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Publicado el 10 de enero de 2019

“¡AY, LOS TORITOS!”

Por ALEJANDRO USMA DÍAZ

alejousmadiaz@hotmail.com

Enardecido como está hoy, el tema taurino en Colombia suscita amores y odios. Con el anuncio de la feria taurina de La Macarena, cuando ya se había dicho que no, parecen haberse levantado más grandes las ampollas. De un lado, se defiende el arte, la gracia, el rito, la entrega; de otro, se condena y se lo considera crueldad y maltrato animal.

El hombre y el animal han convivido en el mundo en medio de luchas y tensas calmas siempre, pues la historia atestigua que bien sea en su defensa o para procurarse alimento, vestido o paz, los hombres han tenido que enfrentarse y vencer a las bestias para subsistir.

Es una necesidad, dirán. Una corrida, ¿para qué si no para humillar al animal? No. Una corrida demuestra tanto la fiereza del toro como el ingenio del que lo lidia; exalta en una celebración festiva los valores de ambos: uno, los tiene por instinto, el otro por su razón; la destreza, el orden, la disciplina, el arrojo.

Una corrida es una representación artística, llena de bellos ritos, de lo que todos los días acontece: la lucha entre la vida y la muerte, entre nuestros deseos y las dificultades que tenemos para conseguirlos. “El mundo entero es una enorme plaza de toros donde el que no torea, embiste”, dijo Ignacio Sánchez Mejías. Por eso no es ninguna barbarie ni crueldad; porque el toro de lidia existe para ello, así que amarlo, es precisamente, lidiarlo. No es maltrato obtener de la gallina sus huevos, ni del caballo su velocidad, ni del buey su fuerza; ¿Por qué habría de serlo obtener del toro bravo su bravura, aprovechar su carne, y venerar su muerte sacrificial?

El periodista Antonio Caballero en una brillante columna publicada hace unos años (revista Semana, enero de 2012) y titulada como esta opinión, sostiene una idea bastante lógica: todos los animales sufren a manos del hombre, y todos mueren a manos del hombre; pero el toro es el único que lo hace en franca pelea, siendo venerado, y dejando la lección admirable de su fuerza, y el respeto de la afición.

Entendemos que la sensibilidad sea el argumento de muchos, que hemos de respetar. Pero ese es su argumento, y no les autoriza para imponer su punto de vista a los demás, conculcando los legítimos derechos de quienes tenemos por afición una actividad legítima, legal. Una cosa es no gustar de la Tauromaquia y otra bien distinta es tratar de imponer, mediante afanes prohibicionistas, esa posición a toda la sociedad.

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