Camino a Estambul, de  Rachid Bouchareb

A la guerra santa

Oswaldo Osorio

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La simpleza argumental de esta película contrasta con todas las implicaciones ideológicas, sociales y emocionales que tiene su planteamiento. Con una propuesta narrativa igualmente básica, la cual prácticamente se reduce a un viaje de un punto A a un punto B, y además, casi con un solo personaje, es un filme que sabe sostener la atención y enriquecer progresivamente la trama para desembocar en un final duro e impactante que se queda dando vueltas en la cabeza.

El tema es un poco insólito para estas latitudes, pero al parecer es muy común en Europa: los jóvenes atraídos por las ideas fundamentalistas islámicas que se unen a esta fe y a la guerra santa. En Colombia, luego de décadas acostumbrados al reclutamiento forzado, esta idea de decidir el camino guerrerista por convicción (o al menos por adoctrinamiento) resulta tan exótica como un guerrillero raso con conocimientos de marxismo.

Pero lo que podría ser una suerte de thriller de acción contado desde la joven belga Elodie, al ser narrado desde el punto de vista de su madre, toma el rumbo de un duro drama lleno de angustia e incertidumbre. Luego de la desaparición de la joven, la madre empieza un desesperado viacrucis indagando por el paradero de su hija, con una determinación tal que la lleva incluso a embarcarse en un improbable viaje a Siria, a pesar de tener sus fronteras cerradas y el caos de la guerra en que está sumido este país.

Camino a Estambul (Road to Istanbul, 2015), es entonces, de un lado, el puro instinto maternal por proteger a su hija, así como la contrariedad por la indolente forma como ha sido tratada por esta a pesar de todo el amor que se tienen; y de otro lado, es una especie de denuncia, o al menos de voz de alerta, sobre el riesgo de que los jóvenes se conviertan en los hijos de la guerra. No importa que no sea su guerra, lo cual puede ser explicable, justamente, por ese vacío de ideales que pueden tener los jóvenes europeos, por esa necesidad, imperativa entre muchos de ellos, de defender una causa.

La película mantiene una narrativa pausada, como para darle el espacio que se necesita para dar cuenta del aislamiento emocional en que queda la madre, un aislamiento que también es reforzado por la composición de los planos, en los que se marca la constante de mostrarla en medio de amplias (y muchas veces bellas) panorámicas. También el silencio y el ensimismamiento permanente de este personaje contribuyen a transmitir esa injusta desolación emocional en la que su hija la obligó a sumergirse.

En contrapunto con este lóbrego estado de ánimo, también el relato está compuesto por los afanes y diligencias de ese viaje que emprende. En esa medida, es una película con un equilibrio que sabe mantener el ritmo entre ese íntimo paisaje emocional y el esquema de la historia de búsqueda y el de una road movie. Pero lo más sorprendente de esta historia es que al final del camino, solo con lo que deja planteado en sus últimas dos escenas, la película adquiere una fuerza y connotaciones que sobrepasan el relato que acabamos de ver.

 

Cosmos, de Andrzej Żuławski

El gorrión ahorcado

Oswaldo Osorio

cosmos

Aunque el cine es como la vida, no siempre debe parecérsele en todo. Por eso es un arte, para poder deformarla, trastocarla y poetizarla, y así crear otro lenguaje para hablar de ella misma. Eso se puede ver en esta delirante e impredecible película, un viaje hacia los apasionamientos de la naturaleza humana, a las emociones encontradas y a un relato que no le teme saltarse y contrariar las convenciones de la continuidad narrativa y del realismo sicológico.

Dos jóvenes llegan a una pensión familiar a orillas del mar, allí se encuentran con un enrarecido ambiente lleno de minúsculas anomalías y residentes con vidas alteradas o con la capacidad de alterarlos a ellos. Eso ocurre especialmente con Witold, escritor frustrado y abogado reprobado, quien empieza a perder la cordura por Lena, la hija de la dueña. Lo que empieza tal vez por un gusto por sus labios, desemboca en una obsesión que comienza a poblar su comportamiento de una colección de tics y esquizofrenias.

