Kiki, El amor se hace, de Paco León

El placer como enfermedad

Oswaldo Osorio

kiki

Es bien sabido que el placer sexual va más allá del simple contacto físico. Una mirada puede ser más estimulante que un desnudo frontal, y tal principio se potencia cuando se trata de gustos particulares, perversiones y filias sexuales. Este filme propone una pequeña colección de esas filias y con ellas hace una película coral, con un humor divertido e ingenioso, y hasta propone algunas reflexiones sobre el tema.

Dacrifilia, herbofilia o elifilia, esto es, excitarse con el llanto, las plantas o ciertos tejidos. Estas son algunas de esas particularidades en las preferencias sexuales que tienen los protagonistas de esta película, en la que cinco personas, con sus respectivas parejas, lidian, para bien o para mal, con estos singulares y a veces extravagantes gustos, que si bien suelen implicar un problema, también pueden ser fuente de gran placer.

La historia protagonizada por Candela Peña, por ejemplo, ilustra el amplio rango dramático que puede generar este tema, desde una mirada a lo sombrío que puede ser el matrimonio cuando falta el picante sexual o cuando uno de los dos se comporta de manera egoísta, hasta las hilarantes situaciones que desencadenan las mentiras de una mujer por hacer llorar a su esposo y con ello conseguir placer sexual.

Con una estructura narrativa que alterna cinco historias que solo tienen conexión entre sí por el tema, la película mantiene el buen ritmo de una lúcida e ingeniosa comedia, atemperada por momentos dramáticos que le dan el contrapeso reflexivo a las distintas tramas. Entonces sus historias pueden hablar de las dudas y la timidez de una pareja por aventurarse a nuevas experiencias, de la soledad de alguien que tiene un gusto demasiado específico para resolver sus necesidades afectivas y sexuales, o de los cuestionamientos éticos en el comportamiento de alguien que puede tener ciertos derechos con su pareja.

Parece una comedia ligera, y en cierta medida lo es, pero no solo es una comedia que habla de forma desenfadada de sexo, sino que, entre líneas, se aventura a reflexionar y cuestionar las convenciones sociales y culturales de lo que debe o puede ser el sexo. Sus cinco historias y el coro de personajes se toman muy en serio el asunto, que el director le haya dado un matiz jocoso, eso es otra cosa, lo cual funciona muy bien de cara al público.

Así que se trata de una buena comedia española, sobre el sexo y sus filias, y de allí saca una serie de situaciones tanto graciosas como dramáticas, y del conjunto de personajes, temas e  historias resulta una película ingeniosa y encantadora. Los créditos finales están acompañados por una juguetona canción de Pedrina y Río (Enamorada), que le queda perfecta a esta película de Paco León.

 

Películas recomendadas de 2016

peliculas2016

Oswaldo Osorio

Una guía para tener en cuenta posibles buenos títulos que se dejaron de ver, porque si bien esta lista es solo de los estrenos en Colombia durante el año, muchos de ellos pasaron desapercibidos para el gran público.

  1. La habitación (Lenny Abrahamson)

Una impactante y conmovedora historia contada en dos actos. Un relato que, con habilidad e inteligencia, logra descubrir y ver el mundo desde una perspectiva lúcida y pura.

  1. El hijo Saúl (László Nemes)

Una propuesta narrativa extrema que se convierte en el mejor vehículo para decir algo diferente sobre lo ya mil veces contado. El proceso de exterminio contra los judíos nunca fue mostrado de forma tan cruel y reveladora.

  1. Anomalisa (Charlie Kaufman y Duke Johnson)

Los recursos dramatúrgicos del siempre ingenioso Charlie Kaufman apelan aquí a la animación y a la relación entre imagen y sonido para contar una desesperanzadora historia sobre la soledad y el malestar existencial en la sociedad actual.

  1. El nuevo Nuevo Testamento (Jaco Van Dormael)

Divertida y original fábula llena de inventiva visual y argumental. Lo divino y lo humano trastocado por gracia de un guion inteligente y un universo visual hermoso, juguetón y dislocado.

