Pequeña gran vida, de Alexander Payne

Un mundo encogido

Oswaldo Osorio

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Los problemas del mundo serían menos graves si las personas fueran más pequeñas. Esta es la premisa, entre audaz y divertida, que propone esta historia, pero la condición humana no permite que eso sea así de simple. Si bien reducir a unos pocos centímetros a alguien tendría unas consecuencias medioambientales y económicas, no todos estarían de acuerdo con hacerse pequeños y se hará patente la diferencia entre las personas de distintos tamaños. Entonces, lo que parece un juguetón argumento de ciencia ficción, termina planteando serias reflexiones sobre la vida y la sociedad.

Como casi todas las películas de Alexander Payne (Election, Nebraska, Las confesiones del Sr. Smitch, Entre copas), esta historia está protagonizada por un hombre torpe y pusilánime, un hombre que descubre una verdad gracias a las circunstancias y a quienes lo rodean. La diferencia con esta película es que esas circunstancias no solo tiene que ver con la cotidianidad, sino con una trama que implica el mundo entero, por lo que de ella se pueden desprender cuestiones éticas, políticas, ideológicas y medioambientales.

Cuando el protagonista decide reducirse a unos cuantos centímetros, nos lleva a un viaje a un nuevo mundo y una nueva sociedad, en donde parece que todo es mejor y más fácil. Pero la naturaleza humana lo complica todo. Empezando porque la idea es una utopía de científicos y humanistas, una utopía que, por definición, nunca podrá realizarse. Solo unos cuantos entusiastas creen en ella y actúan en consecuencia.

Pero la historia no solo trata sobre las desventuras de este hombrecito, en su camino se topa con situaciones y personajes que enriquecen y hacen más compleja la historia. Como la activista vietnamita, un personaje encantador y divertido que termina siendo el factor decisivo en la trama y en la vida del protagonista. Es un personaje construido con ingenio y agudeza, pues está definida por solapados contrastes: exteriormente vive en la pobreza, pero tiene una riqueza interior que toca a todo aquel que la conoce, y aparenta una dureza en el trato con las personas, pero en esencia es una mujer tierna y noble.

Esta es una de esas películas en las que no se sabe qué va a pasar al minuto siguiente, la originalidad de su trama y las cuestiones de fondo sobre las que reflexiona a partir de una premisa un poco absurda, la hacen una pieza atípica, incluso difícil de sintonizarse con el código que propone. Pero cuando se entiende la lógica de este diminuto universo, así como el torpe devenir de su protagonista hasta encontrar su verdad, es posible ver en ella una obra inteligente y estimulante.

La rueda de la fortuna, de Woody Allen

Drama, drama, drama

Oswaldo Osorio

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Es la misma película que tantas veces le hemos visto al célebre director neoyorquino, incluso con casi los mismos elementos de su último título, Café Society: cruzadas historias de amor y desamor, reconstrucción de época, incertidumbres existenciales y una subtrama de gangsters que mueve parte del relato; no obstante, la diferencia está en que esta tiene un código definido: la reflexión sobre el drama, especialmente el teatral, la cual articula la narración y hasta determina el argumento.

Como muchos relatos de metaficción, este comienza hablando del relato mismo, plantea las reglas del juego y sus características para, de inmediato, ilustrarlas o ponerlas en práctica.
Inicia con un narrador, que al mismo tiempo es un personaje, un salvavidas de Coney Island en 1950. Él habla del drama, está estudiando para ser escritor y referencia constantemente autores como Eugene O’Neill. Es también quien presenta a los demás personajes y hace apuntes a medida que avanza el relato.

En esencia se trata de la historia de Ginny, una mujer de cuarenta años, quien se ve renovada por el amor con el joven salvavidas, pero que luego tiene que afrontar el desmoronamiento de su mundo. Un matrimonio infeliz, su hijo pirómano, la hijastra que le quitará a su novio, el constante dolor de cabeza, el riesgo de volver a la bebida  y la culpa de un asesinato que tal vez pudo evitar. Todo eso es mucho peso para una actriz frustrada que ahora es una simple mesera.