Más que un argumento con una historia clara, el director y guionista propone una atropellada sucesión de situaciones con la que construye un universo dislocado de emociones y compulsiones. Los siete personajes se cruzan en distintos espacios de la casa y protagonizan escenas que no necesariamente tienen conexión con las demás, incluso algunas no tienen sentido en sí mismas, solo se les puede vincular con el tono general del relato, entre absurdo y cargado de reflexiones poéticas e intelectuales, entre trivial y enaltecido por la belleza de alguna imagen o una línea de diálogo.

En el fondo es el amor y el deseo los sentimientos que mueven a todos los personajes, sin embargo, tales sentimiento están sepultados bajo muchas capas de obsesiones, fobias, arrebatos y manías. Todo ello conducido por la trepidancia de unos diálogos llenos de alusiones cinematográficas y literarias, las cuales los hacen tan ricos como artificiales; como artificial y enfática puede verse también la interpretación de todos los actores. Si no fuera porque ya está definido el código del relato, parecería una mala obra teatral, pero así debía ser para poder lograr esa desesperante armonía propuesta desde el principio.

Esa hiperbólica concepción de los diálogos, de la actuación y del relato contrasta con la propuesta visual y de puesta en escena, las cuales están más definidas por la delicadeza, la belleza y la evocación poética: Imágenes que son cuidados cuadros surrealistas, la luz que busca la expresividad o el esteticismo y el buen gusto de las estilizadas y envejecidas locaciones, todo un agradable universo visual sacudido por la presencia de sus sulfurados habitantes.

Puede no ser una película fácil de ver, porque exige sintonizarse con ese inédito código en que está planteada, así como exige desprenderse del hábito de articularlo todo a una historia, pero sin duda es una experiencia distinta frente a la pantalla, una descarga estimulante de imágenes, ideas y sentimientos, que se recibe con el ímpetu de una narrativa que quiere salirse de los moldes.

La llegada, de Denis Villeneuve

Un nuevo lenguaje

Oswaldo Osorio       

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A los contactos extraterrestres en el cine siempre les urge responder una pregunta: ¿A qué vienen? La mayoría de películas la responden rápidamente porque eso les permite definir el tono del relato, muchos de los cuales tienden hacia la trama de acción producto de la lucha contra una invasión hostil. Este filme, en cambio, hace de esa cuestión todo el desarrollo del relato, dejando un poco anegada la narración en un parsimonioso drama que le da vueltas a la misma intriga.

Pero ese planteamiento argumental termina siendo solo una excusa que le permite a la película hablar (o mencionar al menos) de otros temas mayores, como la naturaleza desconfiada y belicosa de la raza humana, la fragilidad de la política exterior de las potencias en momentos de crisis y, sobre todo, lo esencial y trascendental que puede ser el lenguaje y la comunicación para la humanidad y su civilización.

De hecho, este último aspecto es el eje sobre el que gira casi todo en la película: la construcción del personaje principal, la búsqueda de la respuesta a la presencia extraterrestre, las reflexiones científicas y la misma relación entre las naciones con presencia alienígena. Entonces reflexionar sobre el lenguaje y distintos principios y procesos comunicativos termina siendo el elemento de mayor peso y significación de esta historia, sin que tampoco diga mucho muy original o revelador al respecto.

Y es que una característica de toda la propuesta de esta película es que no revela mucho. Se trata de una de esas tramas con un gran misterio (lo que quieren los alienígenas en este caso) sobre el que la narración suelta muy poco. Solo al final del relato da una respuesta rápida, pero elaborada con la complejidad de una explicación que no satisface del todo, y adicionalmente complicada por una estructura narrativa que juega con el orden del relato, aunque hay una muy buena justificación para esto.

De otro lado, las soluciones visuales y de puesta en escena de la película ciertamente resultan originales y con su propio carácter estético y de diseño: Las naves espaciales con su misteriosa austeridad; el lenguaje alienígena, definido con estilización y simpleza; y el mismo aspecto de los extraterrestres, concebido sin facilismos ni (muy evidentes) lugares comunes. Todo contribuye a hacer de esta, al menos en su aspecto estético, una propuesta atractiva y con cierta novedad.

