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Relatos de las vidas que Auschwitz no apagó

  • Los sobrevivientes del holocausto caminan debajo de la puerta con la inscripción “El trabajo te libera” después de dejar una corona de flores en el muro de la muerte del antiguo campo de exterminio nazi alemán Auschwitz durante las ceremonias para conmemorar el 75 aniversario de la liberación del campo en Polonia. Foto: AFP
    Los sobrevivientes del holocausto caminan debajo de la puerta con la inscripción “El trabajo te libera” después de dejar una corona de flores en el muro de la muerte del antiguo campo de exterminio nazi alemán Auschwitz durante las ceremonias para conmemorar el 75 aniversario de la liberación del campo en Polonia. Foto: AFP
Por Juliana gil gutiérrez | Publicado el 27 de enero de 2020
Infografía
Relatos de las vidas que Auschwitz no apagó
75

años de la liberación de Auschwitz se conmemoran este lunes 27 de enero.

6

millones de judíos fueron asesinados durante el holocausto.

en definitiva

Auschwitz es la evidencia más clara de los crímenes que se cometieron contra la comunidad judía en la Segunda Guerra Mundial. La cabeza detrás de esa tragedia fue Adolf Hitler.

Fue cuestión de días. Olga Lengyel vivía en Cluj, una ciudad rumana ocupada por Hungría. Llegaron los alemanes y con ellos la persecución a los judíos húngaros que su mismo gobierno, pronazi, permitió entregar. El 20 de abril de 1944 una petición para la deportación de esta comunidad selló el destino de ella, su familia y 565.000 personas más que nacieron en una tierra libre y encontraron su óbito en Auschwitz.

En 1939 recibió una advertencia que no escuchó. Un comandante alemán esbozó que su esposo, Miklos Lengyel, estaba en las listas de la Gestapo, policía secreta del Tercer Reich, con el mensaje que debía ser “prontamente eliminado”. Tenía una vida acomodada. Estudió Medicina siguiendo la tradición familiar y con su esposo montó un hospital. Eran conocidos, tanto que los nazis ya sabían de ellos.

Sucedió así: en 1944 la despojaron de sus bienes y terminó empujada en el vagón de un tren de carga rumbo a Auschwitz con su esposo, su madre y sus tres hijos. En 1945, cuando cayó la Alemania nazi y el Ejército Rojo se acercó a los hornos de Hitler, como los llamó en su libro publicado en 1947, solo quedaba ella. Su salvación fue la Medicina, que la llevó a trabajar como enfermera para los nazis mientras veía los horrores de Auschwitz.

Los campos de la muerte
En cinco años, de 1940 a 1945, Auschwitz, el campo de concentración para judíos creado por la Alemania Nazi, fue el ocaso de más de 1,1 millones de personas. De esas, un millón eran judíos europeos, según el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, ubicado en lo que quedó en pie del campo de exterminio tras su liberación, hace justamente 75 años. Cuando se edificó era simplemente un cuartel del Ejército de Polonia, en la ciudad de Oświęcim. El Tercer Reich invadió el país en 1939 e hizo de su construcción una entidad estatal administrada por la Schutzstaffel (SS), la organización al mando de Adolfo Hitler. Su expansión comenzó en 1941 hacia la ciudad alemana de Birkenau y así lo que inició como un conglomerado de 22 edificios creció hasta tener tres campos principales y 40 subordinados.

Un hombre fue la mente detrás del horror. Adolf Eichmann, teniente coronel de la (SS), entró al Partido Nazi a sus 26 años, en 1932, hasta convertirse en planificador y ejecutor de la “solución final”, el plan para el exterminio de los judíos. Quería acabar con todo: estableció oficinas la emigración judía, confiscaba los bienes de las personas, dejándolos sin nada, hasta embarcarlos en un tren rumbo a los campos de concentración.

Estuvo al frente de la Gestapo extendiendo su brazo para llegar a más judíos. Aquellos que intentaban esconder a estas personas, se encontraban con todo un aparato liderado por el Tercer Reich y pocos se salvaron. Tom Hoffman fue uno de ellos. Nació en mayo de 1944 en Budapest, Hungría, cuando los nazis emprendían la ocupación alemana y buscaban a los judíos que su primer ministro Döme Sztójay, un militar que llegó al poder catapultado por los nazis, permitía deportar.

Salvarse de la Shoá
Era un bebé y sin saberlo estuvo a punto de morir. Los alemanes tocaron las puertas de las viviendas, entraron, revisaron buscando cualquier pista de un judío para enviarlo en los vagones de la muerte. Dos vecinos, una pareja cristiana que vivía en la Budapest de la guerra, lo escondieron detrás de un muro falso con su hermano, también un bebé de brazos. Los agentes inspeccionaban la casa y los Hoffman, por suerte, guardaron silencio para no ser detectados. Solo hasta 1945, cuando los aliados tomaron el control de Budapest, saldrían de su escondite.

