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Viaje al interior de Filarmed, orquesta ganadora del Grammy Latino

Músicos profesionales, un nuevo director y el sueño de alcanzar un sonido único son las metas de la Orquesta Filarmónica de Medellín.

  • Los músicos de la Orquesta Filarmónica de Medellín son expertos intérpretes en sus respectivos instrumentos. La crema de la nata. FOTOS EDWIN BUSTAMANTE
    Los músicos de la Orquesta Filarmónica de Medellín son expertos intérpretes en sus respectivos instrumentos. La crema de la nata. FOTOS EDWIN BUSTAMANTE
  • La mayoría de los instrumentos son de la orquesta. Algunos pertenecen a los músicos.
    La mayoría de los instrumentos son de la orquesta. Algunos pertenecen a los músicos.
  • La totalidad de los músicos cuenta con un pregrado que avala su destreza.
    La totalidad de los músicos cuenta con un pregrado que avala su destreza.
Publicado el 20 de febrero de 2022

La Filarmónica de Medellín (Filarmed) –una de las cuatro orquestas profesionales del país– tiene dieciocho violines. En la familia de los instrumentos de cuerda frotada el violín es el más pequeño. Comparado con sus parientes –la viola, el violonchelo, el contrabajo– tiene un registro agudo, de filo de cuchillo, brillante. Suele estar hecho de maderas de abeto y arce. La suya es la imagen de la música clásica, incluso de la Filarmed: aparece en afiches, boletas, pasacalles, piezas publicitarias.

En la orquesta el encargo de los solos de violín –en los que el músico muestra su virtuosismo– le corresponde al concertino Gonzalo Ospina. Su trayectoria se conecta con la de la Filarmed desde sus orígenes. Tras pasar por la Filarmónica de Bogotá y el Grupo de Cámara de Antioquia, es el responsable en cada concierto de la carpintería acústica: deja a la orquesta en su punto.

Lo hace en los minutos previos a la entrada a escena del director: le pide al oboísta marcar el La para ajustar los vientos y luego las cuerdas.

Por su papel de concertino oficia de puente entre los intérpretes –66– y las directivas artísticas y ejecutivas. Si al director no le satisface el trabajo del algún músico de planta, Ospina intermedia, lima asperezas. Si los músicos tienen una queja o pedido, él lleva el recado. La música es el fruto de concertar diversos ritmos, utensilios, empeños. También voluntades y energías.

El martes de la tercera semana de febrero, sentado sobre una tarima pequeña, Gustavo –camisa negra de cuello alto y manga larga, salpicada con notas musicales– conduce los ensayos previos al arribo del pianista israelí David Greilsammer, nuevo director artístico de la orquesta (ver Entrevista).

Gesticula, mueve la batuta, pasa las páginas de la partitura, conversa con Manuel López, segundo concertino. Preparan Guía de orquesta para jóvenes, Op. 34, la pieza del repertorio del día siguiente. La música es una ola que sobrepasa los metros cuadrados del coliseo del antiguo colegio de Palermo, convertido en 2021 en el hábitat de la Filarmónica y el Ballet Metropolitano.

Un mohín de Gonzalo detiene todo, algo detectó: un acorde suelto, el titubeo en una flauta. Una hora después dirá: “El error es valioso, equivocarse también es bonito (...). La música es el único arte en el que las cosas son de verdad espontáneas. La música existe cuando suena, no tenemos segundas oportunidades”.

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Al igual que el de un equipo de fútbol, el director de orquesta, que ahora asumirá Greilsammer, lleva los esfuerzos individuales hacia una meta colectiva. Posee una perspectiva global: mientras en los atriles del resto están las particellas –partes desglosadas de los vientos, las cuerdas, los metales–, en el del director descansa la partitura, el mapa completo de las obras.

No está obligado a tocar todos los instrumentos, pero sí debe ser un buen pianista: por la amplitud de su registro, el piano es una especie de metáfora de la orquesta. Con la mano derecha aferrada a la batuta, el director marca el tempo, el ritmo exacto de la música. Con la izquierda da indicaciones, el ingreso de los solistas o de las filas.

En cuarenta años, la Filarmed ha tenido tres directores titulares y muchos invitados. El médico Alberto Correa Cadavid fue el primero. La orquesta nació en el garaje de su casa –Barrio La Palma– el 16 de abril de 1983 a las tres de la tarde. A él lo reemplazó en 2013 el chileno Francisco Rettig. Desde 2017 –cuando el periodo del austral terminó–, las directivas de la orquesta quisieron conocer y experimentar otras maneras de dirección orquestal.

De la lista de convidados en ese tiempo salió una terna de candidatos a esgrimir la batuta: Robin O’Neill, Christian Vásquez y David Greilsammer. Basados en las calificaciones de varios grupos de evaluadores se escogió a Greilsammer. Radicado en Suiza, el músico tiene el doble objetivo de darle a la orquesta una identidad definida y de aprender castellano en menos de un año.

La mayoría de los instrumentos son de la orquesta. Algunos pertenecen a los músicos.
La mayoría de los instrumentos son de la orquesta. Algunos pertenecen a los músicos.

