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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • Iustraciones Laura Ospina
    Iustraciones Laura Ospina

Los desafíos interculturales de la migración

Los migrantes se enfrentan a situaciones complejas y hostiles. Las sociedades tienen un reto en ese conflicto natural que aparece cuando chocan las culturas. El arte es fundamental en el proceso de encontrarse.

Adriana González Gil Ph.D y Agustín Parra Grondona Ph.D | Publicado

En las ciudades parecería que no nos diéramos cuenta. Aunque en los semáforos se repiten sin cesar las imágenes de quienes han sido arrancados de raíz de sus territorios, la luz roja no tarda mucho en cambiar y los buses y vehículos particulares reemprenden su marcha. En este flujo cotidiano, un día nos percatamos de que no eran solo uno o dos, sino decenas, cientos, miles que atravesaban Colombia a pie o a lomo de tractomula. Se hicieron visibles incluso en un país como el nuestro acostumbrado al desplazamiento forzado porque recorrían masivamente el país en todas las direcciones posibles.

Esto no solo ocurre en Colombia. Hoy en día asistimos a un aumento inusitado de la migración internacional. Destinos diversos, trayectorias inéditas y múltiples motivos para viajar se han multiplicado en los años recientes. Poblaciones que en el pasado ni siquiera pensaban en la posibilidad de viajar, hoy lo hacen de manera frecuente. El mundo abierto y sin fronteras que prometió la globalización pareciera, en ocasiones, estar al alcance de casi todos. Expectativas y sueños gravitan entre los móviles de la migración.

Sin embargo, las oportunidades devienen, en ocasiones, en restricciones. Ahora las limitaciones a la movilidad humana nos parecen naturales, pero con frecuencia se nos olvida que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 13, consagra el derecho de toda persona a entrar y a salir de cualquier país. En el papel, usted y nosotros tenemos pleno derecho a movilizarnos y también el derecho a permanecer en el sitio de origen o en un lugar libremente elegido. La realidad es otra.

La masificación actual de la migración desafía la capacidad de respuesta de las sociedades receptoras, transformando la imagen de la interacción natural entre los pueblos en una supuesta incomodidad en la cotidianidad de la población nativa. No negamos que la llegada de gran número de inmigrantes produzca sentimientos encontrados entre la población autóctona: solidaridad, compasión, simpatía, lástima, desconfianza, miedo, resignación o rechazo.

Es el marketing político el que induce a ciertos líderes a construir un discurso sin ningún sustento fáctico, basado en la supuesta amenaza que representan los migrantes a la estabilidad y al bienestar de una sociedad, lo cual no solo genera votos, sino que fomenta una serie de estereotipos y estigmatizaciones que construyen el imaginario de que la migración es un problema público.

De acuerdo con esta visión, los inmigrantes solo toman la riqueza y los trabajos de las sociedades de acogida y no aportan nada a cambio. Por el contrario, los datos del Banco Mundial y de la OCDE demuestran que los migrantes pagan más impuestos y contribuciones sociales que los beneficios individuales que reciben. Más interesante aún resulta el hecho de que la inmigración tiende a impulsar la proporción de la población que está empleada y, en algunos casos, el PIB per cápita, lo que contradice el mito de que los inmigrantes solo llegan a quitarles el empleo a los nativos. Los inmigrantes aportan al desarrollo económico de los países de acogida y también contribuyen significativamente a la economía de sus países de origen mediante las remesas que envían.

Con el propósito de garantizar una migración “ordenada, segura y regular”, los gobiernos han adoptado medidas de control que, aunque se denominen como acciones humanitarias, ocultan el propósito de restringir la migración no deseada. Sin duda, la presencia masiva de poblaciones en condiciones precarias constituye un desafío para los gobiernos, las organizaciones de la sociedad civil y la población en general. Sin embargo, esto no justifica la implementación de medidas restrictivas que terminan profundizando la vulnerabilidad de la población migrante. Resulta paradójico que la intención de regularizar esta situación en las sociedades de destino mediante los controles migratorios termine promoviendo la irregularidad, la exclusión e incluso la persecución.

Quienes no logran regularizar jurídicamente su estadía a través de visados, permisos de trabajo o asilo político terminan siendo asediados por las autoridades migratorias, deportados a sus países de origen o detenidos en centros especiales mientras se define su situación.

