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Jorge Giraldo Ramírez
Columnista

Jorge Giraldo Ramírez

Publicado el 18 de septiembre de 2022

Bibliotecas personales

¿Qué es una biblioteca personal? ¿Un proyecto de lectura o un cementerio de libros? Le escuché esta disyuntiva al médico Alberto Puyo Vasco hace muchos años, bajo la forma de una discusión personal con Carlos Gaviria Díaz. Puyo, si mal no recuerdo, defendía la visión escéptica de que el tiempo no alcanzaba ni alcanzaría para leer los volúmenes que paulatinamente expandían la biblioteca personal. Nunca mencionó el caso doloroso, el suyo, de vivir en el exilio y de abandonar familiares, amigos y libros en su país, para ir a otro donde comenzar de nuevo la vida... y la biblioteca. Gaviria, supongo, tenía la visión optimista de que la biblioteca era un campo que podríamos explorar en algún momento de la vida.

A fin de cuentas, o, mejor, cuando las cuentas van llegando a su fin, ambas consideraciones resultan razonables. Revisa uno sus anaqueles y se percata de que hay libros que ya no va a leer, porque se desactualizaron, perdimos interés, cambiamos de aficiones y obsesiones, porque nunca fueron prioritarios y —con franqueza— porque ya no nos alcanzará el tiempo. Estantes que calientan polillas y tomos que vencen maderas y se mellan, deforman, amarillean. También están los lomos expuestos como una bibliografía tridimensional que nos llaman la atención en cada pasaje y nos proponen temas, nos asaltan sugiriendo conexiones con preguntas que llevamos en el córtex, nos recuerdan que todavía están allí a la espera.

Una fotografía reciente me hizo pensar que, además de tumba o plan, la biblioteca personal asume en algunos casos la función de patrimonio, activo fijo —algún contador me corregirá—. El pie de foto indicaba una “biblioteca de clásicos”. No es difícil suponer que lo que esconden las cubiertas o sobrecubiertas son ediciones príncipe, primeras ediciones, ejemplares autógrafos o ediciones extrañas de alguna obra cuyo contenido cede relevancia a la antigüedad, al prestigio del editor, al material, a la firma del autor. Algunos bibliómanos son conscientes de que allí tienen un ahorro o una inversión. En ese mueble el libro no está ni muerto ni vivo; contra lo que diga la contaduría, no está activo. El dueño lo cuida como un tesoro, pero son muy pocas las personas que lo saben o lo consideran así o son capaces de liquidarlo. Ponemos los románticos en alguna repisa los títulos sin otro valor que algún recuerdo y allí mismo podría encontrarse la egoteca, el conjunto de pliegos que salieron de nuestras manos.

Para cierto tipo de investigadores, algunas bibliotecas personales son objetos de trabajo y apreciadas fuentes de información que arrojan pistas sobre la formación intelectual de su poseedor, la trastienda de sus labores, el diálogo —muchas veces evidente— con la obra —por ejemplo, las notas de Napoleón a El príncipe de Maquiavelo—.

Pueden ser más cosas, ¿qué deberían ser? La antesala del beneficio colectivo haciéndose tributarias de las bibliotecas institucionales, oficiales o privadas. Nadie entenderá mejor el valor de esos objetos; nadie les dará mejor uso 

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