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Una sala muy pequeña

Discutimos con intensidad, pero entre conocidos. Afuera el país sigue y las noticias llegan a la mayoría como avisos de publicidad entre un video y otro. El dedo sube, baja.

hace 1 hora
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  • Una sala muy pequeña
  • Una sala muy pequeña

Por Amalia Londoño Duque - amalulduque@gmail.com

Hace unas semanas escribí en X que entendía a quienes habían dejado de ver noticias y que esa ignorancia elegida se parece a veces a la idea de cierta calidad de vida. Los reproches llegaron rápido: que desconectarse es un privilegio, que así pierde la democracia, que una periodista no debería decir eso.

Tenían razón, pero esa noche pensé en mis amigos.

Tengo varios tipos de mesas. En una se sientan quienes leen todo: saben del POT, del precio del arriendo, de la última pelea entre el Gobierno y los gremios, se informan, pero no discuten. Asienten, suspiran y cambian de tema antes de que aparezca el conflicto.

En la otra están quienes decidieron, hace tiempo, no saber nada que no tenga que ver con su oficio. Son médicos, diseñadores, ingenieros, emprendedores. Y viven bien.

Y hay varias en las que los temas de contexto noticioso pasan siempre de largo. Ninguna de las mesas se parece a mi timeline en redes.

Ahí está el asunto. Según DataReportal, X llega a 5,04 millones de personas en Colombia: el 9,4 % de la población, más o menos uno de cada ocho adultos. Y esa audiencia se redujo en un cuarto de millón en el último año. De los que están, muchos solo miran; los que escribimos somos menos todavía.

Lo que llamamos “la conversación nacional” ocurre en una sala pequeña con muy buena acústica para nosotros mismos. En esa sala hablamos de vivienda, de la defensa de las cajas de compensación, de si el POT entiende la ciudad que tenemos. Son discusiones serias y alguien tiene que darlas. El problema empieza cuando el eco nos convence de que la sala es el país, cuando confundimos tener voz pública con tener liderazgo, y suponemos que, porque un trino tuvo mil respuestas, la gente está movilizada.

No lo está. La mayoría recibe las decisiones políticas como recibe el clima: como un golpe, como un regalo, pocas veces como algo en lo que tuvo parte. Las noticias atroces se archivan bajo un “así somos” y cuando gremios y Gobierno se enfrentan, la frase que oigo en la otra mesa es siempre la misma: “esa es una pelea de unos pocos”.

Walter Lippmann, en El público fantasma, describía al ciudadano como un espectador sordo sentado en la última fila, que debería prestar atención al misterio que ocurre allá adelante, pero no logra mantenerse despierto. Lippmann no lo culpaba, sino que decía que era una ficción pedirle a cada persona que estuviera al tanto de todo.

Escribo esta columna para un periódico que leen los que siguen leyendo periódicos y sospecho que muchos de los que me reprocharon el trino no defendían a los desinformados, sino algo más íntimo: la idea de que hablar ya es hacer algo.

Discutimos con intensidad, pero entre conocidos. Afuera el país sigue y las noticias llegan a la mayoría como avisos de publicidad entre un video y otro. El dedo sube, baja y la pantalla cambia.

Nadie se entera.

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