De manera que el drama en esta historia es acumulativo, al punto de convertirse en melodrama en su momento más crítico. Lo vemos en las emociones de los personajes, en sus conflictos, en la historia que nos cuentan y en las reflexiones que hace eventualmente el prospecto de escritor. También lo vemos en la luz, bellamente manejada por el gran Vittorio Storaro, quien juega constantemente con el contraste entre tonalidades doradas y azules pálidos, cambiando  alternadamente de acuerdo, no con el realismo de los espacios, sino con los estados de ánimo de la protagonista.

Humor, más bien poco, no era posible ante la premisa de reflexionar conscientemente sobre el drama. Lo que sí hay es esa sorprendente capacidad de Woody Allen de hablar de las mismas cosas, con los mismos personajes y situaciones pero, aun así, revelarnos emociones y sentimientos diferentes, al menos en su combinación e intensidad. La imagen final de la película da cuenta de ello, ese primer plano de Ginny en el que, en ese instante antes de irse al negro de los créditos, recapitulamos todo su viaje emocional y entendemos contundentemente lo que está sintiendo y de qué se trata el drama, tanto el de la ficción como el de la vida real.

 

El gran showman, de Michael Gracey

El cine es un circo

Íñigo Montoya

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La historia de P.T. Barnum, un hombre del espectáculo en los Estados Unidos del siglo XIX, ha sido llevada muchas veces al cine desde 1934, la más célebre de ellas interpretado por Burt Lancaster en 1986. Y es que su historia llena de aventuras, exóticos personajes, empresas quijotescas y pasión por el éxito tiene muchos elementos que el cine puede explotar como el principal medio de ese mundo del espectáculo.

En esta nueva versión sus productores se deciden por hacer un musical, y con este género cinematográfico como la base del tono del relato se define todo lo demás: desde la esquemática construcción del argumento, las centellantes interpretaciones, los grandilocuentes decorados y la colorida y efectista concepción visual.

Y no se debe tomar la descripción de estos elementos como algo peyorativo, sino como la decisión estilística que tomaron sus realizadores, una decisión absolutamente consecuente con el tipo de personaje y el medio en que se movía, una decisión inteligente de cara al espectáculo que le querían presentar al público y sintonizada con la que probablemente fue la personalidad de este hombre.

Y aunque la visualidad, musicalidad y el espectáculo es la prioridad de esta película, de fondo hay una constante en cada situación y la relación entre los personajes y su contexto: la reflexión y el cuestionamiento sobre la intolerancia y la discriminación con los que son diferentes, así como la rigidez social para permitir que alguien cruce los límites impuestos por las clases y el abolengo.

No es una película que vaya a trascender más allá del fulgor del colorido, la música y los reflectores con que fue hecha, pero sin duda es una historia que supo escoger su código y ser consecuente con él para satisfacer al gran público, convirtiéndola esto en una entretenida obra definida por el espectáculo.

10 películas recomendadas de 2017

recomendados2017

Oswaldo Osorio

De todo lo estrenado este año en Colombia, la oferta no fue ni mejor ni peor que en la última década, eso sí, a pesar de que el noventa por ciento de la cartelera cada semana está copada por el cine de Hollywood, sigue llegando un segmento -no muy amplio- del cine mundial y alternativo, el cual compensa en calidad la avasallante cantidad de cine de consumo. Aunque todavía es necesario acudir a la piratería, las descargas por internet y las películas en línea para ver lo mejor del cine actual.

1. Toni Erdmann, de Maren Ade

El viaje emocional de padre e hija a través de un tipo de comedia casi sin referentes y tan inteligente como desconcertante. También es una historia sobre la productividad laboral, la felicidad y el sentido de la vida.

2. Sin nada que perder, de David Mackenzie

Un par de hermanos ladrones de bancos en un thriller cargado de resentimiento social y furia, mientras su contraparte, un viejo policía, los busca con calma y lucidez.

3. Nuestra hermana pequeña, de Hirokazu Koreeda

Con el universo característico de este director japonés, la historia de cuatro hermanas es un canto a la belleza, la familia, la fraternidad y el sosiego.

4. El viaje, de  Nick Hamm

Dos líderes políticos en un carro tratan de resolver el conflicto irlandés en un relato de gran fuerza dramática e ideológica a través de un voluble diálogo de consenso y liberación.

