Los nadie, de Juan Sebastián Mesa

Una ciudad para irse y volver

Oswaldo Osorio

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El punk no ha muerto, se ha transformado, como la materia. En esta impetuosa y a la vez sensible película se puede ver esa transformación, la cual está reflejada en los desplazamientos que este movimiento musical ha hecho por otros espacios de la ciudad y en unas nuevas generaciones que igualmente están inconformes, pero con un espíritu libertario que cambia su actitud, especialmente ante la vida, sus congéneres y el futuro.

Con un relato rebosante de espíritu juvenil, los protagonistas viven y respiran la ciudad. No obstante, están hartos de ella, por eso quieren renovar sus horizontes y experiencias. De esta situación se desprende su argumento, por demás muy simple aunque de probada eficacia: un grupo de jóvenes preparan un viaje y en medio de esto crean y fortalecen sus relaciones sociales y personales. Es cierto que se trata de una situación recurrente en el cine generacional, pero lo que siempre hace la diferencia es la mirada y el universo propios que crea cada película, y esta definitivamente los tiene.

En este sentido, es inevitable relacionar una película de Medellín que tiene alma de punk con la emblemática Rodrigo D: No futuro, de Víctor Gaviria. Pero más que establecer innecesarias comparaciones entre ellas, porque hablan de dos ciudades diferentes y con treinta años de distancia (la de Gaviria se rodó en 1986), dicha conexión resulta más elocuente si se reflexiona acerca de sus protagonistas, la relación que tienen con la ciudad, con la música y su actitud frente a la vida.

Los jóvenes de Los nadie tienen más oportunidades y el mundo se les ha abierto. Ya las montañas circundantes y mucho menos las fronteras de un barrio son límites infranqueables. Necesariamente hay una sombra de frustración, frente al sistema del mundo adulto y a la ciudad misma, pero esto convive con un optimismo hasta empalagoso que se manifiesta principalmente en la conexión entre estos jóvenes y desde el cual hasta el propio punk ya está revestido de otras connotaciones. Porque si bien el punk continúa siendo un potente vehículo de rebeldía e inconformismo, también es un medio de camaradería y socialización.

Narrativamente la película ofrece una sólida estructura que sabe distribuir sus distintas líneas dramáticas, mediante las cuales los protagonistas preparan el viaje y construyen sus relaciones. Hay también una equilibrada eficacia narrativa entre el ritmo propio de la variedad de personajes (adosado con la música) y la naturalidad e intimismo que logra en las escenas de corte cotidiano. Y todo esto en ese gran marco de la ciudad de Medellín como protagonista, con su paisaje empinado y abigarrado, su dinamismo replicado por  la energía de estos jóvenes y hasta su look en blanco y negro, que no permite distraerse de lo importante: lo que estos muchachos sienten y buscan, así como sus  ganas de partir hacia la aventura.

Es una ciudad que, al final, solo les ofrece dos opciones: abandonarla para recargar fuerzas y volver o sucumbir a esa violencia que sigue allí, más soterrada, pero no menos amenazante. Un final y una ciudad que resultan contundentes, así como lo es toda la película, una pieza inteligente, entrañable y llena de fuerza expresiva, tanto en sus personajes como en sus imágenes.

Música en mi cabeza

Oswaldo Osorio

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El gran acierto de esta película es no caer en la tentación de burlarse de su protagonista, como lo hizo la mayoría de sus contemporáneos, sino entenderla como personaje y dimensionar la relación que tuvo ella con la música y con la sociedad neoyorkina en plena Segunda Guerra Mundial. Por eso se trata de una entretenida historia llena de momentos divertidos, pero también muy emotivos y, sobretodo, capaz de hablar con honestidad sobre la complejidad de los sentimientos y las relaciones humanas.

