Comunidades del silencio, o comunidades de la desconfianza, de la distancia, de las puertas de seguridad, de las barreras físicas o invisibles. Ese es el precio de las grandes urbes. En los parajes más primitivos, aunque menguada, sigue siendo factible la empatía de quienes encontramos en la cotidianidad. En los caminos vecinales es impensable que alguien que pase no dé los buenos días o autorice el saludo. En la vereda todos saben quiénes viven en cada lugar, dónde y con quién trabajan. En el pueblo, todavía sabemos quiénes moran en la mayoría de las casas, y, más o menos, por cuántas personas está conformada cada familia.
En la ciudad, esa cercanía se derrite. Con frecuencia registramos que muchos no saben quién vive en el mismo edificio o...