Cuando nos detenemos a ver todo lo que hacemos hoy por los hijos es evidente que algo anda mal. Parece que debido a que ahora nos involucramos más que nunca en todos los problemas de los niños, los padres les estamos ayudando (léase solucionando) más de la cuenta.
Así, tendemos a identificarnos tanto con sus éxitos y fracasos que, por ejemplo, en los deportes de los niños “se juega” el prestigio de sus padres, y si pierden, acabamos furiosos, no con los jugadores, sino con el entrenador; si traen malas notas nos indignamos, no con ellos, sino con sus profesores o con el colegio; si pelean con los amigos, nosotros peleamos con sus padres... y así sucesivamente. Lo grave es que a base de asumir como propios los problemas de los hijos, sus dificultades...