Florence Foster Jenkins fue una heredera a quien su gran amor por la música la llevó a tener la fijación de convertirse en una gran cantante lírica y presentarse en el mítico Carnegie Hall. Con la complicidad de su devoto esposo y un apocado pianista, se entrega a la tarea de hacerlo. Solo hay un problema, que canta muy mal, tanto que podría ser la peor cantante del mundo, y además, hay una contrariedad mayor: ella ni se entera de eso.

Es portal razón que el relato siempre está jugando a dos bandas, entre lo cómico de la situación, si se mira desde afuera, y la sutileza de las emociones que se desarrollan entre estos tres personajes. De manera que la historia se va alternando entre el patetismo y lo entrañable, porque si bien su protagonista puede comportarse por momentos de forma ridícula por prácticamente crear un sentido propio del mundo en su cabeza, también es cierto que su amor por la música, su generosidad como mecenas y el honesto aprecio y amor que le prodigaban sus allegados, la convierten en una mujer digna de toda empatía.

Detrás de este acertado equilibrio se encuentra un experimentado y talentoso director británico que se dio a conocer con en 1988 con la película Relaciones peligrosas y que en adelante ha demostrado su buen pulso para contar historias donde las mujeres y la sutileza de los sentimientos son protagonistas: Mary Reilly, Mrs. Henderson presenta, La reina, Chéri, Philomena. Además, su labor aquí se ve complementada por la infalible Meryl Streep, para quien este personaje parece haber sido expresamente escrito, a pesar de tratarse de una mujer que realmente existió y dio mucho de qué hablar en sus últimos años de vida.

Es muy particular cómo en esta historia, si se mira por separado a cada personaje, desde Florence hasta su esposo, pasando por la amante de este y el tímido pianista, todos ellos resultan un poco patéticos y poco atractivos en su personalidad, sin embargo, es en la interacción entre ellos durante la puesta en escena y los complejos matices de la naturaleza de sus relaciones y sentimientos, donde se opera una suerte de magia emocional que los potencia como personas y le da validez a su carácter. Esto ya nos habla de una pieza bien construida y eso se nota de principio a fin.

Destinos, de Alexander Giraldo

Con el sol en la cara

Oswaldo Osorio

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Cinco personajes que no tienen relación entre sí protagonizan historias de lucha cotidiana o adversidad, historias que se cruzan en una gran ciudad y que tienen como denominador común una suerte de añoranza o nostalgia por un pasado o un futuro mejor. Sin ahondar mucho en su vida anterior, el relato se concentra en unos episodios que los define como personas que lidian con la vida y fija su mirada atenta y paciente poniendo al espectador como testigo de si lo consiguen o no.

Un hombre que recién sale de la cárcel, un boxeador sin dinero, un barrendero que empieza a formar una familia, un albañil con su madre enferma y una mujer que acaba de perder a su hija son esas cinco historias de vida que el relato desarrolla alternadamente. Hay una sexta menor, la de una joven que hace sudokus y conoce al boxeador.

Todos ellos tienen algo qué resolver en sus vidas o alguna cosa les hace falta. El único que no tiene ese apesadumbramiento que le opaca el gesto es el barrendero, quien espera un hijo y, junto a su mujer y a su madre, mira con entusiasmo su futuro. Aun así, su vida no es fácil, la diferencia es ese optimismo con que encara su existencia y la promesa de futuro que viene con su hijo.

Los demás van de la tristeza al patetismo, sin tratarse tampoco de una de esas propuestas que se ensaña en sus personajes y que solo le interesa la oscuridad de estados de ánimo y los atropellos de las adversidades. En cada historia hay siempre un contrapeso que aliviana esos amargos episodios, que deja entrever posibles salidas, o al menos esperanza. Por esa razón, terminan dimensionándose las historias y sus protagonistas, porque en ese claro oscuro de los retratos que plantea hay siempre matices.