5. T2 Trainspotting, de Danny Boyle

Una historia que no se debe leer sin su primera parte, pues mantiene su visceralidad argumental e inventiva visual, pero con la carga emocional y existencial luego de dos décadas.

6. Paterson, de Jim Jarmusch

La cotidianidad y monótona vida de un chofer de bus se rompe eventualmente cuando escribe poesía. Un improbable personaje que sirve para hablar de la belleza de las cosas simples de la vida.

7. El cliente, de Asgar Farhadi

Vuelve este director iraní con un relato en el que la ética y  el contexto social y religioso de su país propician un duro, reflexivo y complejo drama.

8. Dunkerque, de Christopher Nolan

Aunque es una historia que simplifica su tema y contexto histórico, resulta fascinante y de gran poder cinemático lo que hace con su relato, el cual es planteado en tres tiempos narrados de forma diferencial.

9. Manchester junto al mar, de Kenneth Lonergan

La historia de un hombre con el corazón roto es contada aquí en un tono conmovedor y reflexivo, concentrándose en el drama de la puesta en escena y el universo emocional de los personajes.

10. Colossal, de Nacho Vigalondo

Empacada como un relato de cine fantástico, esta película desarrolla un genuino drama de crisis existencial, en el que de forma ingeniosa se combina cine de género y trama de personajes.

 

 

Un amor inseparable, de Michael Showalter

De la comedia seria o el drama cómico

Oswaldo Osorio

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Para hablar de esta película, lo primero que habría que hacer sería cuestionar si realmente se trata de una comedia romántica, como muchos la están clasificando. Y es que, la verdad, parece más un drama que es protagonizado por un comediante y donde se cuenta una historia de amor, lo cual es muy diferente. Porque definir el género cinematográfico de una película puede determinar la intención que esta tiene y en qué medida logra de forma afortunada sus objetivos.

Si bien el relato empieza con el punto de partida básico de toda comedia romántica, esto es, “chico conoce chica”, su desarrollo no tiene tanto que ver con la batalla de los sexos y los enredos porque uno de los dos, o ambos, ocultan algo, que es la lógica de este incombustible género; sino que su desarrollo va por vía de dos grandes conflictos del todo contrarios al humor y al romance: una grave enfermedad y la imposibilidad de una unión por cuenta de las diferencias culturales.

El componente humorístico se da por el comediante paquistaní Kumail Nanjiani, quien la protagoniza y la coescribió con su novia Emily, justo la pareja de la que habla esta historia. Por eso el humor se presenta de manera tangencial y eventual, ya sea en el escenario de los comediantes o en los momentos en que el humor natural de su protagonista se filtra en la cotidianidad de quienes lo rodean. Un humor “serio”, ingenioso y cáustico. Por lo demás, drama, drama, drama.

¿Porque qué más dramático que un paquistaní sea expulsado de su familia por amar a una mujer que no es de su cultura? Se trata, entonces, de escoger entre la familia y el amor verdadero. ¿O qué tal una rara y grave enfermedad que ponga en vilo a los padres y al novio de una joven mujer? Es la amenaza de la muerte del ser más importante en la vida de ellos, con todas las consecuencias emocionales que esto conlleva.

Ambos conflictos permiten hacer amplias reflexiones, más que sobre el amor, sobre el concepto de familia, tanto desde el punto de vista paquistaní como estadounidense. El radicalismo de las costumbres de aquella cultura del medio oriente pone a prueba la condición del “mestizo” y la mirada del otro ante lo que parece una tradición sin sentido que pierde todo su fundamento cuando se quiere aplicar en Occidente. Mientras que la enfermedad une a la familia y saca lo mejor de ella.

Sin ser una comedia romántica, entonces, esta película juega con ese doble y aparentemente contradictorio componente: el peso del drama con su doble conflicto y el humor que despliega en sus intersticios. Es una apuesta audaz que solo por momentos no funciona, en especial cuando uno parece estar acomodándose al ambiente cómico, pero se nos vienen encima todos esos onerosos y casi insalvables problemas. Por eso es una historia tan desconcertante como estimulante, y eso siempre es bueno en el cine, que tanto tiende a apegarse a los esquemas y a las fórmulas.