Sin embargo, desde Encuentros cercanos del tercer tipo (Spielberg, 1977), pasando por Contacto (Zemeckis, 1997), hasta El día que la tierra se detuvo (Derrickson, 2008), la historia y protagonista de La llegada (Arrival, 2016) ya se hace muy familiar y recurrente. Más bien es una película un poco pretenciosa, porque parece prometer cosas que en últimas no entrega. Habla de grandes temas y apenas quedan enunciados. Crea una intriga que hábilmente sabe ir incrementando, pero que se desinfla con una explicación final más bien complicada y forzada, contrariando toda la espera a la que somete al espectador.

Café Society, de Woody Allen

El amor en dos ciudades

Oswaldo Osorio

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Es la misma película, con los mismos temas, contada de la misma forma, y aun así, sigue diciendo cosas nuevas, sigue cautivando con su humor sofisticado, sus ingeniosos diálogos, sus personajes entrañables o pintorescos y sus reflexiones morales o existenciales. Hacer esto, después de casi medio centenar de películas, está reservado para artistas con genio que solo eventualmente surgen en la historia del cine.

Por eso esta última película de Woody Allen es, a la vez, una conocida y nueva experiencia. Es conocida porque vuelve al Nueva York y al Hollywood de los años treinta, porque otra vez los encuentros y desencuentros amorosos están en el centro de su relato y porque los gansters, los judíos y el mundo del espectáculo completan ese universo ya complejo de las relaciones afectivas. Son los ingredientes de siempre servidos y marinados de forma diferente para obtener una grata variación de un conocido sabor.

Entonces está el joven ingenuo y romántico Bobby, quien de Nueva York se va a Hollywood, donde su tío Phil, un exitoso agente, que le ayudará a conseguir trabajo. Allí se enamora de Vonnie, pero ésta tiene un novio mayor, aunque también ama a Bobby, que luego regresa a su ciudad a gerenciar el club que el ganster de su hermano adquirió. Con esto ya está servida una comedia romántica en la que su trama da saltos entre una ciudad y otra, entre el amor romántico y por conveniencia, y entre el mundo del crimen y la glamurosa vida de los famosos y poderosos.

Con todos estos elementos, entonces, Woody Allen obra su magia de genio inagotable. Despliega el encanto, las dudas y angustias de sus protagonistas frente a dilemas morales o románticos; los rodea de un abanico de secundarios sabios, carismáticos o patéticos; pone a competir a las dos ciudades en sus cualidades y defectos; y todo esto conectado por un narrador que hace del relato la crónica de una época, del contraste entre dos estilos de vida muy estadounidenses y del inaprensible vaivén de los sentimientos cuando el amor se torna esquivo, ambiguo o caprichoso.

Con el jazz siempre de fondo, y esta vez aún más al estar justificado por la época; con la estilización y sofisticación, no solo del vestuario y decorado propios del periodo, sino de ese tipo específico de personajes pertenecientes al mundo del espectáculo o de la alta sociedad; y para ajustar la delicada y fascinante belleza de todo el conjunto, otro genio, esta vez de la luz y la composición: el director de fotografía Vittorio Storaro, quien le dio ese acabado de romance y evocación que el relato requería.

No es la mejor película de este entrañable cineasta, ni tampoco sorprende mucho con hondas revelaciones ni grandes temas, pero es en los detalles, en los matices y las inflexiones de ese discurso que le conocemos de sobra, donde se encuentra todavía el encanto de unas historias, personajes y universos que nunca dejan de ser ingeniosos y estimulantes.

24 semanas, de Anne Zohra Berrached

La decisión de Astrid

Oswaldo Osorio

24semanas

¿Abortaría usted si supiera que su hijo va a nacer con síndrome de down? Así de simple y directo plantea esta película alemana el conflicto que debe resolver una pareja. Pero la decisión no tiene nada de simple, pues en realidad la razón de ser de todo el relato es exponer los aspectos y variables que intervienen y pueden influir en una decisión a favor o en contra de hacerlo. De ahí en adelante, arranca un viaje de altibajos éticos y emocionales para los protagonistas y el espectador.

