Con sagacidad, el presidente Santos decidió hacer públicos los acuerdos de negociación a los que se ha llegado en La Habana. No es como lo han interpretado casi todos los medios de comunicación, que erróneamente han dicho que el mandatario buscó con ello salirles al paso a las críticas de la oposición. No, a Santos no lo motivaron las presiones. De ser cierto ese argumento, hace rato hubiéramos conocido las 65 páginas del documento que contiene los tres puntos hasta ahora pactados por los negociadores de paz.
La presión más fuerte que tuvo el Presidente por parte de sus enconados rivales fue en las pasadas elecciones. Estos usaron como bandera de campaña que el país le sería entregado a las Farc. Lo cierto es que no hay por qué temer, por lo menos en lo que está escrito: no desaparece la propiedad privada, tampoco la policía y la educación, que podría ser preocupante, está consagrada en el acuerdo que señala que es "un derecho de toda persona que el Estado debe cumplir en forma gratuita y obligatoria". Solo son enunciados que de hacerse realidad, revelarán que nos pudimos ahorrar cincuenta años de barbarie, millones de muertos y mucho dolor.
Desde luego, vendrán obstáculos cuando se inicie la discusión sobre las salvedades que dejaron las Farc y que, en cualquier momento, pueden volverse a discutir. Destaco aquí dos de muchas: la eliminación del latifundio y la desmilitarización del campo. A esas complejas solicitudes se les suma una difícil pregunta para los colombianos: ¿pagarán cárcel los guerrilleros?
En realidad la motivación de Santos para dar a conocer el avance en la negociación fue contener lo que las Farc ya estaban haciendo, pues las 65 páginas ya circulaban en Internet, filtradas por el grupo guerrillero. A eso se le suma la información que tienen quienes infiltraron el computador de Humberto De la Calle. Además, hay desmovilizados de las Farc que aún tienen contacto con quienes permanecen en el monte. Lo hacen a espaldas de sus comandantes, por los afectos que tienen con sus excompañeros.
En las reuniones que hacen permanentemente en los campamentos y que llaman Escuela, los superiores guerrilleros han manifestado su escepticismo. Dicen que no entregarán las armas, que las salvedades que han dejado consignadas en las actas son parte sustancial del acuerdo. Aun así, con estos comentarios, no puede afirmarse el fracaso del proceso de paz. Por el contrario, como nunca en la historia hubo cercanía semejante al cese del conflicto.
Sin vacilación debemos apoyar al presidente Santos. Él está jugado y moviendo bien sus cartas por la paz, y la última que sacó al revelar oficialmente los acuerdos, fue de una habilidad impresionante. Aunque está por verse lo que pueda pasar con las salvedades de los guerrilleros, que obviamente fueron aceptadas para agilizar y evitar tropiezos en el proceso. Las Farc, lo sabemos, son expertas en dilatar para ganar tiempo y fortalecer su tropa, tanto en unidades como en ataques a la Fuerza Pública y población civil. Lo cierto es que las cartas están al descubierto sobre la mesa. Faltan las otras.
Fe de erratas: en la columna pasada atribuí La República a Sócrates, cuando en verdad es una obra de Platón. A quienes me escribieron advirtiendo el error —entre ellos mi amigo de tertulias Alfredo Roncancio y mis profesores de filosofía—, les ruego excusen la equivocación; saben de mi admiración por Platón, entonces, comprenden que me traicionó el subconsciente.
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