Tergiversación de los valores,
una pesada herencia
Nuestra sociedad camina por una borrosa frontera entre burlar o cumplir la ley. El reto generacional es poder reconfigurar lo que significa el éxito, mezclando la pujanza con la legalidad.
La solidaridad, como valor colectivo supremo, ofrece la capacidad a las comunidades de levantarse de las peores tragedias y de reconstruirse a pesar de las dificultades.
Valor
SOLIDARIDAD
Lo dijo el canciller brasileño José Serra el 30 de noviembre de 2016, en medio del homenaje en el estadio Atanasio Girardot por la tragedia aérea de Chapecoense: “En estos momentos de gran tristeza, las expresiones de solidaridad que aquí encontramos en los colombianos nos ofrecen un grado de consuelo inmenso, una luz en la oscuridad cuando todos intentamos comprender lo incomprensible. Los brasileños no olvidaremos jamás la forma como los colombianos sintieron como suyo el terrible desastre que interrumpió el sueño del equipo”. Ese concepto es un buen resumen de la solidaridad, una ventana que se abre cuando todas las puertas se cierran. Una luz que muestra el camino cuando todo parece denso y nublado.
Antivalor
EGOÍSMO
Contraria a esa solidaridad desbordada que han demostrado los colombianos en momentos álgidos como la tragedia de Armero (1985), el terremoto del Eje Cafetero (1999) o el desastre aéreo de Chapecoense (2016), el egoísmo, que es la falta de empatía y la incapacidad -o desidia- para ponerse en los zapatos del otro. La manía de sobreponer los problemas propios siempre por encima de la colectividad. Es que el fin justifique los medios sin importar las consecuencias y las secuelas que dejan las acciones. La Real Academia Española define esta actitud como “Inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás”. Esa condición de pensar solo en lo individual va en contravía del trabajo conjunto sobre el que se construyeron la mayoría de parroquias y lugares sociales donde transcurría la vida común en los barrios: casi siempre a punta de vender empanadas.
ANÁLISIS
Los tiempos de terrorismo y resiliencia
MARGARITA RESTREPO
Exdirectora de Antioquia Presente
S olidaridad: sentir la piel del otro“La solidaridad, en términos coloquiales, es la capacidad de ponerse en los zapatos del otro; es pensar que hoy le pasa a otra persona, pero mañana me puede pasar a mí; es ayudar y sentir compasión por alguien a quien le ha pasado algo; es cuando nos duele el otro, cuando lo vemos en una situación de vulnerabilidad y, no solo sentimos pesar, sino que pensamos en actuar. El filósofo Jürgen Habermas lo expresa así: ‘la solidaridad es la fuerza renovadora del sentido de lo humano’, una fuerza de afecto y compasión natural. Durante mis 24 años trabajando en Antioquia Presente fui testigo de la solidaridad de manera permanente. La gente en este país es muy generosa y solidaria, y la ayuda se ha manifestado de muchas formas. Desde profesionales, estudiantes o artistas que han aportado su tiempo y trabajo voluntario, hasta empresarios que han donado su dinero a entidades de confianza como nuestra corporación. En los años 90, cuando la violencia del narcotráfico golpeaba con tanta fuerza a Medellín, adelantamos un proyecto para acompañar a viudas y huérfanos de policías. La ciudadanía nos acompañó y, de la mano del Ministerio de Defensa y del Ejército Nacional, construimos un barrio para ayudar a estas familias.La solidaridad de las personas también fue muy importante cuando ayudamos a las comunidades de Armero, Bojayá, Machuca y otros municipios víctimas de la violencia. La invitación es a que no olvidemos el impacto de este valor tan importante. La solidaridad es una fuerza para superar las tragedias de manera menos dolorosa. Últimamente se ha perdido la fe en las instituciones y en los gobiernos. Pero, aunque haya personas incorrectas, no podemos generalizar. Recurramos a las organizaciones decentes que pueden canalizar nuestra ayuda. No perdamos la fe”.
En Colombia, se hicieron comunes los hechos de devastación que hacían pensar en que no habría un después. Pero, a la par del dolor, el país acumula ejemplos de resistencia.
Valor
Resiliencia
Resiliencia pasó, en unos cuantos años, de ser una palabra prácticamente desconocida a ser abrazada por Colombia como una marca de identidad. El concepto, que según varios autores puede resumirse como la capacidad y el proceso de sobreponerse a eventos dolorosos, se ha trasladado a las políticas públicas, como la “Oficina de Resiliencia” creada por la alcaldía de Medellín en 2017; está en trabajos académicos, como el que realiza la Facultad Nacional de Salud Pública de la Universidad de Antioquia, a través de los laboratorios de paz realizados con 2.186 jóvenes de Apartadó, Dabeiba, El Bagre, Remedios, Marinilla, Donmatías y Puerto Berrío. De acuerdo con los investigadores, la investigación demostró que todos los jóvenes tenían tendencia a experimentar resiliencia. Es decir, que con un proceso adecuado, cualquier persona sería capaz de sobreponerse al horror.
Antivalor
Terrorismo
En Colombia, de acuerdo con el Basta Ya, varios grupos ejercieron el terror como método. Entre 1988 y 1995 la práctica estuvo concentrada en los narcotraficantes, quienes emprendieron una guerra contra el Estado que tuvo como objetivos medios de comunicación, empresas, organismos de seguridad y vuelos, como la bomba al avión de Avianca el 27 de noviembre de 1989. Después de la muerte de Pablo Escobar, jefe del cartel de Medellín, las acciones terroristas fueron retomadas principalmente por las guerrillas, que pasaron de cometer 10 hechos terroristas antes de 1995 a 63 entre 1996 y 2004. El informe define este tipo de atentados como “todo ataque indiscriminado perpetrado con explosivos contra objetivos civiles en lugares públicos (...) que pretenden asegurar una visibilidad pública de la violencia que contribuya a generar pánico”. La clave, más que la magnitud, es el miedo. Un ataque terrorista no se lanza solo contra quienes mueren por su causa, sino contra la historia: contra aquellos que sobrevivieron o que aún no han nacido y estarán allí para recordar el horror.
ANÁLISIS
Los tiempos de terrorismo y resiliencia
Camilo González Posso
presidente de Indepaz
L os años 1989 a 2004 son recordados como la cima del horror resultado de guerras cruzadas con más de 2.446 atentados terroristas, 1950 masacres, cinco millones de desplazados, asesinato de cuatro candidatos a la presidencia y más de 15.000 líderes sociales y políticos. Se sumaron en resonancia maldita el narcoterrorismo, la guerra insurgencia/contrainsurgencia, el paramilitarismo y la guerra internacional antidroga, para llenar a Colombia de noticias de muerte, huérfanos y viudas. Pero esta época trágica, que llega a su máxima expresión entre 1998 y 2004, registra también muestras extraordinarias de la resiliencia de la sociedad colombiana, con su capacidad enorme de búsqueda de caminos para sobreponerse ante las dictaduras del miedo. La respuesta al horror fue un gigantesco movimiento social de No Violencia que se sintetizó en la Asamblea Constituyente que emergió en 1989-1991. La juventud irrumpió con la llamada Séptima Papeleta y creció en Colombia un gran movimiento en contra de la guerra y el horror que tuvo expresiones en marchas de millones de colombianos. Bajo el manto de la Asamblea Constituyente se inició en Colombia el ciclo de soluciones negociadas a los conflictos armados, que permitieron un primer ensayo general de paz. Esa dupla terror/resiliencia ha estado presente en momentos críticos como los que marcaron el cruce de siglos en Colombia. Mientras la tasa de homicidio en Colombia entre 1989 y 2004 se mantuvo en 70/100.000 habitantes, no cesó de expresarse la acción colectiva contra la violencia en acciones como el Mandato Ciudadano por la Paz que con diez millones de votos en las elecciones de 1997 exigió el fin de la guerra. Más de quince millones de firmas acompañaron en 2001 la entrega ante la Asamblea de Naciones Unidas del respaldo de los colombianos al Manifiesto 2000 promovido por los Nobel de Paz. Lo que hoy vivimos en Colombia es también muestra de que la resiliencia y la resistencia son la matriz para que se desaten grandes fuerzas transformadoras para construir democracia y paz.
Pasar la página implica un gran reto para las víctimas, mas no el olvido. Una de sus protagonistas relata cómo vivió el perdón en tres ocasiones con personas que dañaron a su familia.