La historia de Hoffman quedó inmortalizada en los archivos del Programa de Divulgación de Naciones Unidas sobre el Holocausto. Cuando la relata, sus ojos se enrojecen y las lágrimas bajan por sus mejillas como caía la nieve sobre las cámaras de gas de Auschwitz donde exterminaban a judíos, gitanos, presos políticos y homosexuales por el solo hecho de no pertenecer a lo que Hitler consideró raza superior: los alemanes puros.

Yad Vashem, el centro mundial de documentación del Holocausto, guarda el registro de los héroes que ayudaron a salvar judíos. Allá está el nombre de Manuel Antonio Muñoz, un diplomático ecuatoriano que otorgó pasaportes a judíos polacos que estaban en riesgo de ser encontrados por el Tercer Reich. Su solidaridad le costó su cargo como cónsul de su país en Estocolmo, pero salvó a 80 personas que fueron protegidas por ser “latinoamericanos”. En Chile, Cuba, Estados Unidos y países europeos también aparecieron salvadores como Muñoz o la pareja que rescató a Hoffman.

La muerte

En Auschwitz el Tercer Reich marcaba a los prisioneros según su procedencia (ver infografía) y había campos para familias, mujeres, hombres y gitanos. Cada reo era un número que tatuaban en su piel. Al llegar un guarda los clasificaba: niños y ancianos serían asesinados, mientras aquellos que podían servirles eran enviados a trabajos forzosos. En una celda para 10 mil personas estaban hasta 35 mil. Las camas eran diminutas cunas donde dormían hasta cinco presos apilados. El que enfermaba, era asesinado.

Cuando llevaban a las mujeres y a los niños a tomar una “ducha” en las cámaras de gas, estas entonaban las palabras ani ma’amin como una canción de cuna. Su significado: estoy a salvo. Con la fe puesta en su salvación, sus vidas se apagaban conforme el veneno se apoderaba de su cuerpo. Los nazis desarrollaron tecnología para la muerte. Antes de las cámaras, los prisioneros eran encerrados en cajas de madera rociadas con gasolina. Les prendían fuego. Si alguien escapaba, lo esperaban los pistoleros.

“En el crematorio, los cuerpos estaban apilados como amarres de ferrocarril, una capa se extendía del este al oeste. La siguiente, del norte y al sur, a una altura de aproximada de doce pies. Cada horno podía cremar hasta 30 cuerpos”, escribió entre abril y mayo de 1945 el padre Dan A. Laning, capellán del Ejército de los Estados Unidos, en un informe tras la liberación.

Hubo quienes lograron escapar. El comandante polaco Witold Pilecki se infiltró en un campo para conocer como era esa “solución final” de Hitler y después de tres años salió a contar al mundo lo que sucedía en ese lugar. La pregunta de por cuánto tiempo los aliados supieron de la existencia de Auschwitz es una inquietud que la historia aún no aclara, pero hay un precedente: jamás fue bombardeado.

Para agosto de 1944, cuenta Timothy Snyder en su libro Tierras de Sangre, el Ejército Rojo vacilaba al este del río Vístula mientras al otro lado de su cauce y a menos de cien kilómetros los alemanes mataban judíos. Ya el 17 de enero de 1945 entraron a las ruinas de Varsovia y, dos días después, a Łódź. El 27 de enero tocaron suelo en Auschwitz y por eso en esta fecha se conmemora su liberación.

Los folios de la organización Yad Vashem cuentan que en esos días los nazis intentaron evacuar a los presos y quemar los vestigios del horror. En las últimas semanas, desembarcaban a los judíos directamente en las cámaras de gas y cuando ya las tropas soviéticas se acercaban trasladaban a unos cuantos a otras zonas.

Pero los aliados alcanzaron a ver lo que durante casi seis años se tejió en Oświęcim. Por esos crímenes no pagaron todos sus culpables. Algunos como el húngaro László Csatáry, responsable de deportar a más de 12 mil judíos a los campos, falleció en agosto de 2013 con 98 años y sin haber pisado una cárcel. Otros como Adolf Eichmann, encargado de manejar la maquinaria del exterminio, fueron condenados a muerte.

Y solo hay uno del que se tiene registro en este 2020. Bruno Dey, un exguarda nazi de 93 años cuyo juicio comenzó, apenas, en octubre de 2019... Casi 70 años después del horror.

Contexto de la Noticia

Juliana Gil Gutiérrez

Periodista internacional, amante de los perros y orgullosa egresada de la facultad de Comunicación Social - Periodismo de la Universidad Pontificia Bolivariana.

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