Game of Thrones

Dos defectos de la séptima temporada (Con spoilers, obviamente)

Gloria Isabel Gómez

Escuela de Crítica de Cine

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Hace años, cuando comencé a ver Game of Thrones, quería que Jon Snow tuviera un romance con Daenerys, pero siempre creí que era solo una ilusión de fanática y que en la lógica de la serie eso no sucedería. Sin embargo, en la séptima temporada pasó, y no fue el único acontecimiento que sorprendió a todos los espectadores.

Esta temporada tuvo algunos aciertos pero fueron superados por dos grandes defectos:

Desde que en el último episodio de la sexta temporada Varys fue y volvió de un continente a otro en menos de media hora, comenzó a gestarse lo que este año sería un desastre episodio tras episodio: el desequilibrio. Cada serie tiene un tempo y un ritmo particular que construye durante cada entrega. Game of Thrones nos acostumbró a que las distancias entre un lugar y otro eran vastas e inmensas. Pero esta vez, los personajes y los cuervos iban y volvían a su antojo durante el mismo episodio, lo que restaba coherencia narrativa a la serie, llenándola de vacíos argumentales.

Cuando un espectador tiene herramientas visuales previas de un universo ficticio se vuelve más sagaz, se concentra más en los detalles: Por eso las cadenas con las que sacaron al dragón del agua fueron más protagónicas que la impresionante secuencia en la que ese mismo dragón cae del cielo, se desangra y muere. Por esa misma razón, todos nos preguntamos ¿Por qué Sansa y Arya no acudieron a Bran para resolver su disputa? ¿Cómo es que Gendry vio que el oso tenía ojos azules a esa distancia y en medio de una tormenta de nieve? En una de las escenas eliminadas de esta temporada, Sansa visita al Cuervo de Tres Ojos para esclarecer las intenciones de Little Finger. Si se grabó, fue porque los guionistas sabían que sería poco lógico que la conversación no sucediera, pero se descartó* para generar sorpresa durante el episodio final.

El otro defecto de esta temporada es que fue demasiado complaciente. A pesar de las fastuosas escenas de batallas y combates ningún personaje de las familias importantes (Lannister, Stark, Targaryen) sufrió afectaciones serias durante los seis episodios (la muerte del dragón impactó más a los espectadores que a la misma Daenerys). Dramáticamente, esto pone a la serie en aprietos. Es posible que el hecho de que los capítulos ya no estén basados en los libros publicados por George R. R. Martin tenga mucho que ver. Los guionistas se han liberado totalmente del canon oficial de la saga y esto inevitablemente afecta la versión televisiva.

También está claro que el presupuesto de cada episodio aumentó ostensiblemente: Dragones en primeros planos, la aparición de Nymeria y los extras que participaron de las batallas son algunos ejemplos. Un amigo me dijo: “Esta temporada fue más de los productores que de los guionistas”, y tiene razón por las formas obvias en las que economizaron con diálogos: tiempos, recorridos y escenas que hubieran hecho de esta una temporada grandiosa.

A medida que avanzaba la temporada, el nivel de complacencia se unió cada vez más al desequilibrio ya mencionado: Nos alegramos porque Bronn y Jamie sobrevivieran al ataque de Daenerys con los Dothraki, pero nos decepciona que hayan salido del lago como si nada, y peor aún, que hayan llegado a King’s Landing con facilidad. Olenna confiesa haber asesinado a Joffrey y nos complace que sea soberbia y tenga una muerte tranquila, pero nos cuestiona el porqué Jamie no la atacó más ferozmente después de conocer esa información (Porque por más blando que se haya vuelto el personaje, él es el Kingslayer).

Como espectadora, terminé esta temporada con dos sensaciones contrarias: la alegría por los personajes que se reúnen, se aman y sobreviven, pero la decepción por la historia que los llevo a ello, tan comprimida en seis episodios que no le hace justicia a esa premisa prometida: “Winter is here”.

