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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 18 de julio de 2019

Alunizaje

A veces los voyeristas hacemos historia. O la vemos hacer, que es menos estresante.

La noche del domingo 20 de julio, hace 50 años, estuve entre los 530 millones de mirones que presenciamos por televisión en blanco y negro el alunizaje del hombre mono.

El chiquito Lleras mandaba en Locombia, Kruschev en la Unión Soviética y Richard Nixon en USA.

Nadie reparó en la deferencia gringa de alunizar a dos cosmonautas el día que celebrábamos 159 años de independencia del yugo chapetón. Por única vez nos olvidamos del episodio del florero y de los madrazos de González Llorente a los criollos.

Ese 20 de julio, como de costumbre, la Luna estaba ahí como un punto sobre la i del infinito. El poeta Silva había inmortalizado los ladridos de los perros a la Luna.

Como la ciencia imita la poesía, los soviéticos utilizaron la perrita Laika como conejillo para los viajes al espacio. Después de Laika, vendría su paisano Yuri Gagarin, primer cosmonauta soviético en reconfirmar lo que sospechábamos: que la Tierra es redonda.

Hace medio siglo, la Luna se había convertido en escenario de disputas políticas. Para vengarse del madrugón de Laika y de Gagarin el presidente Nixon se salió con la suya y dos carapálidas, Armstrong y Aldrin, aterrizaron con el Águila en el Mar de la Tranquilidad.

Desde mi ingenuidad invencible temía que los tripulantes del Apolo 11 no regresaran a casa. Hice fuerza, toqué madera, para que a Collins, el hombre que daba vueltas mientras sus compañeros labraban su inmortalidad, no lo fuera a atacar el complejo de Eróstrato y los dejara colgados del espacio.

En diálogo con Houston, Collins se declaró más solitario que Adán antes de que pecara con Eva. Finalmente, todos hicieron la tarea y Armstrong pudo pronunciar la frase que le había confiado a su mamacita a condición de que cerrara el pico: “Esto es un pequeño paso para el hombre y un gran salto para la humanidad”.

La frase no alcanzó a ser siquiera de cajón pero tampoco se le podían pedir peras al olmo. Neil no daba para más. Se trataba de un pragmático astronauta no de Walt Whitman, el poeta de las estrellas. Además, había que ahorrar neuronas para superar posibles inconvenientes en medio de la nada.

Muchos sufrimos tremenda decepción: no apareció ningún comité de recepción extraterrestre que detuviera a los invasores. O mejor, les entregara las llaves de la Luna. ¿Así olemos de maluco que no aparecieron? ¿Cuándo será ese cuándo?

Como no fue posible cargarle la maleta a Armstrong, hace poco fui a conocer en el festival de poesía de Medellín al cosmonauta ruso que permaneció seis meses en el espacio. Del ahogado el sombrero. Pero esa será harina de otro costal.

Aunque no aparecieron alienígenas, celebro haberme pateado el alunizaje así esa noche me haya dejado el bus de regreso a casa.

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