The Square: La farsa del arte, de Ruben Östlund

Un santuario de confianza y altruismo

Oswaldo Osorio

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Hay que empezar por decir que esta película no es una crítica o sátira sobre el arte, como lo sugiere su torpe subtítulo en español. Algo hay de eso, pero el arte y su protagonista, un reconocido curador de un museo, son apenas los recursos utilizados por este director sueco para cuestionar la sociedad europea contemporánea, en especial las clases altas con su carga de prejuicios y su indolencia social, eso a pesar de presumir de su buen gusto y formación en el arte y la cultura.

En un relato que se alarga innecesariamente dos horas y media, caben todas las ideas y situaciones posibles para propiciar esa reflexión y crítica propuestas en su premisa. Entonces asistimos a la vida autocomplaciente y las vicisitudes de Christian, este curador que bien pudo ser cualquier otro cultivado miembro de la clase alta de Estocolmo, convencido de su progresismo, tolerancia y compromiso con ayudar a cualquiera cuando lo necesite.

No obstante, este arquetipo que representa, comienza a ser sometido a una serie de circunstancias en las que esa fachada de humanista se va desmoronado paulatinamente, lo cual se evidencia, entre otras cosas, en su actitud hacia sus subalternos, la doble moral con los mendigos, la paranoia con las clases bajas y hasta en su ética laboral. Y hay que insistir, la película no solo está refiriéndose a un hombre, pues casi todos quienes lo rodean parecen coincidir con estas características. Eso queda claro en la turbadora escena del performance, donde se pone de manifiesto lo medrosos que pueden ser como individuos y lo irracionalmente violentos como una turba.

El mundo del arte, la publicidad y las redes sociales también reciben su justa dosis de sátira y son expuestas sus prácticas y gestos superfluos, pretenciosos y con un sentido o valor que apenas un cerrado círculo de la sociedad entiende y legitima. El arte aquí, como buena aparte del arte contemporáneo, tiene que ser explicado, es solo una idea que luego debe ser fabricada por obreros, declamada por los curadores y alojada con solemnidad en los museos. Pero sobre todo, es una idea que tienen que vender, como si de una marca de cerveza o de electrodomésticos se tratara.

Aunque siempre Christian está en medio del relato, la cantidad de situaciones de diferente índole, personajes y subtramas, hacen de esta historia un accidentado e impredecible viaje por distintos temas, atmósferas dramáticas y tonos narrativos, todo articulado de forma fluida y casi siempre entretenida. Es una acumulación de ideas y elementos que se presentan con la contundencia de una sólida secuencia (como la del performance) o como una dispersión de guiños (casi sketches) incisivos e inteligentes, como el chimpancé pintor, el indigente con Smartphone bajo la lluvia, el hombre con Tourette que importuna un conversatorio o el niño irascible.

Pero siempre está presente y confrontándonos como idea de fondo, esa intención de aquella pieza artística que habla sobre la confianza y el altruismo, una intensión que es solo eso, el concepto del que parte una de esas obras legitimadas por el aparataje del gremio artístico, no la real posibilidad de que la gente -todos, ricos, pobres, snobs, artistas, obreros- verdaderamente tomen consciencia de la necesidad de asumir estos valores, no solo como una pose cuando están en un pretensioso cuadrado de luz.

Un gesto fútil y estúpido: la historia de Doug Kenney, de David Wain

La revolución de la comedia

Oswaldo Osorio

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En los años sesenta cambiaron muchas cosas importantes en lo político e ideológico. A la par con esos cambios, se movía la comedia, como siempre lo ha hecho, e incluso de manera más irreverente y revulsiva. En Estados Unidos, en pleno apogeo de la contracultura, surgieron manifestaciones que lograron ser transgresoras a nivel masivo, como lo fue la revista National Lampoon, una publicación satírica que cambió la forma de hacer comedia en el país del norte.

Un gesto fútil y estúpido: la historia de Doug Kenney, es una película que acaba de estrenar Netflix y que da cuenta de uno de los fundadores de esta revista, quien fuera también una figura clave en esa revolución cultural y mediática de la comedia estadounidense durante los años setenta. La película es una biografía cinematográfica que, además de dar cuenta de la vida Kenney, le interesa reconstruir ese espíritu de irreverencia y transgresión que solo fue posible justo en esta coyuntura histórica y cultural.