Astrid es una comediante y Markus su apoderado, tienen ya una hija y parecen estar en el mejor momento de su vida, por lo que este nuevo hijo será una bendición. ¿Pero un hijo “imperfecto” también es una bendición? ¿Un niño en esta condición es imperfecto? ¿La posible decisión de no tenerlo se toma por el bien del niño o de los padres? Estas y muchas otras cuestiones se imponen a la pareja y a quienes les rodean. Las posiciones en favor y en contra se enfrentan, pero en últimas solo puede decidir, ni siquiera la pareja, sino la madre.

Aunque esta es otra de las grandes cuestiones: ¿Deciden los dos o solo ella? Y con esta pregunta el conflicto se extiende a ese círculo íntimo. Entonces ya parece que no es una lucha de dos sino entre los dos. Paradójicamente, para nuestro contexto, lo único que no está en entredicho es la posibilidad legal de hacerlo, pues en Alemania está permitido el aborto cuando se presenta esta eventualidad, y el noventa por ciento de las mujeres lo hace, aunque muy pocas lo cuenta, lo cual es un indicio de que, por más libre pensante que sea una sociedad, este tema siempre será sensible en términos morales.

La diferencia es que Astrid es un personaje público, de manera que es un aspecto adicional que introduce presión al conflicto. Aunque también es cierto que su condición de comediante parece gratuita y forzada. Nunca vemos en ella a una comediante en su vida cotidiana. Si querían plantear un contraste entre su drama y su oficio, es lo más incongruente de toda la historia. De acuerdo con la actitud que asume Astrid, podría tener cualquier profesión, menos esa.

En lo que sí resulta muy sólida la película es en la austeridad de su drama, algo que parece consecuente con aquella cultura, donde parece que los excesos y el melodrama, por más crítica que sea la situación, no están en el presupuesto del comportamiento. Esto contribuye a concentrarse en las implicaciones éticas y hasta prácticas de la situación. Aunque tampoco estamos hablando de una actitud fría y racional, al contrario, las emociones y sentimientos encontrados son la materia prima del relato.

Y es que tal vez la principal virtud de este filme es el equilibrio que guarda entre el drama que vive la pareja, sus allegados y especialmente la madre frente a la manera como la narración expone los distintos ángulos y posibilidades de tan penosa situación. Por eso, independientemente de la decisión que tomen, cualquier espectador saldrá tocado con este dilema e hipotéticamente se verá obligado a tomar una posición ante semejante disyuntiva.

Lanzamiento de la Primera Fiesta del Cine Latinoamericano de Medellín

El 8 de noviembre se realizará el Lanzamiento de la Primera Fiesta del Cine Latinoamericano de Medellín. El evento es organizado por la Corporación Antioquia Audiovisual y será en torno a la obra y el concepto cinematográfico del director LUIS ESTRADA. A continuación, una reseña de este importante cineasta mexicano, publicada en Generación de El Colombiano el pasado 29 de octubre.

Luis Estrada: La piedra en zapato del cine mexicano

Oswaldo Osorio

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En una cinematografía que se ha caracterizado por la tensión entre un cine comercial y un cine de autor, la obra de Luis Estrada marca la diferencia, no solo porque tiende a ubicarse en un sabio punto medio, sino porque, además, lo hace abordando unas temáticas que apuntan a una fuerte crítica política y social, destacándose así en un país donde, pese s sus graves problemas de pobreza y corrupción, tiene una producción muy alejada del cine comprometido.

Aunque este interés por cuestionar la situación del país le viene por herencia, pues su padre fue el célebre director José “El Perro” Estrada, quien también trabajaba estos temas, en los inicios de su carrera se ocupó más de relatos donde los viajes, el humor y las historias emotivas definieron su cine, con películas como Camino a Tijuana (1991), Bandidos (1991) y Ámbar (1994).

Es a partir de su más reconocida obra, La ley de Herodes (1999), que este director despliega ese incisivo sentido crítico para con la realidad mexicana, el cual le ha dado celebridad en las últimas décadas y que ha reforzado con otros tres títulos, igualmente comprometidos con estos temas, convirtiéndolo en una verdadera piedra en el zapato para los gobernantes de turno, quienes ciertamente han intentado censurarlo a través de distintos medios.

