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Jorge Ramos
Columnista

Jorge Ramos

Publicado el 13 de enero de 2022

Atrapado en el paraíso

Mahe, islas Seychelles. ¿Quién no ha dicho: quisiera estar en una isla y no tener nada que hacer? Yo lo he dicho varias veces en mi vida, particularmente en momentos de mucho trabajo, estrés y conflicto. Bueno, pues me pasó.

Estoy en una isla de las islas más preciosas del mundo y no tengo nada que hacer. Por el covid me quedé atorado en Mahe, la isla más grande del archipiélago de las Seychelles, con unos 100 mil habitantes, donde sus imponentes montañas de granito y bosques tropicales chocan contra el mar índico, el más caliente en que he nadado. Pero tengo que explicarles cómo llegué aquí.

Las Seychelles están en el otro lado del mundo, a unas cuatro horas de vuelo del este de África y a casi un día desde Miami o Nueva York. Desde mi paupérrima época de universitario tenía ganas de venir aquí. Me parecían bellísimas para la vista e intoxicantes para el alma. Pero, sobre todo, inalcanzables. Finalmente, luego de meses de planear y ahorrar, para dejar atrás las frustraciones del 2021, organicé aquí unas vacaciones de fin de año con toda la familia.

Pensamos en casi todo. Nos preocupaba la ola planetaria de ómicron. Pero todos estábamos vacunados y tuvimos que pasar una prueba PCR antes de viajar. Así que nos trepamos al avión.

Al segundo día sentí un extraño ruido en mi oído izquierdo. Tinitus. Lo raro era que no se iba. Pero se lo achaqué, al igual que el dolor de cabeza, a los vuelos y al jet lag. Al día siguiente, descansando boca abajo, sentí algo correr en mi fosa nasal izquierda. Entré en pánico. Fui al cuarto, saqué una prueba casera de covid de mi maleta y 15 minutos después —con dos rayitas que indicaban positivo— supe que las vacaciones se habían acabado: tenía coronavirus.

Nadie del resto del grupo estaba infectado y, sorprendentemente, encontré unos vuelos a Miami esa misma noche para regresar a todos. Mi hija Paola no me quería dejar solo y, en una increíble muestra de cariño y solidaridad, se quedó conmigo unos días para cuidarme.

Mis tres vacunas de Moderna me han protegido bien y casi no tengo síntomas. El tinitus se fue luego de un par de días y solo me quedó un somnoliento y ligero cansancio corporal. Pero lo peor es el aislamiento, el aburrimiento y la imposibilidad de salir de aquí.

Tengo la suerte de pasar estos difíciles días en mi hotel. Los que no pueden quedarse en sus hoteles tienen que cumplir con su aislamiento en instalaciones del gobierno. Desde mi ventana veo el mar y las verdísimas montañas. Tan cerca pero tan lejos. Con más de cinco millones de muertos por el covid en el mundo no tengo de qué quejarme. Y, sin embargo...

Mi hija Paola, magnífica y magnánima, ya se fue. Pero antes se aseguró de que no tuviera nada grave.

Cuando en esta isla llueve, se borra la línea que separa al mar, todo se enreda y a mí también me llueve por dentro.

Me sé el menú del hotel de memoria. Me traen la comida en cajitas y vasos desechables que dejan en la puerta y que, al terminar, se llevan y echan a unas bolsas de plástico especiales. Los empleados vienen con máscara y guantes y no se me acercan. Sé que les doy miedo. Nadie, nunca, entra a mi cuarto. Pero no saben cuánto les agradezco lo que hacen por mí.

Mi celular, mi Ipad, el internet, Netflix y el buen sistema de Wi-Fi del hotel me han mantenido sano mentalmente y conectado a pedacitos de mi exvida. En las tardes y en las noches hago FaceTime con cualquiera que se deje. La respiración que aprendí en el yoga me regresa al presente. Increíblemente me he podido conectar a las clases diarias de Casa Vinyasa en Miami. Eso también me ha salvado.

Aquí tan lejos te sientes muy vulnerable y frágil. Hay tantas cosas que no dependen de mí. He tenido que soltar el control. Es una vida muy distinta a la que por décadas me acostumbré. Me cuelga, en el centro del pecho, una angustia que no se va ni para dormir.

Estoy atrapado en el paraíso. Todavía no sé ni cómo ni cuándo me voy a poder ir de aquí. Pero sospecho que esta experiencia me va a marcar mucho. De hecho, ya me cambió. Me ha dado tiempo, mucho tiempo, de pensar en lo verdaderamente importante. Luego les cuento en qué termina todo esto 

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