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EL ENCARGO INEVITABLE

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • Desaparecer

Desaparecer

Casas vacías de Brenda Navarro es un libro tremendo desde la primera frase: “Daniel desapareció tres meses, dos días, ocho horas después de su cumpleaños. Tenía tres años”.

Mónica Quintero* | Publicado

Ahí sabemos la primera historia, la que nos va a llevar a descubrir a su madre, una mujer que perdió a su hijo en un segundo: estaban en el parque y ella conversaba con Vladimir, un amante esquivo, como lo nombra. La madre narra en primera persona lo que pasó y cómo se siente, además de los detalles de su vida, cómo conoció a Fran, por qué llegó Daniel si ella no quería ser mamá, pero de pronto sí, lo difícil que fue serlo –dejar su carrera de arte, que le dolieran los senos, sentirse tan cansada, llorar tanto–. Descubrir que era un niño autista, y que Fran no quería ser padre, él estaba más conectado con Nagore, la hija de su hermana que fue asesinada por su esposo.

Parece que no queda nada suelto en esta historia ni hay temas vedados: la maternidad tan difícil, la vida que se deja cuando un hijo llega, las relaciones de pareja, tener un amante, el feminicidio, las relaciones con los suegros, las relaciones con los hijos. Incluso está la pregunta por ser madre: ella, la mamá que pierde a su hijo, está a su vez obligada a ser la mamá de Nagore, la hija adoptada, la que perdió a su mamá porque su papá es un asesino.

P. 26. Respira. Quita la tierra que está encima de ti. Aguanta. Levántate. Respira. ¿Respirar para qué?

Está también la culpa que pesa, porque si ella no hubiera llevado el teléfono en la mano, dice, si no se hubiera distraído con Vladimir, Daniel estaría conmigo. La tragedia del hijo desaparecido que es un sentimiento que poco se puede expresar en palabras, porque también puede ser un alivio: ¿y si el hijo ya no está porque ella no quería, porque quizá no podía ser mamá? Y, sin embargo, tener ese dolor que no se va, la tristeza que no deja hacer otra cosa: no saber si el hijo que ni siquiera ha aprendido a hacer popó solo estará bien cuidado, si podrán entenderlo.

P. 30. Pero también pasa que a los niños los maniatan, violan, descuartizan, esclavizan, los vuelven pornografía. Pero también pasa que es posible que Daniel esté tirado en la basura, pudriéndose, oliendo mal, con cucarachas encima, con gusanos comiéndoselo.

De pronto, un poema de Wislawa Szymborska y la narradora cambia: ahora es una mujer mexicana que habla de Leonel. En este libro uno ve las dos vidas paralelas, y entiende que muchas cosas en la vida tienen explicación, o no, pero se conectan, se entienden de cierta manera cuando se tiene la historia completa: aquí sabemos dónde está Daniel, que ahora es Leonel.

P. 39. Mejor no hubiera llegado Leonel a nuestras vidas. Mejor se hubiera puesto a llorar muy fuerte cuando debió de hacerlo y no después, ya de camino. Yo era la mujer de la sombrilla roja que se subió al taxi cuando empezó a haber alboroto en el parque.

Aquí sucede uno de los momentos más bellos: ese cambio de tono, escuchar a esa nueva mujer que también va a hablar de la maternidad desde otro lado, desde la llegada de Leonel, el mismo niño perdido, pero en otra familia, con otro padre que no quiere ser su padre, y a su vez de la relación con su pareja, lo que acepta por querer una familia, por tener con Rafael y con Leonel una familia, aunque nada encaje. Aunque sea tan desgastante. Luego volverá la otra madre y van a contrastarse las voces hasta llegar al final, que es desconcertante y extraño y que nos deja una certeza: un niño ha desaparecido.

Dice una compañera española que tal vez hay diálogos de alguien español que no suenan naturales. Yo, colombiana, no los noté, pero me gustó la confluencia de voces, estar en la mente de las dos mujeres escudriñando en lo que sienten y piensan. Acompañarlas, en vivo, a eso que les está pasando, que se parece, pero no.

Casas Vacías es un libro para leerse de un tirón, casi sin respirar y, sin embargo, para dejar que se entren las palabras y golpeen y hagan preguntas fuertes y difíciles y sin miedo a preguntar ni a cuestionar ni a decir. En ese punto, me parece, está lo mejor de este libro: en la sinceridad.

P. 83. Daniel nació a las nueve de la mañana de un veintiséis de febrero. Daniel no había nacido para hacernos felices.

*Poeta.

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