Sorprende un poco el tipo de película definido por el caleño Alexander Giraldo, quien había debutado con 180 segundos (2012), un thiller de acción sobre un planificado robo que es contado mediante la fragmentación y la discontinuidad temporal. Entre las dos películas solo coincide la presencia de tres actores (Angélica Blandón, Manuel Sarmiento, Alejandro Aguilar) y esa fragmentación, la cual es usada por razones diferentes: en la primera, para contribuir a la tensión y el suspenso propios del thriller, mientras que en esta segunda para dar cuenta de un similar estado emocional presente en seis personajes.

En el aspecto formal sobresalen el montaje y la fotografía, el uno porque sabe manejar los ritmos, así como los cambios de escenarios y personajes en medio de tantas posibilidades; la otra porque demuestra una sensibilidad para con la imagen, en especial en la composición de los encuadres y en la concepción de la luz, que tienen la versatilidad de responder al esteticismo o al realismo de cada situación.

En una cinematografía muy afanada por contar historias y muchas veces determinada por los grandes temas del país o los personajes definidos por su protagonismo en el contexto social, resulta refrescante y grata una propuesta que quiera pensar más en los personajes que en la trama, en la cotidianidad que en los acontecimientos extraordinarios, en el intimismo de las emociones que en la sucesión de acciones para construir una historia.

 

 

Entrevista con Alexander Giraldo, director de Fragmentos

Fragmentar y observar

Oswaldo Osorio

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Con 180 segundos (2012) este director demostró su habilidad para manejar el lenguaje cinematográfico y el trabajo con los actores. Con su segundo largometraje, Tiempo perdido (2015), cambia por completo de registro al pasar del cine de género a un cine más reflexivo y libre de formatos y concesiones.

Hay un denominador común en 180 segundos y en esta película en relación con el uso de estructuras narrativas no clásicas y discontinuas. ¿Cuál es la razón de esto y por qué llegó a estos tipos de narrativas?

La razón es que me interesa la observación. En mi trabajo anterior con el documental siempre tenía una relación con eso y los fragmentos de las vidas que propongo en las dos películas obliga un poco a mirar momentos, así como a generar unos espacios que siento que los lleno con suposiciones personales y espero que los llene el espectador con las suyas. Además, tengo un interés especial en ver la reacción de alguien en una crisis, no ver todo, sino solo ese instante, o verlo antes o después, pero ese instante de la crisis me parece clave y por eso sentí que no había otra forma en estas dos películas para hacerlas sino con la fragmentación.

Aunque hay una diferencia bien evidente en términos de duración de planos porque en la primera espera menos a que ocurra esa reacción, o tiene que ocurrir en menos tiempo por el ritmo que lleva, mientras en esta otra le da más tiempo. ¿Se puede conseguir el mismo efecto aunque el plano dure diez segundos o tres minutos?

Creo que en 180 segundos buscaba generar una base completa en la narración y en la estructura narrativa. El tema era algo que no estaba siendo tan pensado, la película era un poco más racional desde la forma; mientras que ahora en Tiempo perdido (2015) siento que es todo lo contrario, me interesa menos la forma y más la reflexión temática. Tal vez por eso quiero ver con mayor distancia las cosas, detener la cámara en determinado momento, en determinada luz o en determinada sensación sonora. Creo que ambas apuntan a lo mismo, la diferencia es que en la primera hay una racionalidad estructural en el fraccionamiento, mientras la segundos una reflexión temática, pero utilizando aquello en lo que me siento cómodo, que es observar el momento.

Esa distinción también tiene que ver con que la una es cine de género, un thriller, en cambio en la otra está más asociada al cine de autor, al cine de personajes. ¿Cómo fue hacer este cambio tan fuerte?

Desde el momento en que dije que iba a hacer una película, esa película no era 180 segundos. Tenía dos o tres guiones que me gustaban y que cualquiera de ellos podría ser esa película, pero vos sabes que en Colombia toca hacer como una competencia y moverlas en los fondos, y en algún momento repuntó fue 180 segundos. Terminada la película, quería hacer otra, pero con la libertad que da no tener socios con tanto poder en la toma de decisiones. Y no es que no me sienta feliz ni seguro de 180 segundos, para nada, aunque siento que pudo haber sido mejor otro momento para esa película.