  1. Carol (Todd Haynes)

Con sutileza y suprema estilización, este relato propone un alegato contra la intolerancia y los prejuicios ante las preferencias sexuales. Una historia, bella, delicada y desalentadora sobre un amor prohibido entre dos mujeres y su resistencia contra las convenciones sociales.

  1. Incomprendida (Asia Argento)

La difícil infancia de una niña que creció en el seno de una familia del espectáculo es contada aquí en clave de fábula punk. Un relato conmovedor, irreverente y divertido, donde para entender una dura realidad a muy temprana edad es necesario recurrir a la inocencia y la imaginación.

  1. Últimos días en el desierto (Rodrigo García)

Una nueva versión de Jesucristo, esta vez durante ese periodo en que es puesto a prueba en el desierto antes de emprender su misión redentora. El punto de partida es el mismo de los relatos bíblicos, pero la mirada aquí propuesta es sugerente, reflexiva y compleja.

  1. Brooklyn (John Crowley)

Una joven, que tiene su vida entre dos mundos y dos amores, afronta las duras decisiones de la existencia en esta historia narrada con sutileza y buen gusto, donde las ideas son planteadas de forma sensible e inteligente a través de la bella puesta en escena propia de un relato de época.

  1. Las inocentes (Anne Fontaine)

Varias monjas quedan embarazadas luego de ser abusadas durante la guerra. Una historia que no solo tiene fuerza en la trama aquí enunciada sino también  en las consecuencias físicas, sicológicas y espirituales que deben padecer sus protagonistas.

  1. La luz entre los océanos (Derek Cianfrance)

Una romántica historia de amor que deviene en un sorpresivo thriller. Una pareja decide quedarse con una niña que encuentra, pero este acto traerá graves consecuencias para ellos, aunque también una conmovedora visión de lo que puede ser el amor.

 

Cine colombiano

Con una treintena de películas estrenadas durante el año, el cine nacional sigue demostrando su buena salud, aunque también se ratifica su invisibilidad frente a su propio público. Aquí cinco títulos imperdibles:

  1. Los nadie, de Juan Sebastián Mesa

Una impetuosa y a la vez sensible película que hace un retrato generacional y de la ciudad de Medellín, un retrato cruzado por el punk y por el espíritu libertario propio e la juventud. Una pieza inteligente, entrañable y llena de fuerza expresiva, tanto en sus personajes como en sus imágenes.

  1. Pariente, de Iván D. Gaona

Esta historia es un lamento al desamor y un potente fresco sobre una región (Santander), pero también es un agudo relato que revela la siniestra influencia del paramilitarismo en los campos colombianos.

  1. Oscuro animal, de Felipe Guerrero

Tres mujeres deciden sobrevivir y tratar de recuperar su autonomía ,y tal vez de nuevo la dignidad, en medio del conflicto nacional. Tres historias contadas con gran sensibilidad visual y expresividad sonora en contrapunto al silencio ambiguo de las víctimas.

  1. Todo comenzó por el fin, de Luis Ospina

Un documental monumental y de gran significado para la historia del cine colombiano. Su director, como uno de los protagonistas de Caliwood, le da una mirada emotiva y reflexiva a este importante movimiento cinematográfico y cultural.

  1. Magallanes, de Salvador del Solar

La producción nacional ya no puede prescindir de las coproducciones. Esta película da cuenta, con gran sentido narrativo y dramático, de las secuelas luego del conflicto interno en el Perú: el resentimiento, la culpa, el olvido y el perdón.

Pasajeros, de Morten Tyldum

Aventura y romance en el espacio

Oswaldo Osorio

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Esta singular mezcla entre historia de amor y aventura espacial se queda a mitad de camino entre un original relato con sorprendentes giros y la típica película de Hollywood, tan predecible como complaciente. En medio de estos extremos, realmente hay un buen material que es manejado hábilmente, por lo que puede sostener la atención y la expectativa a lo largo de casi todo su metraje.

A riesgo de adelantarle importante información de la trama a quien no se la haya visto, primero hay que decir que la película parte de un intrigante (aunque no novedoso) planteamiento argumental: una pareja se encuentra sola en una nave en medio de un viaje espacial que durará más que sus propias vidas.

