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EL ENCARGO INEVITABLE

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • Raudal de Jirijirimo en el río Apaporis, uno de los lugares más sagrados para los Tucano. En la fachada de una escuela se lee en barasano: “Los niños hacen todo bien”. Fotos: Andrea Mejía.
    Raudal de Jirijirimo en el río Apaporis, uno de los lugares más sagrados para los Tucano. En la fachada de una escuela se lee en barasano: “Los niños hacen todo bien”. Fotos: Andrea Mejía.

Yuruparí

¿Dónde queda el lugar en el que los dioses crearon el mundo? ¿En qué idioma fue concebido? En la selva del Vaupés existe el ritual del Yuruparí, patrimonio inmaterial de la humanidad, que custodia “el conocimiento para el manejo del mundo”.

Andrea Mejía* | Publicado

Hay una trocha abierta en la selva. Saí avanza con un machete en la mano. Vamos a pasos pequeños, menudos, rápidos, como andan siempre ellos en el monte. Saí se detiene de pronto y le pregunta algo a Etelvina en barasano. Hay una rama atravesada en el camino, un bejuco verde, brillante, delgado. Se ondula en espirales. Ella le responde, se cruzan palabras que no entiendo. Saí corta otra rama, la mueve en el aire como una vara mágica, dice unas palabras, y toca la rama atravesada en el camino con la rama que ha cortado. Me parece que sigue las indicaciones de Etelvina. Una vez la ha tocado, la taja de un golpe de machete.

—Es para evitar el mal del tigre —me responde Saí cuando le pregunto qué es lo que ha hecho.

Seguimos andando en silencio un rato, entre las hojas cobrizas y brillantes. Vetas rojas y verdes en los troncos, en las ramas, por todas partes. Se oyen los monos aulladores, el pájaro del trueno. Deben ser las cinco. Salimos de la espesura cuando empieza a hacerse oscura.

—Usted camina rápido —dice Etelvina.

Me siento halagada, aunque viéndolo bien, no tiene nada de bueno, en principio, caminar rápido. Tampoco caminar despacio. Cada uno va ocupado a su manera con el camino. Pero me gusta el ritmo silencioso y parejo al que avanzamos, todas las tardes, selva adentro, hasta el raudal de Jirijirimo, uno de los lugares más sagrados para los Tucano, en donde el río Apaporis se despeña con estruendo entre sus propias piedras y su agua, formando una bruma irisada. Es, según me han contado en historias largas y elaboradas, el lugar en el que los dioses crearon el mundo. Cada vez que voy pienso que sí, que es verdad, que este es el lugar en el que cada segundo el mundo nace.

—Se pasa rápido el tiempo caminando —digo por decir algo.

Una garza azul cruza el río. Todavía siento el brazo adolorido por varias noches de mala postura en la hamaca.

Detrás de mí va Etelvina, y detrás de Etelvina, va Vilma. Vilma tiene ojos vivos, alegres, y un rostro que muda sin transiciones de la alegría al mal humor, cuando parece que maldijera, aunque no puedo saberlo porque entonces habla solo en barasano, a un ritmo muy distinto al que habla en español, lo que me hace creer que Vilma en una lengua es amable y en la otra es terrible, divertida y malvada. Su nombre indígena es Moaina. Le digo que Moaina me gusta igual que Vilma, aunque Moaina me gusta mucho más.

Al día siguiente volvemos por la misma trocha al raudal y por la noche visito al payé en su casa para ver si puede hacer algo por mi brazo. El payé recién va entrando a su casa con limones recién recogidos entre los brazos.

—¿Recuerdas algún espíritu al que le hayas hecho daño?

—¿Espíritu? —me hago la que busco en la mente—. No.

—¿Recuerdas algún espíritu? —me da un palmadón en la espalda.

Me rio. Su pecho es azul, está frío, como una planta de agua. Está cubierto por la misma pintura que me han puesto en las manos para la fiesta del día siguiente.

—Alguien está enojado contigo. Por eso te duele ese brazo.

Faustino Rojas, se llama. Payé es como le dicen en la selva del Vaupés a los curanderos, hombres medicina o chamanes. De los labios verdes de Faustino se escapa un fuerte vaho a aguardiente. Lengua verde, dientes verdes por el mambe. Adentro su boca es oscura. Es buena persona. Me parece que es mejor persona que brujo.

La fiesta que tendrá lugar al día siguiente es una ceremonia parecida al gran ritual de Yuruparí, aunque no es la misma, porque la ceremonia de Yuruparí es altamente sagrada, un rito de iniciación masculina y de remembranza que hace parte de un conjunto de saberes rituales y prácticas llamadas Hee Yaia Keti Oka: “conocimiento tradicional de los jaguares de Yuruparí para el manejo del mundo”, declarado en el 2011 patrimonio inmaterial de la humanidad por la Unesco.

En la gran fiesta de Yuruparí es raro que puedan participar extranjeros “blancos”. Es imposible que entren las mujeres, que no pueden siquiera ver la ceremonia. Esta vez, en cambio, asistirán mujeres y niños de la comunidad, además de los danzantes, y del payé, claro. Se tomarán grandes cantidades de yagé crudo, mil veces más suave que el yagé cocido que se toma en el Putumayo.

