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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 26 de marzo de 2022

Alberto Restrepo González, un maestro

Hondo vacío deja la muerte, acaecida el pasado 20 de marzo, del sacerdote envigadeño Alberto Restrepo González. Sobrino del filósofo Fernando González Ochoa, y cercano como el que más a sus enseñanzas, ha sido el más profundo estudioso de su obra.

Otraparte, la casa solariega de su tío, por donde deambulaba casi a diario en los últimos años, lo vio corretear de niño y a la sombra de sus árboles vivió de joven la presencia viva del maestro. Ahora la casa museo está huérfana de la figura bondadosa y gozosamente doliente del sobrino que lo amó y fue fiel a su magisterio hasta el último suspiro.

Quienes tuvimos el privilegio de ser amigos y cercanos del padre Alberto, nos sentimos apesadumbrados, pero no tristes. Él nos enseñó siempre que vivir es ir madurando para la muerte. Lo decía en una entrevista en 2004 : “Alberto Restrepo no sabe si cuando la muerte esté cerca sentirá miedo: ‘Yo sé que voy a cambiar mucho, eso va a ser otra cosa muy distinta, otra dimensión... Mire, yo no tengo miedo de morirme, ni ganas de morirme, ni afán, ni pereza de morirme. Considero que estoy madurando para la muerte” (Alexánder Sánchez Upegui, “Un Maestro de Escuela”, en Fundación Universitaria Católica del Norte, año 2, n.º. 5, agosto-octubre de 2004, cfr. en Otraparte.org).

Alberto Restrepo González nació en Envigado en 1939, hijo del reconocido médico envigadeño Francisco Restrepo Molina y de Graciela González Ochoa. Su existencia merece el reconocimiento de admiración y gratitud que no tuvo en vida.

Pero sería ofensivo rematar en dos palabras su 83 años de existencia o hacer un fugaz recorrido por los libros que escribió y la fecunda labor de docencia y magisterio que llevó a cabo durante toda su vida. De ello nos ocuparemos en otra oportunidad.

Vale la pena hacerlo, porque una existencia que transcurrió entre rechazos y acogidas, entre expulsiones y abrazos, entre rebeldías y beatitudes, es un ejemplo de autenticidad (como la que enseñó Fernando González) y también de fidelidad a la verdad, a la fe, a la condición humana, a la vida. Y a la eternidad que nos espera.

Epitafio:“Los maestros, seres liberados de deseos, ambiciones, pasiones e ideologías, viajeros que viven en comunión con el universo, contemplativos desnudos de juicios y apegos, liberados del poder de instintos, ven más allá del espacio-tiempo, y guían a la humanidad en el gran viaje del espíritu”.

“Cada sabio, cada santo, cada iluminado es una especie de astrolabio espiritual, que desentrañando el significado, el sentido y el valor de sus luchas, sus éxitos y sus fracasos, ayuda a descubrir el sentido del dolor, de la alegría, de la fe, de la compasión, de la oración, de la muerte, de la eternidad. Un maestro es una especie de astrolabio espiritual. Quien quiera que se vale de su experiencia y entiende su mensaje, camina orientado, tiene sentido de la existencia, participa de la sabiduría” (Del libro inédito de Alberto Retrepo G. titulado Astrolabio, escrito en 1970) 

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