De este planteamiento se desprende una serie de aspectos y situaciones que parecen darle espesor a la ya calculada historia de amor entre las dos estrellas más bellas y populares del momento en Hollywood: la dificultad sicológica de lidiar con la soledad, la angustia de la presunción de la muerte en medio de nadie y de la nada, los eternos conflictos en la relación entre hombres y máquinas, y un dilema ético que es el factor central y más potente de una trama que termina siendo un poco artificial y planificada.

Sin embargo, todos estos aspectos terminan siendo relegados a un segundo plano ante el énfasis que el relato hace sobre la historia de amor y la aventura espacial. En el primer caso, esta pareja perfecta pasa por las conocidas etapas de una relación amorosa, la cual es construida con todos los lugares comunes posibles del cine romántico dirigido al gran público; mientras que lo segundo, la aventura espacial, termina siendo esa recurrente carrera contra las adversidades mecánicas y tecnológicas del malfuncionamiento de la nave que los amenaza de muerte.

Es un poco contradictoria la sensación que produce esta película: si se le mira como un producto comercial perfectamente manufacturado para el consumo masivo, se puede ver como una pieza ingeniosa, diferente y bien lograda; pero como también parece pretender decir algo más y ser novedosa en sus planteamientos, al aplicarle un juicio con mayor rigor, se revelan sus artificios en la construcción de la historia y sus limitaciones en el desarrollo de esas ideas potentes que apenas quedan sugeridas y que terminan siendo subordinadas a esos dos obvios y atractivos aspectos ya mencionados.

Después de estos razonamientos, entonces, lo mejor es no pretender pedirle algo a un producto que en últimas busca otra cosa, así que lo ideal es ver esta película como una bonita y entretenida historia de Hollywood, protagonizada por los hermosos de turno y con un final feliz y edificante. Para encontrar y ahondar en esos asuntos que aquí apenas quedan sugeridos, es preferible recurrir a filmes como 2002: una odisea espacial (Stanley Kubrick, 1968), Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972), Sunshine (Danny Boyle, 2007) o Moon (Duncan Jones, 2009).

Publicado el 26 de diciembre de 2016 en el periódico El Colombiano de Medellín.

 

Snowden, de Oliver Stone

Porque había que hacerlo

Oswaldo Osorio

snowden

Lo que podría ser una densa y complicada historia llena de jerga cibernética y de espionaje, este traductor que es Oliver Stone la expone de forma clara y envolvente por medio de un relato que cuida que lo esencial sea comunicado y reiterado, así como dicho hábilmente con los recursos de la ficción. Por eso, aunque disfrazado de biopic (biografía cinematográfica), el reconocido director vuelve con este filme a su persuasivo e impactante cine de compromiso ideológico y de denuncia política.

Desde ese descarnado y nada gentil retrato sobre George Bush (W, 2008), este cineasta no se ponía en su papel de la “conciencia estadounidense”. Ya lo había hecho, entre otras, con Platoon (1986), JFK (1991) y Asesinos por naturaleza (1994). Su premisa durante mucho tiempo fue tomar algún episodio polémico de la realidad de su país y convertirlo en una pieza de cine que exponía, cuestionaba y creaba conciencia en torno al respectivo suceso. Ahora lo vuelve a hacer con el caso Snowden.

Edward Snowden era un analista de las agencias del gobierno estadounidense que decidió revelar las prácticas de vigilancia general e indiscriminada que el estado hacía sobre toda la población nacional. Lo que Citizenfour (Laura Poitras, 2014) contó detalladamente en un cargado y complejo documental, Stone lúcidamente lo redujo a las ideas esenciales: la denuncia de esa vigilancia ilegal a los ciudadanos, las razones éticas y democráticas por las que el ex agente lo hizo, y la importancia de su acción en lo que luego fue una toma de conciencia y un freno ante tales crímenes de estado.

Como siempre, Oliver Stone no le teme a tomar partido en el planteamiento de sus temas. Pero no lo hace con maniqueísmo alguno, aunque sí sabe provocar que el espectador se identifique con el protagonista y su causa. Para esto, desarrolla cálidamente la relación de Snowden con su novia, haciéndolos parecer justamente los ciudadanos comunes y corrientes y patriotas que representan a todas esas personas a las que el gobierno está ultrajando en sus derechos y privacidad.

