Es tan difícil creer que la Declaración de Principios, con la que reanudaron las relaciones Colombia y Venezuela, el pasado martes en la ciudad de Santa Marta, surtirá efectos sólidos y duraderos, como creer que las denuncias sobre la presencia de campamentos de las Farc en territorio venezolano son fruto de la imaginación del ex presidente Álvaro Uribe.
Enojoso, por llamarlo de alguna manera, fue para muchos colombianos aceptar que el recibimiento reservado para nuestros más ilustres visitantes se le tuviera que dar al olímpico Hugo Chávez y, lo de olímpico no lo digo solamente porque hubiese venido vestido con el mismo uniforme que usaron los deportistas venezolanos en las pasadas Olimpíadas, sino por el cinismo y la hipocresía de su discurso.
La rapidez con la que aceptó el guasón de Miraflores venir a Colombia, por recomendación expresa de Lula Da Silva y de Néstor Kirchner, fue una muestra inminente de su rendición frente a las gravísimas acusaciones internacionales y ante la denuncia presentada por el abogado del ex presidente Álvaro Uribe en la Corte Penal Internacional (CPI), y por la demanda contra la República Bolivariana de Venezuela ante la Comisión Internacional de Derechos Humanos (CIDH).
Sin embargo, conociendo al ladino personaje, no hay duda de que va a capitalizar la exposición mediática de su viaje para reivindicarse electoralmente en su país y dentro de poco lo oiremos hablar de los esfuerzos que ha hecho para que Colombia consiga la paz, a pesar de las calumniosas acusaciones de las que ha sido objeto.
Aunque a nosotros nos cuesta trabajo entender que temas tan espinosos como el acuerdo militar con Estados Unidos, que ya nos significó otra ruptura, y la presencia de narcoterroristas de las Farc en territorio venezolano, que desencadenó la actual, no fueran tenidos en cuenta, para los presidentes parece no haber representado mayor cosa, puesto que con una tranquilidad pasmosa manifestaron que doblaban la página para mirar al futuro.
En el caso de Chávez, esa actitud es comprensible, pues era la que más le convenía. Sin embargo, es insólito, por decir lo menos, que el Presidente Santos consiguiera adoptar semejante postura cuando él mismo, como Ministro de Defensa, hizo parte del acuerdo firmado con Estados Unidos y constató que los campamentos narcoterroristas denunciados por Uribe (denuncia que de paso quedó sin fundamento), sí están allá y han contado con el aval de Chávez.
¿Será que el Presidente Juan Manuel Santos, en cumplimiento de la promesa hecha en su candidatura de restablecer relaciones con todos los vecinos, y asistido por la voluntad de ayudar a los comerciantes, a los industriales y a los residentes en las ciudades fronterizas, que se han visto tan gravemente perjudicados por el cese de las relaciones comerciales con ese país, considera que se justifica renunciar a la dignidad, agachar la cabeza y hacer caso omiso a los atropellos del lenguaraz vecino?
De ser así, no lo comparto, además creo que el tiempo (quizá corto) le demostrará que con Hugo Chávez Frías es imposible llegar a acuerdos permanentes y tener comisiones de trabajo conjunto, porque él no respeta a nadie y no es un hombre honesto en quien se pueda confiar. Ojalá, esta reconciliación dure, al menos, el tiempo suficiente para que a los comerciantes colombianos les cancelen los ochocientos millones de dólares que les adeudan.
No es la primera vez que oímos hablar de reanudación de relaciones, de Declaraciones de Principios y de declaraciones empalagosas y embusteras de amor a Colombia y, probablemente, no será la última.
Por ahora podemos decir: cero y van? tres.
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