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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

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Motomami

Jaime Monsalve | Publicado

Rosalía

Sony Music, 2022

Palabra de moda en el mundo de la música popular es el anglicismo featuring. O feat., como se le suele apocopar. Básicamente es una reducción de lo que antes llamábamos “invitado especial”, pero con la consideración adicional de que alguno de los, digamos dos, componentes del feat. tiene todo por ganar de la fama o el prestigio de la contraparte.

Cuando en aquel verano de 2016 apareció un nuevo capítulo en la tendencia, los fanáticos del sonido del popular artista urbano español C Tangana se preguntaban quién era esta Rosalía que aparecía a su lado en su canción Antes de morirme. Del otro lado del espectro, los aficionados al flamenco querían, como dijo su máximo ídolo, Camarón de la Isla, “romperse la camisita”: de repente la nueva promesa de la escuela catalana, acaso la sucesora de Mayté Martín o de Miguel Poveda en los terrenos del cante jondo, estaba traicionando al duende para pasar al terreno del reggaetón y el trap. Inaudito.

Motomami

Con todo y la natural actitud plañidera de los ortodoxos, en 2018 Rosalía estaba ofreciendo a sus muchos públicos El mal querer, álbum con el que conquistaba el mundo mientras ofrecía a los suyos la última obra maestra del flamenco. Un parteaguas del tamaño y genialidad de antecesores como La leyenda del tiempo de Camarón, Fuente y caudal de Paco de Lucía y Omega de Enrique Morente.

Y mientras tirios y troyanos le exigían bien la permanencia en el cante o bien el paso definitivo al mundo del perreo, La Rosalía, con sus uñas de 20 centímetros y una visión periférica de lo musical a prueba de todo, pergeñaba un breve y contundente viaje entre mundos como quien los recorre en moto. “Una mariposa, / yo me transformo, (...) yo me contradigo, yo me transformo”, inicia cantando, como en una declaración de principios, en Saoko, primer corte del trabajo. Esa facultad de ser una y ser muchas será la clave de todo el álbum, una pieza de 42 minutos que, con la producción de El Guincho, hace empleo de diversos elementos de la electrónica para reforzar esas idas y esas vueltas, esas sendas por las que nos conducirá con reciedumbre, con picardía y con jondura flamenca, siempre con el enorme empoderamiento de su feminidad.

Motomami hace escalas en la bachata en temas como La fama (donde esta vez el llamado al feat. es el productor canadiense The Weeknd), coquetea con la sexualidad exacerbada del reggaetón en Hentai, visita el bolero con el clásico Delirios de grandeza, popularizado en su momento por Justo Betancourt, y hace lo que le viene en gana con el flamenco en temas como Bulerías, en el que asume ese género tradicional y festivo con palmas ensordecidas, casi fantasmagóricas, y con la autoridad de una nativa de las Cuevas de Sacromonte. O del poblado catalán de San Esteban Sasroviras, donde creció.

Entre olés y perreos, Motomami es una cachetada con guante de seda para quienes querían encasillar el arte de Rosalía en la odiosa exclusividad de una sola perspectiva sonora.

* Periodista especializado en música y cultura, actualmente jefe musical de la Radio Nacional de Colombia

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