También como siempre, despliega sus habilidades como contador de historias y cineasta que sabe argumentar ideas, por más complejas que sean. Para hacerlo, se vale de una recursiva fotografía, y un montaje y estructura narrativa que saben cómo manejar los tonos y ritmos entre la vida personal de Snowden, su trabajo como agente y su relación con los periodistas en esa nada fotogénica habitación de hotel.

El resultado de todos estos recursos es que, luego de casi dos horas y media, termina rápidamente un relato expuesto con la claridad y lucidez de un cineasta que hace del cine político su sello distintivo, con la virtud adicional de que es un cine que no solo plantea y desarrolla unos temas de peso, sino que lo hace con la destreza narrativa de un buen contador de historias.

Después del amor, de  Joachim Lafosse

Familia rota

Oswaldo Osorio

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Pocas veces el título en español para una película resulta tan acertado como el original, que en este caso es L’économie du couple (La economía de pareja, 2016). Ambos hacen referencia a los dos grandes aspectos que desarrolla esta historia: el título en español, a la situación terminal en que se encuentra un matrimonio, y en francés, a la principal causa de su discordia y ruptura.

Se trata de un duro y claustrofóbico relato sin esperanza alguna para lo que alguna vez fue una bella familia. Boris y Marie, con dos hijas pequeñas y luego de quince años de matrimonio, a pesar de su separación afectiva se ven obligados a seguir compartiendo la misma casa, puesto que él no tiene recursos para estar en otro lado.

Salvo por la secuencia final, toda la historia se desarrolla en esa casa, que termina siendo uno de los principales elementos en disputa. Ese confinamiento es el que le da el mayor distintivo narrativo, dramático y visual a esta película. Un universo estrecho donde se libran sistemáticas batallas cotidianas entre esta pareja. No importa que se hayan repartido los espacios, los días para estar con las niñas y hasta los amigos, esas reglas se rompen porque están en medio de una guerra.

La cámara los persigue en ese cerrado entorno, registrando su malsana coreografía doméstica en la que alternadamente huyen y se persiguen entre sí. Ella porque ya no lo soporta o para increparle por sus promesas rotas, y él porque le irritan los reclamos de aquella niña rica o porque tiene la esperanza de restaurar la relación.

Por eso, a pesar del encierro y de ser solo dos personajes (las niñas suelen ser solo una excusa para sus disputas), gracias a la larga sucesión de episodios cotidianos, sumada tanto a la fluida y constante persecución de la cámara como a la ráfaga de diálogos en los altisonantes tonos propios de las discusiones, el relato siempre resulta dinámico y envolvente. Pocas veces su director le da tregua a ese ajetreo de la vida familiar y las pugnas conyugales.

Es cierto que, como lo sugiere el título en francés, al parecer casi todo tiene que ver con el dinero, pero en el fondo se puede ver apenas como un pretexto de problemas más hondos, como el resentimiento de clase de Boris y su irresponsabilidad con el dinero, o la decepción de Marie por el carácter de su marido y su hastío por sus falsas promesas y su desidia como proveedor.

Solo en una escena se nos permite ver el amor que alguna vez hubo y la familia de ensueño que fue, pero paradójicamente, es la escena más dura de toda la historia, porque en medio de ese conflicto sin pausa, revela todo aquello que se perdió y que nunca se volverá a recuperar.

Publicado el 18 de diciembre de 2016 en el periódico El Colombiano de Medellín.

 

Los asombrosos días de Guillermino, de Gloria Nancy Monsalve

Una fábula de espantos

Oswaldo Osorio

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La época más inusual y temeraria, al menos en el caso de los hombres, es ésa entre los doce y los trece años. Lo singular de este periodo es que se está en un umbral donde todo se vuelve indefinido, porque aún falta para llegar a la adolescencia, pero también se ha dejado de ser un niño. Y aunque en algunos aspectos resulta ser un inconveniente, en general esta particular situación se aprovecha para hacer cosas tanto de niños como de adultos, sin que se resienta mucho la lógica de pasar de un estado al otro.