Valor
Perdón
Pastora Mira se encontró a un joven herido en la calle y lo llevó a su casa para sanarlo. Era 2005 y acababa de perder a su hijo Jorge a manos de los paramilitares. Al hombre lo atendió en el cuarto de Jorge, donde aún estaban las fotos del joven de 18 años que tres días atrás había despedido. El hombre, herido y pidiendo que no lo llevaran a un hospital porque su vida corría peligro, vio la imagen del muchacho y le dijo: “Qué hace ese man ahí. Lo matamos antier”. Pastora tenía en su casa a quien le arrebató a su hijo. “Esta es la habitación de él. Esa es su cama y yo soy su mamá”, respondió. Ahora Pastora ayuda a víctimas en el proceso de reconciliación y relata que “la culpa pesa más que el dolor. El que perdona gana”.
Antivalor
Justicia por mano propia
El sicólogo y profesor de la Pontificia Universidad Javeriana, Wilson López, se dedica a investigar el perdón. En sus pesquisas ha encontrado que para las personas no es fácil esa acción pero, a su vez, descubrió que cuando logran disminuir ese sentimiento de ira o rencor hacia un hecho que los afectó, tienen mayor calidad de vida. “La sociedad entera es la que puede intentar disminuir los pensamientos contra lo que alguna vez causó dolor. Esto implica un acto de compasión”, dice. Cuando una persona siente que algo le hizo daño pasa por diferentes emociones que terminan conectadas y ese antivalor del rencor o la ira pueden llevar al odio y hasta la venganza. “La justicia de ojo por ojo no mejora la capacidad de perdonar. Perdonar es una acción restaurativa y por eso es relevante para la sociedad, para la construcción del país”, afirma el experto.
ANÁLISIS
El perdón y el ego
Jaime Pareja
Coordinador área de Ética Centro de Humanidades UPB
U na de las mayores dificultades a las que el ser humano se enfrenta a la hora de perdonar es la posible evaluación negativa que hace de sí mismo tras el acto del perdón. Perdonar pone al ser humano ante la disyuntiva de empobrecer su imagen al parecer débil y ceder poder, o ante la posibilidad de llenarse de un aire de superioridad y ver al otro débil y vulnerable. Perdón es un ejercicio cognitivo y moral en el que se ponen en juego los autoesquemas: autoimagen, autoconcepto y autocuidado. La pregunta por la autoimagen nos sitúa en el reto de cómo me proyecto frente al otro cuando lo perdono, cuando cedo en mi posición, cuando entiendo las razones de su acción, es un ejercicio enteramente heterónomo y en el cual estoy buscando aprobación. La pregunta por el autoconcepto es más ética, es un cuestionamiento profundo en el ser, nos taladra por dentro porque nos pide que nos definamos después del acto de perdón, que le respondamos al tribunal de la conciencia qué tan dañados quedamos tras perdonar, qué jirones del alma quedaron secretamente maltratados al reconciliarme con el otro. Perdonar es un acto de autocuidado, es una ponderación anticipada de las estrategias de afrontamiento con las que cuento para tolerar o asimilar el desborde de las relaciones con otro. Es responderme sensatamente la pregunta por las fuerzas que tengo y la capacidad de desgaste para seguir rumiando en el conflicto y al mismo tiempo la capacidad para construir nuevos horizontes. Hablar del perdón en el contexto colombiano es hablar de la construcción de la resiliencia, es aprender a vivir sanamente en el medio insano del dolor y el conflicto, es mostrar que el material del que estoy hecho resiste las presiones y encuentra en ellas posibilidades para resignificar la realidad. Perdonar es el encuentro de valientes: de los que asumen el peso de un error y de los que evalúan sus fuerzas para resignificar el error del otro y volverlo posibilidad de futuro y de esperanza.
Nos puede temblar la voz, pero nunca la moral”, decía el exministro de Justicia, Enrique Low Murtra, quien fue asesinado por los carteles del narcotráfico en abril de 1991.
Valor
RECTITUD
La honradez es pilar fundamental de la justicia y jueces y magistrados están llamados a la rectitud en su labor. Y en muchos casos, el precio ha sido alto en su ejercicio. Según el Fondo de Solidaridad con los Jueces Colombianos (Fasol), entre 1989 y 2015 se produjeron 1.286 agresiones contra funcionarios judiciales. De este total, 308 fueron asesinados, 611 amenazados, 129 sufrieron atentados, y 85 estuvieron secuestrados o desaparecidos. Es más, según el Centro Nacional de Memoria Histórica, de 1.487 víctimas relacionadas con investigaciones criminales entre 1979 y 2009, el 39 % pertenecía a la Rama Judicial. La integridad de los servidores de la justicia en un país con violencias tan complejas como el nuestro los expone de forma constante a presiones. Aún así, quien asume la rectitud como un valor no declina en su lucha por aplicar la justicia.
Antivalor
Engaño
A contramano, por ambición, por desinterés o por temor, quienes imparten justicia pueden caer, desafortunadamente, en antivalores como el engaño. Según un informe de la organización Transparencia Internacional, la percepción ciudadana de corrupción en la Rama Judicial subió de 40 a 47 % entre 2017 y 2019. Los datos fueron obtenidos tras llevar a cabo una encuesta (en el lapso enero - marzo) a 17.000 personas en 18 países de América Latina y el Caribe, incluido el nuestro. En Colombia se destapó, por ejemplo, el cartel de la Toga, una denuncia sobre una presunta red de corrupción que involucra a algunos magistrados de la Corte Suprema de Justicia, que son señalados de aceptar grandes sumas de dinero para cambiar el sentido de sus fallos. El filósofo Séneca decía: ¿Qué importa saber lo que es una recta si no se sabe lo que es la rectitud? Podríamos parafrasearlo y adaptarlo así: ¿Qué importa tener una toga si no se sabe lo que es la rectitud?
ANÁLISIS
La urgencia de una sociedad honrada
Gregorio Henríquez
Antropólogo y analista del conflicto urbano en Medellín
“E El asesinato del magistrado Gustavo Zuluaga Serna nos debe poner a pensar en lo que hemos perdido como sociedad, pero también en valores como la rectitud, algo que él tenía en su ser y que lo llevó a enfrentar por convicción a un monstruo que terminó devorándolo, sin que esto implique que también lo borrara de la memoria, porque su ejemplo es hoy un llamado a mantenerse firme frente a malas prácticas como la corrupción, los sobornos, el engaño. La rectitud en los años ochenta en nuestra sociedad parecía un pecado, algo vergonzoso, porque implicaba ir en contravía de la cultura del vivo, del avispado. Parecía ir también en contra del instinto de supervivencia por aquello de recibir “plata o plomo”. La rectitud parece hoy un valor tan escaso que se hacen películas y series de televisión sobre hombres rectos, como si de héroes clásicos se tratara. Es algo tan escaso que tiene que ser resaltado, cuando precisamente debe estar en todos los seres. Hasta los políticos la agregan a su hoja de vida como si fuera algo que se exhibe, cuando debemos dar por sentado que ya son rectos como buenos ciudadanos, porque es algo que es inculcado desde el hogar y reforzado en las aulas de clase; al menos eso espera uno porque no se da en todas las casas ni se apoya en todos los contextos: hemos visto a la Policía capturar familias enteras delinquiendo. Entonces pareciera que en el Siglo XXI se consolida peligrosamente el aplastamiento de la rectitud por incómoda, por inconveniente, por obstaculizar el avance político de ciertos personajes, el ascenso de algunos empresarios o los intereses de compañías. Hoy urge avanzar en la construcción de la sociedad recta. Los ejemplos de vida de hombres y mujeres que prefirieron mantener la rectitud y no arrodillarse son la clave para empezar en este propósito”.
Además de El Espectador, otros medios de comunicación del país han sido víctimas de estas prácticas por parte de grupos delincuenciales, pero nunca han dejado de informar ni opinar.
