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De cómo el trabajo se convierte en hogar

Yennifer Uribe. | Publicado el 06 de noviembre de 2022

La camarista (2018) de Lila Avilés+

Una mujer se esmera por ser cada día mejor en su trabajo y espera ser ascendida. Esta premisa en apariencia simple y ordinaria trae tras de sí un desarrollo complejo que lleva a la confrontación del trabajo versus la vida misma. Los deseos y propósitos personales de Eve, la joven protagonista, son absorbidos por la vida laboral y esto lleva a reflexionar sobre una cotidianidad que se hunde cada vez más en la deshumanización por cuenta del sistema social que rige el mundo.

La camarista, primera película de ficción de la mexicana Lila Avilés nos adentra en el micro universo, muchas veces (casi siempre), desapercibido de las camaristas, cocineras, obreros, vigilantes de un hotel lujoso de una gran ciudad, en este caso de la Ciudad de México y lo hace con una forma fílmica contundente, en la que cada elemento sustenta la idea transversal de la cinta. Eve pasa extensas jornadas limpiando habitaciones de huéspedes de todas partes del mundo, cuyas vidas descubre mediante objetos y manías excéntricas a las cuales ella debe servir, así las diferencias de clases se traducen inevitablemente en diferencias culturales.

A Eve la descubrimos por el fuera de campo narrativo, poco sabemos de ella, pero lo suficiente para entender que entrega todo su tiempo al trabajo. Mediante algunas llamadas telefónicas entendemos que tiene un hijo pequeño que deja al cuidado de alguien más para poder trabajar, que es madre soltera y que vive muy lejos del hotel, es por eso que a veces prefiere amanecer ahí, en cualquier rincón donde no incomode (o no la vean), a las largas horas en transporte público atravesando la ciudad para ir a su casa. El hotel se convierte en el hogar de la camarista mientras se proyecta el ascenso que desea.

La timidez de Eve evoluciona sutilmente mediante gestos mínimos y algunos momentos de desinhibición que revelan su anhelo de libertad, pero un atisbo de emancipación real solo llega cuando Eve se atreve a desafiar su condición de empleada subalterna. No hay aquí acrobacias dramáticas, sino más bien discreciones narrativas que construyen con inteligencia el ritmo del relato con inspiración en los matices de una atmósfera densa y tediosa pintada de gris, como el uniforme de las camaristas, que contrasta con el brillo y la luminosidad de los espacios reservados para los huéspedes.

La película sugiere una delimitación radical del espacio al restringir las acciones de los personajes a la trastienda del hotel: las habitaciones, el restaurante de empleados, los ascensores, pasillos, baños, esos no lugares de tránsito y de anonimato, a los que tenemos el privilegio de acceder para conocer esa vida desapercibida que bulle detrás de lo visiblemente ostentoso: los pequeños momentos de ocio de los empleados.

La rigurosa apuesta estética logra su realización con una puesta en cámara que hace oda a la observación, que desenfoca a la protagonista, fragmenta su cuerpo o la ubica fuera del campo visual, como si la cámara fuera una extensión de una mirada que invisibiliza al otro, que niega su identidad. Es por eso que celebro el extrañamiento como recurso en la mirada a esa vida cotidiana de la clase trabajadora que aleja a La camarista de las convenciones del cine social latinoamericano.

*Guionista, directora de cine e investigadora. El deseo de descifrar la vida urbana, con sus diferentes esferas y matices, colores, sabores y sonidos, inspiran las historias que escribe.*

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