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Narrar, un proceso sin fin: sobre Mugre Rosa, de Fernanda Trías

Clemencia Ardila J | Publicado el 14 de octubre de 2022

Mugre Rosa de Fernanda Trías, Penguin Random House, 276 páginas.

Había una vez.

¿Qué?

Había una vez una vez.

¿Lo que nunca hubo?

Lo que nunca más.

(Fernanda Trías, Mugre Rosa)

Enfermedad, encierro, muerte y soledad son algunos de los elementos que configuran el universo narrativo de ‘Mugre Rosa’ (2020) de la escritora uruguaya Fernanda Trías. Una mujer al cuidado de un niño con síndrome de Prader Willi nos cuenta lo que sucede en una ciudad portuaria asolada por una rara y extraña plaga, nos relata sus padecimientos y su lucha por la sobrevivencia. Es una narradora que, en un gesto auto-reflexivo, se detiene a pensar qué narrar, qué cifrar, qué callar o cómo contar y organizar la historia y con ello invita al lector a demorarse no solo en los sucesos sino también en el acto mismo de contar.

En el segundo párrafo nos dice: «Si voy a contar esta historia debería empezar por algún lado, elegir un comienzo. ¿Pero cuál? Nunca fui buena para los comienzos. ¿El día del pez, por ejemplo? Esas cosas minúsculas que marcan el tiempo y lo vuelven inolvidable». Además de afirmar (de manera engañosa) su incapacidad para precisar el momento exacto del inicio de la historia, también nos ofrece una suerte de ars poética acerca de lo que merece ser literatura: asuntos nimios, quizá insignificantes en un primer momento, pero cuya importancia se revela al quedar impresos en la memoria. “Las pequeñas cosas inmutables, incomprensibles pero inmutables”, precisará más adelante.

Narrar, un proceso sin fin: sobre Mugre Rosa, de Fernanda Trías

En qué momento exacto se altera nuestra cotidianidad y nos vemos inmersos en una trama, parece ser la inquietud de la narradora, quien una y otra vez reitera cómo la acción de fijar en el tiempo y en el espacio de la escritura la ruptura de un orden es arbitraria y subjetiva y, por eso mismo, significativa. El poder de quien moldea el lenguaje para construir una historia se evidencia en tales decisiones: «Este es el punto de mi relato, el falso comienzo. Aquí podría fácilmente inventarme un augurio o una señal de todo lo que vendría después, pero no. Eso fue todo: un día cualquiera a una hora cualquiera, excepto por ese pez que se elevó en el aire y volvió a caer en el agua».

La memoria es la médula de la narración. Pero sucede que, como una «vasija rota», es frágil y por sus fisuras se cuela el tiempo, se deslíen las imágenes, se disloca el pensamiento. Es entonces cuando la narración, asumida como una exploración de sí, de nuestro pasado y el de los otros, se ofrece como única posibilidad de organizar el tiempo, de hilar los hechos, de intentar comprender nuestras relaciones y de justificar nuestras acciones. Así Trías nos presenta la literatura como una estrategia para re-configurar el mundo en un proceso sin fin, ya que también el desenlace de una historia comparte ese carácter inestable, variable y mudable de su apertura: «un final es solo la constatación de que algo más ha empezado», nos dice cuando inicia el cierre de su historia. He ahí otro juego conceptual de los que tanto le gustan a la narradora y a la paradoja como un rasgo estilístico de la autora.

*Profesora e investigadora en literatura.

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