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Años de FOMO

Veo lejano el día en que un país como el nuestro tenga leyes que alejen a niños y adolescentes de la ansiedad social, de atravesar años de FOMO para después añorar el silencio y recuperar la intimidad.

hace 1 hora
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  • Años de FOMO

Por Amalia Londoño Duque - amalulduque@gmail.com

Todavía queda algo del FOMO del que hablan algunas generaciones: las redes siguen promoviendo esas ganas de estar en todas partes al mismo tiempo, de ser parte de todo lo que pasa en una ciudad. Son micromundos que generan esa emoción de no querer perderse nada, pero cada vez en menos gente.

Ahora se habla más de JOMO: el disfrute de estar solo, de perderse cosas, de no mostrar y simplemente vivir, de mirar poco lo de los otros para no gastar las horas en vidas ajenas. Por fin el agotamiento se siente en algunos espacios. Sin embargo, mientras a algunas generaciones nos pega el agotamiento a otras (hoy adolescentes) la pantalla las atrae como si fuera el acceso a todo tipo de vínculo, amistad, comunidad, grupo u oportunidad.

Hace unos días Francia aprobó una ley que prohíbe a los menores de quince años abrir cuentas en redes sociales a partir de septiembre y extiende a los colegios de bachillerato la prohibición de usar el celular en el aula. Australia lo hizo primero vetando las redes a los menores de dieciséis, Corea del Sur prohibió los celulares en horario de clase desde marzo, Indonesia impuso restricciones similares y Reino Unido anunció en junio que seguirá ese camino en 2027. Hay, de repente, un consenso: dejar a los niños solos frente a una pantalla ilimitada fue uno de los experimentos sociales más grandes y menos supervisados de la historia reciente y ya es hora de intervenirlo.

Por fin alguien legisla lo que muchos padres llevamos años buscando regular en casa. Lástima lo lejos que estamos de poder hacer algo parecido aquí en Colombia.

Pensemos en lo que exige una ley como la francesa: verificación de edad, una entidad reguladora, colegios con capacidad real de hacerla cumplir, familias con acceso estable a internet para que la restricción tenga sentido y no sea solo otra desigualdad más. Nada de eso es trivial en un país donde todavía discutimos si el colegio público de la esquina tiene wifi. ¿Qué pasa con los millones de niños cuyo único acceso a internet es el celular prestado de un adulto, sin cuenta propia que cerrar ni edad que verificar? La prohibición francesa asume un Estado que sabe quién es cada uno de sus menores y nosotros no tenemos ni siquiera un censo confiable de cuántos niños hay fuera del sistema escolar.

La pantalla como niñera de emergencia es una solución razonable al problema de tener que trabajar mientras se entretiene a un niño ocho horas al día. ¡Es agotador! y casi nadie tiene con qué reemplazarlo, no hay parques suficientes, ni planes vacacionales accesibles, ni la red de tíos y abuelas que existía hace dos generaciones. Veo lejano el día en que un país como el nuestro tenga leyes que alejen a niños y adolescentes de la ansiedad social, del querer estar en todas partes, de atravesar años de FOMO para después, probablemente, añorar el silencio y recuperar la intimidad. En el más optimista de los casos.

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