Odebrecht, Reficar, PAE, Fosyga... Hace diez años, estos nombres eran desconocidos para la mayoría de los colombianos. Hoy hacen parte del repertorio habitual de nuestras conversaciones y son tan familiares como las marcas de los productos alimenticios de consumo diario.
Yo las llamaría las marcas de la corrupción. Su inclusión en el habla cotidiana tiene un motivo: después de medio siglo de conflicto armado, por fin los colombianos estamos descubriendo que la guerra no es el único mal que nos ha desangrado durante muchos años. Que también la corrupción ha invadido de pies a cabeza las instituciones del Estado enriqueciendo a unos pocos con el dinero que debería invertirse para el bien de todos en la salud pública, la alimentación de los niños,...