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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 16 de marzo de 2019

Ausencias

Todos los días son días de adioses, hacemos de la despedida un ritual predecible y desprovisto de toda importancia, casi siempre damos por hecho que volveremos a ver a quien dejamos atrás, decimos adiós con la convicción de que el reencuentro es una rutina destinada a repetirse cíclicamente, creemos que hola y adiós son engranajes mecánicos que giran eternamente en sincronía; pero en este campo de batalla, que tantas veces es la vida, no siempre el boga regresa a casa con la sonrisa del triunfo, a veces, lo derrota el destino y encuentra en la calle, el sinsabor de la ausencia.

Hoy supe que la última vez que nos vimos hace meses, en tu amplia sonrisa no se intuía lo que te devoraba por dentro, ese fue nuestro encuentro final, ese hasta luego fue un punto aparte, ayer supe, por una amiga común, que estás muerta. Duele este duelo.

Cuántas veces la despedida se hace Ausencia. Dice Borges, en un poema con ese título

Habré de levantar la vasta vida / que aún ahora es tu espejo:

cada mañana habré de reconstruirla.

Desde que te alejaste, / cuántos lugares se han tornado vanos

y sin sentido, iguales / a luces en el día.

Tardes que fueron nicho de tu imagen, / músicas en que siempre me aguardabas, / palabras de aquel tiempo, / yo tendré que quebrarlas con mis manos.

¿En qué hondonada esconderé mi alma / para que no vea tu ausencia /

que como un sol terrible, sin ocaso, / brilla definitiva y despiadada? /

Tu ausencia me rodea / como la cuerda a la garganta, / el mar al que se hunde”.

¿Por qué será que a veces nos duele la despedida? Porque decimos adiós y nos visita el recuerdo, las memorias salen a nuestro encuentro; despedida es una palabra que tiene su origen en el latín expetere, que significa “solicitar licencia para marcharse, alejarse”, pero ¿a quién pedimos permiso? Al otro, y al hacerlo desatamos los nudos que con tanto cuidado hemos tejido en nombre del afecto que, pretendemos, crezca. Al despedirnos activamos la nostalgia, que según Johannes Hofer, creador de dicho neologismo, es la manera de nombrar “el deseo doloroso de regresar”. Hofer creó el vocablo nostalgia al yuxtaponer las palabras griegas nostos ‘regreso’ y algos ‘dolor’.

- !Gracias por tu cariño! Me dijo al despedirnos antier, en medio de un abrazo envuelto en afecto, hace ya años que no nos veíamos y ese breve encuentro en el frío lobby de aquellas oficinas estuvo mediado por un aprecio que se sabe viejo. Venía yo de otra despedida, de brindar un abrazo al que sale a enfrentar a muchas leguas de aquí, temores, terrores y mitos acerca de sí y del resto.

No se despide el que parte, lo hacemos todos aquellos que estamos vinculados con quien decide hacerlo (temporal o definitivamente). Es quien se queda, el que habrá de desatar las amarras, para que quien parte, lo haga en paz. Despedimos amores, afectos, hermanos, amigos, mascotas, destinos, ciudades. Quizás valga la pena pensar que en cada despedida no esté la posibilidad del regreso, ¿será que así dimensionamos la ausencia?.

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