Valor
Coraje
Una palabra resume la respuesta de la prensa a la intención de los violentos de sembrar miedo: el coraje. Lo demostró EL COLOMBIANO cuando el 10 de marzo de 1988 desconocidos ingresaron a la sede de Juanambú (Centro) a las 10:20 de la noche y dejaron dos paquetes con bombas que fueron sacadas a la calle por un valiente vigilante de nombre Gabriel Trespalacios, que luego explotaron en la calle. Lo ratificó la emisora Caracol Radio cuando el 12 de agosto de 2010 fue activado un carrobomba contra la sede de Bogotá. En las regiones la situación de los periodistas es crítica. En Tarazá, el 12 de agosto de 2014 fue asesinado el periodista Luis Cervantes, que estaba amenazado. Y el 10 de septiembre de 2015, en Pitalito, Huila, fue ultimada a tiros la periodista Flor Alba Núñez. En esos casos, los medios no se silenciaron sino que siguieron desempeñando su función de informar.
Antivalor
Odio
El amedrentamiento a la prensa, a través de amenazas de muerte, ha sido una constante en el país en los últimos 40 años. Según un informe de la Flip (Fundación para la Libertad de Prensa) revelado el pasado mes de agosto, desde 1977 hasta este año han sido asesinados en el país 260 periodistas, el último de ellos José Libardo Montenegro, acribillado el 11 de junio de este año en el municipio de Samaniego, Nariño. Según la entidad, este año se han reportado 73 casos de intimidación contra 85 periodistas que ven en riesgo sus vidas en virtud de su ejercicio. La Flip señala que los departamentos de Antioquia, Arauca y Nariño y la ciudad de Bogotá son los más afectados por el fenómeno. Un estudio del Centro Nacional de Memoria Histórica reseña que en Antioquia, entre 1977 y 2015, fueron asesinados 21 periodistas. Si bien en los años 80 y 90 era claro que contra la prensa los ataques provenían del narcotráfico, hoy existen diversas estructuras criminales que ejercen presión.
ANÁLISIS
Reflexiones sobre el coraje de informar
José Guillermo Palacio
Periodista EL COLOMBIANO
“E jercer el periodismo y mantenerse firme en aquellos años terribles de la guerra que el cartel de Medellín le declaró al Estado y todo estamento de la sociedad colombiana que lo cuestionara, exigía enormes dosis de valor y compromiso con la profesión y la defensa de sus principios éticos. Se trataba de hacer un periodismo analítico, responsable y comprometido con la verdad y el rescate de las instituciones, públicas y privadas permeadas por la lacra del narcotráfico y el dinero fácil. El estrés y las jornadas eran terribles, cada actor de ese conflicto atroz se empeñado en hacer daño y ocultar la verdad. Un fin de semana en el Aburrá podía sumar más de 200 asesinatos, muchos de los cuales quedaron en la impunidad. Hubo rondas criminales que comenzaban antes de la medianoche, por lo general, en el suroccidente de Medellín, se extendían por todo el occidente, luego pasaban al noroccidente, desde allí por todo el área occidental de Bello hasta Niquía, retornaban hacia el centro de esa población para luego cruzar al nororiente. Los últimos disparos de esas noches de espanto, viernes o sábados, robaban vidas en el centro de Medellín. Eran las famosas rondas de “limpieza ciudadana”, que toda autoridad terminaba negando, pero que solo el periodismo valiente se atrevía a denunciar. Fueron muchos los colegas que no resistieron la presión y dejaron el oficio o se vieron en la obligación de refugiarse en otros países, donde terminaron ejerciendo los más humildes oficios. Sea la oportunidad de rendir homenaje a Diego Vargas Escobar, “El Muchachón”, director y locutor del noticiero Cómo Amaneció Medellín, en Caracol, y luego Medellín Buenos Días, Buenas Tardes, Buenas Noches, en la Voz de las Américas. El más grande, de lejos, noticiero popular de la ciudad. A Diego lo asesinaron por ejercer un periodismo decidido. ¿Quién lo mató? De todos lados hubo señalamientos. A los matones de entonces les servía cualquier patrón, privado u oficial. Lo suyo era silenciar la verdad”.
Aspiraciones, cosmovisiones e ideologías fundamentan una sociedad heterogénea. Las autoridades deben garantizar el respeto de la diversidad, tarea que le ha quedado grande a Colombia.
Valor
Tolerancia social
Entre los rasgos con que la Constitución caracteriza al Estado colombiano se encuentran el de ser un Estado democrático y participativo de derecho, respetuoso de la dignidad humana y abierto al pluralismo. Según la Corte Constitucional, el pluralismo es uno de los rasgos distintivos del Estado, garantía que se divide en tres dimensiones: ser el reflejo de una sociedad que admite y promueve de manera expresa el hecho de la diversidad; que aprecia de modo positivo las distintas aspiraciones y valoraciones existentes hasta el punto de proteger la libertad religiosa, de conciencia y pensamiento, así como la libertad de expresión; y en la definición de mecanismos jurídicos, políticos y sociales que servirán para dirimir los conflictos que se presenten en virtud de las diferencias vigentes en un momento determinado. Una tarea que sigue pendiente.
Antivalor
Acallar las ideas
La nueva dinámica delictiva en los territorios de consolidación, luego del abandono de las Farc tras el proceso de paz, está caracterizada por el surgimiento de “verdaderos ejércitos al servicio del narcotráfico”, según denunció la Fiscalía. En el fuego cruzado han quedado los líderes comunitarios que luchan por procesos de restitución de tierras o por derechos de víctimas. Desde 2016 hasta agosto pasado, la ONU documentó 302 homicidios de líderes. La Fiscalía indicó que de estos ya resolvió 177, con 33 sentencias condenatorias, 55 casos que están en etapa de juicio, 45 en investigación (con imputación de cargos), 41 en indagación con orden de captura, tres casos fueron precluidos por la muerte del indiciado y 125 hechos se encuentran en fase de indagación con órdenes a Policía Judicial. De estas cifras, 31 asesinatos han sido a mano de organizaciones criminales, seguido por 21 casos del Clan del Golfo, 14 del Eln y 6 del Epl. Las balas acallando las ideas de líderes que las defienden con sus vidas.
ANÁLISIS
“Estatuto de la oposición es un paso importante”
Yann Basset
Grupo Procesos Electorales de la Universidad del Rosario
“E s importante que el elector tenga de dónde elegir, que existan varias opciones, porque eso genera sentido de pertenencia y un vínculo fuerte entre los gobernantes y los gobernados. Es muy importante para que la gente sienta que se está jugando algo clave en las elecciones. Eso es fundamental para el pluralismo político. Además, es vital la pluralidad de candidatos y de pensamientos diferentes para permitir el control político; es decir, que el que gana gobierna y el que pierde igual tiene un papel y es hacer control político, fiscalizar al gobierno de turno y denunciar las cosas que no funcionan. En Colombia en los 80 y 90 tuvimos el problema histórico de la violencia que evidentemente era un obstáculo para las voces disidentes y para las voces críticas, particularmente en lo local, que es una cosa que no vemos muchas veces porque nos enfocamos en las grandes ciudades, o el panorama nacional, donde es más fácil encontrar voces críticas, pero en el resto de municipios del país es difícil. Acá, en estas elecciones de octubre tendremos una novedad que es el estatuto de la oposición que institucionaliza el pluralismo y pretende dar mayores garantías a las voces de la oposición. Eso es un elemento para el pluralismo; sin embargo, que haya que institucionalizarlo muestra que en el país no está tan arraigado en la cultura el tener diversidad de voces. Ojalá que continúe funcionando. No se pueden dejar de lado los casos recientes de los asesinatos de Karina García, candidata a la Alcaldía de Suárez (Cauca) por el Partido Liberal y Orley García, aspirante a la Alcaldía de Toledo (Antioquia) por una alianza de partidos entre los que estaba la U y el Centro Democrático. Esto es muy grave y genera temor entre los candidatos, porque muchos renuncian a esa aspiración o, incluso, ocurre un fenómeno que está menos documentado, y es que no se presentan directamente porque tienen miedo”.
El mal proceder, en desarrollo de cualquier oficio, genera consecuencias indeterminadas. El cumplimiento de deberes y la observancia de principios promueven la transparencia y la confianza.
Valor
Honradez profesional
Reportar si existe conflicto de interés, es decir, si algún provecho personal o familiar puede interferir en la capacidad de tomar decisiones objetivas. También se actúa a favor de la ética cuando no se filtra información confidencial, datos técnicos, políticas empresariales, planes comerciales, fórmulas o métodos. La legalidad se manifiesta cuando se actúa respetando la Constitución, las leyes o reglamentos; cuando se suministra información correcta, clara y con sustento dentro del desempeño del oficio. La lealtad e integridad se hace evidente cuando el profesional actúa a favor de su equipo, de los grupos de interés y la sociedad. Asimismo, cuando no acepta para sí o para terceros dádivas o beneficios a cambio de tratamientos o servicios especiales. En resumidas cuentas, actuar bien es actuar siempre con la transparencia de un cristal.