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El último viaje de mi vida, de Jeremy Sims

A tres mil kilómetros de la muerte

Oswaldo Osorio

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Apenas introduce a sus personajes y el lugar donde viven (un taxista, su amante y sus amigos en un pueblo australiano) y el relato ya nos está diciendo que su protagonista va a morir. Se llama Rex y tiene cáncer, pero él quiere adelantársele a las miserias de la agonía. Por eso, en principio, parece una película sobre la eutanasia y el debate en torno a ella, pero eso casi que es solo una excusa, porque su historia habla de otros asuntos más hondos y emotivos que trascienden el drama de un desahuciado.

La narración está en clave de road movie, porque Rex decide viajar tres mil kilómetros adonde una doctora que tiene una máquina para practicar eutanasias. Como toda road movie, el viaje ayuda a transformar al personaje, tanto por las cosas que le pasan como por la gente que conoce en el camino. En este caso, a un díscolo jugador de rugby y a una enfermera (lo cual fue un conveniente facilismo del guionista). Así mismo, este recurso es una oportunidad para recorrer el paisaje australiano y contar unas cuantas cosas de su cultura.

A pesar del viaje transformador, resulta mucho más poderosa otra razón para determinar los acontecimientos y la naturaleza del personaje: el amor. Porque esta película en el fondo es una historia de amor, que se presenta apenas soterradamente al principio, pero que a medida que avanza la narración va volviéndose la razón de ser del relato, un motivo que cobra una mayor fuerza emocional que la propia sombra de la muerte y es lo que define ese gran giro final que sorprende gratamente y que le cambia por completo el tono e intención a la historia de desahucio que empezamos a ver.

También de fondo, y aprovechando el viaje, la película insistentemente da cuenta de un racismo que uno, en su ignorancia a veces solo informada por las películas, creía que era cosa de la sociedad estadounidense y sudafricana de hace unas décadas. Para eso sirvió Tilly, el jugador que acompañó a Rex la mitad del camino, para ver cómo era objeto de rechazos y comentarios racistas. Incluso el mismo Tilly se marginaba a sí mismo de ciertos lugares consciente de su excusión.

A pesar de los temas serios, como la muerte, el amor y el racismo, se trata también de un relato muy entretenido y con un inteligente sentido del humor, especialmente por vía de los diálogos y de algunos pintorescos personajes. De manera que no es de esas sensibleras historias que explotan el sentimentalismo fácil ante la inminencia de la muerte, ni tampoco un drama aleccionador sobre lo bello y valioso de la vida o sobre enfrentar la muerte con dignidad.

Es una conmovedora y divertida historia de amor, con un fondo de crítica social, algunos apuntes sobre el debate acerca de la eutanasia y la constatación de que el viaje y la distancia siempre pueden poner en perspectiva las cosas de la vida, aunque a la postre no se llegue a ninguna parte.

 

La saga Jason Bourne

El nuevo espía que se hace viejo

Oswaldo Osorio

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El cine de espionaje fue definido por la saga de James Bond durante la segunda mitad del siglo XX, redefinido por la de Jason Bourne a principios del siglo XXI y ajustado nuevamente por la combinación de ambas concepciones en las películas donde Daniel Craig interpreta al 007. Pero lo cierto es que la saga Bourne le dio otro aire, no solo al cine de espías sino el mismo cine de acción, y lo hizo por la vía menos esperada.

Esta vía fue apelar a unos recursos que estaban más cerca del cine independiente que del cine industrial y de género al que pertenece. Cuando se estrena Identidad Desconocida (Doug Liman, 2002), basada en las novelas de espionaje de Robert Ludlum, lo primero que sorprende es la naturaleza del protagonista: un hombre tremendamente habilidoso y letal como cualquier otro espía del cine, pero confundido sicológicamente y con una ambigüedad moral que lo atormenta contantemente. Tampoco cuenta con los sofisticados artilugios con los que Q suele apertrechar a Bond y su relación con las mujeres también es la opuesta a la del casanova británico. Esto se complementa con la presencia del actor Matt Damon, quien no figuraba entonces como el arquetipo que se tenía del espía internacional.

