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Haaland

hace 1 hora
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Por Amalia Londoño Duque - amalulduque@gmail.com

En el 2024, un hombre en El Carmen de Bolívar le puso a su hijo Erling Haaland. La “colombianada” reconoció con anticipación la fuerza de este nombre, y el padre predijo el fenómeno deportivo nombrando a su hijo como el noruego que hoy todos mencionamos.

Cuento la historia porque es curioso que en Colombia bauticemos a tantos niños con los nombres de quienes, en algún momento, han sido nuestros ídolos.

Este año, en el Mundial, Colombia no necesitaba pedirle prestado un ídolo a nadie. Tuvimos selección en octavos de final, con una hinchada que The Guardian señaló como la mejor del torneo: una marea amarilla que llenó estadios en tres países y que, según cuentan quienes estuvieron ahí, se sintió como una ventaja competitiva y no solo como folclor o gritería.

Sin embargo, en medio de esa fiesta propia, una parte de nosotros y del mundo se quedó mirando a un noruego de 1.95 que duerme diez horas y toma lácteos sin pasteurizar.

¿Por qué llama tanto la atención?

La respuesta fácil es que juega espectacular, pero Haaland se volvió objeto de fascinación porque ofrece método: la evidencia visible de que al talento, cuando se le suma la disciplina, deja de depender del azar.

Colombia, en cambio, tiene una relación complicada con la disciplina. La celebramos en el discurso y la sospechamos en la práctica. Le decimos “berraquera” al esfuerzo y “cuadriculado” al que se levanta a la misma hora todos los días. Admiramos la genialidad espontánea, el gol de taquito, la jugada que nadie vio venir, mucho más que la rutina aburrida que la hizo posible. Juan Villoro escribió en su libro Dios es redondo que el fútbol depende menos de los músculos que de la imaginación y que lo que distingue al genio de la cancha es, sobre todo, un rasgo psicológico.

¿Y qué pasa entonces si ese rasgo psicológico, esa “cosa mental”, como la llama Villoro en ese mismo libro, también se entrena?

Haaland rompe esa historia que nos contamos porque no es solo un cuerpo dotado: es un cuerpo administrado con obsesión. Horarios de sueño fijos, luz solar calculada al minuto, cada comida pensada, cada sesión de recuperación protocolizada. Los resultados vienen de acciones diarias hechas con constancia, no de una fórmula mágica. Nada de destino, nada de “nació para esto”, solo repetición y mentalidad.

Y lo curioso es que ese nivel de control no le quitó magia al fútbol que juega. Al contrario, se la garantizó. Ahí está la grieta en nuestra creencia nacional de que el genio y el método son incompatibles, de que estructurarse demasiado mata el don.

Es probable que ese padre en El Carmen de Bolívar no haya pensado en nada de esto cuando fue a la Registraduría, pero terminó poniéndole a su hijo el nombre de un ídolo que nos ha demostrado que hay una forma de hacer las cosas: repitiendo, sin aplausos inmediatos y dirigiendo la mente.

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