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“El destino más lógico de los libros es que el olvido los engulla”

Entrevista con Irene Vallejo, escritora de El infinito en un junco. Una conversación sobre la lectura, las bibliotecas y la construcción del libro que, pese a ser ensayo, arrasa en ventas.

Mónica Quintero Restrepo | Publicado el 23 de febrero de 2022

Irene Vallejo escribió El infinito en un junco mientras se resignaba a abandonar la escritura. No sabía si para siempre. La literatura no estaba funcionando: llevaba más de diez años como escritora itinerante de bibliotecas, de clubes de lectura, de ferias en pueblos o ciudades pequeñas. Su mamá le decía que era como una titiritera que llevaba los libros en el maletero del carro, una cómica de la lengua. Su hijo había nacido enfermo y debía dedicarse a él. Abandonar parecía lo más razonable y, sin embargo, Irene escribió en los ratos libres, cuando no estaba en el hospital, este libro de 434 páginas que ha sido traducido a más de 30 idiomas, ha vendido más de 335.000 ejemplares en el mundo, 23.000 en Colombia, y tiene 26 ediciones. El libro la cambió.

– Ha sido difícil asimilar la idea de que ese libro que imaginaba como mi adiós, en realidad era una bienvenida a algo más grande. Ha sido difícil salir de la incredulidad, que además ha sucedido en las circunstancias de la pandemia, en las que la vida ha cambiado. Muchas veces me sentía como si estuviera habitando la vida de otra persona. La realidad es que me siento muy feliz porque aquello que daba por imposible, que era vivir de la literatura, ahora lo tengo, lo he recibido como un regalo de los lectores. Por otro lado, existe esa responsabilidad de la exposición pública, de la presencia que nunca imaginé que tendría. No resulta fácil, pero también me da la oportunidad de reivindicar causas que creía perdidas, las humanidades y la lectura, en las que creo profundamente, y darles presencia pública. Esa es una gran oportunidad personal.

─ Ya que no fue un libro de adiós, sino de bienvenida, ¿seguirá escribiendo?

─ Por supuesto, yo iba abandonar la escritura con pena porque pensaba que los obstáculos eran demasiado grandes y que no podía más frente a tantas dificultades. Ahora los vientos se han vuelto favorables y estoy aquí en Medellín gracias al libro, mucho más lejos de lo que jamás hubiera imaginado que llegaría. Es una sensación de extrañeza, de constante adaptación, de tensión, y al mismo tiempo de alegría por aportar algo. Son emociones contradictorias, aunque realmente predomina la gratitud.

Ni siquiera Irene pensó en tener éxito con un libro de ensayos. Sus dos novelas, El silbido del arquero (2015) y La luz sepultada (2011), no fueron muy conocidas, y aunque El infinito en un junco tenía un tono narrativo, no dejaba de ser un ensayo con un montón de datos históricos y eruditos. Incluso los editores de las novelas le dijeron que no era para ellos, y por eso terminó en Siruela. El éxito los sorprendió a todos.

─ En El infinito en un junco cuenta que la humanidad publica un libro cada medio minuto, ¿cómo sobresale un libro entre tantos, por ejemplo el suyo?

─ Es un misterio, porque en efecto hay una catarata de libros y casi que unos se fagocitan a otros. Hay una lucha despiadada por el espacio vital, pero de alguna manera que es difícil de documentar, los lectores encuentran su libro entre la vagabunda. Hay algo que me llama la atención, y es que cuando nos gusta un libro nos volvemos proselitistas. Hemos leído algo que nos maravilla y queremos que las personas que están a nuestro alrededor lo lean. Y más allá de las campañas de mercadotecnia, de los intereses, de la publicidad, de los medios o canales por los que un libro puede abrirse paso o sonar, suceden fenómenos inesperados como el de El infinito, que se debe a que los lectores no son pasivos, sino que se esfuerzan por levantar y acoger un libro, darle alas, y no se conforman con que pase desapercibido. Se crea una voz, que en mi caso fue conmovedora e inesperada.