Detroit, de Kathryn Bigelow

Arde la ciudad

Íñigo Montoya

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Vuelve la directora de Días extraños (1995), Zona de miedo (2008) y La noche más oscura (2012) a tocar temas sensibles de la política y la sociedad estadounidense. Esta vez retoma aquel momento crítico de los disturbios raciales en Detroit durante el verano de 1967, cuando la volatilidad de la comunidad afroamericana que reclamaba sus derechos fue directamente proporcional a la represión y brutalidad policial contra esta comunidad.

La película empieza casi como un documental expositivo, haciendo uso de los medios como relatores de la situación e incluso utilizando imágenes de archivo. Solo más tarde de lo que uno esperaría, empieza paulatinamente a presentar a los personajes de lo que, sin duda, debía ser una historia coral: los policías violentos y racistas (casi de caricatura), un cantante de una emergente banda de soul, un vigilante privado y un grupo de personas que departía en un hotel.

Luego viene una segunda parte que se convierte en el corazón de la propuesta de la directora: la violenta noche en que tres policías golpearon y torturaron sociológicamente a un grupo de afroamericanos y dos jóvenes blancas, y asesinaron a tres de ellos. La tensión dramática de todo este segmento no da respiro y, a pesar de que está lleno de situaciones y salidas forzadas y gratuitas para conseguirlo, de todas formas funciona como una cruda y directa forma de dar cuenta de la represión, discriminación y violencia con que las autoridades trataron a esta comunidad.

Un tercera parte sería el juicio a los policías, con el cual se da la validación de que se trataba de un sistema y un tiempo tremendamente arbitrarios e injustos para con los negros estadounidenses y la lucha por sus derechos civiles.

Una película excesivamente larga y predecible en cada momento, no tanto en lo argumental, pues en general se sabe lo que pasó en este momento histórico, sino sus recursos dramatúrgicos y de acción. Un relato de una blanda solidez que se alarga y le falta concreción en sus premisas, conformado por una serie de situaciones que están ahí para que la película diga lo que tiene que decir, no como partes orgánicas de un relato consistente y bien articulado.

Graduación, de Cristian Mungiu

Ética para Eliza

Oswaldo Osorio

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Hay personas para quienes la razón de ser es dar todo por sus hijos, por lo que en procura de su bienestar, cuidado y educación, en algún momento, pueden traspasar los límites de la sobre protección, cuando no de las conductas obsesivas, malsanas o incluso reprochables ética o moralmente. Esta película rumana se mueve entre esas posibilidades y lo hace a partir de un relato sencillo y realista, que flirtea de fondo con elementos propios del thriller.

El director de 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007) regresa a hablarnos de una situación aparentemente más cotidiana y menos truculenta que un aborto clandestino. Esta vez es sobre una joven, Eliza, quien a punto de empezar sus exámenes para graduarse es agredida en un intento de violación. Esta situación desencadena una trama de arreglos subterfugios, vergonzosas complicidades y crisis familiares.

Lo único que tiene presente su padre, casi hasta la obsesión, es que Eliza saque las mejores calificaciones para que pueda irse a Londres a estudiar con una beca. Pero el impase de su hija lo empuja a mover influencias para alcanzar esta meta. Entonces aparece un fuerte conflicto ético entre quienes están a  favor y en contra de conseguir tal cometido con ese tipo de maniobras.

De manera que el relato, que siempre está contado desde el punto de vista del padre, evidencia esa paradoja en la que un hombre, un médico para más señas, que siempre ha sido honesto y busca un fin tan loable como la buena educación de su hija, casi inadvertidamente termine trasgrediendo las más básicas normas éticas y hasta incurra en actos ilegales. Esta paradoja se hace aún más fuerte cuando es la propia Eliza quien cuestiona tal contradicción en su formación.