* HBO no ha publicado los videos con las escenas eliminadas pero Isaac Hempstead Wright contó algo sobre la escena en cuestión.

Publicado originalmente en: https://elcinesana.wordpress.com/

La sargento Matacho, de William González

Esa cosa bandolera

Oswaldo Osorio

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La historia nacional siempre ha sido una deuda del cine colombiano, y especialmente hay unos episodios o temas que han debido abordarse desde hace mucho tiempo y con mayor frecuencia. Uno de ellos es el de los llamados bandoleros en la época de la Violencia. Esta película paga una cuota de esa deuda al contar la historia de Rosalba Velasco, alias La sargento Matacho, un relato convincente en su puesta en escena que propone una singular mirada de la guerra desde esta particular mujer.

Lo que más llama la atención de esta historia, por supuesto, es la naturaleza de su protagonista, no solo por el hecho de ser mujer, con todo lo que esto implica, como se verá, sino también porque, inicialmente, es una víctima, pero que luego deviene en victimaria. Esa ambigüedad moral y lo que podría verse como una justificación de sus acciones y su actitud, de alguna manera la hace un personaje más complejo y atractivo. Aunque también se puede cuestionar su construcción y el insólito papel que desempeñó en este conflicto.

Después de presenciar la muerte de su esposo a manos de las fuerzas oficiales, Rosalba comienza a hacer parte de la resistencia que los liberales instauraron en el campo, lo que subsecuentemente terminará siendo el nacimiento de la guerrilla en el país (véase Canaguaro, de Dunav Kuzmanich). Primero, se arroja de frente a la guerra por su cuenta, impulsada por el deseo de venganza; y después, termina siendo reclutada por los grupos armados y hasta siendo la pareja de varios de sus jefes, incluso quedando embarazada varias veces.

Hasta aquí puede ser claro lo que ocurre con esta mujer y su contexto, no obstante, el relato se ve condicionado por un aspecto que lo cambia todo y que se puede leer de distintas formas: resulta que la  sargento Matacho, como fue bautizada por arrojada y sanguinaria, es presentada como un ente que no habla ni puede tener algún contacto emocional con nadie. Esto se puede ver como una consecuencia de la despersonalización por el trauma de la guerra o también que lo que parecía ser ese personaje complejo y atractivo, termina siendo un monigote unidimensional que solo reacciona en circunstancias extremas.

Es por eso que es el coro de personajes que la rodea y sus circunstancias, son lo que mueve la historia y plantea sus ideas sobre el conflicto y este significativo periodo de la historia del país. Ella, en cambio, parece quedar reducida a un objeto, ya de ese mundo machista (el de esta cultura y la época) o de la guerra misma; o incluso un objeto del mismo argumento y de la narración.

En otras palabras, esta película puede ser vista como el intenso relato de una mujer arrastrada a la espiral de la guerra, o también como la historia que reposa sobre un ambiguo personaje que es presentado como una cosa (una víctima convertida en aguerrida victimaria), pero que termina siendo otra (excusa argumental y objeto unidimensional usado por su entorno machista).

La sensación que queda, entonces, es la de una película acertada en su puesta en escena, la recreación de una época y su contexto, una mirada reflexiva al interior del conflicto y un coro de actores y personajes que hacen funcionar tanto el relato como la historia. Pero por otro lado, esa protagonista, que sirvió de hilo conductor para que todo esto sucediera y con la que el espectador se identifica casi todo el metraje, en retrospectiva parece solo eso, un hilo fino al que hay que inventarle una interpretación en los sucesos, sin dimensión ni matices, un animalito que solo sirve para matar y para parir… Aunque ya a partir de esta última contradicción se podría empezar a escribir otra crítica de la misma extensión.

 

 

 

El discípulo, de Kirill Serebrennikov

La biblia parlante

Oswaldo Osorio

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Con la combinación entre religión y sexo siempre se podrá crear polémica, un discurso efectista y unos dramas llamativos. Es cierto que en esta película no solo se contraponen aspectos sexuales a un sermón cristiano fundamentalista, pero por ahí empieza la cosa: cuestionando los bikinis, la homosexualidad y las clases de educación sexual. Por eso, esta historia puede ser tan pertinente en los debates que propone como gratuita y sensacionalista en sus mecanismos argumentales y dramáticos.

