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Cazados por la selva

  • Lisandro Mora, Edixon Caicedo, Oneiro Acosta y Jhony López, monitores ambientales comunitarios.
    Lisandro Mora, Edixon Caicedo, Oneiro Acosta y Jhony López, monitores ambientales comunitarios.
Publicado el 09 de febrero de 2016

El último animal que Édgar Lisandro Mora mató fue un mico perico que lloró al ver a este cazador experimentado levantar el machete sobre su cabeza.

Había quedado herido y cuando lo recogieron alzó las manitos para defenderse y derramó lágrimas igual que una persona. “Como si supiera que se iba a morir. Ahí empecé a reflexionar -recuerda Édgar- sobre lo que estaba haciendo”. Tal vez esa escena haya marcado el inicio de su tránsito de cazador a guardabosques. Hoy es monitor, aunque desde los 11 años atrapó su primer guara, un roedor similar al chigüiro.

Putumayo es un estado del alma. Existe un antes y un después tras visitar sus selvas, en las que hay desde espíritus sagrados que protegen los animales, hasta “taitas” que se convierten en jaguares y suelos ricos donde la vida siempre se abre camino. Es una selva que puede matarte si no sabes descubrirla, que te enseña a cada paso. Lugar de comunión con la madre tierra.

“La Amazonia es el regulador climático por naturaleza”, dice Alexánder Mejía, director de Corpoamazonia, mientras me enseña los ríos que corren a sus anchas y la lluvia que cae venciendo el verano. Alexander es un amante de la naturaleza y del remedio del yagé. Su oficina tiene cuadros alusivos a esta bebida ancestral y a indios kofán que se convierten en jaguares.

El yagé ha sido un remedio contra muchas cosas. Pero también ha sido un remedio cultural. “Fui cazador durante 18 años. Al correr del tiempo pasé a ser yagesero por mi papá y tuve muchas experiencias. Fue el remedio el que me impidió seguir cazando. Ahí vi cómo se movían en la selva los animales, aprendí que estaba cometiendo un error”, recuerda Héctor Jhony López, uno de los 13 monitores ambientales que vigilan el Piedemonte Amazónico del Putumayo.

Un programa que nació hace cuatro años como compensación ambiental por la red de transmisión internacional que la Empresa de Energía de Bogotá instaló desde la represa de Betania, en el Huila, hasta Ecuador. “Inicialmente se monitoreó las ‘especies sombrilla’, es decir oso, danta y jaguar. Comenzó un proceso muy bonito con la capacitación de la gente. En un comienzo eran 30, pero al final quedaron pocos. Los que aguantaron el proceso”, dice Henry Paz, coordinador del proyecto de conservación del oso andino y danta de montaña.

Cazadores, leñadores y pescadores ahora protegen el medio ambiente en municipios como el Valle de Sibundoy, Mocoa y Villagarzón. Tienen a su cargo monitorear 300.000 hectáreas de seis municipios. Una de las zonas más biodiversas del país y del mundo.

Ilvia Niño Gualdrón, Oficial del Programa para el Piedemonte Andino Amazónico de WWF Colombia, explica que priorizaron el oso andino, el jaguar y la danta de montaña, al ser “especies sombrilla”, que indican el estado de bienestar y salud de un ecosistema y de las cuales dependen las otras especies en la cadena de alimentación (la trófica).

La selva es inteligente, más sabia que nosotros los humanos, más perfecta y equilibrada que todo lo que conocemos en el mundo civilizado, más bonita que cualquier artículo de lujo y eso lo llevan tatuado en la piel estos monitores. Estos hombres, ya perdonados por la madre tierra, reconocen el error y viven ahora orgullosos por los grupos de dantas, tentes, guaras, armadillos, osos, jaguares y otra cantidad de animales que llegan a sus fincas. “Llevamos siete años sin matar a un animal -dice Lisandro- y ya volvimos a encontrarlos por estas sendas. Antes para mí significaban alimento, hoy son muchas cosas. Con ellos sabemos que tenemos muchas riquezas en nuestra zona”.

La necesidad económica ha obligado a estas comunidades a cazar para alimentarse, pero también hay un mercado negro de pieles, colmillos, grasa y carne. Chigüiros y manaos fueron unas de las especies que abandonaron el territorio pero hoy retornan nuevamente. “Ya uno los ve y no se asustan, son mansitos y no corren como antes”.

