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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 23 de febrero de 2022

Barcos que se hunden por la derecha

Políticos conservadores de allá y de acá ceden ante la creciente acogida que tienen las expresiones oportunistas y las propuestas radicales.

El mundo conservador español tiembla y mientras lo hace nos entrega un pequeño diagnóstico de lo que ocurre con partidos políticos similares en Europa y en América. El Partido Popular, núcleo histórico del pensamiento tradicional de ese país, capotea un escándalo interno que involucra a su presidente, Pablo Casado, y a la figura de mayor reconocimiento y crecimiento de sus filas, la presidenta de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Las acusaciones mutuas de traiciones, espionajes y corrupción desnudaron una realidad patética del principal partido de oposición español en la que su liderazgo se ve interpelado. Hay desconfianza y mucha podredumbre en su maquinaria. Díaz Ayuso, de popularidad creciente y discurso cada vez más radical, considera a Casado un tipo débil. A la pelea de egos, además, hay que sumarle el nerviosismo de una colectividad que ve crecer de cerca el discurso de la extrema derecha con Vox, el partido del recalcitrante Santiago Abascal. Y entonces vienen las dudas y se preguntan acerca de su propia supervivencia. ¿Es nuestro discurso lo suficientemente atractivo para la época de furia que vivimos? ¿Podremos gobernar si no subimos el tono como ellos? ¿No será tiempo de hacer crujir a la democracia con nacionalismos rancios que agiten las emociones oscuras? Y como respuesta tuercen sus principios. Aceptan que la ira y las frases irresponsables, inmediatistas, ganan aplausos y votos en un ambiente de efervescencia. Unos piden calma y otros proponen el zarpazo y se hace inevitable que las facciones choquen.

Esa disyuntiva, entre aquellos que defienden los consensos y los que insisten en que llegó la hora de la demagogia, no es exclusiva de España ni de su Partido Popular. Políticos conservadores de allá y de acá ceden ante la creciente acogida que tienen las expresiones oportunistas y las propuestas radicales. El centro no prospera —piensan mientras analizan las encuestas— y consideran inevitable que los barcos de las tradiciones se escoren cada vez más hacia a la derecha, incluso cuando en el movimiento mucha agua podrida entra a ellos. Son pocos los que se resisten.

Ya lo hemos visto. Es el fenómeno que encumbró a personajes como Jair Bolsonaro en Brasil o que tiene acorralado al Partido Republicano en Estados Unidos con Donald Trump. Es el mismo que empieza a hacerse popular en la oposición argentina. Es el que campea desde hace ya varios años en nuestro país, donde la perorata de odio es combustible para la violencia que no amaina.

En este reacomodo político contemporáneo hay una enorme culpa de sociedades cansadas que compran el discurso irracional y oportunista. Ciudadanos que no se toman el tiempo para sopesar su responsabilidad en el voto y las consecuencias de las decisiones presentes. Lo fácil, sin duda, sería decir que el delirio político de hoy es resultado exclusivo de los que mandan. Pero es falso. Ahí están las urnas.

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