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La memoria moral de una democracia

hace 2 horas
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  • La memoria moral de una democracia
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Por Aldo Civico - @acivico

Cerramos una semana importante para la democracia colombiana. El Consejo Nacional Electoral ratificó la elección de Abelardo De La Espriella como presidente de la República. Iván Cepeda aceptó el resultado. El presidente Gustavo Petro anunció el inicio del empalme. La verdadera prueba de una democracia no llega cuando gana nuestro candidato sino cuando gana el candidato del otro.

El politólogo Adam Przeworski escribió que la democracia es, ante todo, la institucionalización de la incertidumbre: un sistema en el que nadie tiene garantizada la victoria, pero todos aceptan competir bajo las mismas reglas y esperar una nueva oportunidad. Su fortaleza se mide cuando el poder cambia de manos sin romper el juego. Eso fue lo que ocurrió esta semana en Colombia. No es la primera vez. De Pastrana a Uribe, de Uribe a Santos, de Santos a Duque, de Duque a Petro y ahora de Petro a De La Espriella, el país ha sostenido un hilo silencioso: gobiernos que se opusieron entregaron, sin embargo, el poder a su sucesor. En una región y un mundo donde esa coreografía se ha vuelto excepción, conviene no naturalizarla.

Pero hay una paradoja que merece atención. La Encuesta de Cultura Política del DANE y el Latinobarómetro muestran una ciudadanía cada vez más escéptica frente a los partidos, al Congreso y a buena parte de las instituciones públicas. La confianza es baja. Pero cuando llega el momento decisivo, millones de colombianos siguen votando, los candidatos aceptan competir bajo las mismas reglas y el poder cambia de manos sin que el país se rompa. Los politólogos hablan de normas, incentivos y diseño institucional. Los antropólogos hacemos una pregunta distinta: ¿qué mantiene vivas a las instituciones cuando la confianza en ellas disminuye?

Solemos entenderlas mal. Imaginamos edificios, tribunales, congresos o funcionarios. Pero las instituciones son algo mucho más profundo: son la memoria moral de una sociedad. Conservan el recuerdo colectivo de cómo decidimos resolver nuestros conflictos, limitar el poder y convivir con quienes piensan distinto. Por eso las elecciones, los escrutinios y la proclamación oficial del ganador no son simples procedimientos administrativos. Son rituales cívicos que reactivan esa memoria. Cada ciudadano que hace fila para votar, cada jurado que cuenta un voto, cada candidato que acepta el resultado, recuerda que ninguna victoria vale más que las reglas que permiten seguir viviendo juntos. Las instituciones no existen para proteger gobiernos. Existen para proteger a la sociedad de sus propios gobiernos y de sus propias pasiones. Transforman el conflicto en competencia y la diferencia en deliberación. Nos recuerdan que el adversario político no es un enemigo al que destruir, sino un compatriota con quien seguiremos compartiendo el mismo país cuando termine la elección.

Una sociedad no pierde sus instituciones cuando cierra un tribunal o disuelve un congreso. Las pierde mucho antes: cuando olvida por qué fueron creadas. Esta semana el otro ganó, y Colombia siguió siendo Colombia. Mientras conservemos esa memoria moral seguiremos teniendo algo extraordinario en un mundo cada vez más polarizado: la capacidad de cambiar de gobierno sin renunciar a la democracia.

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