Antivalor
Antiética e ilegalidad
El desplome de la torre seis del edificio Space, el 12 de octubre de 2013, no solo se llevó la vida de 12 personas -un residente y once trabajadores- sino que fue la punta del iceberg de una cruda realidad en Medellín: edificios mal construidos que convirtieron en ruina los sueños de cientos de familias. La falta de rigor, el desconocimiento de los reglamentos y manuales de construcción, el incumplimiento de normas de sismorresistencia y, lo más triste, el desprecio por la vida y los anhelos de cientos de hogares, crearon un drama que, seis años después, está lejos de resolverse. La codicia de algunos constructores que, por llenar sus bolsillos redujeron la calidad de los materiales y de los diseños, fue un mal endémico que después se repitió en Continental Towers, Asensi y Bernavento, en Medellín; Altos del Lago en Rionegro y Babilonia en Itagüí. Cómo hubiera sido de diferente la historia si los procedimientos se hubieran ajustado a la ética y la legalidad, cuántas tragedias se hubieran evitado.
ANÁLISIS
“Reproche social debe preocupar más”
Bernardita Pérez
Constitucionalista y docente de la U. de Antioquia
“S er deshonesto no paga en ninguna profesión ni en ninguna actividad de la vida. En primer lugar, porque hacer las cosas conforme a las reglas establecidas por la sociedad genera confianza, transparencia, credibilidad y respeto; y para cualquier profesional cada uno de esos elementos son muy importantes. Además, las personas que accedimos a la educación superior tenemos deberes sociales con nuestra colectividad; uno de esos deberes es ser honesto, veraz, claro y confiable. Y si se incumplen esos compromisos hay sanciones. De un lado la ley castiga cuando se actúa indebidamente en ciertas circunstancias, pero más allá de esas sanciones legales están las morales que se producen como respuesta a comportamientos indebidos. Por ejemplo, cuando los profesionales hacemos tráfico de influencias, que no necesariamente está sancionado en la ley; cuando abusamos de la confianza de un cliente, de la credibilidad de la gente; cuando engañamos, auncuando eso no tenga sanción legal. Los reproches sociales nos deberían preocupar más que los mismos legales, porque para esas últimas están el legislador y el juez, pero el precio de los defectos morales de un ciudadano lo paga la sociedad. En Medellín, algunas cosas han cambiado para bien; en otras, hemos “autorizado” mal nuestras costumbres. Por ejemplo, en los deberes éticos de los profesionales de la ingeniería nunca habíamos visto que por economizar en el diseño de un edificio se pusiera a la ciudadanía en riesgo. Eso es una irresponsabilidad social intolerable. La mala práctica de muchos médicos que ejercen indebidamente la profesión también es reprochable. La academia educa en una técnica o profesión, pero es el ciudadano el que tiene que adquirir valores y lo hace en la familia, que es el núcleo básico de la sociedad y con la buena educación moral, que es distinta a la universitaria”.
El filósofo Platón enseñó que la justicia es la perfección del alma y su alumno Aristóteles simplificó aún más la definición: afirmó que consiste en que cada uno reciba lo suyo de acuerdo a la norma.
Valor
Justicia
El teórico estadounidense John Rawls calificó a la justicia como “la primera virtud de las instituciones sociales” y la encumbró como un elemento clave para que las sociedades combatan la inequidad y cultiven la tolerancia. Justicia que tendrá, en todo caso, a la imparcialidad como un valor supremo que cierra la brecha social y manda un mensaje a las personas sobre la manera de actuar en sociedad. Es el mensaje tácito del valor supremo que ante la ley, pase lo que pase, todos somos iguales. En últimas, no es otra cosa que el camino hacia el consenso necesario que permite desarrollar cualidades como el civismo, y de esta manera borrar la errónea idea de que la justicia se logra, como un ojo por ojo, tomada a mano propia.
Antivalor
IMPUNIDAD
No es otra cosa que el no castigo de los crímenes cometidos, es uno de los principales caldos de cultivo del crecimiento de la violencia. A pesar de mostrar avances, en materia de lucha contra el crimen, Colombia aún registra un porcentaje inferior al 30 % en la tasa para esclarecer homicidios. Según datos de la Fiscalía General de la Nación, en 2018 la tasa era cercana al 28 %. Es decir, de cada 100 asesinatos solo 28 terminaban con una condena por el delito. Tasas con ese porcentaje envían un pésimo mensaje a la sociedad sobre lo que implica romper las normas y sirven para que otros delitos como hurtos, delitos informáticos o corrupción se vuelvan un común denominador, trastocando los valores éticos que requiere la sociedad colombiana para avanzar. La solución es clara: mejorar la eficiencia de la justicia para combatir un flagelo que deja huella.
ANÁLISIS
La justicia como eje de la dignidad humana
ARMANDO ESTRADA VILLA
Abogado y profesor universitario
“E ste valor es objetivo fundamental del Estado Social de Derecho, que tiene que ver con la justicia social y también con la retributiva. La social tiene en cuenta lo que debe realizar el Estado para distribuir los recursos y oportunidades disponibles, promover el desarrollo y erradicar la pobreza, con el fin de procurar la ordenación moralmente correcta de la sociedad y garantizar la dignidad humana. En tanto que la retributiva, responsabilidad de la rama judicial del poder público, es la encargada de castigar las infracciones a la ley penal; es la que busca sancionar al infractor de acuerdo con la falta cometida, partiendo de la base de que si alguien comete un delito debe ser castigado.
Corresponde, entonces, a cortes, tribunales, magistrados, jueces y fiscales independientes e imparciales, investigar y castigar la comisión de delitos para establecer la verdad pública y asignar responsabilidades a los trasgresores de la normatividad penal, ya que la garantía de la represión de los crímenes concierne al ejercicio de los derechos y libertades públicas de la ciudadanía, lo que hace posible la resolución pacífica de los conflictos. Sin embargo, en Colombia la justicia no castiga a la mayor parte de los delincuentes, y por tanto, no se sancionan las fechorías.
Néstor Humberto Martínez, al asumir la Fiscalía General de la Nación, manifestó que ante 3.5 millones de delitos solo se producían 51.000 sentencias, lo que quiere decir que se presentaba un 99 % de impunidad.
Debe destacarse que, si no se resuelven los casos, entonces la rama judicial envía dos mensajes a la sociedad: el primero, que el crimen paga. Así, la ausencia, debilidad o escasa probabilidad de sanciones por falta de pena brinda oportunidades y alicientes para violar la ley. El segundo es el de la incapacidad del Estado para garantizar los derechos, libertades e intereses de los ciudadanos. Situación que, de una parte, fortalece la idea de tomarse la justicia por mano propia como ocurre, por ejemplo, con los llamados grupos de limpieza social que proceden contra la delincuencia.
Colombia ocupa el puesto 83 de los países más corruptos del mundo, comprometiendo el 1,6 % de su PIB. El desmoronamiento de las instituciones solo se detiene con ética y educación.
Valor
TRANSPARENCIA EN MANEJO DE RECURSOS PÚBLICOS
Critón entra al presidio a visitar a Sócrates después de pagarle un soborno al carcelero. Tiene lista la coartada pero la voz del reo lo sorprende: “Las leyes pueden estar erradas por tratarse de cosas humanas, pero esencialmente tienen una raíz divina y atentar contra ellas solo puede causar males. Hay que obedecerlas con todas sus consecuencias”. Su axioma es considerado el primer postulado de cero corrupción de la ética. El respeto de las normas y de los recursos públicos garantiza el funcionamiento del Estado y la correcta inversión de los impuestos. De otro modo, se ponen en riesgo los programas de alimentación escolar, cuidado de la primera infancia, atención en salud al régimen subsidiado, subsidios a la población de la tercera edad, y demás iniciativas sociales. Los corruptos condenan a su pueblo a la horca.
