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HISTÓRICO
Morir de amor sería una locura más, y al contrario
  • Ramiro Velásquez Gómez | Ramiro Velásquez Gómez
    Ramiro Velásquez Gómez | Ramiro Velásquez Gómez
Ramiro Velásquez Gómez | Publicado el 16 de septiembre de 2010

Si gasta más de la cuenta en su pareja y espabila demasiado tarde; si hace por ella cosas locas y hasta estúpidas; o no ve que no puede estar con quien está, no se preocupe que eso es el amor romántico, algo en lo que los humanos nos embarcamos por necesidad, para solucionar problemas que teníamos cuando no éramos lo que somos.

No vamos a reducir el amor a su más desapasionada expresión, pero en el Día del Amor, ¿por qué amamos a veces desenfrenada y perdidamente? Individualmente, obvio, porque ese alguien nos provoca cosquillitas donde sabemos. Pero como especie... hay más.

Ted Fisher, antropólogo en la Universidad de Vanderbilt, define el amor romántico como algo intenso por otro con la expectativa de que persista en el futuro. Eso lo distingue del deseo y la pasión, más efímeros.

Enamorarse fue la solución a un problema de especie. No fue fácil, menciona, para esos humanos de hace 30.000 años que vagaban por África cuidar los desprotegidos bebés, cazar y huir de los depredadores. Un núcleo familiar halla sentido en ese contexto. Las madres son más apegadas al hijo, los padres menos. Así, una hipótesis es que los hombres desarrollaron la propensión a enamorarse para mantener compañeras estables.

Lógico, esa propensión favorable en un sentido, en otros puede extralimitarse. Es cuando se cometen locuras como suicidarse por el otro. O empeñar el alma.

Acá no para el cuento. Robert Stemberg y Karin Weis en The New Psychology of Love apuntan en el mismo sentido, pero con otra hipótesis: ese cosquilleo, desde una perspectiva evolutiva es un conjunto de adaptaciones complejas diseñadas para resolver problemas específicos de supervivencia y reproducción. Como unos dispositivos psicológicos que han provisto a los humanos funciones utilitarias críticas en contextos muy específicos. Son funciones tan numerosas, que dan vida a un aforismo más cercano a la verdad: "el amor es algo esplendoroso".

Animales solitarios como los pandas, no requieren del amor. No le gastan un peso. Pero los humanos vivimos en grupo. Y para decirlo sin rodeos desde la mirada evolutiva, los otros humanos son vehículos de los cuales depende nuestra supervivencia y el legado genético. Algunos de esos vehículos, con todo el respeto, son tan críticos que depositamos en ellos nuestras inversiones psicológicas, emocionales y materiales y sacrificamos la vida por ellos para que puedan florecer.

Otras hipótesis, sin pruebas concluyentes, explican que el amor evolucionó para atender varias funciones: desde proveer acceso sexual y promover acciones para una reproducción exitosa, hasta desarrollar la inversión parental.

La psicología del amor, entonces, no se entiende sin comprender los líos adaptativos que debió solucionar.

Una solución benéfica que originó otros problemas, pues hasta de sabios y genios se ha sabido que no han podido resolver su relación romántica.

Una adaptación que creó una presión adicional sobre los solitarios, no desentendidos como el panda, sino ávidos de amor y presionados porque no saben cómo acercarse a ese otro en una sociedad grupal.

No es fácil morir de amor. Sobrevivir, tampoco.