Un adolescente se convierte en un ferviente creyente y lector de la biblia. Tanto las personas en su colegio como su propia madre, empezarán a padecer un acoso y persecución por parte de este joven, quien esgrime, con literal vehemencia, las consignas de las santas escrituras. Pero lo que al principio se revela como un personaje potente y un relato lleno de posibilidades en su complejidad ideológica y dramática, termina siendo una agotadora reiteración de una situación y personaje que, finalmente, se antojan monolíticos y forzados en busca de un efecto.

Aunque es cierto que uno de estos efectos son las lecturas y alusiones que se pueden hacer al contexto de la Rusia y el mundo actual. De un lado, pone en evidencia lo peligroso, arbitrario y hasta absurdo que puede ser el radicalismo religioso, y más aún, tomar al pie de la letra el sentido de los libros sagrados. De otro lado, se infieren comentarios y cuestionamientos sobre este país, del que es conocido la homofobia estatal, su inclinación dictatorial y hasta un atávico antisemitismo aún latente en la sociedad.

Pero uno de los grandes problemas de la película es la gratuidad y unidimensionalidad con que es construido su protagonista. En él solo vemos un instrumento amplificador de los pasajes bíblicos para confrontar a una sociedad que, por demás, no es religiosa en un gran porcentaje, y menos todavía cristiana. Nunca es posible conocer los matices de este joven, tampoco sus motivaciones ni el real sentido de lo que busca más allá de una simple y conveniente locura mística. Incluso termina por ser inconsistente hasta en su mismo fundamentalismo, cuando el guionista lo pone a levantar criminales calumnias contra alguien.

Sin embargo, este efectismo en su personaje y en el tratamiento del tema está conducido por un potente sentido de la puesta en escena, tanto en la fuerza interpretativa de sus actores y la tensión permanente que hay entre los personajes, como en el cinetismo y expresividad que hay en sus imágenes y en la forma como la cámara logra sumergir al espectador en este intenso (aunque artificial) drama. Porque se trata de una película con una premisa poderosa y llena de posibilidades ideológicas y dramáticas, pero termina por agotarse en la reiteración sin matices ni profundidad y en la presentación de debates fáciles y provocadores.

 

 

La torre oscura, de Nikolaj Arcel

El niño con el toque

Íñigo Montoya

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Generalmente los relatos de fantasía proponen dos mundos paralelos que se cruzan o chocan. Los habitantes de uno pasa al otro y se da la confrontación. También hay magia, poderes que sirven tanto al bien como al mal y uno de esos mundos está en riesgo. Esta película tiene todo eso, pero como sucede siempre en el cine de género, lo importante es la forma como presentan y combinan estos elementos para conseguir una obra novedosa y de calidad.

Si no la novedad, al menos la acertada combinación que logra esta cinta es la pareja de héroes que quiere salvar a los distintos mundos del universo de un personaje oscuro y poderoso. Un niño, a quien creen loco y perteneciente a nuestro mundo, neoyorkino para más señas, atraviesa un portal que lo lleva al mundo del villano y lo une con un pistolero que también combate a este hombre.

El contrapunto entre el apasionamiento y optimismo del niño con el derrotismo y negativo deseo de venganza del pistolero, mantiene la atención del espectador en su cruzada por salvar el universo, esto a fuerza de valentía, ayuda mutua y combinación de conocimientos y habilidades en los dos mundos, en los cuales, alternadamente, estarían perdidos el uno sin el otro.

Se trata, pues, de una entretenida pieza, creada a partir de personajes carismáticos, incluyendo al mimo villano, llena de momentos emotivos, ingeniosos, divertidos y llenos de acción. Un choque de mundos y realidades que siempre será estimulante para el espectador que gusta de la aventura y la fantasía.