Pero el verdadero giro llega cuando toma la saga el director británico Paul Greengrass, primero en La supremacía Bourne (2004) y luego en Bourne Ultimatum (2007). En ellas aplica los recursos visuales y narrativos que tan notablemente usó en Boody Sunday (2002) y Vuelo 93 (2006): una cámara nerviosa y atenta a la acción, un registro y acabado visual más cercano al documental que al cine de consumo y un montaje trepidante y áspero que enfatizan la acción.

En su concepción como thriller de espionaje también hay una variación importante en relación con los referentes establecidos, y es que el conflicto ya no es un asunto de patriotismo o de servir al país eliminando a “los malos”, sino que Bourne mantiene una constante dinámica de huida y ataque en procura de que lo dejen tranquilo o de conocer su identidad (usar lo uno o lo otro es un comodín del que se valen sus argumentos). Así mimo, es una saga en la que el enemigo está adentro, pues siempre sus antagonistas son los funcionarios gubernamentales que están dispuestos a sacrificar las libertades y sobrepasar los límites éticos en nombre de la seguridad nacional.

Cuando Matt Damon supo que la siguiente entrega no la dirigiría Greengrass, se negó a participar en el proyecto. Por eso El legado Bourne (Tony Gilroy, 2012) más que un nuevo capítulo fue un spin off (relato derivado), lo cual hizo posible refrescar la propuesta con un nuevo protagonista y situación, aunque no con una dinámica diferente (buscar su identidad y huir de los malos del gobierno), una dinámica que se repite al regreso de Damon y Greengrass en Jason Bourne (2016), por lo que terminan ofreciendo más de lo mismo.

Consecuentemente, a pesar de haber sido una saga que llegó a renovar el cine de espías y que realmente supo combinar los elementos comerciales del cine de género con propuestas novedosas e inteligentes (llegando incluso a influir en los nuevos rumbos que han tomado las sagas de James Bond y de Misión Imposible), parece que ya está agotada la idea y el personaje, que no su estilo narrativo y visual, el cual se ha establecido ya como una tendencia en el cine de acción. Es decir, la saga de Jason Bourne ya dejó un legado, ahora hay que decidir si es hora de reinventarse o morir.

Últimos días en el desierto, de Rodrigo García

Dios y el diablo tienen sed

Oswaldo Osorio

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Hay tantas formas de referirse a Jesucristo y todo lo que ha representado para la historia y la espiritualidad de la humanidad, pero la mayoría de las películas que lo han abordado se han limitado a hacer literales adaptaciones del Nuevo testamento. A algunas excepciones en esa tendencia, como La última tentación de Cristo (Scorsese, 1988),  Jesús de Montreal (Arcand, 1989) o El hombre de la tierra (Schenkman, 2007), viene a sumarse este honesto, reflexivo e inteligente relato.

Casi ninguna relación tiene este filme con todos esos otros que han convertido a Rodrigo García en uno de los más importantes cineastas de algo que se podría definir como el “Hollywood independiente”. Cosas que dije con solo mirarla, Nueve vidas o Madre e hija, son filmes protagonizados por grandes estrellas de la industria, que hablan sobre la familia o la condición femenina y lo hacen con una admirable sensibilidad y elocuencia.

García rompe aquí con ese universo suyo y se adentra en una compleja reflexión espiritual, y para hacerlo usa como excusa el momento de la vida de Cristo cuando se va al desierto durante cuarenta días. Dice la Biblia que se fue empujado por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Así que el diablo, el desierto y una familia que Yeshua encuentra allí, son los elementos con los que este director indaga acerca de asuntos como la relación padre e hijo, la fe, la familia, la espiritualidad y el destino.