El cine se ha dado cuenta de esta condición, incluso la gran mayoría de las películas que hablan de aventuras infantiles están protagonizadas por pequeños hombres que se ubican en este umbral, donde todo se puede, ya sea por la determinación de querer ser mayores o por la gran reserva de inocencia y fantasía que aún se conserva. Por eso es una edad memorable y de la que casi todos guardan buenos recuerdos.

La opera prima de Gloria Nancy Monsalve capta muy bien ese espíritu que anima esta edad. Guillermino es un niño que no parece tener nada extraordinario, y de hecho no lo tiene, pero justamente por ahí empieza el encanto de esta historia, es decir, por la naturalidad con que la directora consigue recrear sus ambientes, situaciones y personajes. Es cierto que al final hay un suceso extraordinario, pero es casi consecuencia de todo lo que se construye previamente. Y esta construcción empieza por perfilar a este niño en su cotidianidad, la del colegio, del hogar y de la relación con sus amigos y con los juegos y aventuras de barrio.

Desde las travesuras infantiles, pasando por la determinación para confrontar a otro niño mayor y además brabucón, hasta la idea que le ronda en la cabeza sobre la posibilidad de la existencia de guacas y espantos, todas esas situaciones son las que nutren esta historia entre tierna y divertida, una fábula naturalista que da cuenta del color local de una región muy específica del país, la zona del Eje Cafetero. De ahí que los personajes y las distintas situaciones en esta película son el producto de una mirada atenta a la idiosincrasia de esta región, consiguiendo un entretenido y entrañable retrato de sus personajes,  costumbres y mitos.

Con esto se comprueba una de las constantes que define el cine nacional, esto es, la búsqueda de la identidad por vía de lo regional. No es gratuito entonces que la película se promocione como una cinta realizada en el Eje Cafetero, específicamente en Pereira, Dos Quebradas y Santa Rosa de Cabal, región donde si acaso hay un lejano antecedente cinematográfico. Y es por eso que en su carácter regional está el componente diferencial con muchos de los relatos que se cuentan en el país, sin que por ello su historia deje de ser universal.

Pero sobre todo, lo que funciona muy bien en esta película es el tono que consigue la directora con su relato, un tono en el que intervienen los elementos ya mencionados, como la cercanía de la mirada, el punto de vista del niño y el cuadro de costumbres. Desde el principio de presenta como una evocadora historia, donde la inocencia infantil y el color local son las principales coordenadas por las que se mueve la narración. Por eso es una historia llena de humor, calidez y construida a partir de sencillos episodios que van dando cuenta de las aventuras de Guillermino, las cuales están enmarcadas y condicionadas por el contexto específico de esa edad y esa región, que lo conducen a un destino tendiente a las tragedias cotidianas.

Estas aventuras empiezan por una travesura callejera, luego se le pierde el dinero de un mandado, lo que lo lleva decir una pequeña mentira y ésta a embarcarse en una empresa que también le acarreará más problemas, hasta que termina exiliado, a manera de castigo, en una finca de su tío. Nada parece salirle bien a Guillermino. Su ingenuidad, su inocencia, la mala suerte y la obsesión por creer en historias  de espantos y las riquezas que éstos ocultan, son los resortes argumentales de este filme, son la lógica de cada uno de esos episodios que le conducen inexorablemente a otro aún más problemático.

Y todo por ese espíritu de aventura propio de la edad y por creer en espantos. Aunque también, valga decirlo, le interesan los espíritus  por lo que ellos pueden significar para los vivos, esto es, la riqueza repentina, la posibilidad de encontrar una guaca y obtener fortuna sin esfuerzo, es decir, el “sueño colombiano” de nuevo en el cine nacional, aun presente en esta inocente fábula.

Una de las virtudes sobre las que descansa ese buen tono y la fuerza del filme son las interpretaciones, empezando por la del pequeño actor protagónico. Para una cinta con una historia tan sencilla, con una propuesta visual sin audacias ni estridencias y un modesto presupuesto, tal condición es vital, que sean los actores y la forma como desde la dirección se planteó su trabajo, lo que sostenga el relato, que el espectador no abandone la historia por no creerle a los actores o al universo que se construye con ellos y sus circunstancias. En este sentido, Los últimos malos días de Guillermino es un una película sólida y verosímil, que es capaz de transportar al espectador a la lógica de este niño y de su entono cultural.