Rodrigo D y la Cinemateca de Medellín

Por la memoria fílmica

Oswaldo Osorio

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Es probable que Rodrigo D: No futuro, de Víctor Gaviria, sea si no la más, una de las más importantes películas del cine colombiano. Las razones son muchas: la forma como descubre una parte de la ciudad y un universo marginal inéditos en el cine nacional, el uso de un método de trabajo e investigación que tiene como base el realismo y los actores naturales, el visceral uso de la música, su audaz propuesta alejada de la narrativa clásica y su inclusión en la selección oficial del Festival de Cannes.

Por esa importancia es que Proimágenes Colombia y la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano acaban de hacerle un proceso de restauración que, además, le dará una nueva vida en el formato digital (se hizo junto con otros tres cortos del director: Los habitantes de la noche, La vieja guardia y Los músicos). Esta labor de recuperación y restauración de la historia fílmica del país, que ya se ha hecho con el cine silente, la obra de Carlos Mayolo o la de Dunav Kuzmanich, evidencia la consciencia que ya existe acerca de la importancia de los archivos como parte esencial de la memoria nacional.

Lo significativo de esta cinta y su recuperación resultó ser ideal y de gran fuerza simbólica para presentar, el pasado 25 de agosto, la Cinemateca Municipal de Medellín, una necesidad por la que el gremio audiovisual estuvo reclamando e impulsando hasta que fue posible encontrar la voluntad política para ponerla en marcha. La Cinemateca, además, será precisamente dirigida por el cineasta Víctor Gaviria, de quien es conocido no solo su interés en el cine por hacer películas, sino que siempre se le ha visto como un gestor de la cultura cinematográfica, especialmente a través de los festivales que dirige y organiza.

El emblemático Teatro Lido, que será la sede inicial de la Cinemateca, casi llenó sus 1200 butacas para presenciar este nacimiento de la esperada entidad del cine antioqueño y la reencarnación al digital de su obra más importante. Ver Rodrigo D después de más de un cuarto de siglo de estrenada (1990) fue constatar tanto lo significativo de esos factores enumerados en el primer párrafo como la certeza del vital papel que cumple el cine como parte de la memoria de una sociedad.

Esa ciudad de Medellín que mira Víctor Gaviria a mediados de los ochenta, es una sociedad escindida, y en ella se revela un universo marginal marcado por la desesperanza de una generación que veía negado su futuro, los unos por vía de una suerte de nihilismo punk y los otros porque siempre están de cara a la muerte en su dinámica delincuencial como consecuencia de un mundo sin oportunidades.

Es un relato que sigue con la vitalidad y relevancia de hace casi tres décadas, con la furia del punk y el metal dándole voz a una generación sin expectativas de vida, así como con el espíritu de un cine que prescinde del argumento clásico y del uso de la acción como gancho, porque prefiere ser consecuente con ese universo atropellado y caótico que empezaba a explicar la oscura noche que estaba a punto de cubrir a esta ciudad.

Iván D. Gaona

Un cineasta

Oswaldo Osorio

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El título de cineasta siempre está asociado a los directores que han realizado al menos un largometraje. Y aunque Iván D. Gaona ya dirigió su ópera prima, la película Pariente (2016), mucho antes se había ganado el crédito de cineasta, esto a fuerza de una sólida obra constituida por una serie de cortometrajes que revelaron a un autor dueño de una particular y sensible mirada a un universo que había sido ignorado por el cine nacional. Gaona es el invitado especial del Festival Pantalones cortos, organizado por la Corporación Dunav Kuzmanich, y todas sus películas se podrán ver esta semana en la ciudad de Medellín.

