El hombre de internet debería tener librero, médico, jíbaro, abogado, párroco y sastre propios.
Sean estos párrafos un anoréxico homenaje a los sastres, aquellos virtuosos de la aguja que nos visten “para podernos presentar decentes en la escena del mundo”, digámoslo con mi pariente Gustavo Adolfo Domínguez, simplemente Bécquer.
El reconocimiento es sobre todo para aquellos nostálgicos sastres sin prestaciones, sin asiento de voyeristas en primera fila de Colombiamoda, con tijeras arcaicas en lugar de sofisticado láser, y sin anoréxicos centímetros en la prensa.
Los veo locuaces, alegres, camelladores, en sus talleres, ganando el pan con el sudor de la melancólica Singer que solloza como si fuera un bandoneón.
Que san Homobono, italiano, patrono...