Para terminar, con esta película es inevitable recordar que una de las tragedias del cine colombiano es cómo hay filmes nacionales que, luego de iniciar su proceso de producción, son esperados durante muchos años, para que cuando por fin son terminados, la decepción de los malos resultados sea aumentada por la larga espera. Afortunadamente, no es el caso de esta película, que ciertamente ha sido esperada por mucho tiempo, pero es muy grato poder ver por fin su historia sencilla y evocadora, su tono sólido y entrañable, y su factura modesta pero eficaz.

 

Eso que llaman amor, de Carlos César Arbeláez

¿Cuál amor?

Oswaldo Osorio

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Ya la forma como está construido el título de esta película da indicios de que el amor será un objeto elusivo, más una búsqueda que una certeza, o incluso una serie de asuntos que, si bien pertenecen a él, no son necesariamente sus virtudes más deseadas. Con esta desalentadora premisa se echan a andar tres historias que arrastran el peso emocional de unos sentimientos y estados de ánimo marcados más por las carencias y el infortunio.

Es un relato que no se decide entre ser cine episódico o de historias convergentes, aunque esta es una cuestión sin mucha importancia cuando finalmente las tres historias, que son contadas de forma alternada, se desarrollan con coherencia y solidez, avanzando a un ritmo y con unos turnos que permiten engancharse con los tres relatos, así como ir construyendo esa idea que los conecta y que termina por darle sentido a la película como una sola obra.

Una prostituta que necesita hacer un último trabajo para viajar a España y reunirse con su hija, dos estatuas humanas que tratan de establecer una conexión más allá de su coincidencia como artistas callejeros, y una vieja pareja de esposos distanciados por el peso de los años y por una insólita osamenta que se instala en su casa. Así pues que en estas historias parece haber más desamor, o la ausencia de este, que el anhelado sentimiento. Pero en el fondo, a todos ellos los mueve su búsqueda, no importa lo distante que parezca en el momento y en su situación.

Y justo porque están en medio de esta búsqueda, necesariamente son personajes solitarios, una soledad que empieza por unos hijos ausentes y que es reforzada por una ciudad que bulle de vida por todos lados, pero donde cada quien anda en lo suyo. Incluso sin tratarse de una película sobre la violencia en Medellín, hay una hostilidad latente y unos indicios del pasado que posicionan esta violencia en la atmósfera de la ciudad. Y la noche siempre como cómplice de esta hostilidad y violencia.

También el protagonismo de la noche contribuye a crear una concepción visual atractiva y cuidada, donde el color, la luz, las sombras y los ambientes, tanto de la ciudad nocturna como de los interiores, enmarcan y complementan los estados de ánimo de los personajes (salvo por la casa de la pareja de esposos, con un enfático alto contraste que parece más producto de una artificial estilización que de la lógica de ese espacio y sus habitantes).

Con un registro muy diferente a su celebrada Los colores de la montaña (2011), el director Carlos César Arbeláez propone una obra en otro contexto y con un tema muy distinto, pero aun así, prevalece el buen pulso de un cineasta que sabe construir atmósferas, establecer relaciones entre los mundos internos de sus personajes y el contexto social, así como hablar de unas ideas y emociones de gran fuerza dramática, aunque siempre proclives a la desventura.

 

Camino a Estambul, de  Rachid Bouchareb

A la guerra santa

Oswaldo Osorio

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La simpleza argumental de esta película contrasta con todas las implicaciones ideológicas, sociales y emocionales que tiene su planteamiento. Con una propuesta narrativa igualmente básica, la cual prácticamente se reduce a un viaje de un punto A a un punto B, y además, casi con un solo personaje, es un filme que sabe sostener la atención y enriquecer progresivamente la trama para desembocar en un final duro e impactante que se queda dando vueltas en la cabeza.