Esta obra empezó con los cortometrajes Tumbado (2005) y El Pájaro Negro (2008), pero es con Los retratos (2012) con el título que se dio a conocer por su larga lista de premios y participación en festivales. En esta bella y divertida película una anciana, que vive en el campo, se gana en una rifa una cámara que toma fotografías instantáneas. El encuentro de ella y su esposo con este artefacto empieza por el extrañamiento y termina en la fascinación de ver su imagen y posar para luego mirarse. Es un relato intimista y espontáneo, que da cuenta de una anécdota cargada de connotaciones en relación con ese entorno rural, con la cotidianidad y con reflexiones sobre el fenómeno de la imagen misma.

Hay en esta historia un personaje llamado Completo, quien es el que le enseña a los ancianos a manejar la cámara. A Completo lo vemos en todos los cortos y en el largometraje de Gaona. Incluso hay un cortometraje titulado con su nombre y protagonizado por él. Este dato es muy significativo porque es uno de los tantos aspectos que nos habla de la unidad del universo que propone este director santandereano. Un universo donde el color local del campo es dibujado con elocuencia a partir de detalles y gestos sutiles y cotidianos.

En sus demás trabajos, El tiple (2013), Naranjas (2013), Forastero (2014) y Volver (2016), ese color local y esos personajes prevalecen y dan cuenta de una dinámica de provincia donde la cotidianidad es potenciada por la sinceridad y fuerza de las emociones y de las relaciones interpersonales, pero también por esa violencia latente, ya sea sugerida o explícita, que está siempre de sonido de fondo en los campos del país.

La mencionada unidad de ese universo adquiere un acabado mayor con su largometraje Pariente, una de las pocas películas que habla abiertamente sobre el paramilitarismo en Colombia, pero lo hace entre las gruesas líneas que traza sobre aspectos que le interesan mucho más este cineasta, como el amor, la música, lo cotidiano, el contacto entre las personas y ese color local que nos revela un mundo inédito en las representaciones audiovisuales del país.

Churchill, de Jonathan Teplitzky

El poder obsoleto

Íñigo Montoya

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Casi por consenso se considera a Wiston Churchill, el Primer ministro de Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, como el político más importante del siglo XX. Su liderazgo y experiencia fueron decisivos para llevar a la victoria a los Aliados frente a los alemanes en este definitivo momento histórico de la humanidad.

A pesar de eso, nunca se había hecho una película sobre su figura vista por fuera de los textos que él mismo escribió, y menos aún, se había concebido una mirada tan poco generosa y de un acercamiento íntimo como hombre en medio de sus labores como figura pública. Lo más cercano había sido la serie de Netflix, The Queen (2016), donde aparece como un importante personaje secundario.

El argumento de esta película solo toma unos cuantos días ante de la célebre Operación Overlord, la cual planificó el desembarco en Normandía el Día D. Lo primero en que se afana el relato en mostrarnos a un viejo y tozudo político que se enfrenta a los dos grandes comandantes de la Gran guerra (Eisenhower y Montgomery), no solo con caducos argumentos, sino expuesto a que lo dejen por fuera de las grandes decisiones.

De manera que la película se concentra en ese momento crítico cuando el hombre más poderoso del mundo se ve desorientado, ignorado e irascible. Es un dramático contraste que el director sabe capitalizar emocionalmente de cara tanto al personaje como al espectador. Así mismo, pone en evidencia con esta situación la vulnerabilidad de la vejez, las veleidades del poder y, en un contexto más amplio, el cambio histórico que daba las formas de hacer la guerra.

No es, entonces, una película sobre la guerra, ni sobre la historia, tampoco acerca del poder mismo, sino sobre la tragedia particular de un hombre insigne y poderoso en un momento crítico de su carrera. Es un contundente retrato privado y doméstico de un célebre líder, por lo que esta mirada distinta cambia por completo la historia, y por eso la hace relevante, intensa y conmovedora.

Paterson, de Jim Jarmusch

Todos los días la poesía

Oswaldo Osorio

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Casualmente, antes de la proyección de esta película, que está llena de casualidades, presentaron un cortometraje en el que entrevistan a varios poetas, y cuatro de ellos coincidían en decir que la poesía está en todas partes. Alguno de ellos también decía que solo se necesita que alguien pueda distinguirla y ponerla en palabras. Según esto, la poesía puede, incluso, estar en una caja de fósforos,  y tanto Jarmusch como el chofer de bus que protagoniza su último filme lo saben.