Antivalor
Corrupción estatal
Según una investigación de la Universidad Externado de 2018, entre 2009 y 2016 hubo 3.966 casos de corrupción registrados en el sistema penal oral acusatorio y 326 sanciones disciplinarias. La corrupción representa alrededor de 1,6 % del Producto Interno Bruto, unos nueve billones de pesos anuales, según la Procuraduría General de la Nación. La Dirección de Regalías del Departamento Nacional de Planeación reportó en 2010 a los órganos de control 21.681 irregularidades en la ejecución de los recursos entre 2005 y 2010. El estudio del Externado dice que las principales causas de corrupción en el país son la debilidad de los sistemas de planeación y control; monopolio en la prestación de servicios por el Estado; falta de transparencia de información y procedimientos; débiles sanciones, que constituyen incentivos para las conductas corruptas; y burocracia clientelista. Ética y educación son los dos factores claves para que la corrupción deje de anidarse en las estructuras de la sociedad.
ANÁLISIS
Preocupa más que el conflicto armado
Luis Felipe Dávila
Doctor en Humanidades - Universidad Autónoma
“U sualmente se oponen las palabras transparencia y corrupción, sin embargo, la corrupción no es más que una forma en la que se transparentan ciertas reglas informales ancladas en los territorios y en las mentes. Más que una práctica indebida y ocasional, la corrupción es toda una institución. La ley y los discursos no son su antídoto, son instrumentos a su alcance, en ocasiones vestidos que encubren su dimensión. Colombia es uno de los países más corruptos del mundo. Sus maneras son cada vez más creativas y viles. Los casos van desde las altas esferas gubernamentales y económicas (Odebrecht), hasta los comedores comunitarios, pasando por la Dian, la Policía y los puertos. Los derechos a la educación y a la salud son los más afectados por este flagelo. La rama judicial no se escapa de esta maldición, “el cartel de la toga” ejemplifica su espectro oscuro, así como aquella otra de un fiscal anticorrupción que es corrupto. Colombia ya no se encuentra en la época de Turbay, quien consideraba que había que llevar a la corrupción a sus “justas proporciones”. Ahora se encuentra en el momento del hastío y la indignación. La corrupción figura como una de las principales preocupaciones de los colombianos y, por primera vez en la historia nacional, supera al conflicto armado. Una de las formas más comunes de materializar la corrupción es por medio de carteles: el de la hemofilia, sida, pañales, arroz, azúcar, etc. En contextos donde la ley es leve como la harina, la corrupción aflora y se vuelve institución. Para acabar con la corrupción es necesario modificar las condiciones del entorno y la arquitectura gubernamental. En un contexto donde las instituciones formales son inciertas y las sanciones no se aplican, las instituciones informales terminan amalgamándose con las reglas formales. De ahí que las leyes anticorrupción no sirvan para su propósito”.
“Estoy en desacuerdo con lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”, escribía Voltaire, principio del estado de derecho que se vulnera con recurrencia en el país.
Valor
TOLERANCIA
El pasado 6 de mayo el exportero René Higuita, compañero de Andrés en la Selección Colombia, se expresó en redes sociales respecto a un video que se hizo viral en el que una pareja homosexual compartía un gesto de cariño en el partido entre Atlético Nacional e Independiente Santa Fe por la Liga Águila del primer semestre. Pese a las críticas que generó el hecho, el exfutbolista mostró su apoyo, a través de un mensaje en Twitter. De inmediato, la publicación fue compartida por miles de personas y suscitó comentarios. “Hombre y ¿cuál es el problema? Dejen a los muchachos ser felices, no le están haciendo daño a nadie, ademas Nacional es amor, es pasión, es alegría, es familia . Es lo lindo del fútbol... en el estadio todos somos bienvenidos y cada quien disfruta a su manera”, fueron las palabras del portero. Ejemplo de respeto por las diferencias.
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INTOLERANCIA
Colombia es un país en el que se registran múltiples casos de intolerancia y solo basta mencionar los asesinatos de líderes sociales en el último año por diferencias ideológicas. La ministra de Justicia, Margarita Cabello Blanco, en una reciente declaración ante medios de comunicación en la Casa de Nariño, aseguró que la Fiscalía tiene registro oficial de 142 casos de asesinatos de líderes sociales ocurridos en el último año. El último caso se presentó en Tuluá (Valle). Se trató de José Arled Muñoz Giraldo, de 54 años de edad, quien era desplazado del municipio de Belén de Umbría (Risaralda). Giraldo había llegado a Tuluá en 2012 luego de haber sido víctima de un atentado por personas desconocidas. El dirigente era, además, parte de la Mesa Municipal de Víctimas y desde allí defendía los derechos de las personas en situación de discapacidad. Fue otro homicidio, como el de Andrés, por intolerancia, por no respetar la opinión diferente.
ANÁLISIS
Andrés era un ejemplo perfecto de tolerancia
Luis Guillermo Patiño
DSecretario de Educación de Medellín
D esde la Secretaría de Educación se impulsa un proyecto muy bonito que llega a todos los colegios y resalta a los héroes, y tenemos a Andrés Escobar como un referente de caballerosidad, de cultura, buen trato, equilibrio, para que entre nuestros jóvenes haya tolerancia, que aprendan a encontrarse con el otro, respetando la diferencia. Andrés siempre puso sus valores como deportista al servicio de la ciudad y se convirtió en ejemplo y hoy, lo retomamos como uno de esos referentes para los niños de nuestras escuelas y colegios, por el valor que representó de hombre recto en una época tan difícil como los años 90, en un periodo de alta violencia, él siempre representó convivencia, tolerancia y respeto. Mostró la capacidad de resolver problemas desde el deporte hacia la sociedad y hoy precisamente lo estamos estudiando y poniendo en un lugar muy importante para nuestra juventud. Es muy paradójico que un caballero dentro y fuera de las canchas haya sido asesinado y no esté más con nosotros producto de todo lo contrario que él representó que es la intolerancia, esa incapacidad de respetar las diferencias del otro. Es muy triste que esa intolerancia se haya llevado a un ejemplo de disciplina, alguien que consiguió las metas a través del esfuerzo, y lo más triste es que continuamos con una sociedad que no respeta la diferencia. Hay que recorrer mucho camino para respetar al otro. Andrés Escobar representaba la sociedad tolerante que queremos ser, un norte, una luz para salir de la oscuridad que a veces nos agobia como sociedad. A pesar de las problemáticas que hay en los barrios sería bueno mirar cómo Andrés resolvía sus dificultades con su decencia y respeto. Indudablemente estos son los personajes que debe seguir una sociedad como la nuestra, la cual, infortunadamente, sucumbe hacia la violencia que no tienen razón ni justificación”.
Valor
Respeto por el otro
En la carrera 55 con calle Colombia, en Medellín, la artista suiza Noëmi Manser plasmó un mural sobre el costado de un negocio en el que se dibujan cientos de rostros con diferentes características, que en el centro están acompañados por un círculo que representa al sol. La obra fue pintada este año y lleva por nombre Conectando Humanidad (en su traducción al español). El objetivo trasciende de la simple observación, pues los transeúntes que pasan por allí reflexionan sobre el significado de la pintura. En lo que coinciden las voces es que se trata de respetar al otro, sin importar los rasgos físicos, el pensamiento o el estatus social, pues en últimas todos estamos cobijados bajo el mismo cielo, bajo la misma luz del sol.
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DISCRIMINACIÓN
En sus redes sociales, la concejala Daniela Maturana ha puesto el siguiente debate sobre la mesa: ¿Por qué hablar de racismo y discriminación en Medellín? De acuerdo a las cifras de la alcaldía local, en la ciudad hay más de 236.000 habitantes afrocolombianos, cerca de un 10 % de la población, mientras que hay alrededor de 3.500 indígenas de 20 tribus distintas. La corporada expresó que más del 40 % de la población afrodescendiente ha manifestado sentirse discriminada, por lo cual “tenemos que apostarle a la etnoeducación para cambiar los imaginarios, para que Medellín sea realmente una ciudad que se reconoce como un territorio diverso”. Como dato curioso, la comunidad afro, proveniente de otras regiones como Urabá o del departamento de Chocó, o incluso nacidas en la capital antioqueña, desde la década de los 90 tomaron el Parque de San Antonio como su sitio de encuentro.
ANÁLISIS
¿Por qué nuestra sociedad discrimina?
Alfredo Restrepo Ruiz
Docente Facultad de Ciencias Sociales y Humanas U. de M.