Este abordaje profundiza la precariedad de los migrantes al facilitar la acción de organizaciones criminales que aprovechan estas circunstancias para someterlos a la explotación, la trata de personas y a otras formas de violencia, vulnerando sus derechos. La encrucijada de la población migrante en su tránsito por diferentes fronteras en busca de su destino definitivo demanda la atención gubernamental y el apoyo social necesario para proteger sus derechos y evitar que sean víctimas del crimen organizado.

Migrar de manera voluntaria y planeada con el objetivo de lograr ciertas metas o hacerlo de manera forzada e inesperada para proteger la integridad y la vida ante diversas formas de violencia estructural (como la pobreza) o directa (como la que ejercen actores armados) obliga por igual al migrante a enfrentarse a situaciones complejas, difíciles y, en ocasiones, hostiles. Ya sea por razones económicas, educativas o familiares, migrar implica un desarraigo que generalmente se acompaña de nostalgia.

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Llegar a un territorio desconocido genera incertidumbre y sentimientos de inadecuación ante las nuevas costumbres o la lengua de la cultura local. Si al migrante lo acompañan sus hábitos y costumbres, es decir, sus modos particulares de hacer las cosas, usualmente estas entran en conflicto con las maneras propias de proceder en la cultura a la que arriba. Dependiendo de las maneras como se tramiten estos conflictos interculturales puede resultar un enriquecimiento tanto de la cultura local como del patrimonio cultural inmaterial de los migrantes o, por el contrario, un proceso sistemático de exclusión y discriminación que conduce a la marginalidad y ahonda la vulnerabilidad de los migrantes, quienes usualmente terminan siendo relegados a guetos en las periferias de las ciudades.

El abordaje del conflicto natural entre las culturas que llegan y la cultura que recibe requiere de una interacción recíproca y de una apertura a escuchar las diferencias, sin que se sienta una amenaza a la propia identidad cultural por entablar este diálogo entre culturas distintas.

La responsabilidad de la adaptación no se ha de colocar exclusivamente en el recién llegado, pues de ser así no habría una verdadera integración sino un proceso de asimilación cultural en el cual la cultura receptora devora las diferencias culturales de los migrantes.

Esta asimilación cultural no es más que una forma de violencia simbólica que busca eliminar lo diferente, lo distinto. Para que se pueda dar una auténtica integración es necesario partir de una actitud de apertura en ambas partes, tanto del que llega como del que recibe. La responsabilidad de la integración es compartida y muchas veces los obstáculos a la integración de los migrantes radican en que las culturas de acogida se niegan a asumir su responsabilidad cotidiana en esa integración.

El reto de las culturas receptoras es abrirse a la escucha de las diferencias a través de interacciones significativas con los recién llegados, lo que a la larga les permitirá convertirse en verdaderas sociedades de acogida. Es a través de la disposición y apertura a la integración por ambas partes que se posibilita el intercambio equilibrado, no exento de fricciones cotidianas, pero que potencia y enriquece la vida en común y contribuye al bienestar general.

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Por otra parte, no debemos olvidar que el desarraigo cultural y familiar, así como la desintegración de las redes de apoyo social que tenían los migrantes en sus territorios de origen conllevan enormes retos afectivos, tan complejos que las palabras son insuficientes para nombrarlos. Aquí adquieren especial relevancia las prácticas artísticas en contextos sociales, ya que brindan a los migrantes espacios de libre expresión de una interioridad que lucha por salir a flote para enraizarse en el nuevo territorio. Los espacios de creación por medios artísticos contribuyen a transformar simbólica y sensiblemente el torbellino de afectos que se proyecta entre las memorias del territorio que han abandonado y las expectativas futuras en su nuevo hogar.

De esta manera, las artes promueven estrategias de regulación emocional que cualifican las capacidades de integración de los migrantes a la nueva cultura. La creación artística les permite empoderarse en su actual territorio de residencia y construir vasos comunicantes entre los otros migrantes y la sociedad de acogida.

*Investigadora del Grupo Estudios Políticos e integrante del Comité académico de la Unidad Hacemos Memoria, Universidad de Antioquia. Investigadora del GT Migraciones y Fronteras Sur Sur de CLACSO https://www.clacso.org/migraciones-y-fronteras-sur-sur/ y del proyecto (In)movilidades en las Américas (https://www.inmovilidadamericas.org/).

**Profesor de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia. Es investigador senior del proyecto TransMigrARTS, miembro del programa La Paz es una Obra de Arte (https://lapazesunaobradearte.wixsite.com/misitio) y del comité académico de la maestría interdisciplinar en Conflictos, Paces y Derechos Humanos de la Universidad de Antioquia.

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