Siempre con el guionista Jaime Sampietro y el actor Damián Alcázar como compañeros de armas, Estrada en esta película ubica el germen de la corrupción décadas atrás cuando todavía se hablaba de la bien amada revolución. Luego, en Un mundo maravilloso (2006), de forma descarnada e irónica, dio cuenta de la pobreza y grandes diferencias sociales de su país; así mismo, en El infierno (2010) expuso con sardónico cinismo la degradación social y la espiral de violencia en que el narcotráfico ha  envuelto a México; y finalmente, con La dictadura perfecta (2014) puso al día su denuncia a la corrupción política e institucional que se ha apoderado de la nación.

El cine de este director se caracteriza por su humor oscuro, la truculencia física y moral, la precisión narrativa y una concepción visual que no olvida que el cine es un arte, aun ese que tiene como principal objetivo crear conciencia sobre el contexto político y social. Por eso la historia del cine de su país, incluso del latinoamericano, le está separando un lugar, porque es un cine completo, inteligente y hecho con el corazón y la razón.

 

PROGRAMACIÓN

MARTES, 8 DE NOVIEMBRE DE 2016:

INSTITUTO TECNOLÓGICO METROPOLITANO, ITM

10 am: Master-Class del director mexicano LUIS ESTRADA

TEATRO PABLO TOBÓN URIBE

10 am: La ley de Herodes

2 pm: La dictadura perfecta

4 pm: La ley de Herodes

6:30 pm: El infierno

Conversatorio de Luis Estrada con Víctor Gaviria en torno a su obra

9 pm: Concierto del grupo Porrosivo.

17 años, de André Téchiné

Adolescencia, amor y odio

Oswaldo Osorio

17anos

Uno de los más reconocidos directores franceses, con casi una treintena de películas en sus créditos, vuelve a sus 73 años con una película que está en las antípodas de su edad. Justamente el título del filme hace referencia a los años que tienen sus protagonistas, y esta edad ya lo determina todo, porque el relato es una mirada a todas esas angustias, inseguridades, deseos y pulsiones que experimentan los adolescentes en esta etapa de su vida.

Damien y Thomas estudian juntos y comparten lo que parece ser un odio mutuo. La película no se afana en explicar las razones de su animadversión, por eso en su primera hora es como si tuviera las mismas características de sus adolescentes: impredecible e irregular, explosiva y aletargada, sin explicaciones concretas ni intenciones de definir sus objetivos.

Por eso es una obra con la que hay que tener disposición y paciencia, las cuales luego se verán recompensadas con el paulatino crecimiento de una historia llena de facetas y de gran diversidad de registros, desde la fuerza de un drama con hondos conflictos internos y de relaciones personales, pasando por desenfadados momentos alentados por el humor y la alegría de vivir, hasta emotivas situaciones y sentimientos que es hacia donde finalmente se dirige todo el relato y la construcción de sus personajes.

La película sabiamente crea entre sus dos protagonistas una antítesis que termina siendo complementaria: uno vive en la ciudad, es sociable y le va bien en el colegio, mientras el otro vive en contacto con la naturaleza, no se relaciona con nadie y parece tener problemas de aprendizaje. En medio de esto está la madre de uno de ellos, que funciona como el tercer protagonista y es quien cataliza la relación entre estos dos jóvenes.

De manera que la trama hace un movimiento pendular entre las personalidades, problemas y deseos de estos dos jóvenes, así como entre su relación de amor y odio, que se va transformando poco a poco con unos matices que el director sabe ir introduciendo con sutileza y que le van dando sentido a toda la historia. Y en cierta forma, como motor de ese péndulo, está la calidez y buen criterio de la madre, lo que la convierte en un personaje entrañable y de gran significado para ideas que rondan el contexto del filme, como la familia, la comprensión y la generosidad en las emociones y los sentimientos.

Se trata de una película que parece imperfecta en ciertos sentidos, especialmente en su cohesión narrativa durante la primera parte del relato, pero poco a poco va adquiriendo una fuerza y solidez que evidencian la madurez de un director que conoce muy bien las posibilidades expresivas del cine y todas las ideas que puede poner en juego sin caer en obviedades ni seguir fielmente las reglas impuestas por la narrativa convencional.