Todo esto ocurre teniendo a un personaje y un espacio como ejes narrativos y del conflicto: Yeshua y el desierto. El primero enfrenta una crisis espiritual antes de afrontar ese duro destino de ser el salvador de la humanidad, por eso duda de él mismo, de si quiere hacer ese doloroso sacrificio y si tiene la fuerza, pero también duda de su padre, a quien le hace los reproches que cualquier hijo haría; mientras que el desierto es un lugar de silencio y soledad, ideal para el encuentro consigo mismo, para combatir al demonio (los propios demonios), el ambiente ideal para la desorientación pero también para la iluminación.

De manera que en Cristo está definido un personaje completo y complejo: es la representación del bien y el mal (el mismo Ewan McGregor interpreta a Dios y al diablo), es la lucha constante entre su humanidad y divinidad, es la duda por su fe y por su misión en la tierra, y es la encarnación de las fortalezas y debilidades de cualquier ser humano. Y en el desierto tenemos, además de las mencionadas implicaciones simbólicas y para el personaje, una gran fuerza visual y como paisaje, un lugar que la fotografía de Emmanuel Lubezki supo explotar dramática y estéticamente.

También son un personaje y en espacio que determinan la construcción de un relato contemplativo, el detenimiento del tiempo, la alucinación y la introspección. Un relato que le exige al espectador tanto en su cinefilia y como en su espiritualidad, porque esta es una propuesta diferente, sin los facilismos anecdóticos de tantas adaptaciones de la Biblia, sino la película de un cineasta inteligente y profundo, a quien le gusta hacer preguntas sobre asuntos esenciales y dar opciones de respuestas en sus películas.

Película recomendada

Ordinaria locura (Marco Ferreri, 1981)

Una poco conocida adaptación de los relatos de Charles Bukowski, esta vez con la ya mítica Ornella Muti como la musa oscura de Henri Chinaski. Una cinta tan bella en su sórdida poesía como desoladora existencialmente. Ben Gazara aquí es un inevitable referente con el que se debe comparar a Mickey Rourke en Barfly (1987) y Matt Dillon en Factotum (2005), porque generalmente la polémica sobre las adaptaciones de este escritor de culto es por la forma como es interpretado, dado el fuerte componente biográfico de su obra.

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Las inocentes, de Anne Fontaine

La fe puesta a prueba

Oswaldo Osorio

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No hay una forma delicada de abordar esta historia: en un convento polaco varias monjas están en embarazo luego de ser abusados por soldados rusos al final de la Segunda Guerra Mundial. Un horripilante hecho, como solo la guerra sabe provocarlos, que apenas es la premisa argumental redactada por la vida misma, que no por un oscuro guionista, pero que realmente tiene su fuerza es en las consecuencias físicas, sicológicas y espirituales que deben padecer sus protagonistas.

El hilo conductor es una doctora francesa que trabaja en la Cruz Roja. Ser mujer le dio acceso al convento y también le permitió a la ya reconocida directora Anne Fontaine contar la historia con la sensibilidad y desde el punto de vista que los personajes y la situación requerían. De manera que es una historia sobre mujeres en un contexto de hombres en guerra y en una sociedad patriarcal que ni siquiera les permite ser víctimas, porque de todas formas serían juzgadas.

También es una película sobre la fe, o los esfuerzos por mantenerla aun en tan aciagos tiempos: “La fe es veinticuatro horas de lucha y un minuto de esperanza”, dice una de las hermanas. La pregunta que casi todo el mundo -creyente o no- se ha hecho al menos una vez en la vida -¿Por qué Dios permitió que sucediera eso?- se la hacen algunas de estas sufridas monjas. Otras se aferran a esa fe para olvidar el ultraje y sus consecuencias, esa cruz que no saben cómo llevar.

