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Jorge Giraldo Ramírez
Columnista

Jorge Giraldo Ramírez

Publicado el 05 de diciembre de 2021

Al garete

Hace casi cinco años varias personas y organizaciones locales lanzamos una alerta sobre el futuro inmediato de Medellín (“Alcalde, Medellín es frágil”, El Colombiano, 23.01.17), una muestra de esa preocupación fue el surgimiento del grupo llamado “Medellín pa’dónde vamos”. Lo recuerdo porque esa era y sigue siendo la pregunta. Poco después apareció el informe de memoria histórica de la ciudad en el que se interpretó la crisis de los años setenta a partir de estos elementos: un crecimiento que desbordó la visión institucional, fractura de las élites, pérdida de la guía de conducta sociocultural y falta de proyecto. Esto condujo a lo allí se llamó el “gran desorden” de los años ochenta.

Desde entonces, cada nueva grieta en el tejido institucional antioqueño me convence de que estamos en una situación muy parecida a esa. En 1975, digamos, todavía disfrutábamos de los resultados de las grandes reformas de mitad de siglo y del crecimiento industrial; éramos la tacita de plata y la capital moderna del país. Después llegó la década del no futuro y los apelativos grotescos de la ciudad: “mierdellín”, “metrallín”. Lo único que faltaba era el episodio —que parece un déja vù— en el que un grupo de inversionistas extranjeros con mascarón de proa colombiano pretende tomar el control de algunas de las empresas más grandes de la región.

Ya perdimos, aunque sea temporalmente, el gobierno de la ciudad y el manejo de EPM. La ciudad extravió su rumbo estratégico desde antes de Quintero, hay que decirlo, y lo único que interesa en La Alpujarra es la nómina, los contratos, las comisiones y el músculo electoral para el hermoso binomio que están conformando Luis Pérez y Gustavo Petro. Los negociantes ilegales y rentistas están haciendo su agosto, y no lo disimulan. El empresariado moderno se dejó enredar en las peleas de los políticos, se fragmentó y no renovó sus liderazgos. Las organizaciones sociales están dedicadas principalmente a la subsistencia, mientras las voces cívicas están dispersas.

Los pregoneros de lo que alguien llama el “optimismo fraudulento” mostrarán las cosas buenas, pero lo cierto es que lo que llamo la red cívica perdió la iniciativa y la masa crítica para sostener el proyecto de ciudad. La red predatoria está a la ofensiva, es decir, la conjunción de intereses entre políticos, mafiosos y negociantes que usan la violencia y la política como vías de acumulación de riqueza y poder. Estamos a la defensiva y nada más demostrativo que el esfuerzo de los gerentes por proteger a Nutresa y a Sura. Los antioqueños lo sienten, como lo muestra la Encuesta Mundial de Valores (“Una encuesta deja ver el pesimismo antioqueño”, El Colombiano, 30.11.21).

De esta salimos, digo. Para ello se necesita más valor, mejores ideas, y más acuerdos que permitan reconstruir la ciudad con criterios de equidad, sostenibilidad y libertad.

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