Las imágenes de los militares venezolanos cruzando la frontera generaron euforia colectiva. En Cúcuta fueron recibidos como héroes. Entre aplausos. Algunos lloraban, otros levantaban los brazos –en símbolo de victoria– y otros manifestaron su apoyo a Guaidó. Entregaron sus armas.
Pues bien, desde aquel 23 de febrero, día en el que el presidente interino Juan Guidó trató, sin éxito, de lograr el ingreso de ayuda humanitaria desde Colombia, los 1.400 uniformados que, según Migración Colombia, cruzaron la frontera, pasaron de la felicidad de un nuevo comienzo a la incertidumbre; de ostentar altos rangos militares, al anonimato, a vivir con miedo, con hambre.
Hasta ahora se encuentran distribuidos en nueve hoteles de la ciudad fronteriza y económicamente son respaldados por la Cancillería de Colombia, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y la Coalición de Ayuda Humanitaria que dirige el presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Juan Guaidó. Pagan $30.000 la noche. Una verdadera fortuna para ellos.
EL COLOMBIANO conversó con un grupo de ellos, puntualmente, con los que están ubicados en un pequeño hotel del centro de la capital de Norte de Santander. Hablaron solo bajo una condición: no ser fotografiados, ni una sola foto, ni siquiera de su sombra. En estos hoteles hay policías, hombres de las fuerzas de acciones especiales, del Ejército, de la Aviación y de la Armada. Hay guardias nacionales.
En el hotel al que tuvimos acceso, viven 120 hombres de las diferentes fuerzas de seguridad de Venezuela, 30 de ellos están acompañados por sus familias, en su mayoría niños muy pequeños que requieren de fórmulas médicas, pañales y alimentación especial. Nada de eso hay.
“Estamos desesperados, no queremos quedarnos en Colombia, queremos regresar a Venezuela, pero no en las condiciones que se está viviendo ahora. No sabemos qué hacer. Nos vinimos con un ideal, apoyamos una causa: que caiga el gobierno que está actualmente en Venezuela. No toleramos que los colectivos maten a la gente y nadie los detiene, ya están en la frontera y dentro de las trochas”, comentó el sargento primero Frank.
Los militares, los de las botas lustradas y uniformes impecables, caminan de un lado para otro, pero ahora en pantuflas, con ropa deportiva, fumando y cargando a sus hijos. Indefensos. El lobby del hotel es insuficiente para los 120 militares y por eso hay una sensación de hacinamiento.
“Queremos saber qué hacer. Nos tienen durmiendo y comiendo nada más. No sabemos cuál es la situación de nuestras familias en Venezuela. No estoy decepcionado del paso que di, pero tampoco estoy conforme, quiero saber qué van a hacer con nosotros... no podemos seguir permitiendo que el pueblo venezolano pase por la situación que allá se vive”, manifestó Frank.
Viven inseguros. Se sienten vulnerables y amenazados, pues han sido fotografiados, seguidos e identificados por desconocidos que merodean los hoteles. Tienen delirio de persecución. “Nosotros representamos la casa militar de Juan Guaidó, pero aquí hay ansiedad porque no se maneja información”, dijo Gerardo, de la Guardia Nacional, el oficial de más alto rango que está en el hotel hace mes y medio.
Desde su arribo hasta ahora ha recorrido cinco hospedajes y dice no comprender el trato que ha recibido por parte de quienes están a cargo de apoyar a los militares disidentes de Maduro. “He prestado servicio durante 28 años a las Fuerzas Armadas. Crucé la frontera porque uno tiene sangre y le duele recibir órdenes arbitrarias y tener que cumplirlas. Me arrepiento de haberme venido solo por mi familia. Mi mamá tiene 90 años y ella dependía de mí. Ahora no tengo cómo llevarle un mercadito. Aquí me han maltratado”, expuso el militar, quien agregó que “Guaidó debe saber quiénes están con él porque hay gente jugando a la desunión”.
Señaló que durante su estadía en Colombia ha pasado días sin comer, se enfermó y fue un policía colombiano, quién le prestó auxilio, le pagó un médico y medicinas. “No cuenten cuántos militares hay aquí, cuenten cuántos quedan. Hace dos semanas salieron 15 militares del hotel, no sabemos cuál ha sido su destino. Si tenemos la oportunidad de irnos a un lugar donde podamos estar mejor nosotros y nuestras familias, nos vamos”.
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