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Creyendo ingenuamente que alcanzaremos alguna vez el primer lugar, hay quienes hemos convertido el oficio en una carrera sin meta.
Por Andrés Restrepo Gil - opinion@elcolombiano.com.co
Hay peligros suficientemente identificados y riesgos suficientemente definidos. Pero, por lo visto, hablar mucho de un mal no pone a nadie a salvo de sus consecuencias. Hoy me gustaría concentrarme en un problema en particular, sobradamente identificado y al que no le han faltado alertas: el exceso de trabajo y la saturación por la cantidad de tareas.
Lo primerio es advertir que, toda reflexión sobre el oficio corre el riesgo de caer en juicios descuidadamente subjetivos. No cabe duda de que la naturaleza de nuestro trabajo depende de las condiciones de cada uno. En un país con una informalidad cuyas proporciones alcanzan a más de la mitad de las personas que trabajan, hay quienes viven jornadas laborales eternas por la dura razón de que la precarización laboral los obliga a pasar más tiempo en su trabajo e invertir más esfuerzo en sus obligaciones. Producto de los bajos salarios, hay quienes suman más obligaciones a sus labores ordinarias para completar un sueldo y lograr así que el dinero alcance hasta el final del mes.
No es el caso de todos. Es innegable que no todos trabajamos por las mismas razones, bajo las mismas condiciones y rodeados por las mismas circunstancias. Tengo la impresión de que algunos de nosotros estamos ensimismados, corriendo en un ciclo que lleva perennemente de la ocupación al cansancio. Aquí, el móvil no es precisamente la informalidad o la precarización laboral. En estos casos, no se trata de llegar a fin de mes porque el salario es limitado ni de sobrevivir con lo que alcanza. Son protagonistas de estas historias la vanidad y la ambición, materializadas en falta de tiempo, en agendas llenas y en cronogramas a reventar, que solo conducen a un desenlace posible: una fatiga excesiva que tiene como correlato la saturación. Las 24 horas del día dejaron hace un buen tiempo de ser suficientes. La energía del cuerpo tampoco parece responder necesariamente a las exigencias que nos hacemos, a las metas que nos proponemos y al ritmo que llevamos.
En nuestro tiempo, el cansancio se ha vestido de virtud. Por lo mismo, la productividad alcanza el estatus de un deber y, por la importancia que le adjudicamos, sería un deber de orden moral, casi sagrado. Es, posiblemente, un deber superior. Que el día no alcance y que la agenda esté llena es, hoy, para muchos, razón de orgullo. No solo por lo que veo, sino por lo que yo mismo hago, considero que hemos convertido el exceso de trabajo en un culto; un culto a la extenuación, a la autoexplotación y a la saturación.
Creyendo ingenuamente que alcanzaremos alguna vez el primer lugar, hay quienes hemos convertido el oficio en una carrera sin meta. Esta velocidad no lleva a ningún lugar. En estos casos, hemos hecho de nuestro trabajo una maratón circular cuyo final no está ni a la vista ni claramente definido. En estas competencias, el premio está en sostener el ritmo. El propósito es no parar.