Aquí se permite ofrecer yagé a las mujeres “blancas”, siempre y cuando no estén menstruando. Las mujeres de la comunidad se abstienen de tomar. El yagé se alterna con totumadas generosas de chicha. La ceremonia se llevará a cabo para sanar a la comunidad de una infección respiratoria que no es Covid, aunque el Covid está entonces en pleno auge. Se usarán las mismas flautas, los mismos instrumentos musicales, como el extraño instrumento hecho con el caparazón vacío de una tortuga y que emite un silbido parecido al canto del grillo, los mismos sonajeros hechos de semillas amarrados a los tobillos de los danzantes, las mismas plumas sagradas que se usan en la gran fiesta de Yuruparí, que tiene lugar en una época distinta del año.

Según me cuenta Etelvina, hay cuatro épocas en el calendario tradicional de los Tucano: la época del Yuruparí, la época de los frutos silvestres, la época del gusano y la época del cultivo. Ahora estamos en la época del gusano. La fiesta de Yuruparí es la más importante de ese calendario.

Me he hecho amiga de Etelvina. Es ella la que me pinta las manos con ese tinte azul negro para protegerme de los espíritus durante la ceremonia. También me pinta la cara y se la pinta ella con una tintura vegetal roja. Etelvina es joven, y todos los días llega desde una comunidad cercana hasta la escuelita de la comunidad de Pacoa Buenos Aires, a orillas del río Cananarí, que en ese punto ya está muy cerca de su desembocadura en el Apaporis deslumbrante. En la escuelita puede leerse en letras blancas sobre tablas pintadas de azul: DAKERÃMA KENASE RINE YIRÃ NÃÃMA, “Los niños hacen todo bien”, según me traduce. Etelvina es profesora de los niños de la comunidad. Todos le dicen “la profe”.

En el mito de Yuruparí, recogido por primera vez en español como traducción de la versión del mito que transcribió Ermanno Stradelli, Yuruparí es un héroe épico carismático que impone orden y leyes patriarcales a una sociedad que había sido tomada por las mujeres. En esa versión, el término “Yuruparí” termina siendo también asociado a instrumentos mágicos, a unas flautas en particular, y en general a una música: “Y a lo largo del camino, de sus huesos salía una música nueva. El payé dijo: es la música del Yuruparí”, dice la versión de Stradellli. Aunque es un texto interesante y bello, esta versión traducida del italiano al castellano es dudosa como fuente de los saberes de los hombres jaguar. Se debe leer, creo, más como un texto en sí, separado.

Hacia las cuatro de la tarde bajo a la maloca desde la casa de Max, donde me estoy quedando. Había ayunado durante el día, como suelo hacer antes de tomar yagé, aunque Max y Saí y todo el mundo me han dicho que más me vale comer bien para aguantar.

—Allá tú —me dice Max con su tono rudo y altivo, en el fondo seguro, confiado—. Pero qué maña más rara.

Los hombres raspan el bejuco de yagé y lo machacan. No veo que le añadan hojas de otra especie de planta, aunque quizá lo hacen mientras me siento a fumar de un tabaco inmenso y largo que algunos de los hombres fuman sentados en la maloca. Es una especie tabaco muy sabroso y perfumado, el tabaco amazónico salvaje, completamente distinto al tabaco tipo Virginia que se utiliza en los cigarrillos industriales.

Faustino Rojas ya está en la maloca con una pañoleta roja atada a la cabeza. Está detrás de una especie garita tejida de palma en la que permanecerá oculto durante toda la ceremonia rezando el yagé, manteniendo el orden invisible de la ceremonia. El orden visible lo mantendrán los danzantes.

La ceremonia alterna rondas de yagé, chicha y danza con sentadas en las que los hombres se sientan a conversar con mambe y yopo. Más que a conversar, lo que los hombres hacen tras las primeras rondas es recitar nombres de ancestros y lugares, según entiendo. La recitación conjunta tiene un gran poder y un efecto sonoro impresionante. Parecen mantras.

A pesar de la chicha, la ceremonia mantiene este orden cíclico de danza, yagé, mambe y yopo hasta la madrugada. Es la única ceremonia en la que he estado en la que se mezclan durante la noche estas dos plantas sagradas: el yagé y la coca. El yagé que bebo, a pesar de que lo bebo en grandes cantidades, no se manifiesta en pintas o visiones, porque es crudo, como dije, o quizá porque no tiene la hoja de la Sabicea o de la Psychotria viridis, que es, en el preparado del yagé, la que ofrece las alucinaciones. Lo que siento que sucede es que los movimientos de los danzantes, los instrumentos, las flautas, el ritmo repetitivo de los sonajeros, lo que veo y lo que oigo, se integra en una sola visión, tejida, profundamente enlazada. Y entro en una especie de trance.

Cuando ya ha salido el sol, pido permiso para alejarme un poco de la maloca. Ya no me duele el brazo. Recibo un poema y lo copio. Un sirirí se me para en la cabeza. A lo lejos sigo oyendo las flautas. Me han dicho que debo volver a la maloca a comer la comida rezada: lapa, piña, danta, casabe y uva blanca. Después de ver el sol salir sobre la selva húmeda, es lo que hago.

*Escritora y doctora en Filosofía de la Universidad Nacional. Ha sido profesora de Ciencia Política y Filosofía de la Universidad de los Andes.

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