Y efectivamente, el relato no solo se centra en la frenética vida de Doug kenney, sino que aprovecha la oportunidad para hacer una radiografía de la sociedad en su momento y la forma como él y sus colegas, desde esa revista, libros y programas de radio, cambiaron radicalmente la manera de hacer humor. Esta movida y sus protagonistas también dieron origen al programa más antiguo de la televisión estadounidense, Saturday Night Live, el cual lleva casi medio siglo al aire y ha sido la principal cantera de la comedia en este país.

Además de los datos biográficos y el fresco de la cultura mediática que alcanza a dibujar esta película, también es posible ver en ella esa paradoja que suele estar en el fondo de muchas historias sobre comediantes, la paradoja del triste payaso, en la cual hay una serie de anécdotas y circunstancias graciosas y divertidas, pero protagonizadas por un ser cargado de dramas y cuya historia termina salpicada de tintes trágicos.

De manera que estamos ente una película que cuenta la historia de vida de una figura de la cultura popular estadounidense de los años setenta, también ante un pedazo de historia de la sociedad en este país, pero de fondo, termina siendo una exposición y reflexión sobre el espíritu irreverente y transgresor de una época que un hombre y sus colegas supieron capitalizar exitosamente.

Monty Python

Los fabricantes del chiste más gracioso del mundo

Oswaldo Osorio

La revista de cine Kinetoscopio, en su edición 120, dedicó su dossier a hacer un recorrido por los principales representantes de la historia de la comedia en el cine. Chaplin, Keaton, los hermanos Marx, Tati, Woody Allen y otros más hacen parte de este divertido grupo que define el humor en el cine por sus autores y comediantes. Este perfil de los Monty Python hace parte de este compendio.

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El chiste más famoso del mundo nunca fue contado. Y es famoso porque es el más gracioso y porque lo fabricaron -sin fabricarlo- los Monty Python. El chiste siempre está en fuera de campo para los espectadores (tal vez no se podía correr el riesgo) y es usado como arma de guerra de los Aliados contra los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. En lugar de fusiles, los soldados avanzaban con el chiste traducido al alemán y lo gritaban en el campo de batalla, fulminando sistemáticamente de risa a los teutones, eso a pesar de su afamada falta de sentido del humor.

Este chiste (no) se contó en dos versiones, una en su programa de televisión y otra en su debut en el cine, y en él se pueden apreciar todas las características de la comedia y sistema de producción de los Monty Python: el ingenio y originalidad de su humor, la versatilidad de sus miembros interpretando distintos roles aun en un mismo sketch, la recursividad narrativa en sus formatos (gags, juegos de palabras, material de archivo, falso documental, narradores en off, presentadores de noticias), irreverencia con las instituciones, la fina tontería, travestismo, humor negro, el trasfondo humanista y el absurdo como recurso esencial.

Los ingleses Graham Chapman, John Cleese, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin, junto al estadounidense Terry Gilliam conforman este colectivo cómico que es, sin duda, el más influyente de la comedia de las últimas cinco décadas. Luego de hacer carrera en los escenarios durante la segunda mitad de los años sesenta, terminan confluyendo en el programa de televisión Monty Python’s Flying Circus, el cual se emitió desde octubre de 1969 y durante cuatro temporadas compuestas por 45 episodios. De esta experiencia también se desprendieron obras de teatro, películas, discos, libros y musicales.

Cada episodio del programa estaba constituido de varios sketches de diferente duración, en los que los seis miembros escribían los libretos e interpretaban numerosos personajes, aunque siempre estuvieron más en pantalla John Cleese y Michael Palin, mientras que Terry Gilliam aparecía apenas en forma de cameos y escasamente con alguna línea de diálogo, aunque, en lugar de eso, era el encargado de las animaciones (en buena parte realizadas con la técnica del cut out), las cuales se convirtieron en un componente tan distintivo de su humor como la misma presencia de sus miembros en la pantalla.