Reseña sobre La estrategia del caracol, de Sergio Cabrera

Con la casa a cuestas o sin ella

Carlos González

Escuela de Comunicación Social

Universidad del Valle

La estrategia del caracol (Colombia, 1993) es una de las películas más importantes para la historia del cine colombiano y, más aun, para la cultura colombiana. La vigencia de sus lecciones no se reduce a lo cinematográfico, pues es al tiempo una herramienta pedagógica extraordinaria. Emblemática desde su guión hasta sus interpretaciones, la huella que dejó puede leerse hoy en clave de pistas para fortalecer la ciudadanía, democracia y participación de los colombianos.

La historia empieza con un periodista que realiza un reportaje en una zona de Bogotá que está siendo desalojada. Allí encuentra al paisa, un hombre que tiempo atrás hizo parte de una maravillosa estrategia dentro de condiciones similares a las que se encuentra. El periodista le permite continuar y allí nos adentramos en la historia central: empezamos en el desalojo de La pajarera, una antigua casa en el centro de Bogotá, a cargo de un tinterillo que responde a un empresario que ha decidido recuperar lo que por escrituras otrora fue el patrimonio de su familia. El trámite deviene en una riña a muerte entre sus inquilinos y la policía, dejando un niño muerto y a varias familias en la calle. Ante la inminencia de ser los siguientes en la lista del tinterillo, los inquilinos de la casa Uribe resuelven desmontar por completo el inmueble y llevárselo lejos del centro de la ciudad. Tras debatirlo y decidirlo -sorteando trampas legales, milagros inesperados y hasta sentencias de muerte- todos y cada uno de los inquilinos participan en intensas pero coordinadas jornadas de trabajo. Cerca al final, cuando la casa no conserva más que la fachada y es entregada legalmente a la justicia, la fachada se desploma ante un estallido y aparece una imagen que perdurará en el tiempo:

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Pero ¿es un trasteo el de la casa Uribe?¿se rearmarán paredes, ventanas y habitaciones, tal cual, en la colina donde terminan todos reunidos, marcando así el final de la película? No, lo que se salva no es la estructura física de una casa, es el mensaje de una historia. Para ser más concretos: dentro de la trama es el momento en el que la dignidad, aunque etérea, aparece como el valor que motivó toda la estrategia: El periodista le pregunta al paisa que todo el esfuerzo realizado “¿para qué”, a lo que el paisa responde bastante enojado: “¿Cómo que para qué?, ¿a usted para qué le sirve la dignidad?”. Pues bien, esa pregunta se le está haciendo en realidad al público. Ahí reposa la vigencia de este film como lección de ciudadanía, legándonos más que una respuesta satisfactoria, una pregunta incómoda: ¿estamos ejerciendo nuestra dignidad? Porque si algo queda claro es que si los actos de los inquilinos de la casa Uribe constituyen un acto de dignidad, ah trabajo y osadía la que requirió. La dignidad y la participación aparecen en esta película como valores sobre los cuales se tiene que hacer un ejercicio en comunidad arduo y sin desfallecimiento, o como lo mencionaba Estanislao Zuleta (1992): “Para que el pueblo sea creador de la cultura, es necesario que tenga una vida en común. Cuando se dispersa, se atomiza, cuando cada uno vive su miseria en su propio rincón, sin colaboración, sin una empresa y un trabajo comunes, entonces pierde la posibilidad de crear cultura” (pág. 47).

El punto es entonces que esta cultura de la que habla Zuleta no corresponde, en buena medida, a los muros y ventanas en común, en el caso de la película, o en nuestro contexto político actual -que es precisamente a donde apunto- a las leyes que se nos imponen. Esta cultura excede los contratos, arreglos, referendos, etc. Implica, más bien, observar “las relaciones sociales, […] la manera como vive la gente” (pág. 46).