Sobre todo Jarmusch, que con una sólida, estimulante y casi infalible obra, ha sabido encontrar esa poesía que pulula en el mundo en las cosas simples: una conversación tomando café y fumando un cigarrillo, la soledad de un hombre mayor o la rutina de este chofer de bus, a quien lo único extraordinario que le pasa o hace es poder poner en palabras esas cosas que ve a diario y propiciar que trasciendan con su modesto acto creativo.

Paterson vive en la ciudad de Paterson. Es la primera de muchas coincidencias de esta película, la mayoría de las cuales resultan divertidos o encantadores guiños que, en sí mismos, se convierten en poesía en razón del tono sencillo y desenfadado de este relato. Hay otras coincidencias que se pueden antojar forzadas, como el encuentro con la niña poeta y el japonés amante de la poesía. Pero si bien puede molestar su conveniente y artificial inclusión, para efectos de lo que el director quería decir sobre la poesía y su protagonista funcionan perfectamente.

En esta historia la rutina y la poesía son dos opuestos que conviven cotidianamente. Opuestos porque no hay nada menos poético que la rutina ni nada más extraordinario que un buen poema. Por eso, aunque cada día Paterson se levanta, desayuna cereal, maneja el bus, recoge el correo, cena y toma una cerveza, en medio de esa invariable rutina surge el milagro de la poesía, como esa verde hierba que brota de entre las grietas de las losas de concreto en las grandes y grises ciudades.

Además de esta oposición, la esencia y la fuerza de este personaje, y por extensión de la película, también está en su naturaleza como poeta. A diferencia de la mayoría de sus colegas, que se invisten y se autodenominan como tales, Paterson no se considera más que un chofer de bus. Escribir para él es otra de las necesidades vitales que tiene, y lo hace sin las pretensiones del artista tocado por las musas. Tal vez por eso sus poemas y su discreto oficio parecen mucho más sublimes y honestos. También por eso, nunca titubea frente a una página en blanco, aunque se resista a pensarse como poeta.

De nuevo, entonces, Jim Jarmusch nos toca con una historia y un personaje sencillos y corrientes, pero llenos de poesía. Además, con el mérito de hacer el relato de una rutina sin que parezca tediosa. Así mismo, una película sobre la poesía, también es sobre el amor, en este caso una bella y simpática historia de amor, en un segundo plano, pero siempre presente, dándole aliento al poeta y vida a sus poemas.

El ídolo, de Hany Abu-Assad

Más allá del cine

Oswaldo Osorio

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Esta película cruzó medio mundo hasta nuestras salas, no tanto por sus valores cinematográficos, sino más bien por su tema, su aleccionadora historia de éxito y, sobre todo, por sus connotaciones políticas. Y es que tanto la historia en que se basa como el mismo relato, están apuntalados en asuntos que no necesariamente tienen que ver con virtudes artísticas, ya sean musicales o cinematográficas.

En ella se cuenta la historia de Mohammed, quien desde niño, junto con su hermana y dos amigos, trata de forjarse una carrera como cantante. Pero el problema es que no estaba en Nueva York, ni siquiera en El Cairo, sino en Gaza, en medio de la represión y limitaciones impuestas por Israel, así como de la opresión y censura de un régimen conducido por el fundamentalismo islámico.

Podría pensarse que el nombre que se forjó el director palestino Hany Abu-Assad con valiosas y contundentes películas como La boda de rana (2002), Paradise Now (2005) y Omar (2013), sería la razón para que se distribuyera este filme, pero la verdad es que, a diferencia de estos tres títulos, esta nueva película parece hecha por un cineasta corriente y oportunista. Su historia de triunfo y superación, idependientemente de  estar basada en el célebre cantante que participó en el concurso Arab Idol, está planteada y desarrollada con el mismo tono sensiblero y populista propio del famoso reality show internacional.

