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Rafael Nieto Loaiza
Columnista

Rafael Nieto Loaiza

Publicado el 30 de mayo de 2021

AMARRARSE LOS PANTALONES

Hay que empezar por una adecuada comprensión del problema. Si no se entiende bien, no puede resolverse. La crisis no es por la situación socioeconómica aunque se alimenta de ella por la manipulación que hace la izquierda que la usa como excusa y justificación. De hecho, en realidad la izquierda busca un deterioro aún mayor de la economía porque cree que entre más desempleados y pobres haya tendrá un terreno más fértil para su discurso de odio y resentimiento, se agudizarán las contradicciones “de clase” y su candidato populista tendrá mejores posibilidades. El Gobierno puede ofrecer el oro y el moro, como viene haciéndolo, y no conseguirá levantar el paro. Y por eso caen en oídos sordos las quejas de los empresarios sobre el desastre económico que se está produciendo.

No cabe duda de que el daño de este paro y los bloqueos para la economía es brutal. Si en el primer trimestre salíamos de la recesión y crecíamos un 1,1 %, en la primera quincena de mayo el retroceso es de 6,9 %. Y si el consumo de los hogares aumentaba en marzo un 8 %, en mayo caía un 12 %. Todo ello sin contar los costos de la infraestructura dañada ni la caída en la confianza de los consumidores ni, seguramente lo más penoso, la pérdida de inversión nacional y extranjera por aumento del “riesgo país”.

Pero no habrá manera de recuperar la confianza y la inversión y reemprender la ruta del crecimiento y, por tanto, de la generación de empleo y la disminución de la pobreza si el Gobierno no garantiza orden y seguridad.

Es preocupante e inaudita la pasividad del Gobierno, su confusión, su reacción tardía e insuficiente. El documento firmado por dos viceministros en Buenaventura es sintomático. Sin visión de Estado, cedieron al chantaje y entregaron a los delincuentes funciones gubernamentales. La desautorización posterior del Ministro del Interior fue apenas parcial y no vino acompañada de las renuncias de los funcionarios.

Lo más grave, sin embargo, es la inoperancia policial. El problema no es normativo. Contrario a lo que opinan muchos, no creo que haya necesidad de decretar la conmoción interior. Con las reglas jurídicas vigentes es posible conjurar la crisis. Pero se necesitan liderazgo y decisión clara de Presidencia, el apoyo político expreso y claro a la Policía y, sobre todo, seguridad jurídica, certeza sobre la interpretación que harán Fiscalía, Procuraduría y la justicia penal militar sobre las reglas para el uso de la fuerza, incluyendo armas de fuego. Los policías no quieren arriesgar sus carreras y, en especial, su libertad.

De manera que más que normas jurídicas excepcionales se necesita carácter y valor, amarrarse los pantalones y entender que las decisiones de usar la fuerza legítima del Estado serán siempre criticadas desde la izquierda, recibidas con desconfianza por los tibios y examinadas con sesgo por unas oenegés y organismos internacionales que las más de las veces solo ven por el ojo izquierdo. Hay que gobernar pensando en el bien de Colombia y no en lo que puedan decir en el exterior.

El paro, las protestas y los bloqueos no son de mayorías ni reflejan un sentimiento generalizado. Son de unos pocos miles, como ha quedado demostrado en las escuálidas manifestaciones de esta semana. Pero esos pocos están organizados y altamente ideologizados, cuentan con financiación non sancta y una eficiente logística, hacen ruido y consiguen eco en los medios, en las redes y en los círculos políticos de apoyo y, sobre todo, le tienen medido el aceite al Gobierno y al aparato judicial. Y han ratificado, una vez más, que los políticos del “establecimiento” que querían derrocar están generosamente dispuestos a premiar, una y otra vez, a quienes tienen por único mérito usar la violencia, el matoneo y las vías de hecho como extorsión para conseguir en las calles lo que no han obtenido en las urnas. Es el socavar la democracia para dar más voz y peso políticos a quien pueda dominar la calle.

El camino no puede ser otro que el de hacer respetar la Constitución y la ley, el de combatir a los violentos y perseguir a los criminales, y el de asegurar que todos podamos trabajar sin poner en riesgo nuestras vidas, integridad y bienes. Si no empezamos por ahí, por ese mínimo, no seremos jamás una sociedad civilizada

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