─ Hizo mucha investigación, tenía mucha información para escribir, ¿cómo fueron esos debates para decidir qué poner?, ¿cómo encontró el tono, que es tan importante en el éxito que tiene?

─ Llevaba mucho tiempo, a través del periodismo, escribiendo pequeñas columnas sobre análisis de la actualidad a través de personajes o situaciones del mundo clásico, de la historia antigua o de la mitología. Los años de periodismo fueron muy instructivos porque, yo no soy periodista de formación, pero el trabajo con los compañeros me ayudó a entender algo para lo que la universidad no me había preparado: el esforzarme por explicar de una manera muy clara cuestiones muy complejas. Ese es un ejercicio constante e intelectual muy exigente porque en un periódico nunca sabes qué lector puedes tener, tienes que escribir para todos. De ahí que tenía varios aprendizajes, el de la investigación en la universidad y el de la divulgación en el periodismo. En El infinito en un junco quise que entrasen todas esas etapas, junto al aprendizaje literario de mis novelas y mi literatura infantil y juvenil, y hacer un libro que lo contuviera todo. Tenía muy claro que quería que fuera un ensayo de aventuras, muy narrativo, con personajes, con acciones, con situaciones, con anécdotas, cambios geográficos, de manera que no fuera estático, que siempre estuviera en movimiento, transformándose, que fuera una especie de Mil y una noche de los libros, y un homenaje a Montaigne, que es el creador del ensayo literario. Esa idea de que haya una voz, incluso en primera persona, que hable de sí misma y le dé una tonalidad personal al relato frente a la voz habitual del ensayo, que es más fría, más distanciada, que es la voz de la investigación académica. Yo quería que fuera muy cálida, que se pareciera a la de mi madre cuando me contaba los cuentos antes de dormir. Es un homenaje a la oralidad. Esas ideas estaban claras en el proyecto y empecé a construirlas con esas estructuras inspiradas en cómo se arman los guiones cinematográficos, porque mi marido se dedica a lo audiovisual, y él insiste mucho en que intente ser muy visual cuando escriba, porque lo visual se recuerda y se vive con más intensidad que lo abstracto. Yo misma cuando lo estaba construyendo no estaba segura de si se sostendría, porque no había trabajado con ese tipo de estructura y tampoco tenía muchos modelos en el ensayo. Pensaba, ‘cuando se construían catedrales, y en algún momento se retiraba la estructura de madera que lo sostenía, los constructores no sabían si se iba a mantener o se vendría abajo, porque todo dependía de los apoyos y el sustento de los pesos fuera la adecuada’. A mí me pasaba con este libro, era consciente de que era un experimento y hasta que no estuviera terminado, yo no sabría si funcionaba esa estructura, pero tenía una idea muy clara de cómo quería que circulase y que fuese el ritmo y la musicalidad interna del libro, y hacía muchos experimentos, me lo leía en voz alta, comprobaba. Reescribo mucho y de esa manera avancé lentamente, aprendiendo sobre la marcha a escribirlo. Muchas veces haces cosas antes de saber hacerlas. Lo viví así, como un libro experimental, pero si no funcionaba, algo habré aprendido del intento. El ensayo, como su nombre lo dice, es ensayar, probar, y yo quería de alguna manera un camino distinto para el ensayo cultural.

─ ¿Seguirá escribiendo ensayo, o volverá a la novela?

─ A mí me gustaría seguir, todos los caminos que he abierto me gustaría mantenerlos vivos, porque creo que lo que se aprende de un género te ayuda en la experiencia de los demás, y además ahora la literatura está en un momento de hibridación y de investigación de los territorios fronterizos, entre distintas formas. Lo que necesito ahora es tiempo y calma para pensar en nuevos proyectos. Está siendo tan intensa esta etapa, las traducciones, los lanzamientos en distintos países, porque en cada uno empiezas de cero, los lectores de allí no me conocen. Nunca se había traducido ningún libro mío, así que aparezco como una completa desconocida en los países donde se traduce; entonces es volver a empezar, apoyar el libro, los encuentros con los lectores, explicarlo a la prensa y apoyar a los editores que han tenido la generosidad de confiar en este libro, que no deja de ser un poco anómalo: nadie de entrada hubiera pensado que tenía los mimbres para trascender el público habitual del ensayo.