En medio de su popularidad, y gracias al exitoso programa televisivo y a sus actividades colaterales, realizaron And Now for Something Completely Different (Ian Macnaughton, 1971), su primer largometraje, que no fue otra cosa que la reelaboración, con las posibilidades expresivas del cine y un poco más de presupuesto, de algunos de los mejores sketches de las dos primeras temporadas del programa, entre ellos Las abuelitas del infierno, El loro muerto, Chantaje y, claro, El chiste más gracioso del mundo.

Terminada su aventura televisiva, estaban listos para una odisea cinematográfica en grande, y efectivamente lo hacen en sus tres únicas películas, en las que se meten con temas de peso, como el Rey Arturo y sus Caballeros de la mesa redonda, el mismísimo Jesucristo (o algo parecido) y nada más y nada menos que el sentido de la vida. Aunque por más grandilocuentes que fueran estos tópicos, en realidad nunca necesitaron una excusa para hablar de todo y de cualquier cosa, especialmente en los momentos menos apropiados y sin tener relación con nada, y es que justo la digresión incoherente era uno de sus más frecuentes y eficaces recursos cómicos.

En Monty Python and the Holy Grail (Terry Gilliam, Terry Jones, 1975), llevan al Rey Arturo y a sus caballeros por todo el reino buscando la mítica copa bíblica, pero montados en caballos invisibles a los que solo se les escucha los cascos, que en realidad un escudero imita con cáscaras de coco. La edad media, la historia, el honor, la valentía, la monarquía, las costumbres y las leyendas más sagradas quedan aquí puestas en entredicho y ridiculizadas con su humor absurdo y cáustico. Es un relato hilado débilmente por la ingenua cruzada, pero la verdad es que se trata del esquema de sketches de siempre, que aquí solo tienen en común un tiempo y espacio definidos, aunque eso no los detiene para, eventualmente, anarquizar su propio relato con anacronismos.

Para su segunda película, La vida de Brian (Life of Brian, Terry Jones, 1979) el turno sería para Cristo, o mejor, para Brian, un hombre que nació el mismo día a unos cuantos pesebres de distancia del de Jesús, por lo que siempre lo confundieron con el Mesías y tuvo una vida paralela que solo le trajo inconvenientes y desgracias. Pero, de nuevo, este divertido planteamiento argumental solo era una disculpa para crear humor a costa de lo más sagrado de las santas escrituras y de aquella época histórica, así como de la fe, la religión, la filosofía, los regímenes políticos, las ideologías y, claro, los romanos, porque el principal blanco del humor siempre es el poder. En su momento creó una gran polémica por la irreverencia con que fue tratado el tema, lo cual contribuyó, por supuesto, a su enorme éxito comercial, pero en la actualidad es considerada una película de culto sin ayuda de ningún escándalo.

La cuarta y última película fue El sentido de la vida (The Meaning of Life, Terry Jones, Terry Gilliam, 1983), otra vez con su esquema de sketches, pero esta vez mucho más elaborados y con el generoso presupuesto que su éxito anterior les permitió. Determinar una respuesta para esa cuestión planteada en el título los lleva a hablar, entre otras cosas, del milagro de nacer, la filosofía, la guerra, la educación sexual, la piratería corporativa, la gula y, naturalmente, la muerte. Las animaciones de Gillian aquí están mejor que nunca y todo es una ingeniosa e irreverente tomadura de pelo que no responde la imperativa cuestión, lo cual solo hacen, muy seria y lúcidamente valga decir, en los últimos siete segundos de la película.

En medio y después de estas cuatro películas hay otra serie de producciones relacionadas, como las películas de Terry Gilliam, en las que participan como actores algunos de los Monty Python y de las cuales las dos primeras tienen muchos elementos en común con las del grupo: Jabberwocky (1977) y Time Bandits (1981), el resto de su filmografía, sin abandonar por completo el fino humor, se desplaza hacia el esquema del choque y entrecruce de realidades paralelas, ya sea por vía de la fantasía, la ciencia ficción o los estados alterados de la mente.