En término emocionales, el relato está diseñado para tocar las fibras del espectador con recursos la más de las veces fáciles y gratuitos: un personaje entrañable que padece una fatal enfermedad, un tibio amor que sirve de motivación o la solidaridad de los amigos que solo aparece cuando el relato lo requiere. Es cierto que todo esto está estructurado de forma precisa y eficaz, pero no por ello se debe pasar por alto lo manipuladora y efectista que está concebida la puesta en escena y su narración.

Decenas de personas han pasado alrededor del mundo por este popular concurso, pero la particularidad de este participante es su origen y las difíciles condiciones que tuvo que superar para conseguirlo. Pero especialmente, tanto el personaje como la película, consiguen una inusitada trascendencia por las implicaciones políticas. No era un joven el que cantaba, sino todo un país oprimido ante el silencio del mundo entero. No solo es una película sobre una historia de éxito y superación, sino el relato épico y emotivo de una nación victimizada que pudo hacer de este episodio un símbolo de su lucha y dignidad ante la comunidad internacional. Sigue siendo cine, pero no tanto en su valía como un medio de expresión, sino más bien como un vehículo para impactar emocionalmente al gran público.

La defensa del dragón, de Natalia Santa

Tumbar el propio rey

Oswaldo Osorio

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Hay ajedrecistas que abandonan las partidas cuando las ven perdidas. No tienen la paciencia ni la disposición para tramitar y recibir la derrota. No parecen interesados por el fin sino por el juego, pero solo por aquel en el que tienen la expectativa de ganar. Viven como reiniciando la vida, forzando nuevas oportunidades. Eso hace Samuel, el protagonista de esta película, tanto en el juego como en su existencia, la cual parece estancada en ese bucle de reiniciar partidas, a la espera de ganar alguna.

Samuel tiene poco más de cincuenta años, es maestro de ajedrez y padre de una hija de la que poco se ocupa. Junto con dos amigos mayores que él, deambula por la ciudad y por la vida. Juegan, conversan y esperan lo que tal vez nunca va a llegar. Es una sensación de patetismo y declive que permanece con ellos, sobre todo con Samuel, durante casi todo el relato. No es la vida sino un sopor de ella.

Es una vida sin excitaciones, casi inmutable. Por eso, la fuerza de la película está, no tanto en un improbable argumento ni en la intensidad de un drama que no llega a concretarse, sino en la mirada que la directora hace de estos tres hombres y su cotidianidad. Ella sí parece con la sensibilidad y paciencia para percibir y tramitar esa lenta derrota. Y lo hace desde la construcción de personajes, los diálogos y la concepción visual.

Estos personajes están definidos, en principio, por sus oficios: el ajedrecista que ya no compite, el relojero de fina piñonería en un mundo digital y el médico homeópata jugador de póquer. Son personajes determinados más por sus carencias y marginalidad de un mundo que pasa raudo al lado de ellos. También definidos por su relación, una serena amistad guiada tanto por la solidaridad como por su mutuo reconocimiento como almas afines, a pesar de las evidentes diferencias.

Así mismo, los diálogos, que es donde más suceden cosas, se mueven con naturalidad entre los extremos de las nimiedades propias de la cotidianidad y las hondas reflexiones sobre la existencia y las relaciones interpersonales. Y lo mismo ocurre con el universo visual que encierra la parsimoniosa vida de estos tres hombres: es orgánico y lleno de detalles. Hay una suerte de filigrana en las imágenes, los objetos y los movimientos de los personajes que la cámara capta casi siempre con cuidado y desde una necesaria inmovilidad.

Natalia Santa hace aquí una película sobria, madura, aunque tal vez un poco distante emocionalmente, pero también de una tremenda sensibilidad para observar, describir y definir lo que es este mundo de tres hombres mayores que parecen estar en un prematuro crepúsculo de sus vidas. No obstante, siempre deja abierta la posibilidad de ganar una partida, o al menos de empezar otra cada que se les antoje.