Se trata de un relato que transcurre sin muchos sobresaltos en lo que parece la cotidianidad de este hombre y sus allegados solucionando un problema importante. No obstante, y esta es tal vez la principal virtud de la película, con una sutileza casi imperceptible, tanto el protagonista como esos allegados, van perdiéndose más y más en la enmarañada dinámica de complicidades y tráfico de influencias, en medio de la cual todos se declaran honestos y trasparentes, pero que solo ceden porque es por un bien mayor o porque así ayudan a alguien más. Es esa falta de “mala intención” y de cinismo en el dolo que están llevando a cabo lo que resulta más inquietante y revelador de esta historia y sus personajes, de un director que, nuevamente, aunque esté hablando de individuos, en general está develando y cuestionando un estado de cosas al parecer generalizado en su país.

La melodía, de Rachid Hami

La música siempre salva

Oswaldo Osorio

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Mr. Holland’s Opus (1995), Música para el corazón (1999), Los coristas (2004) y August Rush (2007) son solo algunas películas de una larguísima lista que se podría hacer entre las que comparten el mismo tema y argumento de esta pieza de Rachid Hami: El arte, y específicamente la música, como el vehículo por medio del cual un entusiasta maestro redime a un joven o a un grupo de jóvenes de su marginalidad o falta de oportunidades. La mayoría de ellos suelen ser relatos sensibleros y predecibles, así como aleccionantes.

Esta película francesa tiene algo de todo esto, sobre todo que casi desde el principio se sabe cómo va a terminar, pero por distintas razones, esto no parece importar mucho a la hora de presenciar esta película, en especial porque su director sabe encontrar el tono adecuado para no caer en facilismos emocionales o artificios dramáticos en su trama o personajes. Están los conflictos de siempre, sobre todo la tensión entre el nuevo profesor y los niños problema, pero también hay otros elementos, como el humor y la reflexión sobre la vocación de enseñar, que matizan esos conflictos obvios.

Simon es un violinista profesional que termina dando clase en una escuela de la periferia parisina. Algunos entre el grupo de jóvenes están urgidos de ejercer su rebeldía y hasta el irrespeto, tanto para con sus profesores como para con sus compañeros, por lo que tratar de enseñarles el difícil arte de tocar violín parece una empresa inviable. Pero la historia plantea como recurso concentrarse en un niño con una especial dedicación y pasión por este instrumento, con lo que funge de guía del grupo y por lo que el relato se sale de los transitados caminos de todas esas películas similares a las citadas al principio.

El carácter callado y ensimismado de la pareja protagónica, el maestro y el niño más adelantado, es otro elemento que contribuye a definir ese tono diferencial de esta película. Hay en ellos una suerte de melancolía, por la música y la familia, que determina el ritmo y la atmósfera de las escenas, además de que causa una emotiva conexión y empatía entre ellos, al punto de poder presenciar la sutil forma en que va naciendo y fortaleciéndose una honesta amistad entre ellos.

 

 

 

También se le agradece a esta historia que no haya tenido que recurrir a problemas sociales de fondo para potenciar el drama, como casi siempre ocurre en este esquema cuando se habla de una comunidad de alguna forma marginal. Aquí ese drama y conflicto se da por cuenta de la naturaleza y forma de ser de los personajes, así como de las volubles relaciones entre ellos. Incluso cuando recurren a un conflicto externo (el incendio), es para introducir a las familias de los niños en la ecuación y desarrollar otra línea de reflexión sobre la necesidad e importancia del arte en la formación de los jóvenes, con lo que acaba por redondearse esta película que, a pesar de su tema recurrente, termina siendo emotiva y encantadora.

La liga de la justicia, de Zack Znyder

Paisaje de super héroes

Íñigo Montoya

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Después de la explosión (y ahora sobre exposición) de cine de super héroes que se ha dado desde principio de este siglo, ya poco queda por mostrar o decir, sobre todo cuando de los personajes más conocidos se trata, tanto del universo Marvel como DC, los cuales se resumen en su zaga de Vengadores, el primero, y ahora de Liga de la justicia, el segundo.

Esto se evidencia en esta película con los héroes estelares de DC (en adelante, spoilers): Batman, la Mujer Maravilla, Flash y Superman. Lo que cuenta y muestra esta entrega no difiere mucho de lo visto en toda esa invasión de poderosos con disfraz. Es el mismo esquema cansado y gastado: una amenaza de proporciones apocalípticas para la tierra, un líder que reúne a un equipo mientras explica las características de cada miembro y una serie de pequeñas batallas que se encaminan a una definitiva que funge como clímax, después del cual todo vuelve a la normalidad, no sin antes dejar pistas para el siguiente capítulo.

