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Por Andrés Restrepo Gil - opinion@elcolombiano.com.co

El tiempo era nuestro

hace 3 horas
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Por Andrés Restrepo Gil - opinion@elcolombiano.com.co

Basta con una evaluación desprevenida para develar un cambio radical en el pueblo y el barrio en el que crecí: la hegemonía sobre las calles que alguna vez ostentamos los niños, que heredamos de las generaciones mayores y que debía entregarse gradualmente a las generaciones menores, se esfumó. Los niños dejaron de jugar afuera. Al ser el único escenario en el que las reglas no eran impuestas por los adultos, la calle perdió su función vital como escenario exclusivo de libertad infantil.

Concluidas las obligaciones asignadas por los adultos, terminada la jornada escolar, realizados los deberes, las noches y el tiempo eran nuestros. Solo hasta el ocaso de los días podíamos hallar los niños un momento para nosotros. Y aunque gran parte del día estaba cooptada por los deberes, muchas veces incomprensibles, asignados por los mayores, encontrábamos al final de la jornada y al concluir nuestras propias faenas un teatro soñado para disfrutar de nuestra propia libertad: la calle.

Víctimas de un crecimiento apresurado, también nosotros debíamos ofrecer las calles a quienes, un poco menores que nosotros, reclamarían su turno, según la lógica natural de las generaciones. Lo cierto es que no hubo tras de nosotros un conjunto de niños a los que cederles la potestad sobre la calle o la autoridad sobre su uso. Tengo la impresión de que, por lo menos en el barrio de mi pueblo, fuimos nosotros la última generación que se sintió avocada a salir y a cumplir el más sagrado de los hábitos infantiles: jugar. La realidad cambió radicalmente. De pronto ya no había tantos niños en la calle, ni tanta algarabía en las noches. No hubo en aquel entonces niños a quienes heredar esta hegemonía antigua e infantil, ni a quienes iniciar en la lógica de los juegos, de sus reglas y de su naturaleza.

La impresión individual que me genera mi propia experiencia se correlaciona con una tendencia mundial que sustenta una certeza dolorosa: los niños ya no juegan tanto en la calle. Tan palpable es esta realidad que las alertas no han parado de hacerse: Unicef indica que es cada vez menos común el juego de niños fuera de casa y cada vez mayor el número de niños que no juegan regularmente. Save the Children plantea el problema en términos de dimensiones: hoy sabemos, por ejemplo, que solo uno de cada cuatro niños reconoce que juega de forma constante y regular fuera de su casa.

Psicólogos como Jonathan Haidt consideran que la tendencia que motiva a los niños a no jugar en la calle coincide con otro fenómeno, igual de amplio e idénticamente grave: el uso desmedido de redes sociales de toda una generación que migró gran parte de su vida real a una vida paralela en un universo digital. Según estos hallazgos, vivimos toda una transformación vital, de una infancia cuyo ímpetu nos hizo dueños de las calles, hacia unas generaciones posteriores que, embelesadas por el teléfono y los juegos digitales, perdieron el ánimo de salir.

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Por Andrés Restrepo Gil - opinion@elcolombiano.com.co

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