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Para los antiguos griegos, Apolo y Euterpe –jóvenes en la flor de la carne– son los custodios de la música. Él fue un exquisito maestro de la lira entre tanto a la musa los pintores la representaron coronada con una diadema floral y con un doble flautín en las manos.

Los católicos le confieren a Santa Cecilia la dignidad de ser la patrona de los músicos. A diferencia de las historias griegas, en la de Santa Cecilia no hay rastro de destreza peculiar para tocar algún instrumento o para el canto. La música orquestal es una suerte de manufactura: es el efecto estético de presionar teclas, pulsar cuerdas, golpear superficies templadas.

Los músicos de las orquestas profesionales son la elite de los intérpretes. La mayoría cuenta con estudios universitarios y una profusa experiencia en la enseñanza.

En la plantilla de Filarmed hay 13 mujeres, 53 hombres. La sección de las cuerdas es la parte nutrida: los ya mencionados dieciocho violines (diez primeros y ocho segundos), siete violas, siete chelos, cinco contrabajos. El motivo de la cantidad es simple: no suenan tan fuerte.

Sigue la lista: tres flautas, tres oboes, tres clarinetes, tres fagotes, cinco cornos, tres trompetas, tres trombones, una tuba, cuatro percusionistas y un arpa.

El grueso de los miembros de Filarmed es de origen colombiano. Hay cinco venezolanos, dos búlgaros, un español y un israelí. Su rango salarial oscila entre los tres y medio y los siete millones de pesos.

Así Platón y Beethoven dieran en la diana al hablar de la naturaleza espiritual de la música –los adjetivos etérea y sublime son casi forzosos–, esta requiere de una estructura económica para existir. Un concierto –con gastos administrativos– puede costar cincuenta y cinco millones de pesos. La cifra del funcionamiento anual de la Filarmónica asciende a los ocho mil millones de pesos. La plata sale de los bolsillos del sector público, de la empresa privada, de la gestión y de los donantes.

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Antes del ensayo del martes 15 de febrero –fecha de la presentación de Greilsammer a la prensa– y después de una breve intervención del israelí desde la pantalla de un Smart TV enorme, catorce músicos vestidos de negro entran a la sala de Filarmed. En un parpadeo el ambiente muta: suenan la Obertura de Guillermo Tell y un fragmento de Carmina Burana.

Tras el breve concierto, María Catalina Prieto –flautista con posgrado en manejo de empresas culturales– habla con los invitados y traduce al inglés las preguntas dirigidas al músico. Desde el 24 de mayo de 2021 es la directora ejecutiva. Hasta entonces fue la segunda a bordo de Ana Cristina Abad.

En las paredes de la oficina de María Catalina penden pinturas hiperrealistas de instrumentos de música. En el mueble ubicado detrás de su asiento hay libros y unos cuantos discos. Lleva en el anular derecho un anillo dorado y en el izquierdo uno oscuro.

En sus primeros días en la ciudad vivió de lunes a viernes en hoteles para regresar los fines de semana a Bogotá, su ciudad natal. Al quedar vacante a inicios de 2021 el puesto de la dirección compitió con catorce candidatos para reemplazar a Abad. El proceso tardó cuatro meses de entrevistas, redacción de proyectos, pruebas. Una vez la junta el consejo directivo la escogió se propuso dos metas, a esta altura ya conquistadas: culminar con éxito la búsqueda de una sede propia –la orquesta ensayó en Aranjuez, el Metropolitano, el ITM de Boston, el Centro Comercial Oviedo– y nombrar un director titular.

La de los músicos es una vida exigente: hace falta un temple especial para gastar tiempo y energía en dominar los laberintos del pentagrama. Como en casi todas las profesiones, la cama es chica para el número de la gente. Cuando se abre convocatoria para llenar un cupo de esta orquesta el camino de los postulantes es largo, lleno de misterio.

Primero, deben mandar un video en el que se les vea y escuche ejecutar dos movimientos contrastantes –uno rápido, el otro lento–. Los semifinalistas sortean el orden de la presentación ante un jurado que no les ve la cara: tocan detrás de una cortina. Les retiran los celulares y a las mujeres no se les permite llevar tacones.

Los sobrevivientes deben –ahora sí a la vista de los jueces– demostrar virtuosismo y capacidad de ensamblar su música con la de la Filarmónica. En las distintas etapas se eliminan a muchos. De nuevo, el símil del fútbol resulta útil: de los cientos de aspirantes, pocos llegan a los escenarios profesionales.

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¿Y el público? Desprovisto de él, el arte sería el árbol que cae en la mitad del bosque sin quien lo vea o lo escuche. Con sus campañas pedagógicas con las que va a los barrios o toca para los niños los domingos, y sus recitales en clínicas en los días del confinamiento por la covid-19, la Filarmed ha cultivado una audiencia cercana, fiel. Un concierto sinfónico es de las pocas experiencias místicas vigentes en el mundo del capitalismo pop.

$!La totalidad de los músicos cuenta con un pregrado que avala su destreza.
La totalidad de los músicos cuenta con un pregrado que avala su destreza.
Ángel Castaño Guzmán

Periodista, Magíster en Estudios Literarios. Lector, caminante. Hincha del Deportes Quindío.


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