El tema es un poco insólito para estas latitudes, pero al parecer es muy común en Europa: los jóvenes atraídos por las ideas fundamentalistas islámicas que se unen a esta fe y a la guerra santa. En Colombia, luego de décadas acostumbrados al reclutamiento forzado, esta idea de decidir el camino guerrerista por convicción (o al menos por adoctrinamiento) resulta tan exótica como un guerrillero raso con conocimientos de marxismo.

Pero lo que podría ser una suerte de thriller de acción contado desde la joven belga Elodie, al ser narrado desde el punto de vista de su madre, toma el rumbo de un duro drama lleno de angustia e incertidumbre. Luego de la desaparición de la joven, la madre empieza un desesperado viacrucis indagando por el paradero de su hija, con una determinación tal que la lleva incluso a embarcarse en un improbable viaje a Siria, a pesar de tener sus fronteras cerradas y el caos de la guerra en que está sumido este país.

Camino a Estambul (Road to Istanbul, 2015), es entonces, de un lado, el puro instinto maternal por proteger a su hija, así como la contrariedad por la indolente forma como ha sido tratada por esta a pesar de todo el amor que se tienen; y de otro lado, es una especie de denuncia, o al menos de voz de alerta, sobre el riesgo de que los jóvenes se conviertan en los hijos de la guerra. No importa que no sea su guerra, lo cual puede ser explicable, justamente, por ese vacío de ideales que pueden tener los jóvenes europeos, por esa necesidad, imperativa entre muchos de ellos, de defender una causa.

La película mantiene una narrativa pausada, como para darle el espacio que se necesita para dar cuenta del aislamiento emocional en que queda la madre, un aislamiento que también es reforzado por la composición de los planos, en los que se marca la constante de mostrarla en medio de amplias (y muchas veces bellas) panorámicas. También el silencio y el ensimismamiento permanente de este personaje contribuyen a transmitir esa injusta desolación emocional en la que su hija la obligó a sumergirse.

En contrapunto con este lóbrego estado de ánimo, también el relato está compuesto por los afanes y diligencias de ese viaje que emprende. En esa medida, es una película con un equilibrio que sabe mantener el ritmo entre ese íntimo paisaje emocional y el esquema de la historia de búsqueda y el de una road movie. Pero lo más sorprendente de esta historia es que al final del camino, solo con lo que deja planteado en sus últimas dos escenas, la película adquiere una fuerza y connotaciones que sobrepasan el relato que acabamos de ver.

 

Cosmos, de Andrzej Żuławski

El gorrión ahorcado

Oswaldo Osorio

cosmos

Aunque el cine es como la vida, no siempre debe parecérsele en todo. Por eso es un arte, para poder deformarla, trastocarla y poetizarla, y así crear otro lenguaje para hablar de ella misma. Eso se puede ver en esta delirante e impredecible película, un viaje hacia los apasionamientos de la naturaleza humana, a las emociones encontradas y a un relato que no le teme saltarse y contrariar las convenciones de la continuidad narrativa y del realismo sicológico.

Dos jóvenes llegan a una pensión familiar a orillas del mar, allí se encuentran con un enrarecido ambiente lleno de minúsculas anomalías y residentes con vidas alteradas o con la capacidad de alterarlos a ellos. Eso ocurre especialmente con Witold, escritor frustrado y abogado reprobado, quien empieza a perder la cordura por Lena, la hija de la dueña. Lo que empieza tal vez por un gusto por sus labios, desemboca en una obsesión que comienza a poblar su comportamiento de una colección de tics y esquizofrenias.

Más que un argumento con una historia clara, el director y guionista propone una atropellada sucesión de situaciones con la que construye un universo dislocado de emociones y compulsiones. Los siete personajes se cruzan en distintos espacios de la casa y protagonizan escenas que no necesariamente tienen conexión con las demás, incluso algunas no tienen sentido en sí mismas, solo se les puede vincular con el tono general del relato, entre absurdo y cargado de reflexiones poéticas e intelectuales, entre trivial y enaltecido por la belleza de alguna imagen o una línea de diálogo.

