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Grietas en el Cortafuegos chino

Allí reside el verdadero dilema para el liderazgo de Xi: cuanto más se perfecciona la tecnología de control, más ingeniosas se vuelven las formas de resistencia.

hace 46 minutos
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  • Grietas en el Cortafuegos chino

Por Beatriz de Majo - beatrizdemajo@gmail.com

En la última década, el control digital en China se ha convertido en uno de los pilares centrales del poder de Xi Jinping. El llamado Gran Cortafuegos —un sofisticado sistema de censura y filtrado de internet operado por el Estado— se ha constituido en una herramienta para moldear el pensamiento público.

Técnicamente, el Gran Cortafuegos combina bloqueo de dominios, filtrado de palabras clave, inspección profunda de paquetes de datos y cierre sistemático de redes privadas virtuales (VPN). Plataformas globales como Google, X, Instagram o numerosos medios internacionales permanecen inaccesibles. En paralelo, el ecosistema digital doméstico —WeChat, Weibo, Douyin— funciona bajo estrictos mecanismos de supervisión algorítmica y humana. Publicaciones que aluden a protestas, corrupción o críticas directas al liderazgo desaparecen en cuestión de minutos.

La censura se justifica como defensa de la “seguridad nacional”, la “estabilidad social” y la soberanía digital frente a influencias extranjeras. Bajo el liderazgo de Xi, el Partido Comunista ha enfatizado esta noción de “seguridad integral”, donde la información es considerada un campo estratégico comparable al militar o al económico. Controlar el flujo informativo significa prevenir la organización de movimientos colectivos y evitar narrativas que cuestionen la legitimidad del poder.

Sin embargo, ese control no apaga el malestar, especialmente entre la juventud urbana. Más allá de las calles, la rebeldía adopta formas creativas en el entorno digital. Jóvenes usuarios recurren a juegos de palabras, memes cifrados y referencias culturales ambiguas para criticar políticas públicas sin activar filtros automáticos. Términos aparentemente inocuos adquieren significados políticos compartidos. La emigración digital también es una forma de protesta: el uso persistente de VPN —pese a su ilegalidad técnica— demuestra una voluntad de escapar del cerco informativo y acceder a narrativas de otros países y del entorno globales.

Además, el creciente desencanto económico —desempleo juvenil elevado, dificultades para acceder a vivienda, competitividad extrema— alimenta una generación menos dispuesta a aceptar falsos y tendenciosos discursos triunfalistas. El fenómeno conocido como “tang ping” (“tumbarse”) y otras corrientes de desafección laboral revelan un rechazo pasivo, pero significativo, a las expectativas impuestas desde arriba. Aunque muchas de estas expresiones son rápidamente censuradas, resurgen bajo nuevas etiquetas, mostrando la elasticidad y la eficiencia del descontento.

El gobierno de Xi, acosado por problemas internos de toda índole presta atención al descontento pero lo hace perfeccionando sus herramientas represivas: vigilancia basada en inteligencia artificial, regulación de contenidos en tiempo real, presión sobre empresas tecnológicas para reforzar la autocensura. El Gran Cortafuegos se ha convertido en una muralla dinámica, adaptable y técnicamente avanzada. Pero toda muralla tiene grietas y las chinas son de envergadura.

La historia demuestra que el control absoluto de la comunicación es una aspiración difícil de sostener frente a una sociedad conectada y creativa. Por muy eficientes que sean los mecanismos gubernamentales de control digital y telefónico, una población joven y urbana que se siente asfixiada encuentra vías para comunicar su malestar. Puede ser mediante símbolos, humor, códigos o migraciones digitales; puede ser en la calle, con una simple hoja en blanco exhibida en público en señal de descontento por los de corta edad, como ya ocurrió durante la pandemia.

Allí reside el verdadero dilema para el liderazgo de Xi: cuanto más se perfecciona la tecnología de control, más ingeniosas se vuelven las formas de resistencia. En la tensión entre censura y creatividad, la juventud china está demostrando que el pensamiento crítico no se elimina con un filtro algorítmico. Para cualquier gobierno, pero especialmente para uno que basa su estabilidad en la gestión de la información, esa rebeldía silenciosa es —sin duda— un persistente dolor de cabeza.

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