Además, Terry Jones, sin la misma fortuna, dirigió otros tres filmes en solitario. Pero juntos, han realizado varias célebres y espaciadas presentaciones en vivo y hasta del funeral de uno de sus miembros, Graham Chapman, en 1989, hicieron una emotiva y divertida producción. Desde hace décadas cada quien siguió con su carrera a partir de sus intereses. Solo a veces se cruzan o se reúnen, porque siempre serán los Monty Python, los fabricantes de chistes, los Caballeros que dicen “Ni” y los dueños de un humor que, a pesar de lo que suele suceder con este género, el tiempo no lo ha podido desgastar.

Publicado en diciembre de 2017 en la Revista Kinetoscopio No. 120.

 

Llámame por tu nombre, de Luca Guadagnino

Verano del 83

Oswaldo Osorio

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Las historias sobre el primer amor suelen ser románticas y apasionadas, protagonizadas por jóvenes que descubren el mundo y la sexualidad. Son historias idílicas, aunque no exentas de dramatismo o adversidades. Y si bien esta película tiene todos esos elementos, no es necesariamente un relato como cualquier otro, pues está planteada de forma inteligente y sofisticada, así como narrada sin las prisas ni los arrebatos que también suele propiciar este tipo de historias.

En una casa de campo, en el norte de Italia, Elio, un joven de 17 años, pasa el verano con sus padres, una pareja de académicos. Él mismo ocupa su tiempo leyendo y tocando el piano. Hasta que llega Oliver, un asistente de investigación del padre que se acopla fácilmente a la cotidianidad veraniega de esta familia. Durante al menos la mitad  de sus más de dos horas de duración, el relato solo da cuenta de esa dinámica de desenfado vacacional del joven y sus allegados, sin atisbo de conflictos o grandes puntos de giro.

Cuando el relato ya nos tiene bien instalados en el sopor y tranquilidad de aquel verano, donde solo hay cenas y paseos y agradables conversaciones, entre banales e intelectuales, la conexión entre Elio y Oliver empieza a convertirse en una atracción. Entonces la historia se transforma y sube la temperatura emocional con la fiebre juvenil del enamoramiento, pero en ningún momento hay gesto alguno de hacer un énfasis o diferencia por tratarse de un amor homosexual. En este sentido la película conserva la sobriedad y delicadeza que ha tenido desde el principio.

Aun así, el romance y apasionamiento asumen el tono del relato y se despliega una historia de amor que es diferente de acuerdo con cada uno de los amantes. Y es que es en ese contraste entre el hombre y el adolescente, en su forma de percibir y asumir esa relación, donde la historia despliega sus matices emocionales, incluso intelectuales, porque ese es el contexto de esta familia y esta relación, por eso todo es mirado con una madurez y naturalidad que tal vez solo es posible justificarlo por la formación académica y cultural de los personajes.

Es una película sobre el despertar sexual y la pérdida de la inocencia, pero contada en clave de adulta disertación, aunque sin hacerse pesada o pedante, en su lugar, se trata de un sosegado cuento donde un amor de verano trasciende su habitual fugacidad y ligereza, entonces más bien se puede ver como un episodio transformador en la vida de un joven sensible e inteligente, un episodio que le cambió la vida y su perspectiva de las relaciones afectivas, como debería ser todo primer amor.

La forma del agua, de Guillermo del Toro

Un E.T para adultos poco exigentes

Íñigo Montoya

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Es sabido que la industria del cine, en su vertiente más comercial y de consumo, produce películas donde el reciclaje de temas, esquemas argumentales, fórmulas y estereotipos son la manera más fácil de enganchar con el gran público y la recompensa de la taquilla. Pero se supone que hay unas películas que tienen la capacidad de conectar con ese gran público y, aun así, contener una buena dosis de originalidad y virtudes en las cosas que dicen y como las dicen. Esas películas son las que, generalmente, terminan siendo premiadas en los distintos certámenes.

La película favorita de esta temporada de premios es la última obra de Guillermo del Toro, un director caracterizado más por el atractivo visual de sus universos fantásticos que por el ingenio o la originalidad de sus historias (Cronos, Mimic, Hellboy, La cumbre escarlata, Titanes del pacífico). En esta cinta ha recibido el beneplácito de muchos, incluyendo los críticos (y un sorprendente 7.9 en IMDB!), eso a despecho de lo esquemático y trillado de su argumento, así como de sus personajes obvios y unidimensionales.

