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Juliana Restrepo Cadavid
Columnista

Juliana Restrepo Cadavid

Publicado el 28 de noviembre de 2021

Conceptos que son paisajes

El quinto semestre de Física tuvo días en apariencia comunes que estaban cargados de una belleza inusual. Fue la primera vez que tuvimos clase en el cuarto piso. Todos los miércoles y viernes de siete a diez Boris nos daba Mecánica Clásica. Era un salón estrecho rodeado por un corredor en el que cabíamos, además del profesor, diez o doce casi tocándonos. Hay belleza en la mecánica clásica —de Lagrange, Hamilton, Euler, 1800— porque uno no resuelve solo nuevos problemas, sino problemas que ya conoce pero de una forma más simple (hay algo genial en una carrera que enseña a llegar a un mismo punto por muchos caminos). Mientras que en la mecánica newtoniana —Newton, Leibniz, 1600— uno tiene unas leyes de movimiento y escribe ecuaciones y luego se da cuenta de que alguna de esas ecuaciones tienen solución sencilla u obvia, en la mecánica lagrangiana o hamiltoniana uno simplifica todo antes de empezar a trabajar. Mira, entiende, descarta, limpia. Trabaja con menos cosas, solo con las necesarias.

Se parece al placer de tener palabras precisas para describir los paisajes, se parece a la poesía del final de la vida de Idea Vilariño —inútil decir más—.

Fueron meses de puro deleite. Volvimos a calcular cómo rueda un cilindro por un plano inclinado, trazamos las órbitas de los planetas y entendimos por qué el problema de los tres cuerpos es imposible de resolver. Recuerdo en mis manos el libro fotocopiado de Goldstein, una tarea dificilísima que consistía en encontrar la ligadura de un cuerpo rígido, el principio de mínima acción. Mi cerebro grabó muchos instantes de ese semestre. Si uno ve una tarde, y la tarde está hecha de pájaros, se queda. Absorbí conceptos como se absorben a veces los paisajes, la música.

Supongamos que recuerdo exactamente el día en el que conocí el teorema de Emmy Noether. Creo que sí, pero quizás haya llenado algunos detalles con otros elementos de mi memoria. Desde hace tiempo habíamos aprendido las leyes de conservación: La energía de un sistema cerrado se conserva, el momento angular de un sistema se conserva, la carga eléctrica se conserva. Asumimos eso como esponjas, eran leyes que sacaban los profesores del bolsillo, no se discutían, como cuando un papá dice: Aquí se llega a las diez porque lo digo yo. También conocíamos las simetrías que tienen los sistemas: Las discretas —que encuentra uno en una hoja, en un cubo, en una molécula de agua— y las continuas —que encuentra uno, por ejemplo, al girar una esfera o una llanta de bicicleta—. Pues un día Boris nos demostró, probablemente en dos o tres tableros, que las leyes de conservación no salían del bolsillo de los profesores, sino que estaban conectadas a las simetrías continuas que tenían las ecuaciones. Nos explicó que la energía se conservaba porque las ecuaciones eran invariantes ante traslaciones del tiempo. Y, en general, que siempre que haya una simetría en la naturaleza, una homogeneidad de sus partes, hay por allá atrás escondida en el escenario la ley de conservación correspondiente. Ese día conectamos dos conceptos en un teorema poderoso.

Cuando se terminó la clase bajamos las escaleras del cuarto piso, atravesamos el bloque cuatro, pedimos un tinto en Barranquilla y nos sentamos en la parte seca de un murito medio húmedo a conversar (era lo que hacíamos siempre). Y el momento estaba cargado de cosas comunes —el sol tímido de Medellín a las diez de la mañana, mis dedos tocando el vaso desechable delgadito, otros estudiantes, el sabor del tinto quemado, la textura lisa de mi cuaderno rojo de Scribe y la textura áspera de mi mochila, mis piernas tocando el algodón doblado de mi falda, las voces de Adriana y de Alejandro—, pero era absolutamente excepcional porque yo sabía que habitaba un mundo en el que las simetrías continuas y las leyes de conservación estaban conectadas. Y esa idea, ese teorema demostrado por una mujer matemática que ni siquiera tuvo derecho oficial a ser estudiante universitaria y a la que no le pagaron durante los ocho años que trabajó con Hilbert y Klein, ese teorema importantísimo para la física moderna de los 100 años siguientes y sin el cual no habríamos conversado nunca del bosón de Higgs, no era para mí otra cosa que deleite puro.

Enlaces de prensa

1.
https://www.sciencenews.org/article/emmy-noether-theorem-legacy-physics-math


2.
https://www.nytimes.com/2012/03/27/science/emmy-noether-the-most-significant-mathematician-youve-never-heard-of.html


3. https://www.bbvaopenmind.com/ciencia/matematicas/emmy-noether-y-las-matematicas-para-entender-la-relatividad/

4.https://blogs.elespectador.com/actualidad/ecuaciones-de-opinion/la-mujer-matematica-la-einstein-llamo-genio


5.
https://blogs.elespectador.com/actualidad/ecuaciones-de-opinion/mujeres-matematicas

* Doctora en física. Ha trabajado como profesora e investigadora y es actualmente la directora de contenidos y apropiación social del conocimiento del Parque Explora.

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