A los libros los salva el amor

En El manifiesto por la lectura (2021), Irene Vallejo escribe: “El filósofo Richard Rorty piensa que leer nos cambió la mente de forma irreversible. Gracias a la lectura, hemos desarrollado una anomalía llamada ‘ojos interiores’. Descubrir los personajes de una historia se parece a conocer gente nueva, comprendiendo su carácter y sus razones”. También cuenta la historia de la periodista Laure Adler que, cuando se murió su hijo, encontró consuelo en una novela de Marguerite Duras: “La lectura de esa novela suspendió el tiempo, me llevó a otro lugar. Sé que el libro, al trocar mi tiempo por el suyo, el caos de mi vida por el orden del relato, me ayudó a recuperar el aliento y avizorar el futuro”. La lectura como salvación es uno de los temas de Vallejo en El infinito. A ella la salvaron de la soledad del colegio. Su libro se publicó en 2019 y se popularizó durante el encierro de la pandemia. Fue la compañía de muchos en esos tiempos difíciles y solitarios.

─ Escribió en El infinito que “los libros nos ayudan a sobrevivir en las grandes catástrofes históricas y en las pequeñas tragedias de nuestra vida”. ¿Por qué no parecen tan importantes?

─ Con los libros pasa que han tenido tanto éxito que ahora los consideramos objetos cotidianos, muchas veces casi banales, y no somos conscientes de la historia que precede a nuestra época; lo valiosos y difíciles de conseguir y escasos que fueron en otro tiempo, cómo eran signo de privilegio y estaban al alcance solo de una ínfima porción de la sociedad. Hoy se publican más libros que en cualquier otro momento de la historia, hay más bibliotecas que en ninguna etapa previa, y esa misma facilidad hace que los demos por sentado, nos hace no ser conscientes de lo valiosos que son en nuestras vidas. Por eso quise escribir El infinito en un junco, para que quien lea un libro mire el objeto de otro modo y lea lo que conlleva ser conscientes de los pasos, de las aventuras, de los sacrificios y de los esfuerzos que hay detrás de este ritual de la lectura y del hecho de que personas comunes y corrientes podamos tenerlos en las manos, que existan esos lugares como las bibliotecas donde todo el mundo está invitado al festín de la lectura, que es realmente una operación extraña: yo describo en El infinito cómo San Agustín relata por primera vez su experiencia de ver a un lector en silencio con una mirada llena del asombro de las primeras veces. Él siente que San Ambrosio, a quien está contemplando, ha saltado a una nueva dimensión, está físicamente presente, pero en realidad está en otro lugar donde domina el transcurso del tiempo, se mueve con realidades y paisajes totalmente ajenos a quienes están a su alrededor.

─ ¿Esa posibilidad de un mundo paralelo es lo que hace tan importante la lectura?

─ Sin dejar de estar en el mundo real que existe. Es como si te dividieras en dos dimensiones, viviendo y existiendo simultáneamente en ambas. También se alude en la lectura como refugio, que lo es, pero puede parecer una forma de evadirse del mundo real en el que vivimos, que ha sido una acusación que durante mucho tiempo se ha vertido contra los libros, y yo creo que no es así, que es un viaje que hacemos en la espesura de los símbolos, para regresar con nuevas claves, con sabiduría y movernos mejor por el mundo real. No es una forma de rechazo, es una forma de comprender y de encontrar sentido a su aparente caos.

─ Al final leemos los libros que se salvan, leemos versiones de esos libros que llegan hasta nosotros. ¿Cómo se salva un libro?