Es como si E.T. El extraterrestre y El monstruo de La laguna negra hubieran tenido un hijo, el cual quedó con la apariencia de este último y los poderes del primero. Aunque las coincidencias con la ingenua y esquemática película de Spielberg (de la que Mankiewicz dijo que era maravillosa pero con el coeficiente intelectual de la perra Lassie) no se quedan solo en eso, la gruesa línea argumental es la misma: el encuentro de una persona noble y vulnerable con un ser de apariencia extraña y con poderes que quiere ser sometido por agentes del gobierno para hacer experimentos con él.

Igual ocurre con los personajes secundarios y los giros, la conexión por vía de lenguaje no verbal, los humanos que ayudan a escapar a la criatura, la ridiculización de un villano que no puede ser más maniqueo y (advertencia de spoiler) el predecible final donde este ser le devuelve el favor al humano resucitándolo con sus poderes.

Esto es solo por mencionar el referente más célebre, pero el cine fantástico más esquemático está lleno de recursos, universos, personajes y argumentos como este. Por eso resulta difícil entender la fascinación de tantos por una película harto predecible y groseramente complaciente con el espectador. Una película que poco dice aparte de su conocida anécdota y que solo tiene de llamativa su concepción visual, lo cual no es virtud en una época en la que el virtuosismo de la imagen es lo menos que se le puede pedir a un producto de Hollywood, y más si es cine fantástico.

Tres versiones de Churchill

El hombre que un país necesitaba

Oswaldo Osorio

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Con mucha frecuencia la industria del cine coincide haciendo la misma película simultáneamente, ocurrió con Relaciones peligrosas y Valmont, con Impacto profundo y Armageddon, con los dos biopics de Yves Saint Laurent y con tantas otras. En 2017 el turno fue para el personaje de Wiston Churchill, de quien se hicieron La hora más oscura, de Joe Wright, Churchill, de Jonathan Teplitzky, y tuvo un gran protagonismo en la serie The Crown, de Netflix.

Son tres versiones del mismo personaje, con equivalente calidad, que terminan siendo complementarias. La gran diferencia radica en el momento de su vida que cada versión desarrolla. Mientras La hora más oscura habla de sus primeros días y consolidación triunfal como primer ministro del Reino Unido, Churchill también da cuenta de un corto lapso, cuando los Aliados se preparan para la invasión a Normandía y el poder de decisión del estadista se encuentra en declive, mientras que The Crown recrea sus últimos años en el gobierno.

Las tres lo miran casi de idéntica forma, como si hubieran revisado las mismas fuentes y coincidido en igual visión e interpretación de este histórico hombre, esto es, su tozudez y determinación en asuntos de Estado, sus momentos de desorientación y casi senilidad en su entorno cotidiano (a veces en el trabajo) y ese temple de líder inspirador que termina despuntando en los momentos más críticos. Incluso las interpretaciones, hechas por tres buenos actores (Gary Oldman, Brian Cox y John Lithgow), son también muy parecidas, aunque la de Oldman, como siempre, se pasa de manierista, y son esos excesos (y seguro el maquillaje) lo que le está dando todos esos premios.

También hay un manierismo en la concepción visual de La hora más oscura, frente al estilo más preciosista y clásico de Churchill y The Crown. Seguramente tiene que ver con la idea a la que hace referencia el título, pues fueron los días en que el mundo estaba acorralado por los nazis, pero por momentos ese expresionismo extremo, donde muchas veces todo está iluminado solo por un fuerte chorro de luz y la imagen está casi en blanco y negro, se hace más efectista y postizo que eficaz y legible. Fue una audaz decisión estética que pondrá a prueba el gusto del espectador.