Desde hacía un mes largo, el debate de cara al plebiscito que refrendaría los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y las FARC-EP se venía dando con aparente intensidad. Pero ya hace pocos días este país demostró estar más dividido que nunca en su panorama político: la mitad de los votantes se inclinó por el SI a los acuerdos de paz con las FARC, mientras la otra mitad, aunque mayoría en este caso, lo hizo por el NO. Y en este escenario, a este estudiante de Comunicación Social se le encargó la tarea de revisar si en ciertos textos de Estanislao Zuleta habían claves para leer analíticamente la película La estrategia del caracol. Y, por supuesto, las hay. Pero siempre pensé en esta reseña como una oportunidad para cruzar los maravillosos trabajos del director de la película, Sergio Cabrera, y de Estanislao Zuleta con una situación que nos interpelara como ciudadanos que habitamos el presente de nuestro país. Hoy, para concluir, escribo con suma tristeza que encontré una lección que parece atravesar esos tres escenarios: No hay más citas que valgan, pues Zuleta señala en el texto El respeto en la comunicación (1992) lo que diferencia a una cultura de la violencia de una cultura del respeto, pero ambas se sustentan en operaciones concretas y entre ellas no aparece la que sentenció el plebiscito del pasado domingo: el silencio como muestra de indiferencia.

El 62% del electorado colombiano (porcentaje que corresponde al abstencionismo) calló y otorgó. Y no otorgó el triunfo a los del NO, por más vencedores que ahora sean. Otorgó a la cultura de la violencia una forma contundente y clara de expresarse: el silencio.

La película tiene ciertamente un final feliz, por decirlo de alguna forma; o dignificante, si se quiere: los inquilinos de la casa Uribe padecen, resisten y al final ven su dignidad intacta cuando logran zafarse de las artimañas de la ley, llevando la casa Uribe a pedazos y a cuestas hacia donde no se jodan sino entre ellos mismos. Pero a nosotros los colombianos, los que permanecemos por fuera de las imágenes de La estrategia del caracol, ya vinieron los tinterillos a tocarnos la puerta, ya nos la están tumbando y, mientras tanto, adentro, tranquilos, pasmosos, menos de la mitad se revuelcan en el silencio y la comodidad de sus camas. A este paso, los de la casa pintada seremos otros. Si no despertamos nos quedamos sin casa, si no despertamos nos quedamos sin cultura, y solo a través de ella encontraremos algo de dignidad… o es que ¿a nosotros para qué nos está sirviendo eso?

Pariente, de Iván D. Gaona

El desamor y un régimen oculto

Oswaldo Osorio

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Esta película presenta una región casi inédita en el cine colombiano. Salvo por algunos cortometrajes que se hayan podido ver en festivales (varios hechos por el mismo director) y por el reduccionismo a los arquetipos que siempre muestra la televisión, poco se sabe de Santander, su color local y su gente. De eso es lo primero que se ocupa este filme, de recrear con soltura y autenticidad un cuadro de aquella región, el cual es animado por un doble conflicto que contribuye a entender mejor la naturaleza esa cultura.

El doble conflicto es, de un lado, uno íntimo, una historia de desamor, y del otro, un conflicto de contexto, la velada presencia de la violencia y de los paramilitares en pleno proceso de desmovilización de estos. Dicho de otra forma, a Willington se le casa la mujer de su vida con su propio primo, mientras que en la zona persiste el miedo y la incertidumbre, porque todavía hay indicios de violencia y no se sabe si los paracos todavía están o no.

Pero estos dos conflictos y las tramas que los desarrollan, aunque aparecen desde el principio, no lo hacen con toda claridad en el relato, como lo dictan las reglas de la narrativa clásica, pues al director le interesa primero dar cuenta de la esencia de sus personajes, la idiosincrasia de la región y la atmósfera visual y vivencial de aquel paisaje. Eso mismo que ya había hecho con tanta sutileza y elocuencia en cortos como Los retratos, El tiple, Naranjas y Completo.

Todos estos son trabajos donde la construcción de unos personajes y sus interrelaciones sociales, así como con el ambiente rural, se imponen sobre una trama que no necesariamente está definida por giros y estructuras. Por eso en sus películas especialmente sobresale el trabajo con actores naturales, de quienes sabe sacar la naturalidad y autenticidad que acerca al espectador mucho más a ese universo campesino de Santander, así como a una poética de la cotidianidad que lleva este acercamiento mucho más allá del simple cuadro de costumbres.