La necesidad económica ha obligado también a estas comunidades a cazar para vender pesuñas, pieles, colmillos, grasa y carne de estos animales a nivel local. “Nosotros cazábamos todo lo que se moviera, lo que echara sangre, menos culebra. Matábamos boruga, armadillo, venado, guara, danta, jaguar, oso, pavas, para el sustento de nuestras familias y comenzaron a desaparecer. Ahora los tigres (jaguares y pumas) llegan al pie de la casa, las dantas y los venados pasan a 200 metros del rancho, regresaron y se están reproduciendo”, explica Jhony.

La vereda en la que viven Lisandro, Jhony y otros dos monitores Oneiro Acosta y Edixon Caicedo, se llama Tigres del Alto, es una comunidad que se asentó hace 40 años en un lugar ubicado a cuatro horas del municipio de Villagarzón, Putumayo. Es uno de los asentamientos ambientales más fuertes de la Amazonia, rodeada por cabildos indígenas y que comprende un sitio riquísimo en fauna, agua y flora.

“En la Asociación Salado de los Loros acordamos quién entra, quién caza, qué caza, las cantidades de pescado para su consumo. Son 14 veredas y tenemos una reglamentación interna. Es prohibido pescar con dinamita o veneno y menos para vender en el pueblo”, resalta Jhony.

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Al que caza lo persiguen y al cazador lo huelen desde lejos. “Cuando me doy cuenta que un cazador pasa lo que hago es hacerle un seguimiento -cuenta Jhony-. Los trabajadores me advierten que por ahí hay rastros de personas. Y si oímos un tiro buscamos para qué vereda echó el cazador. Nos ofende que se metan aquí a cazar”.

El sueño de estos monitores ha sido lograr sostener el hábitat actual. “Cada animal que uno caza va a ser un animal menos en el sector. Cuando uno los caza van desapareciendo y si los deja de cazar va a aumentando la población. Hubo un momento en el que empezamos a tomar el ejemplo de Jhony y los que éramos cazadores tomamos la decisión de no cazar y ahí fue donde entramos a defender el territorio”, cuenta Oneiro Acosta, otro de los monitores ambientales de Tigres del Alto.

Oneiro nació en cuna de cazadores. Su olfato para encontrar huellas, senderos y animales nació con él. Junto a su abuelo aprendió a cazar con cauchera y con escopeta. Por eso conoce que los osos se matan entre mayo y junio; que la danta se caza en los saladillos y peperos; que el jaguar siempre retorna a sus presas para seguirse alimentando; y que la boruga se encuentra tras la noche de luna llena. Ahora protege desde la especie más pequeña hasta la más grande. Desde un pajarito hasta un oso.

“Es tan importante si uno protege las especies grandes como el oso, los jaguares y las dantas porque está protegiendo a todos los demás animales que van de ahí para abajo en la cadena”, explica Acosta.

Ahora los monitores cambiaron su rutina, recorren ríos, montañas, selvas y caminos a un paso imposible de seguir, para plantar cámaras en los árboles que se activan al paso de las especies. Otras las esconden en saladillos, que son lugares sagrados donde se alimentan animales protegidos por espíritus. De esa manera monitorean sus rutinas y redactan informes que son luego un argumento para la toma de decisiones sobre su territorio.

“Tenemos 1.442 registros entre las especies de osos, danta, jaguar, tigrillos, y otras especies. A partir de los resultados hay documentos técnicos sobre hábitat potencial. Los datos son puestos sobre la mesa para la toma de decisiones, como el nuevo rediseño de la variante San Francisco-Mocoa, que tiene en cuenta pasos de fauna en un lugar estratégico que es el puente que conecta los andes amazónicos con la llanura amazónica”, cuenta Gualdrón.

Al tiempo, los monitores educan a niños, jóvenes y adultos, en el grupo Amigos del Oso, la Danta y el Jaguar. En las escuelas como San Antonio del Porotoyaco y Villamazónica, tienen proyectos educativos ambientales y una serie radial llamada Huellas de conservación. “Los niños -comenta Jhony- se encantan mucho con las imágenes de los animalitos y les da pena que los papás los maten”.

El sueño de estos hombres es ver las selvas repobladas de animales y un ecoturismo que les dé sustento. Sueñan que las mineras de oro y coltán y las petroleras no amenacen más ese pulmón del mundo. “Un protector gana 1’200.000 pesos y un cazador 4 millones. Pero el dinero se acaba. En cambio, si se mata un ejemplar y lo venden, se acaban el dinero y las especies”, concluye Lisandro..

Contexto de la Noticia

Juan Luis Mejía Arango

Este artículo se publicó en el aniversario 104 de EL COLOMBIANO, con Juan Luis Mejía como director invitado.

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