Este caso es una muestra de cómo la industria del cine (de la que ya hacen parte las series de Netflix y otros canales de televisión) se repite y copia a sí misma, apenas con ligeras variaciones. Y son los detalles los que terminan haciendo la diferencia: La presencia de la esposa, por ejemplo, es más una figurante en La hora más oscura, mientras que resulta un personaje decisivo en Churchill y ayuda a construir mejor al protagonista. O el contraste en La hora más oscura entre su lóbrega concepción visual y la torpeza y complacencia de escenas como la del metro. También está el inteligente recurso del retrato que un pintor hace del estadista, para dar cuenta de la complejidad de este hombre, que utilizan en The Crown.

Tres versiones con sus más y sus menos sobre una figura histórica que merecía estas miradas, para las cuales puede resultar más enriquecedor el ejercicio de complementarlas y hacerse una sola visión del personaje y su tiempo que compararlas de forma excluyente.

15 Video clips recomendados de 2017

Necesariamente la industria musical estadounidense acapara la calidad y cantidad de los videos que se encuentran en línea. Habría que escarbar mucho en la red para encontrar muchos más buenos videos de otras latitudes. Para este año se siguen destacando el compromiso de artistas como Kendrick Lamar y St. Vincent por hacer, no uno, sino varios videos sobresalientes. El hip hop sigue aportando muchas de las ideas originales y potentes de esta expresión audiovisual, así como se pueden encontrar tendencias recurrentes en su creación, como los videos que apelan a una narrativa o estética de programa televisivo o los que aprovechan las posibilidades formales y discursivas de la interactividad, las redes sociales y los nuevos medios.

Oswaldo Osorio

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  1. Naive New Beaters – Words Hurt

Aunque la interactividad no es nada nuevo en los videos musicales, la forma como esta pieza capitaliza un relato con grandes valores de producción, además de las muchas ramificaciones en su argumento y las reflexiones que de fondo se pueden hacer de ellas, la convierten en una obra sólida, compleja y muy entretenida.

  1. Kendrick Lamar – Humble

De nuevo este rapero con sus imágenes potentes, llenas de poesía visual y cargadas de furia, irreverencia y simbolismo. No apela mucho a los efectos, solo se vale del ingenio y la creatividad para construir situaciones y escenarios que refuerzan y comentan sus cuestionadoras letras.

  1. St. Vincent – New York

Más que este video, se pueden mencionar todos los de esta artista creados con esa estética tan distintiva, en la que sobresalen los colores intensos y planos, acompañados por un diseño de arte que busca armonías y contrastes pictóricos, así como un protagonismo de los objetos. Un raro pero llamativo estilo a mitad de camino entre el minimalismo y el kitsch.

  1. The Academic – Bear Claws

Un ingenioso y original video que aprovecha el retraso de la transmisión en vivo de Facebook para construir un relato visual y musical definido por acumulación de pistas, tempos y colores. Parece solo un juego o un oportunismo tecnológico, pero realmente es una complicada e inteligente construcción audiovisual.

  1. Mike Will Made-It – Perfect Pint

Encajado dentro de un esquema muy conocido en el video clip (interpretar la canción viajando por una carretera -aunque también inspirado en el inicio de Miedo y asco en Las Vegas), el valor agregado de este trabajo es los numerosos relatos y apuntes visuales, simbólicos y fantásticos que, por gracia de los efectos especiales, van apareciendo a lo largo del recorrido. Todo un festín de creatividad, imaginación, onirismo y referencias a la cultura popular.

  1. Leningrad – Kolchik

Otro esquema muy recurrente, mostrar la acción en reversa. La diferencia con este video tiene que ver con sus altos valores de producción y los impresionantes efectos visuales. Varias subtramas se entrecruzan en una lógica de efecto causa y potenciado por la cámara lenta. Todo un deleite visual y narrativo apreciar detenidamente los detalles, personajes y acciones de este video.

  1. ZHU, Nero – Dreams

No solo son cuerpos desnudos, son miles de ellos como una gran masa, a veces danzante y otras inerte. Cuerpos que se amontonan, giran, levitan, chocan y explotan en una impactante esfera surreal, tan grotesca como fascinante.

  1. Grimes ft. Janelle Monáe – Venus Fly

Diseño de vestuario cargado de fantasía, color y concepto, además de efectos visuales y cámara lenta. Estos son los elementos con los que este video consigue una llamativa y contundente estética, en buena medida muy novedosa. Un trabajo cuidado y con pretensiones de gran producción, tanto que los créditos apenas si duran poco menos que el video mismo.

