La revelación de la periodista Claudia Morales de que fue violada, sin identificar a su agresor, será como la espuma de una cerveza: no se detendrá, no parará de subir hasta que alguien beba la verdad de la sustancia que la compone.
Ella, desconocemos sus razones conscientes o el deseo de ahogar ese fantasma desde que fue violentada, abrió un mar de dudas en cuyo pozo caben todos quienes fungieron como sus jefes a lo largo de una conocida trayectoria profesional.
Si se ve el asunto no desde la orilla de ella, que está en el derecho legítimo y autónomo de callar y omitir la denuncia de un delito asqueante que por demás puede haber prescrito, sino desde el lado de quienes han sido sus superiores, todos con ganadas reputaciones y notoriedad pública,...