─ Los libros se salvan contra toda expectativa, porque son objetos frágiles y su destino más lógico parecería la desaparición. Se salvan por amor. Se salvan porque la gente siente que ese libro es necesario y no quiere imaginarse un futuro en el que no exista, en el que esas palabras se pierdan. Un libro es una determinada combinación de palabras que puede fácilmente disolverse en el olvido. Si retrocedemos en el tiempo, encontramos lo asombroso que es haber conservado algunas de las historias más antiguas de la humanidad, que antes de la invención de los libros eran solo de aire, y cómo salvas ese aire que sale de las gargantas, que vibra momentáneamente y luego desaparece. Eso es un logro grandísimo. Para eso hemos tenido que inventar la escritura, encontrar las superficies más adecuadas para los libros, y aun así, esas superficies son perecederas. Luego tiene que haber gente copiando los libros, escribiéndolos a mano y volviéndolos a copiar para evitar que se deshagan, se destruyan. La supervivencia a través de los milenios de un libro es el resultado de mucha gente trabajando, esforzándose, cubriendo su pequeño eslabón de esa cadena sin saber si más adelante habrá otras personas que continúen la tarea; es una labor colectiva basada en la esperanza, porque nadie tiene la garantía de que va a salir bien si no confías que otros tomarán los relevos. Eso me parece que debería sorprendernos más de los libros, no que desaparezcan, sino su capacidad de supervivencia. Que desaparezcan, que el olvido los engulla, es el destino más lógico y predecible, y sin embargo aquí están, y cada lector que saca un libro del silencio y lo escucha con sus ojos, que es en el fondo lo que hemos hecho al aprender a leer, le devuelve la vida, es una resurrección de la letra muerta, y cada una de esas resurrecciones es distinta. Lo que decías de las versiones, un lector la hace suya con unas determinadas asociaciones, imágenes, recuerdos y es distinta cada vez. El libro renace bajo distintas formas en una constante transformación, en metamorfosis, y por eso el lector no es solo un agente de su salvación, sino también una fuerza creadora. Se insiste mucho en la creación de los autores, pero no en el aspecto creativo de cada lector y, al fin y al cabo, todos los escritores somos lectores, y en parte todos los lectores son de alguna manera escritores que reescriben sus versiones de los libros.

─ Si en principio el olvido es el destino más previsible de cualquier relato, ¿se escribe para olvidar?

─ Los relatos nacen para buscar sentido al aparente caos y desorden de la existencia, pero nos maravillan tantos, somos seres sedientos de narrativas y de historias, que eso mismo hace que tengamos el anhelo, el deseo y el apetito de hacer perdurar esos relatos que son algo tan frágil, y nos esforzamos por hacer que sobrevivan, como una forma de inmortalidad a través de las palabras y los imaginarios.

Un faro

La biblioteca es un tema sobre el que Irene va y viene en El infinito en un junco. Lo construye desde la Biblioteca de Alejandría y su protagonista, Alejandro Magno, casi con obsesión. Las primeras bibliotecas fueron archivos, lugares humildes, pequeños almacenes con estantes en las paredes y filas de tablillas colocadas al pie, escribe Irene.. “La biblioteca, que también era en cierto sentido un faro, es sin embargo un lugar que ningún autor antiguo nos ayuda a imaginar”.

Entre esos relatos aparece la creación de la biblioteca pública. “La Gran Biblioteca quedó reservada a los estudiosos, mientras que la biblioteca filial se puso a disposición de todos. Como dijo un profesor de retórica que la conoció poco antes de su destrucción, los libros del Serapeo ‘ponían a toda la ciudad en condiciones de filosofar’. Quizá fue la primera biblioteca pública realmente abierta a ricos y pobres; élites y desfavorecidos; libres y esclavos”.

─ ¿Cuál es la importancia de la biblioteca pública?