El relato y la construcción de personajes saben poner en juego las múltiples implicaciones de la situación. Está la culpa a pesar de ser víctimas, la impotencia de afrontar no solo lo vivido sino la encrucijada en que las dejaron, la desorientación espiritual, y también las decisiones morales correctas o incorrectas al tratar de solucionar la situación. Todo esto planteado de forma sutil pero con intensidad dramática, y apoyado en la construcción de una atmósfera de permanente congoja, la cual es enfatizada por la austeridad del convento y severidad del invierno.

El relato definitivamente se ve enriquecido por el punto de vista de la doctora, una mirada desde afuera pero no ajena del todo a esa calamidad, distanciada por no ser creyente pero ligada por la afinidad de la condición femenina, y con un carácter un tanto indolente pero comprometida con la idea de salvar vidas y ayudar a la gente. Por tanto, es un personaje que permite una visión equilibrada de una historia que pudo ser un drama lloricón o un relato de la crueldad, sin embargo, lo que se puede apreciar es una película, aunque dura, bella y conmovedora, donde aflora lo peor y lo mejor de la condición humana, una hora y cincuenta de desasosiego y cinco minutos de esperanza.

 

Mi gran noche, de Álex de la Iglesia

Dos estrellas y un figurante

Oswaldo Osorio

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Una vida ordinaria, la mala suerte y el traicionero mundo de la televisión y la farándula son mezclados con fuerza en un mortero rebosante de acción, humor negro y estropicio. Nada que no se haya visto antes en una película de este trepidante director español, por lo que resulta un relato harto entretenido y en muchos momentos lleno de ingeniosas imágenes, diálogos y situaciones, pero también una baraúnda de acciones que mantienen un débil equilibrio.

Ciertamente Álex de la Iglesia no pierde su estilo ni el ácido temple con que están hechos sus personajes e historias, pero sin duda hay películas que le han quedado mejor cocidas que otras, más redondas y contundentes: El día de la bestia, La comunidad y 800 balas son tres buenos ejemplos. En esta no hay tanta fortuna, pues los -al menos- tres conflictos y subtramas que componen el relato, no le permiten la cohesión y hondura para mantener uniforme el interés y la concentración del espectador.

Es la grabación de la noche vieja en la televisión y dos de los conflictos se reparten entre las dos estrellas de la canción invitadas, el joven símbolo sexual latino y una leyenda del espectáculo llamado Alphonso (con ph, como el mismísimo Raphael que le da vida). El tercer conflicto es el de un pobre figurante que cree encontrar el amor de su vida en una bella mujer, quien en realidad le trae mala suerte a todo el que se le acerca. Pero además de estos, está la huelga de empleados, la madre loca que abraza un crucifijo, el directivo corrupto y otra serie de pequeños enredos que se suceden en torno a esa grabación y personajes centrales.

También, por otra parte, parece que a este cineasta se le dan mejor los dramas –no exentos nunca de truculento humor negro- que las comedias, y esta es una comedia, mucho más ingeniosa en sus diálogos que en las situaciones o que en la comedia física, de hecho, la escena del gran clímax, definida por la comedia física, cuando todo se vuelve un caos, resulta más bien torpe visualmente y en su montaje. No se muestra en sintonía con la precisión e ingenio que tienen muchos otros pasajes.

La historia y los personajes retratados no tienen piedad con la crítica frontal y caustica que hacen de la televisión y de quienes trabajan en ella, tanto en la producción como la farándula. Se pone en evidencia toda su superficialidad, los desvergonzados artificios de cara a las cámaras, la envidia, la competencia desleal, el arribismo y la falta de humanismo y cordialidad. Es una jungla de luces, decorados y brillantes serpentinas. Aun el más noble e inocente, como el figurante enamorado, sale mal librado, por el patetismo con que es dibujado.

Divertida en general y entretenida en todo momento. Con encantadores y graciosos guiños para quienes conozcan a Raphael y sus canciones, así como rauda en su ritmo, el cual gana en intensidad por la simultaneidad de conflictos y la multiplicidad de personajes. Una película con los excesos que debe tener una obra de Alex de la Iglesia: impetuosa, incorrecta y rutilante.