En el fondo es el amor y el deseo los sentimientos que mueven a todos los personajes, sin embargo, tales sentimiento están sepultados bajo muchas capas de obsesiones, fobias, arrebatos y manías. Todo ello conducido por la trepidancia de unos diálogos llenos de alusiones cinematográficas y literarias, las cuales los hacen tan ricos como artificiales; como artificial y enfática puede verse también la interpretación de todos los actores. Si no fuera porque ya está definido el código del relato, parecería una mala obra teatral, pero así debía ser para poder lograr esa desesperante armonía propuesta desde el principio.

Esa hiperbólica concepción de los diálogos, de la actuación y del relato contrasta con la propuesta visual y de puesta en escena, las cuales están más definidas por la delicadeza, la belleza y la evocación poética: Imágenes que son cuidados cuadros surrealistas, la luz que busca la expresividad o el esteticismo y el buen gusto de las estilizadas y envejecidas locaciones, todo un agradable universo visual sacudido por la presencia de sus sulfurados habitantes.

Puede no ser una película fácil de ver, porque exige sintonizarse con ese inédito código en que está planteada, así como exige desprenderse del hábito de articularlo todo a una historia, pero sin duda es una experiencia distinta frente a la pantalla, una descarga estimulante de imágenes, ideas y sentimientos, que se recibe con el ímpetu de una narrativa que quiere salirse de los moldes.

La llegada, de Denis Villeneuve

Un nuevo lenguaje

Oswaldo Osorio       

llegada

A los contactos extraterrestres en el cine siempre les urge responder una pregunta: ¿A qué vienen? La mayoría de películas la responden rápidamente porque eso les permite definir el tono del relato, muchos de los cuales tienden hacia la trama de acción producto de la lucha contra una invasión hostil. Este filme, en cambio, hace de esa cuestión todo el desarrollo del relato, dejando un poco anegada la narración en un parsimonioso drama que le da vueltas a la misma intriga.

Pero ese planteamiento argumental termina siendo solo una excusa que le permite a la película hablar (o mencionar al menos) de otros temas mayores, como la naturaleza desconfiada y belicosa de la raza humana, la fragilidad de la política exterior de las potencias en momentos de crisis y, sobre todo, lo esencial y trascendental que puede ser el lenguaje y la comunicación para la humanidad y su civilización.

De hecho, este último aspecto es el eje sobre el que gira casi todo en la película: la construcción del personaje principal, la búsqueda de la respuesta a la presencia extraterrestre, las reflexiones científicas y la misma relación entre las naciones con presencia alienígena. Entonces reflexionar sobre el lenguaje y distintos principios y procesos comunicativos termina siendo el elemento de mayor peso y significación de esta historia, sin que tampoco diga mucho muy original o revelador al respecto.

Y es que una característica de toda la propuesta de esta película es que no revela mucho. Se trata de una de esas tramas con un gran misterio (lo que quieren los alienígenas en este caso) sobre el que la narración suelta muy poco. Solo al final del relato da una respuesta rápida, pero elaborada con la complejidad de una explicación que no satisface del todo, y adicionalmente complicada por una estructura narrativa que juega con el orden del relato, aunque hay una muy buena justificación para esto.

De otro lado, las soluciones visuales y de puesta en escena de la película ciertamente resultan originales y con su propio carácter estético y de diseño: Las naves espaciales con su misteriosa austeridad; el lenguaje alienígena, definido con estilización y simpleza; y el mismo aspecto de los extraterrestres, concebido sin facilismos ni (muy evidentes) lugares comunes. Todo contribuye a hacer de esta, al menos en su aspecto estético, una propuesta atractiva y con cierta novedad.

Sin embargo, desde Encuentros cercanos del tercer tipo (Spielberg, 1977), pasando por Contacto (Zemeckis, 1997), hasta El día que la tierra se detuvo (Derrickson, 2008), la historia y protagonista de La llegada (Arrival, 2016) ya se hace muy familiar y recurrente. Más bien es una película un poco pretenciosa, porque parece prometer cosas que en últimas no entrega. Habla de grandes temas y apenas quedan enunciados. Crea una intriga que hábilmente sabe ir incrementando, pero que se desinfla con una explicación final más bien complicada y forzada, contrariando toda la espera a la que somete al espectador.