Es natural en el ser humano generar prácticas de diferenciación que permitan determinar qué es esto, qué es aquello, qué es lo propio, qué es lo ajeno, qué es lo cercano, qué es lo lejano. La diferenciación permite construir la identidad y a su vez esta última define y crea el sentido de pertenencia. Ambas forman un binomio sobre el cual se sustentan ideas, tradiciones, costumbres, valores y en general esquemas de pensamiento y de prácticas para comprender y significar la vida. La identidad define la idea del ser, es decir, qué soy y qué somos; la pertenencia define ideas como de dónde se viene y dónde se está, es decir, el arraigo. Las dos se encarnan de tal manera que terminan convirtiéndose en un sistema sólido sobre el cual se erige toda la vida. La discriminación surge cuando se considera que un esquema de identidad y de pertenencia es mejor o superior a otros y por lo tanto tiene el derecho de superponerse. En ese sentido se excluye, se aparta, se aleja y hasta se elimina lo que no esté en ese esquema dominante. La discriminación es la eliminación del sentido de igualdad que genera la identidad y la pertenencia y que por extensión provee a quienes están dentro de ellas bienestar, seguridad, tranquilidad, derechos. La discriminación es la negación de esos derechos y de esas condiciones de bienestar a otros grupos o personas. Puede darse por asuntos raciales, étnicos, económicos, políticos, religiosos, de género y más. La discriminación, en ese sentido, se rompe cuando las sociedades practican ideas igualitarias e inclusivas, cuando promuevan igualdad entre los ciudadanos para el acceso a los mismos derechos y cuando se respeta la diferencia, porque, al fin y al cabo, aunque se pertenezca a un mismo esquema identitario o societal, cada ser humano es diferente de los demás.
En una sociedad donde la intolerancia y los problemas de convivencia terminan dejando centenares de muertos y heridos, es crucial el diálogo como herramienta para resolver las diferencias.
Valor
La conciliación
En la sociedad griega se aceptaba la presencia de Tesmótetas -una especie de magistrados- para cumplir una labor disuasora cuando había “espíritus en crisis”; ellos mediaban entre ciudadanos para resolver sus conflictos sin necesidad de acudir a juicios. En Colombia la conciliación es una figura reciente (ver análisis) pero el exministro Armando Estrada Villa la reconoce como una herramienta de gran valor para evitar que las diferencias se conviertan en peleas insalvables. “En un país donde la polarización reina, la conciliación es necesaria”, dijo. Estrada sostiene que hay antecedentes que demuestran que sí es posible el acuerdo y cita algunos ejemplos: el Frente Nacional como salida a la guerra política y el proceso de paz con el M-19. “En ambos casos, casi que por unanimidad, el país aceptó decisiones que le pusieron fin al conflicto”, agregó.
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Agresión física
En Colombia cada año las autoridades dan el mismo balance: la celebración del Día de la Madre, una fiesta familiar, es precisamente uno de los días más violentos del año. En 2019, en esa fecha hubo 110 muertes y 247 casos de personas lesionadas, la mayoría producto de riñas o hechos de intolerancia. Pero no se trata de un evento aislado. En 2018, Medicina Legal documentó 114.422 casos de personas lesionadas por otras en todo el país. Eso sin contar 26.059 agresiones sexuales y 77.457 casos de violencia intrafamiliar. El panorama es desolador. El alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, considera que el cambio cultural, la apuesta por las negociaciones y la convivencia son claves para revertir la problemática. “La ciudad ha avanzado en muchos ámbitos, pero necesitamos mejorar como sociedad. Muchas fiestas terminan en tragedia y no se respeta la vida. Nuestro deber como ciudadanos es ponernos de acuerdo y buscar soluciones pacíficas a las diferencias”, dijo el mandatario
ANÁLISIS
La conciliación, otro pendiente judicial en Colombia
Camilo Piedrahita
Decano de la Escuela de Derecho, Universidad EAFIT
L os denominados “métodos alternativos de solución de conflictos”, como la conciliación, suelen analizarse desde la administración de justicia y solo como fórmulas complementarias a las vías judiciales ordinarias, que permitirían, entre otros fines, mejorar las métricas en cuanto a la descongestión y la celeridad socialmente demandadas. Este enfoque resulta obvio si tenemos en cuenta el indicador de eficiencia en la justicia (costo - tiempo) del Foro Económico Mundial (WEF), que sitúa a Colombia en un deshonroso puesto 121 entre un total de 140 países del mundo. De allí provino precisamente la movida legal hacia los mecanismos alternativos de justicia como paso obligado para acceder a aquélla. El antecedente legal más cercano, la ley 640 de 2001, estableció la estructura para la operación actual de la figura de la conciliación, ya sea voluntaria o como un requisito previo para acceder a la justicia tradicional, en las distintas áreas del derecho y a través de múltiples instituciones (Casas de Justicia, Comisarías, Consultorios Jurídicos, Ligas de consumidores etc.) Pocas veces se analiza el potencial de estas instituciones para contribuir a la construcción de una sociedad menos conflictiva y violenta, culturalmente más consciente de sus derechos, pero a la vez, comprometida con el cumplimiento de sus deberes en los diferentes roles del individuo (familiar, laboral, comercial y ciudadano) lo cual se mide, entre otras formas, por el modo en que los ciudadanos resuelven sus conflictos. Indudablemente, estos mecanismos implican beneficios para los ciudadanos, relacionados con los costos en tiempo y dinero de su uso. Así mismo, resultaría más que irresponsable minimizar la valiosa y dedicada labor que cumplen las entidades facultadas para adelantar estas acciones. No obstante, debemos preguntarnos por los logros de esta estrategia tras casi 20 años de su formulación; hoy, al igual que tiempo atrás, los colombianos creen poco en el cumplimiento de las leyes: el índice de Imperio de la Ley nos ubica en el puesto 72 de un total de 113 países a nivel mundial y un 45.8 % de los ciudadanos no cree en los funcionarios judiciales. Además de la disposición para resolver los conflictos de manera pacífica, la eficacia de la justicia tradicional y alternativa, depende de que la sociedad se organice a nivel individual, laboral y empresarial de manera formal logrando así conciliar las tensiones entre la defensa de las libertades individuales como la autonomía, la autodeterminación, la propiedad privada o la intimidad con los intereses colectivos como la paz y la justicia.
Así como hay algunos que asesinan por un precio, otras personas preservan la vida de otros sin pedir nada. La clave para un cambio de mentalidad, para los expertos, está en lo social.
Valor
Vida
El 1 de abril de este año el soldado Fredy Sucerquia Zapata estuvo cerca de morir durante un combate en el municipio de Tierralta, a manos del Clan del Golfo. Él, sin embargo, estaba allí para salvar vidas. En cuanto se detuvieron los disparos, atendió a uno de los heridos, Héctor Duberney Manco Dávila, un miembro del grupo criminal que fue impactado en una pierna. Solo después, cuando este fue llevado a una clínica de Urabá para ser operado, Fredy supo que se trataba del hombre que intentó dispararle minutos antes. En Colombia también hay espacio para estas historias. Para los relatos en los que, como dice el escritor Patricio Pron en su libro “El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia”, al final los progenitores no mueren, sino que alcanzan a tener hijos que un día vuelven sobre su pasado y comprenden cómo llegaron allí.
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Sicariato
La imagen de un niño levantando un arma para asesinar no se quedó en los 80. El pasado 29 de marzo, un joven de 14 años disparó contra dos hombres en una licorera del barrio Santa Lucía. Fue capturado por la Policía poco después, a tiempo para salvarlo de las personas del sector, quienes se disponían a golpearlo. El menor de edad ha vivido casi los mismos años que la cantidad de personas que habría matado –según informó la Fiscalía, está imputado por 12 homicidios–. De haber sido alcanzado por la comunidad, su historia pudo acabar como la de un niño traído al mundo para ser utilizado por el crimen organizado, y sacado de él por una sociedad en la que no tuvo otra oportunidad. Una vida como la de Kokoriko, el joven sicario de la novela “La Cuadra”, de Gilmer Mesa, que vivió y murió en el barrio Aranjuez como una herramienta letal al servicio de sus jefes y como un escudo para sus amigos, quienes tras su muerte sintieron más alivio que dolor. Esas vidas efímeras, devoradas por la violencia, aún recorren las calles y son nuestro gran pendiente como sociedad.
ANÁLISIS
¿Quién fue el que le puso precio a la vida?
