Cada uno al comienzo y al fin de la vida, testigo de nacimientos y defunciones repetidos; entre nubes grises, soles arrobadores y borrascas endiabladas, en procura de lo desconocido; con ansias de partir pero fondeado en los remansos del ayer. Cada uno munido de glorias y fracasos, aflicciones y esperanzas; con el alma arrebatada por las emociones o el corazón destrozado por un amor negado.
Cada uno con sus trasnochos y conciertos de aleluyas, instalado en cualquier cielo brillante o en una parcela inacabada, a la espera de la eternidad para olvidar las desgracias. Con la ternura de los recuerdos o anclado en montañas escarpadas donde se deben beber los olvidos; bañándose con la luz del día e internado en las noches florentinas, entre aviones...