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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 14 de mayo de 2022

Casas

En la casa soy. Somos, a secas. Cuando traspasamos el umbral, y aunque el abrigo nos proteja, hay cierta desnudez. Al ingresar, somos el despojo de lo que dejamos y nos arrebataron afuera, adentro habita nuestra precariedad, que antecede al vestido que cada mañana lucimos; adentro cada cual pasea su desnudez y sus carencias. Afuera dejamos las sombras, adentro casi siempre nos habita la luz.

Hay casas de casas, algunas se transforman en casos, hay unas que son cobijo y afecto, otras cargan a cuestas muchas vidas y tantos otros muertos, algunas no pueden con sus deudos. Cada una es un mapa. Las hay que son cartografías de mundos e historias, también con paredes como árboles de infinitas ramas que son la genealogía del recuerdo, de paredes con cicatrices como arrugas, de muros que sonríen y te miran, o de otros que te dicen: “recuerda que soy solo ausencia”, o que murmuran: “mírame, ya soy eterno”. Hay otras como fríos iglús, donde la temperatura de sus habitantes congela, viviendas que son apenas un simulacro de afectos.

Existen los tamaños. Evoco el trabalenguas que dice: “La lora a la barra, la barra a la estera, la estera a la cama, la cama a la pieza, la pieza a la casa, la casa a la esquina, la esquina a la plaza, la plaza a la ciudad”. ¡¡La ciudad‼ Ella era bonita. Recuerdo la historia del hombre que soñó desde su piso alto una plaza para que todos fuésemos felices. El agua, la piedra, la arena, el silencio, los sentidos... todos pudimos ocupar un espacio que llamaron Pies descalzos y nos cambió la vida.

Recuerdo las historias de los que decidieron construir en esta casa lugares de encuentro, hasta eso nos había arrebatado la violencia. Llegó la plaza como metáfora de la luz, el parque para los deseos, el museo para lo moderno, el jardín que es museo vivo, la ventana para asomarnos al cielo y las estrellas, otra para el futuro y una más para la ciencia, los parques biblioteca. A todos los acompañó un fuerte contenido estético y el enorme talento de unos jóvenes arquitectos que nos pusieron en la órbita del mundo. La casa mudó de traje.

Había también que recuperar dignidades, cerrar brechas, mejorar la vida de los habitantes, educar a miles, salvar a tantos niños y proveerles de un buen comienzo para que accedan a otros mundos. También cuidar a los viejos. Procurar recreación y deporte y mejorar escenarios, y convocar vecinos y soñar, porque para eso también son la casa y la Casa.

Por las fisuras se coló una masa oscura, nos habitaron las tinieblas. Pero, como en el cuento de Saramago, el tirano desconocía que lentamente su silla la devoraba el comején y bajo sus pies el piso lo debilitaban los topos y las ratas, porque “más tarde o más pronto las consecuencias caerán sobre nuestras cabezas, De eso, amigos, nadie escapa en este mundo” 

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