  1. Young Thug – Wyclef Jean

Lo que en principio parece solo una irónica e ingeniosa solución ante el problema de un cantante incumplido, a la larga termina siendo un auto reflexivo recorrido por los distintos procedimientos, tendencias y componentes de la elaboración de video clips de hip hop. Puro metalenguaje, gesto posmoderno y creativo cinismo.

  1. Bonobo – No Reason (feat. Nick Murphy)

Un estimulante y bello viaje surreal a través de una misma habitación que se repite casi una veintena de veces. Pero como el río de Heráclito, nunca es la misma habitación, cambian en ella numerosos detalles, pero el cambio esencial es la proporción de los objetos y de la misma habitación, consiguiendo con esto un tránsito por distintas dimensiones espaciales y temporales, pero contradictoriamente unidas por la continuidad del plano secuencia.

MENCIONES ESPECIALES

  1. Cassius – Go Up ft Cat Power & Pharrell Williams
  2. Portugal. The Man – Rich Friends
  3. Björk – The Gate
  4. Royal Blood – Lights Out
  5. Kesha – Praying

Pequeña gran vida, de Alexander Payne

Un mundo encogido

Oswaldo Osorio

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Los problemas del mundo serían menos graves si las personas fueran más pequeñas. Esta es la premisa, entre audaz y divertida, que propone esta historia, pero la condición humana no permite que eso sea así de simple. Si bien reducir a unos pocos centímetros a alguien tendría unas consecuencias medioambientales y económicas, no todos estarían de acuerdo con hacerse pequeños y se hará patente la diferencia entre las personas de distintos tamaños. Entonces, lo que parece un juguetón argumento de ciencia ficción, termina planteando serias reflexiones sobre la vida y la sociedad.

Como casi todas las películas de Alexander Payne (Election, Nebraska, Las confesiones del Sr. Smitch, Entre copas), esta historia está protagonizada por un hombre torpe y pusilánime, un hombre que descubre una verdad gracias a las circunstancias y a quienes lo rodean. La diferencia con esta película es que esas circunstancias no solo tiene que ver con la cotidianidad, sino con una trama que implica el mundo entero, por lo que de ella se pueden desprender cuestiones éticas, políticas, ideológicas y medioambientales.

Cuando el protagonista decide reducirse a unos cuantos centímetros, nos lleva a un viaje a un nuevo mundo y una nueva sociedad, en donde parece que todo es mejor y más fácil. Pero la naturaleza humana lo complica todo. Empezando porque la idea es una utopía de científicos y humanistas, una utopía que, por definición, nunca podrá realizarse. Solo unos cuantos entusiastas creen en ella y actúan en consecuencia.

Pero la historia no solo trata sobre las desventuras de este hombrecito, en su camino se topa con situaciones y personajes que enriquecen y hacen más compleja la historia. Como la activista vietnamita, un personaje encantador y divertido que termina siendo el factor decisivo en la trama y en la vida del protagonista. Es un personaje construido con ingenio y agudeza, pues está definida por solapados contrastes: exteriormente vive en la pobreza, pero tiene una riqueza interior que toca a todo aquel que la conoce, y aparenta una dureza en el trato con las personas, pero en esencia es una mujer tierna y noble.

Esta es una de esas películas en las que no se sabe qué va a pasar al minuto siguiente, la originalidad de su trama y las cuestiones de fondo sobre las que reflexiona a partir de una premisa un poco absurda, la hacen una pieza atípica, incluso difícil de sintonizarse con el código que propone. Pero cuando se entiende la lógica de este diminuto universo, así como el torpe devenir de su protagonista hasta encontrar su verdad, es posible ver en ella una obra inteligente y estimulante.

