Ni santa ni justa ni de liberación, la guerra hoy dejó de parapetarse tras estos calificativos para existir con legitimidad. Tras milenios de tanta sangre, la guerra terminó desenmascarada como barbarie a secas, fracaso de la diplomacia, ira en un segundo. Clausewitz, su máximo teórico en Occidente, erró al proponerla como continuación de la política por otros medios.
No, la guerra es el quiebre de la política. Mientras braman los cañones calla el diálogo, cesan los argumentos, se apaga la luz en el ojo. Distintos disfraces históricos intentaron dulcificarla. Santidad: dioses de diferentes barbas llamaron a ella para conquistar lugares sagrados, quemar brujas, convertir infieles. Justicia: el tiranicidio consagró a combatientes para derribar iniquidades gobernantes pero el heroísmo derivó en terror, enriquecimiento y corrupción de nuevas cúpulas.
En el XX dos guerras mundiales demostraron que la especie pensante puede desmoronar con bombas varias veces el planeta en que pugnamos. De estas confrontaciones calientes se pasó a la guerra fría, lapso en que de lado y lado la respiración se comprimió a la espera del gran estrago. En cualquier punto minúsculo del mundo la mínima escaramuza podría darle origen.
En casi todo el globo, menos en nuestro punto minúsculo, Colombia, hace un cuarto de siglo feneció la guerra fría. Durante estos años no han desaparecido las guerras pero sí la justificación de las guerras. El delito político, sancionado con más consideración que el común por su nobleza de fines, perdió entidad y envileció además en formas rastreras de secuestro, narcotráfico, alistamiento de niños.
Nuestro tardo país, que en muchas dimensiones vive en el XIX, está pronto a dar un brinco que puede lanzarnos a vanguardias. Cuando se firme el acuerdo de La Habana con combatientes que apenas recuerdan los sesenta años del inicio de su guerra, no se conseguirá paz súbita pero se arrancarán de raíz las nociones de guerra justa y delito político.
Los fusiles no podrán en adelante ser terciados como silogismo admitido para desterrar injusticias e instaurar dignos reinos. La historia local y universal habrá pronunciado veredicto condenatorio contra esta violencia que en lugar de apaciguar otras violencias ha atraído perpetuadas violencias. Y política, lenguaje, comprensión y seducción acunarán una Colombia niña, rescatada de los monstruos.