Gerard Martin
Sociólogo e investigador del conflicto en Colombia
Lo que causó estupor no fue únicamente que el Ministro de Justicia fuera asesinado, sino que fue asesinado por dos adolescentes, miembros de una banda criminal en un barrio humilde de Sabaneta, pero contratados por los más grandes capos de Medellín. Los sicarios probablemente ni entendían a qué se dedicaba Lara Bonilla y por qué tenía que morir. La motivación sicarial en aquellos años, según lo ha explicado Alonso Salazar en su clásico No nacimos pa’ semilla (1990), era ganarse la vida de manera emocionante y tener la oportunidad de hacerse visible en el barrio, aunque fuese por un instante. La suma gravedad del problema sicarial adolescente fue pronto ampliamente conocida, pero en ningún momento durante los años 80 se produjo una política nacional o municipal para intervenirla con rigor. Se mantuvo, y hasta hoy, la media jornada de escolarización en la educación oficial sigue propiciando la situación. Tampoco se fortalecieron programas específicos para adolescentes en riesgo de carreras delincuenciales. No fueron aquellos sicarios adolescentes los que pusieron precio a la vida. Lo hicieron los grandes clanes criminales, aquellos que los reclutaron y profesionalizaron, pero que también fueron frecuentados por determinados sectores políticos (algunos de derecha, otros de izquierda), protegidos por eslabones institucionales corruptos, asesorados por bancos apasionados del blanqueo, y por otra “gente de bien”. De ahí que un jefe de sicarios como Escobar llegara a ser congresista, hasta que Lara Bonilla lo sacó (con apoyo de Estados Unidos). El poner precio a la vida no vino desde abajo, sino desde arriba. Hoy, casi todos aquellos sicarios y adolescentes están muertos, pero algunos de los responsables, los que ofertaron la vida, viven muy bien. Algunos incluso escriben libros sobre aquellos tiempos, como si fueran santos, publicados con gusto por prestigiosas casas editoriales. Tampoco faltan las interpretaciones que consideran que todas las personas asesinadas entre 1983 y 1994 fueron víctimas de una plaga que cayó del cielo, el narcotráfico, y que no hubo responsables.
A pesar del terror y de las vidas perdidas, los habitantes de Medellín han sabido sobreponerse con propuestas desde el arte, la música, la cultura, expresiones propias de una sociedad resiliente.
Valor
paz
En los barrios de Medellín, cuando en las calles hacen eco las balas o el miedo, la resiliencia y la tranquilidad se manifiestan en los carnavales, el grafiti, el cine y las canciones. En San Javier, por ejemplo, existen al menos 120 corporaciones culturales con las que los jóvenes se resisten a los grupos criminales. En medio del conflicto, la paz es una construcción de todos, un acto profundamente humano más que un movimiento político. O, como escribió el doctor en Filosofía Jorge Giraldo Ramírez, “la paz como la felicidad, la seguridad, la tranquilidad, la salud, la certidumbre, es una aspiración que siempre nos posee”. Sin embargo, no es un camino fácil y, tal como agrega el filósofo alemán Ernt Jünger: “para que haya paz no basta con no querer la guerra. La paz auténtica supone coraje, uno superior al que se necesita en la guerra”.
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la violencia
Dos, tres, cuatro y hasta más reportes de homicidios engrosan las estadísticas de las autoridades cada día y la cifra de muertes violentas ya alcanza los 182 casos en lo que va del año, según el Sisc. Quienes habitan la ciudad parecen estar habituados al conflicto, a las pérdidas, a presenciar de forma pasiva agresiones o arremetidas de grupos al margen de la ley. A veces la violencia no es otra cosa que la expresión del miedo y de la intolerancia, tal como lo afirma el politólogo Norbert Lechner en su ensayo “Nuestros miedos”. Entonces llegan las armas hasta las manos de los niños, como el más reciente caso en el que un joven de 14 años asesinó a dos hombres en el sector de Santa Lucía. Aparecen rincones y fronteras vetadas en los barrios de cuenta del terror, porque, como concluye Lechner: “Los miedos son fuerzas peligrosas. Pueden provocar reacciones agresivas, rabia y odio que terminan por corroer la sociabilidad cotidiana. Pueden producir parálisis. Pueden inducir al sometimiento”.
ANÁLISIS
El respeto por el otro, clave para la convivencia
Juan Luis Mejía Arango
Abogado, rector de la Universidad Eafit.
C omo toda palabra, la paz tiene muchas dimensiones. Primero, una social, que no es solamente la ausencia de confrontación, puesto que la sociedad por naturaleza tiene aristas, intersecciones y conflictos. La construcción de paz, en ese sentido, se da cuando existe una forma de darles resolución a esos conflictos de una manera civilizada, es decir, sin las armas y la violencia. Hay una dimensión que también es personal -y creo que lo público también debe velar por lo individual- que es la paz interior. El ciudadano que tiene en su alma paz interior no va a ejercer la violencia, no va a imponer sus ideas ni sus decisiones. Teniendo en cuenta ambos conceptos, hay que decir que la paz es la ausencia de violencia, son antagónicas, dos caras de una misma moneda. Entonces el ideal es que la sociedad pueda vivir sin violencia, una sociedad violenta no es viable. Ya Benito Juárez, político mexicano, dijo alguna vez que la paz se inicia cuando uno respeta y exige respeto. Pero no puede pedir el respeto a sus propios derechos quien está violando los del otro: ese límite de los derechos es el marco que nos debe regular para vivir en una sociedad en paz. El gran desafío en contextos como el nuestro es, entonces, lograr superar estos últimos años de Colombia en los que la solución de los conflictos se dio por medio de las armas y eso generó tanto dolor, tanto rencor, que sanarlo es un proceso difícil. La única fórmula en este caso es la reconciliación, la verdad y una decisión de no volver al pasado. Esto se traduce en no olvidar y aprender a perdonar, porque si no, no es posible sanar las heridas. En este camino la educación juega un papel fundamental, en las instituciones educativas se siembra la paz, pero la misma ciudad debe educar, desde el respeto por las señales de tránsito hasta la convivencia. Buena parte de los homicidios en esta ciudad son por intolerancia.
Entrevista con Rousbeh Legatis, politólogo de la Universidad Libre de Berlín, consultor e investigador en Colombia de posconflicto y construcción de paz local.
1. ¿Cómo puede definirse un concepto tan abstracto como la paz? ¿Existen diferentes ideas o categorías para definirla?
La paz como concepto es tan ambiguo que muchas veces tiene la necesidad de adjetivizarla para que su sentido se revele. Es decir, por ejemplo hablamos de la paz “positiva” o “negativa”, otras veces es “estratégica”, “duradera” o “imperfecta”. Entonces, para evitar que se apropie “la paz” como mero vehículo político, que llenamos solo según nuestra ideología para cumplir con los intereses al respecto, es imperativo cuestionar qué se quiere decir con “la paz” y dialogar con esa ‘polifonía de las pazes’ como yo lo llamo.
2. ¿Son la paz y la violencia conceptos contrarios u opuestos?
Primero, no se debe pensar la paz y la violencia como los dos lados de una misma ecuación porque la violencia es un instrumento para imponer mi interés sobre el o la otra, mientras la paz teóricamente delinea una visión, una concepción, un imaginario al cual se quiere llegar. La contrapropuesta del concepto paz sería más bien el conflicto, y allí surge un malentendido de lo último como algo negativo o destructivo. Al contrario, el conflicto y la transformación del mismo resultó en el desarrollo social, cultural y político en las sociedades. Clave es la forma cómo manejamos la situación cuando surgen conflictos. De manera constructiva, por ejemplo mediante el diálogo, o de manera destructiva, por ejemplo ejerciendo violencia para llevar a cabo lo que queremos.
3. ¿Cómo se manifiesta el concepto de paz en la sociedad? ¿En qué espacios o ámbitos podemos evidenciarla?
No de forma lineal, para comenzar. Algo que se sugiere erróneamente muchas veces, que genera malentendidos y expectativas exageradas a nivel político y dentro de las comunidades. Parto de la comprensión de que la paz se puede entender mejor como un proceso de transformación de conflictos, el cual se manifiesta mediante una multitud de esfuerzos realizados que paulatinamente se entretejen en una trama política, socio-cultural más y más densa. Para buscarla o sea evidenciarla hay que escuchar a las comunidades, analizar los discursos políticos planteados y destacar la connotación y el subtexto de la palabra verbalizada y escrita, tanto en los territorios como en las grandes ciudades.