La rueda de la fortuna, de Woody Allen

Drama, drama, drama

Oswaldo Osorio

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Es la misma película que tantas veces le hemos visto al célebre director neoyorquino, incluso con casi los mismos elementos de su último título, Café Society: cruzadas historias de amor y desamor, reconstrucción de época, incertidumbres existenciales y una subtrama de gangsters que mueve parte del relato; no obstante, la diferencia está en que esta tiene un código definido: la reflexión sobre el drama, especialmente el teatral, la cual articula la narración y hasta determina el argumento.

Como muchos relatos de metaficción, este comienza hablando del relato mismo, plantea las reglas del juego y sus características para, de inmediato, ilustrarlas o ponerlas en práctica.
Inicia con un narrador, que al mismo tiempo es un personaje, un salvavidas de Coney Island en 1950. Él habla del drama, está estudiando para ser escritor y referencia constantemente autores como Eugene O’Neill. Es también quien presenta a los demás personajes y hace apuntes a medida que avanza el relato.

En esencia se trata de la historia de Ginny, una mujer de cuarenta años, quien se ve renovada por el amor con el joven salvavidas, pero que luego tiene que afrontar el desmoronamiento de su mundo. Un matrimonio infeliz, su hijo pirómano, la hijastra que le quitará a su novio, el constante dolor de cabeza, el riesgo de volver a la bebida  y la culpa de un asesinato que tal vez pudo evitar. Todo eso es mucho peso para una actriz frustrada que ahora es una simple mesera.

De manera que el drama en esta historia es acumulativo, al punto de convertirse en melodrama en su momento más crítico. Lo vemos en las emociones de los personajes, en sus conflictos, en la historia que nos cuentan y en las reflexiones que hace eventualmente el prospecto de escritor. También lo vemos en la luz, bellamente manejada por el gran Vittorio Storaro, quien juega constantemente con el contraste entre tonalidades doradas y azules pálidos, cambiando  alternadamente de acuerdo, no con el realismo de los espacios, sino con los estados de ánimo de la protagonista.

Humor, más bien poco, no era posible ante la premisa de reflexionar conscientemente sobre el drama. Lo que sí hay es esa sorprendente capacidad de Woody Allen de hablar de las mismas cosas, con los mismos personajes y situaciones pero, aun así, revelarnos emociones y sentimientos diferentes, al menos en su combinación e intensidad. La imagen final de la película da cuenta de ello, ese primer plano de Ginny en el que, en ese instante antes de irse al negro de los créditos, recapitulamos todo su viaje emocional y entendemos contundentemente lo que está sintiendo y de qué se trata el drama, tanto el de la ficción como el de la vida real.

 

El gran showman, de Michael Gracey

El cine es un circo

Íñigo Montoya

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La historia de P.T. Barnum, un hombre del espectáculo en los Estados Unidos del siglo XIX, ha sido llevada muchas veces al cine desde 1934, la más célebre de ellas interpretado por Burt Lancaster en 1986. Y es que su historia llena de aventuras, exóticos personajes, empresas quijotescas y pasión por el éxito tiene muchos elementos que el cine puede explotar como el principal medio de ese mundo del espectáculo.

En esta nueva versión sus productores se deciden por hacer un musical, y con este género cinematográfico como la base del tono del relato se define todo lo demás: desde la esquemática construcción del argumento, las centellantes interpretaciones, los grandilocuentes decorados y la colorida y efectista concepción visual.

Y no se debe tomar la descripción de estos elementos como algo peyorativo, sino como la decisión estilística que tomaron sus realizadores, una decisión absolutamente consecuente con el tipo de personaje y el medio en que se movía, una decisión inteligente de cara al espectáculo que le querían presentar al público y sintonizada con la que probablemente fue la personalidad de este hombre.

Y aunque la visualidad, musicalidad y el espectáculo es la prioridad de esta película, de fondo hay una constante en cada situación y la relación entre los personajes y su contexto: la reflexión y el cuestionamiento sobre la intolerancia y la discriminación con los que son diferentes, así como la rigidez social para permitir que alguien cruce los límites impuestos por las clases y el abolengo.

No es una película que vaya a trascender más allá del fulgor del colorido, la música y los reflectores con que fue hecha, pero sin duda es una historia que supo escoger su código y ser consecuente con él para satisfacer al gran público, convirtiéndola esto en una entretenida obra definida por el espectáculo.