El argumento, lleno de vacíos y ligerezas resulta, además, de lo más básico. La historia trata de darle complejidad a la trama y hondura a los personajes inventando conflictos pueriles entre ellos, pero todo resulta en simplificaciones y pataletas de egos y artificiales resentimientos. Que Lois Lane sea todavía la única cosa que le importa a Superman sigue siendo lo más odioso e inconsistente del Hombre de acero. Que la bella amazona solo sirva para detener terroristas de caricatura o ladrones de obras de arte es un desperdicio.

El elemento jocoso casi siempre en estas películas resulta patético e insoportable, pero, paradójicamente, en este caso la más de las veces les salió bien los jugueteos protagonizados por el joven Barry Allen (a quien nunca le dicen Flash), aunque no faltaron los chistes simplones para adolescentes de todas las edades, que son el público objetivo de este tipo de películas.

En definitiva, una película apenas entretenida, con más de lo mismo que hemos visto desde hace casi dos décadas, pero con la falta de dimensión y oscuridad que caracteriza al universo DC. Pocas imágenes o momentos memorables, ninguna reflexión o posible lectura de fondo, nada de sorpresas que no hayamos previsto minutos antes, puro paisaje de super héroes que se ha vuelto aburridoramente común a los ojos y los sentidos.

Canción de Iguaque, de Juan Manuel Benavides

De la sanación espiritual

Oswaldo Osorio

iguaque

Dicen que el cine sana, y esta colateral función del sétimo arte se potencia con películas que tienen como tema la sanación misma y que hacen de ella la lógica que articula su discurso y recursos, como ocurre en esta propuesta de Juan Manuel Benavides. Pero el problema es que un relato no se puede concentrar tanto en su objetivo de fondo al punto de descuidar la solidez y pertinencia de los medios usados para ratificarlo. Esto es lo que sucede con esta película, la cual, a pesar de sus virtudes en diversos aspectos, termina flaqueando en la narración y el tono que requerían su tema.

Es la historia de Roble, un hombre que aparentemente tiene una vida espiritual y centrada en los valores de la naturaleza y alejado del consumismo. Pero cuando conoce a Xue, una mujer citadina y de clase alta, su mundo comienza a transformarse y se revela quien verdaderamente es, un ser débil de carácter, conflictivo y que arrastra unos traumas de infancia que tienden a reflejarse en su comportamiento.

Vista en perspectiva, la película tiene claro su arco narrativo y dramático, así como ese objetivo final, el de la sanación espiritual. No obstante, es cuando se miran sus elementos constitutivos y los procedimientos y resortes usados para construir ese arco que evidencia unos recursos gratuitos, cuando no inconsecuentes. El primer resorte es, por supuesto, la llegada de Xue, que no solo es la forma más obvia de poner en conflicto a su protagonista, sino que resulta artificial su naturaleza de chica de sociedad jugando a ser jipi (¿Dónde parquea su mercedes mientras tanto?).

Igual de artificial y gratuito es el detonante que usan para crear el conflicto entre la pareja. La mano del guionista se ve groseramente cuando pone y quita a un tercer personaje para inventarse el drama que luego será la base del resto de la película: la mano herida y el abandono de Xue. De la misma forma, se “saca de la manga” a una especie de chamán que los espera a la salida del hospital donde no los atendieron por falta de EPS, y lo mismo sucede cuando, casualmente, él llega a la casa de la mujer que finalmente lo someterá al último proceso de sanación.

Lo que sí sabe aprovechar muy bien esta película son las posibilidades del paisaje y la naturaleza para construir una atmósfera visual bella y estimulante, además de consecuente con su tema e historia. Aunque de nuevo cae en excesos y artificios con su banda sonora, la cual está siempre recalcando lo natural y ancestral, cuando no lo melodramático, porque los recursos del melodrama también intervienen en el relato y con ello se distrae del tono contemplativo, espiritual y sosegado que procura sostener y le es más afín, pero que en últimas se desdibuja ante tanto elemento gratuito y forzado.