En 2010 tenía en una bodega de Barrio Antioquia (Medellín), 2.000 kilos de fique teñido que había trabajado con los indígenas huitotos del Amazonas. Un accidente consumió en segundos su trabajo elaborado por años, pero fue como una epifanía: no era el fin sino el comienzo del camino.
“Ese día entendí que el objeto no importaba porque mi trabajo es sobre el saber. Cuando todo se echó a perder quedé tranquila, tenía el research, el conocimiento con el que podía entender e interpretar el mundo”, dice la artista antioqueña Susana Mejía (1978), mientras choca las palmas, con la seguridad de quien aprendió la lección.
El hilo incinerado no le importó. Su objetivo no era teñir dos toneladas. “Todo esto es efímero y está dedicado a acabarse”. Mira su...