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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 26 de noviembre de 2015

Acostumbrarse

A veces lo horrible se vuelve la regla, y dentro de lo esperable, lo normalizamos, lo volvemos parte de las detestables probabilidades, otro elemento del paisaje. Este proceso nos vuelve insensibles frente a pequeñas tragedias y en la bruma de lo cotidiano dejamos de quejarnos, oponernos, actuar o exigir acción de la sociedad o las autoridades.

Hace unos pocos días me llamaron de mi aseguradora, esas llamadas siempre inconvenientes de los vendedores de voz neutral y acento amenizado, para ofrecerme una mejora en mi seguro de vida que incluyera “accidentes por balas perdidas”. La aparente innovación, pensaba el vendedor, se justificaba casi por sí sola, tan obvia que los argumentos eran pocos. Luego de mi negativa, el guion del vendedor se activaba, “piense que ya se acerca la época de diciembre y usted sabe cómo se ponen las cosas...”.

Y así, tan claro que no hace falta decirlo, todos nos ponemos de acuerdo que en diciembre hay más “balas perdidas”, al igual que pólvora y quemados, borrachos y accidentes de tránsito. La normalización entra en escena y lo inaceptable se vuelve “pan de cada día”, lo terrible se convierte en rutina. Y la indignación o la oposición decaen en el silencio.

Ese es el principal peligro de acostumbrarse a estas cosas, que lo que esperamos no nos sorprende a pesar de lo terrible. Funciona igual en estos días con la tristemente célebre “alborada”, un desenfreno de quema de pólvora que solo honra a los viejos mafiosos y paras, que aterroriza a las mascotas de todo el Valle de Aburrá y que hace que por una noche sus municipios parezcan una localidad en Siria. Claro que en redes hay expresiones de descontento y llamados a resistirse a la tentación de tirar voladores. Pero no son suficientes, ese día el ruido se impone y da cuenta de la normalización de esa noche nefasta.

Por eso la invitación a evitar que nos sigamos acostumbrando a lo inaceptable, porque encogerse de hombros es otra forma de tolerar excesos e injusticias; las “balas perdidas” no son paisaje, la “alborada” no supone algo odioso pero inofensivo, el consumo irresponsable de alcohol, las riñas o la violencia no puede seguir siendo una tradición decembrina.

Ser ciudadano es oponerse a la normalización de lo inaceptable.

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