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Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 08 de enero de 2019

Clase turista

Cualquiera que haya probado las mieles del Business durante un vuelo transoceánico sabe lo que es el Paraíso. O al menos lo más parecido al Edén. Asientos ergonómicos capaces de convertirse en camas en las que estirarse a pierna suelta, comida de verdad maridada con carta de vinos a elegir, sábanas de hilo egipcio y almohada de plumas, audífonos en Dolby Surround, atención exclusiva, wifi gratis en mitad del triángulo de las Bermudas, aseos en los que poder moverse sin acabar cuajado de moratones y privacidad casi total mientras unas filas más atrás el vulgo se hacina y comprarte sudores y hedores a partes iguales. Y es que hasta que no se ha catado el lujo uno no se da cuenta de que es un asco pertenecer a la plebe, más aún si se viaja en una aerolínea de bajo coste en la que apenas cabe el trasero, emparedado entre dos sudorosos desconocidos. En contadas ocasiones, para mi desgracia, he alcanzando el Olimpo de la clase preferente, invitado siempre, claro está, pues no hay quien pague con el bolsillo propio los desorbitados precios que garantizan sentirse como un sátrapa persa mientras el populacho desfila hacia las cavernas del Airbus de turno, cual condenados a galeras. La verdad sea dicha, el 98 % de los centenares de vuelos que habré realizado a lo largo de mi penosa existencia de clase media me los he chupado enlatado junto a mis pares: la casta de los intocables, los parias de turista a los que les echan de comer una bandeja de pasta o pollo con galletitas saladas y un postre que más parece cemento armado que un bizcocho.

Por eso, el gesto del presidente del Banco Central Europeo, el italiano Mario Draghi, pillado “in fraganti” volando en turista, ha dejado perplejo al común de los mortales. Sí, vale que podría no ser más que una mera anécdota para quien no sepa lo que se levanta cada mes el cancerbero del euro. Pero para eso estoy yo aquí, para informales de que el sueldo de este caballero fue de 396.900 euros limpios en 2017, dietas y gastos de vivienda al margen, cerca de medio millón de dólares netos. Hay quien cree que se trata de un guiño para la galería. Yerra. La renuncia de Draghi a los billetes de primera clase o «business», y no digamos ya a los vuelos privados, es una costumbre. En otra ocasión, un pasajero lo fotografió en un tren de segunda clase. El colmo de los colmos.

Esta austeridad es aún más significativa si tenemos en cuenta que Draghi es italiano, un país en el que alcanzar el lujo no es una aspiración quimérica sino una obligación. En la cuna de los Versace, Armani, Lamborghini o Ferrari, la clase política y empresarial casi considera un insulto a la inteligencia el ascetismo teutón, la maniática frugalidad que tratan de imponer desde Berlín nuestros vecinos alemanes. Y es que si hay alguien situado en las antípodas de un eremita, ese es un político italiano. O español. Porque, mis queridos lectores, este ejemplo de moderación deja con el culo al aire al presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, socialista para más señas. Un socialista “sui generis”, eso sí, capaz de coger el avión oficial para irse a ver a su banda de pop favorita a un festival veraniego junto a su señora, a la que también se llevó en la aeronave al bodorrio de un familiar hace unos meses. Ojalá tomaran ejemplo de Draghi quienes solo buscan la poltrona para viajar en Business. Quizá si todos se pagaran ese lujo con sus ahorros, los parias de turista volaríamos más holgados. Eso sí sería el paraíso socialista.

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