De la misma forma, en su ópera prima poco a poco va construyendo ese color local y la red de relaciones entre los personajes, con unos matices que solo da una narrativa que le podría parecer dispersa a quienes se aferran a las convenciones de la escritura cinematográfica. También paulatinamente, va subiendo la intensidad de los dos conflictos. El desamor de Willington aumenta ante la inminencia del matrimonio y por las confrontaciones con el prometido de su amada; y de otro lado, cada vez se conocen más los alcances de la presencia del paramilitarismo en la región y de su régimen oculto, un régimen que se impone con su violencia, con sus obligados tributos y hasta como ley, determinando normas y castigos.

De otro lado, hay un significativo elemento que lo cruza todo en esta película: la música. Y no solo tiene que ver con los temas compuestos por Edson Velandia, los cuales contribuyen con la misma expresividad a dar cuenta de una región que este músico conoce muy bien, sino sobre todo como tema y como sentimiento. La música siempre está presente: como leitmotiv de situaciones y diálogos, como ese vínculo que refuerza el frustrado amor entre Willington y Mariana, y como el mejor distintivo del protagonista, a quien le confiere una especial aura que lo diferencia de los demás en medio de toda esa rudeza y violencia (Habría que destacar también al personaje de Completo, un secundario entrañable y bonachón que ya había hecho parte de dos de los cortos de Gaona).

Se trata realmente de una singular pieza en el contexto del cine nacional, tanto por ser el primer largometraje santandereano como por el ya reconocible estilo de un director que logró lo que pocos: tener un prestigio como cineasta con un puñado de cortometrajes. También es singular porque es de las pocas películas que cuestiona con fuerza y habla abiertamente sobre el paramilitarismo, y aun así, no solo es una historia sobre el conflicto en el país, es también un lamento al desamor y un potente fresco sobre una región.

Miss Peregrine y los niños peculiares, de Tim Burton

Mutantes para la familia

Oswaldo Osorio

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Esta película es como una versión seudo gótica y familiar de los X-Men. Más que decirlo con ánimo despectivo, es para identificar con rapidez un esquema que a muchos se les hará conocido y que aquí se repite apenas intercambiando unas variables, o mejor dicho, adaptando algunos aspectos al ya reconocible universo de Tim Burton, el cual casi siempre está cruzado por la fantasía, la aventura y esa singular mezcla entre la inocencia, la ternura y lo tétrico.

Sin embargo, ese universo reconocible que uno agradece y aplaude cada que aparece en una película de un autor, en este caso tal vez haya que lamentarlo, pues si bien es un filme que tiene muchos de los elementos que han definido el atractivo estilo de Burton, aquí están presentes al servicio de una historia que repite todas las convenciones del cine (y la literatura) juvenil de estos tiempos, y lo que queda es solo una película de gente rara y monstruos pero edulcorada y con el filo de sus aristas limado.

Y no quiere decir esto que se trate de una película fallida, al contrario, entre tanta película de fantasía dirigida al público familiar que puebla las carteleras en esta época, esta resulta ciertamente entretenida y, a pesar de sus frecuentes visitas a lugares comunes, muchas veces logra sorprender y fascinar.

Su mayor problema es cuando se le mira desde la óptica del cine de autor, porque así no se está juzgando solo una película sino toda una obra, y en ese sentido, sometida a la comparación con lo que antes ha hecho este director, y que es justamente por lo que logró destacarse y ser reconocido, esta pieza resulta una suerte de concesión a las formas y esquemas del cine más convencional y de consumo. No hay en ella asomo de esas trasgresiones morales o estéticas ni tampoco la crítica de fondo a la normatividad social que definen muchas de sus mejores películas.

Basada en la novela del mismo nombre escrita por  Ransom Riggs, el relato nos introduce en una doble realidad donde un mundo fantástico y uno real, así como el pasado y el presente, se entrecruzan en una trama donde unos personajes con una peculiaridades (o léase también mutantes) están divididos en dos bandos, que bien podrían definirse como los “monstruos tiernos” y los “monstruos malos”.

Nuevamente puede sonar despectivo, pero solo es un recurso para evidenciar el esquematismo de una historia que bien pudo hacer cualquier director de Hollywood y no el autor de magníficas y originales obras como El joven manos de tijera, Beetlejuice, Sleepy Hollow, Ed Wood, Marcianos al ataque o El gran pez.