4. ¿Cómo puede cada uno de nosotros aportar en la construcción de paz, teniendo en cuenta que vivimos aún en sociedades violentas?
Nuestro aporte a la construcción de paz y a la transformación de conflictos se evidencia en situaciones muy comúnes del día a día: en el trancón, en el supermercado, en nuestra familia, en las iglesias y universidades, en la rumba: en todos esos espacios de la vida hemos aprendido que tenemos que re-educarnos, porque por generaciones hemos asimilado instrumentos destructivos, egoístas o violentos para llegar a lo que queremos lograr cuando se manifiesta un conflicto. Eso empieza con cosas tan simples como la comunicación y con nuestras reacciones a la crítica. Tenemos que construir relaciones con otros sentidos y valores. Lo que tenemos que hacer es ofrecer otras propuestas alternativas a la violencia.
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Libertad de expresión
Este derecho fundamental está consagrado en el Artículo 20 de la Constitución de 1991, que garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial y la de fundar medios masivos de comunicación, que son libres y tienen responsabilidad social. También garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad y expresa que no habrá censura.
En la era de las redes sociales y las cadenas de WhatsApp, estos derechos se ven amenazados por las fake news (noticias falsas), que se replican sin medir los efectos negativos que causan entre los ciudadanos y que en muchas ocasiones es aprovechado para manipular y crear caos. Una sociedad democrática se cimienta en el ejercicio de una prensa libre, ejercida con ética, verdad y responsabilidad.
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CENSURA
Uno de los peores escollos para la prensa es la censura. En Colombia esta se expresa con la pauta publicitaria y con la amenaza. Víctima de esta última fue Luis Carlos Cervantes, periodista asesinado el 12 de agosto de 2014 por sicarios del Clan del Golfo en Tarazá. Un mes antes, la Unidad de Protección le había quitado su esquema de seguridad, lo que lo dejó expuesto a los criminales. Cervantes, como director de la emisora Morena FM y corresponsal de Teleantioquia en Tarazá, denunció un carrusel de alcaldes del Bajo Cauca y nexos del exmandatario Miguel Ángel Gómez con el Clan del Golfo. Es el mismo drama de muchos periodistas regionales del país, que enfrentan con heroísmo a los violentos por defender la verdad. La última víctima de esta forma de presión fue la periodista Flor Alba Núñez, de la emisora La Preferida en Pitalito (Huila), asesinada el 10 de septiembre de 2015. Ella denunciaba actos de corrupción política y actuaciones de las bandas criminales de la zona.
ANÁLISIS
El periodismo se hace valer
JUAN JOSÉ GARCÍA P.
Periodista, columnista y profesor universitario
Libertad e independencia son valores éticos ineludibles del buen periodismo. Sin ellos se reducen la credibilidad y la confiabilidad y se pierde el derecho a la justa valoración social. Frente a cualquier modo de recorte de esas condiciones esenciales de la profesión, la actitud ética debe caracterizarse por la resolución inflexible de no hacer concesiones que puedan favorecer maquinaciones abusivas, actos de censura o intimidaciones que, al disminuir la capacidad de difundir e interpretar los hechos de actualidad e interés público, les enajenen a los ciudadanos el derecho a conocer y explicar la realidad. El coraje es un atributo periodístico sin el cual se debilita la voluntad de cumplir los deberes inherentes al trabajo consecuente por la publicación y la comprensión de la verdad. Un periodismo timorato, condescendiente, incapaz de señalar los errores en que se incurre en el ejercicio del poder, o de mantenerse firme en la indicación de los manejos turbios de multiplicidad de fuerzas siniestras que vulneran los derechos de los asociados, no merece confianza y acrecienta la confusión y la perplejidad imperantes en la vida contemporánea. En época de posverdades confeccionadas por grupos tenebrosos de presión, de falsas noticias elaboradas por manipuladores de las corrientes ciudadanas o de silencios cómplices dispuestos por organizaciones delictivas que no vacilan para imponer el terror, la amenaza o la intimidación, del periodismo comprometido sin reservas ni subterfugios con la búsqueda honorable de la verdad y el sentido, dependen la integridad y la estabilidad de una sociedad. El periodismo libre e independiente hace valer su presencia determinante en el escenario social y en la confianza ciudadana si demuestra capacidad de conjurar amenazas e intentos de intimidación y control ilegítimo, sean cuales fueren sus orígenes, tendencias y procedimientos.
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HONESTIDAD
Veinte años para pagar un crédito hipotecario para un apartamento de 70 metros cuadrados. Muebles, electrodomésticos, ropa y zapatos comprados a cuotas en el club. “Apúnteme el mercado señor tendero que al final del mes le pago completo”. Sobrevivir en este lado de la frontera requiere de laboriosidad y empuje. Como Ítaca, de Kavafis, es un viaje largo, lleno de aventuras y dificultades. Así es la vida de millones de personas en Antioquia. Una de ellas es Juan Villa, un taxista que el 25 de diciembre pasado encontró un iPhone 7 en la banca trasera de su carro después de transportar a dos pasajeros desde la discoteca Mangos a Jardines de Catay, en El Poblado. Villa regresó a la unidad residencial donde se habían bajado las dos personas y regresó el celular. Un hecho que en nuestro diario vivir debería ser la regla, se convirtió en la excepción.
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LAVADO DE ACTIVOS
En 1998, el Juzgado Segundo Penal del Circuito de Medellín determinó la extinción de dominio del edificio Mónaco, luego de comprobar que había sido construido con recursos ilegales. La mansión de Pablo Escobar, que mañana quedará convertida en escombros, es uno de los ejemplos de plata mal habida, de dineros calientes, de fortunas que se levantaron de la noche a la mañana. De lujo en exceso. Los fajos de billetes, producto de las actividades criminales, generaron ganancias sin par y, sin embargo, evitaban llamar la atención de las autoridades. Por eso aparecieron empresas fachada, testaferros y penthouse sin habitar, con el propósito de borrar el vínculo entre el producto de su delito y las actividades ilegales. También trataron de construir explicaciones para dar cuenta del aparente origen legal del dinero. De esta manera lavaron sus ganancias antes de inyectarlas en la economía legal. Fueron fortunas efímeras y, como pasará con el Mónaco, con ocasos eternos.
ANÁLISIS
Sobre el dinero fácil y la cultura de ilegalidad
OMAR URÁN ARENAS
Facultad de Ciencias Sociales
Universidad de Antioquia
D ebemos ubicarnos en una perspectiva histórica de larga duración porque el fenómeno del dinero fácil y la cultura de la ilegalidad no empezaron con el narcotráfico. Hubo elementos preexistentes que facilitaron que este emergiera. Parte del mito de la antioqueñidad radica en que la palabra se cumplía y por eso no se hacían contratos formales en los negocios. Esas dinámicas económicas nos dan una predisposición al rebusque y a la aventura, quedamos sometidos a una variabilidad de la acción y del trabajo. De otro lado, Antioquia tuvo desde la Corona redes de contrabando. Cuando España prohibió el comercio de licor y tabaco con otros países, se crearon estas redes. El contrabando ha sido una matriz sociogenética. Cuando el narcotráfico emerge en los 70, ya existían rutas y caminos. Lo que pasa es que el narcotráfico hace mas alarde y ostentación de lo que antes no era mostrable. Los llamados emergentes se muestran como un nuevo tipo social deseable. Existe en ese rol una promesa de éxito que difícilmente se muestra en otra faceta de la sociedad. ¿Cuáles son los referentes que esta sociedad ha construido de una persona con éxito más allá de la ostentación y el dinero? Tenemos poca valorización del artista, el científico y el académico. Esa significación de los roles afectó mucho nuestra cultura. En el fondo lo que pasa es que la gente no se siente reconocida por lo que hace en su cotidianidad, salvo si tiene dinero. Si este no se consigue por vías legales, se logra por las ilegales porque el dinero se pretende para hacerse notar. La crisis de Medellín radica en esa resignificación de roles, crisis de formas de ser y de oferta de personalidades valoradas. Por eso se recurre al camino más fácil: obtener dinero, comprar cosas y que estas llenen el vacío de reconocimiento social. Establecer otros referentes de éxito es la tarea que se tiene que seguir haciendo.