─ La biblioteca es un espacio en constante transformación, que es lo que culturalmente hace exitosa a una institución. Nada en la cultura puede sobrevivir si no es capaz de transformarse, adaptarse, buscar nuevas soluciones y de alguna manera estar en constante adaptación al tiempo en el que actúa y existe. Las bibliotecas han sido en ese sentido ejemplares y están cambiando y adaptando nuevas tareas y cometidos al servicio de la comunidad. Son lugares donde la comunidad protege sus esperanzas. Yo la definiría así: desde la biblioteca de Alejandría a ahora ha cambiado mucho el perfil de los bibliotecarios, la concepción de la labor y el objetivo último de una biblioteca, pero siempre han sido lugares revolucionarios que han colaborado muy activamente con la democratización del saber y de las oportunidades. Las bibliotecas se han convertido en lugares de efervescencia, vitalidad en los barrios, y más allá de la tarea originaria de custodiar los libros, organizan actividades, dan acogida a personas que necesitan ayuda y no saben a quién acudir, se atiende a los extranjeros, a los migrantes, se ayuda a quienes no tienen ordenadores o internet, se intenta compensar las desigualdades, realmente se fomentan los encuentros, las conversaciones. Ustedes en Medellín son un referente mundial y conocido, y yo en España he oído hablar mucho de eso, y de los abuelos cuentacuentos, de los parques bibliotecas y de la idea de fortalecer las comunidades a través de las bibliotecas, de resolver problemas, de sanar heridas, de ayudar a las personas a expresar y verbalizar sus traumas. Ponerlos en contacto con una imagen de la vida que no es competitiva y despiadada, sino que tiene en consideración dimensiones espirituales, creativas, la reconciliación. La razón por la que estaba tan ilusionada de venir a Medellín es porque creo que todo lo que yo cuento en El infinito en un junco se plasma aquí en el concepto y en la apuesta que Medellín ha hecho por las bibliotecas, que ha sido capaz de revertir muchos prejuicios y de cambiar la imagen y la percepción internacional. Es muy esperanzador que haya sucedido y es un modelo para otros países. En Barcelona se ha trabajado en la red de bibliotecas municipales, me han hablado de esa colaboración y de iniciativas de aquí que se trasladan. Se experimenta, se aprende, y en ese sentido saltas las fronteras y exportas formas de entender la cultura y mejorar la convivencia.

─ Alejandro Magno nunca se separaba de la Ilíada, ¿usted de cuál no se separa?

─ Es muy importante que existan muchos libros. Esa idea de que me quedaría con uno solo anularía la ventaja de las bibliotecas que es la polifonía de libros. No hay ningún libro que contenga toda la verdad, todas las versiones y las miradas sobre el mundo. Los libros tienen sus ángulos, sus sesgos, sus errores, puede haber malinterpretaciones voluntarias, justificaciones, racismo, ideas dañinas, pero es lo fundamental es la existencia de todos los libros, los que se contradicen, los que se oponen, los que miran la misma realidad desde distintos puntos de vista, los que hablan de los silencios de otros libros. Eso garantiza que no caigamos en los fanatismos y en la ignorancia, si somos capaces de escuchar esas voces. Para mí el libro más especial fue la historia de La Odisea porque me la contaba mi padre antes de dormir, y yo no lo identifiqué como libro porque era un cuento que mi padre inventaba para mí, y fue la manera en que yo aprendí a relacionarme con las mitologías, los símbolos. Es el primer capítulo de mi historia de amor con los mitos, con las mitologías, porque en el fondo, aunque he estudiado y me he especializado en el mundo grecolatino, me fascinan todos los relatos tradicionales, el folclore, las formas en que cada sociedad se cuenta, se narra, se indaga así misma, construye sus imágenes. Eso empezó en la infancia con La odisea por razones sentimentales, porque cada vez que la leo me parece escuchar la voz de mi padre. Ese sería mi libro, pero no quisiera nunca que solo se redujera a un solo libro.

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