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La futbolista paisa Verónica Arcila sufrió para escapar de la guerra entre Hamás e Israel: esta es la historia

La futbolista antioqueña, de 30 años, jugaba en un equipo de una ciudad ubicada a media hora de la Franja de Gaza, territorio palestino.

  • La futbolista antioqueña Verónica Arcila llevaba cerca de un mes jugando en el fútbol de Israel. Llegó el pasado mes de septiembre. FOTO: JULIO HERRERA
    La futbolista antioqueña Verónica Arcila llevaba cerca de un mes jugando en el fútbol de Israel. Llegó el pasado mes de septiembre. FOTO: JULIO HERRERA
20 de octubre de 2023
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La guerra entre Israel y Hamás dejó una marca en Verónica Arcila. A simple vista no se le nota. Su cuerpo no tiene ninguna laceración. Su personalidad sigue siendo espontánea. Se ríe con frecuencia cuando habla.

Quien la mira por primera vez solo ve en ella a la futbolista exitosa de 30 años que ha jugado en los mejores equipos del país y en el extranjero, pero no a la mujer que vivió en una tensión constante, pensando que se iba a morir, desde el sábado 7 de octubre, día en que empezó la guerra, hasta el domingo 15, cuando llegó a Bogotá en el segundo vuelo humanitario que trajo a los colombianos que vivían, o paseaban, en Israel.

Momentos de tensión

“Yo no he dormido bien. Esta semana hubo un momento muy duro. Estábamos acostadas (con Juliana Zea, su pareja) y empezó a llover, cayó un rayo que iluminó mucho y luego un trueno que sonó durísimo. Me levanté muy asustada. Era como estar viviendo de nuevo lo que pasó allá”, aseguró Arcila, sentada junto a Juliana en el sofá de su apartamento en Medellín.

Era la tarde del miércoles. Verónica llevaba tres días en Colombia. Sus oídos ya no escuchaban el detonar constante de las bombas. Ahora solo oían el ladrido de sus dos perritas Pomerania. Sin embargo, en algunos momentos se sumía en sus pensamientos, se iba de la realidad y por su cabeza solo pasaban las imágenes de lo que vivió en Israel.

“Todo empezó en la madrugada del sábado 7. Yo estaba dormida, tranquila porque al día anterior había sido el shabat shalom (día sagrado para los judíos). De repente escuché que empezó a sonar una alarma y luego bombas. Pensé que estaba soñando”.

Pero no. Vivía el inicio de una guerra. Fue consciente de ello cuando su compañera de apartamento, una futbolista africana que junto a ella eran las dos extranjeras del equipo Maccabi Ashdod Panthers, tocó con desespero la puerta de su habitación.

Se levantó y bajaron al búnker antimisiles del primer piso. Estuvieron ahí, junto a una señora que las acompañaba en la casa, durante todo el sábado porque la alarma no dejó de sonar; los destellos de los misiles no pararon de iluminar el cielo y el sonido seco del impacto no mermó.

Salir fue difícil

Cómo iba a mermar si ella vivía cerca de Ashdod, una ciudad ubicada a 30 minutos de la Franja de Gaza, que es territorio palestino. A 11.551 kilómetros, en El Poblado, Juliana Zea, que también es su representante, empezó a gestionar el regreso de Verónica al país. Primero buscó vuelos comerciales. No encontró. Después mandó correos como loca a la Cancillería para que la tuvieran en cuenta en los vuelos humanitarios. Le respondieron que no era prioridad. Las autoridades colombianas asumieron que como estaba trabajando, el equipo debía ayudarla a salir.

“Conseguimos el número de la embajadora Margarita Manjarrez. Le escribí por WhatsApp, pero no me contestó. La llamé y me dijo que no me podía atender, que estaba resolviendo cosas más importantes. También que le dijera a mi familia que no mandara más correos”, agregó Arcila.

Del equipo la llevaron a la casa de un amigo del presidente. Era un lugar seguro, pero ella se sentía con miedo. No solo por las bombas, sino porque los miembros de Hamás empezaron a secuestrar y matar gente en las casas.

Pasó una semana. Eran las 3:00 a.m. del sábado y en medio de la zozobra a Verónica le llegó un correo que le informaba que la habían incluido en el segundo vuelo humanitario. Debía estar a las 2:00 p.m. en el aeropuerto de Tel Aviv y estaba lejos.

Despertó al amigo del presidente del club. Él la llevó la mitad del camino. El dirigente del equipo, que es un militar retirado y conocía las rutas por las que corrían menos peligro, la dejó en el aeropuerto a la 1:30 de la tarde.

El vuelo salía a las 2, pero se retrasó porque estaban tirando misiles. Un par de hora después volaron. En el avión tampoco se sentían seguros. Pensaban en que en cualquier momento podían impactarlos. Ella solo se sintió tranquila cuando, después de tres escalas, aterrizó en Bogotá. En la capital del país lloró por la emoción de saberse en casa. Media hora después la recibieron, con bombas y carteles, sus familiares en Medellín. Aunque físicamente no le pasó nada, psicológicamente quedó golpeada. Está en terapia y pronto espera volver a jugar fútbol, aunque no en Israel.

30
días llevaba Verónica en territorio israelí. Llegó en septiembre y tenía contrato hasta mayo de 2024.

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