeláez lograr está película se notan, y es el tiempo lo que hace que maduren las cosas. Hay veces que no son necesarios los años, pero para esta película le fueron excepcionales y es por ellos mismos que brilla. Mostrar el horror de una forma tan acertada. revelar esa conmoción que paraliza a los sujetos.

Solo mostrar cómo tratan de salir de un acontecimiento, cómo es la guerra, no es más que otro acierto de nuestra necesidad de un cine comprometido con la realidad. Con la neo-realidad. Mientras estemos en guerra, hablemos de “guerra”, ese es el compromiso del cine con la historia. Seguramente seguirá brillando por la historia del cine colombiano, como aquel metal de nuestros ríos y montañas que tanto extrajeron esos barcos…

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